Capítulo 32
ÁNGELA
Ricardo está sentado en el comedor de casa de mis padres.
Mi madre me ha llamado para ir a comer y me he presentado. Algo habitual. Lo que no esperaba era la encerrona.
Ha sido una treta de mi progenitora para encontrarme con mi exnovio, eso lo tengo claro.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto, incómoda.
—Tu madre me ha invitado a comer.
Lo dice con una naturalidad que me descoloca.
—Pero no me has avisado que venías desde Barcelona. No sabía nada.
—Ya, era una sorpresa. Y como desde hace un tiempo no me coges el teléfono…
—Es que no me apetece hablar contigo. Estoy de exámenes, tengo otros líos y no estamos juntos… —Detengo mi discurso.
Mi madre sabe que yo lo dejé con él, pero mi relación con Alice aún no es del dominio público.
Una leve mueca aparece en su rostro. Me disgusta que disfrute haciéndome daño. Porque es lo que está consiguiendo.
—Chicos, sentaos en la mesa. Dos minutos más de horno y os llevo los platos.
—¿Qué has preparado? —pregunto a mi madre.
—Pollo al horno, como le gusta a Ricardo.
—¿Sabías que venía?
Mi madre baja la mirada y se sonroja. Pillada. ¿Desde cuándo lo sabe?
—No te enfades con tu madre —interviene él—. La avisé anoche, pero le dije que no te dijera nada.
—¿Anoche?
Mi madre se retira a la cocina. No quiere verse en medio de lo que sea que vaya a estallar. Y no la culpo, porque esto no pinta bien.
—Mi padre me informó ayer de una reunión esta mañana en Serratona —continúa Ricardo— con la chica de la tienda, que quiere montar algo demasiado ambicioso en un pueblo como este.
—¡Alice!
—Exacto. Como venía a media mañana a hablar con ella, sabía que para comer estaría disponible.
—¿Y ya te has reunido con Alice? No me ha dicho nada.
—¿Y qué tiene que decirte a ti? ¿Qué tienes tú que ver con la tienda?
Su sonrisa ladeada no me gusta en absoluto.
—Nada. Alice es mi amiga y sabe que tú y yo hemos tenido un pasado.
—¿Y cómo es que lo sabe? ¿Tan amigas sois? —Noto cierto retintín en sus palabras, como si supiera algo más de lo que dice.
—Somos amigas —repito, apretando la mandíbula—. Si sabía que venías, me lo habría dicho.
—Ella tampoco sabía que vendría.
Esa respuesta me descoloca aún más.
—¿No has dicho que era una reunión? Normalmente se programan.
—Que especialita estás. Pues no, no estaba programada.
El otro día se decidió que el fondo de inversión Antón, Medina y Asociados interviniera en la tienda por un riego proyectado.
Yo seré el supervisor y veré qué hace Alice en ese proyecto y si es viable.
Los números no la respaldan, así que no sé hasta qué punto podrá hacer lo que tanto desea.
Frunzo el ceño y me incorporo en la silla tensa. Muy tensa. ¿Qué pretende con esto?
—Pero ya has hablado con ella.
—Sí, hace un rato. Ya le he dejado clara la postura del fondo y su posición en la tienda. Tengo que revisar bien los números y las compras. Creo que podría acabar como dependienta de su propio sueño.
—No entiendo nada…
—Ángela, no te preocupes. Son temas que no te incumben.
—Sigo sin comprender qué haces aquí y qué pretendes.
—Yo —dice ofendido— he venido a verte, a comer contigo y con tus padres.
Odio cuando me trata como si fuera una niña que no entiende sus tejemanejes.
—No somos nada. No deseo que estés aquí.
—Ángela, solo quiero hablar de forma tranquila y con calma. Luego tengo que volver con Alice para tratar otros temas y que me muestre los asientos contables. Después regresaré aquí y, si quieres, podemos dar un paseo. Me enseñas algún rincón de Serratona que aún no conozca y… también mi habitación.
¿He oído bien?
—¿Habitación?
—Le he pedido a tu madre si puedo hospedarme con vosotros. Lógicamente ha aceptado. Como aún no hemos formalizado nuestra relación, le he dicho que prefería dormir en la casa familiar y no en la de tus abuelos contigo. Es más formal, ¿no crees?
—Ricardo —intento mantener la calma, pero me tiembla la voz—, ¿de qué cojones hablas? ¿Qué relación ni qué puñetas? Que no estoy contigo, que no te quiero, que ya le dije a mi madre que lo habíamos dejado. ¿Qué coño haces aquí?
He alzado la voz más de lo necesario.
Su tono afinado y su control absoluto me tensan aún más.
Un sutil carraspeo de mi madre, antes de entrar con la bandeja del horno, me confirma que ha oído algo.
Le dije que lo habíamos dejado. Se lo dije.
Me paso las manos por el pelo.
Además, ¿qué hace Ricardo en casa de mis padres? ¿Cómo la habrá convencido?
La comida se desarrolla con cierta tensión, aunque mi madre apenas parece notarla. No para de hablar. Cuando llega mi padre, que había avisado de su retraso, se incorpora y sigue la conversación con Ricardo como si tal cosa. Yo estoy alucinada.
¿Pero qué se ha pensado este tipo? ¿Y mi madre?
Hace semanas, meses diría yo, que le dejé claro que no somos pareja. Que no quiero nada con él. Y no se le ocurre otra cosa que aliarse con mi madre para volver conmigo. Es lo único que cuadra en mi cabeza.
—Está buenísimo el pollo —suelta Ricardo, adulándola aún más.
—Sí, muy rico —dice mi padre—. Ángela, ¿te pasa algo? Te veo rara.
Normal, es que parece que no soy de esta familia.
—No me esperaba y se ha sorprendido. —Mi ex es gilipollas.
—¿No lo habías dejado? —aclara mi padre.
¿Ves? Aquí hay alguien que me escucha.
—Ay, no digas eso. —Mi madre da un manotazo al aire—. Si quieren volver a intentarlo, no nos interpondremos. Hacen tan buena pareja, ¿no crees?
Mi padre me mira extrañado. Yo solo niego con la cabeza.
No entiendo a mi madre. Ahora mismo me supera más que Ricardo.
A ver si consigo hablar con ella a solas y dejarle las cosas claras de una vez. Será el momento de soltarle lo de Alice para que Ricardo no me la pueda jugar.
Porque creo que él lo sabe.
Y esta encerrona no es para volver conmigo. Es para dejarme sin escapatoria.
Ricardo acaba de salir por la puerta de casa de mis padres. Parece que ha quedado con Alice a las tres para revisar informes y temas contables.
Mi madre está en la cocina y yo permanezco en el comedor con mi padre unos minutos, pues debe irse de inmediato.
Revisamos el móvil, una manera extraña de descansar, y mi mente elucubra un montón de situaciones que debo puntualizar.
Tengo que hablar con mi madre, aclararle que lo he dejado con Ricardo, que ya hace tiempo de ello, como bien sabe, y que esta vez no voy a volver.
Sé que ella lo tiene en muy alta estima, siempre ha pensado que era un buen partido para mí.
Y cada vez que está enfrente alaba sus virtudes y me recuerda que ya lo hemos dejado varias veces y vuelto otras tantas.
En esta última ocasión mi madre me sentó en la cocina y me dijo: «A ver si dejas de hacer tonterías y entiendes que él es tu persona para toda la vida.
Que te quiere, que te lo ha demostrado. Cuídalo».
Pues va a ser que no.
Que me quiere a su manera, pero no es la que yo quiero. Que pretende que sea algo que no soy y así no vamos bien. Y que me gusta Alice y estoy muy a gusto con ella.
Este será el batacazo que no sé si mi madre soportará.
Voy a la cocina a ayudarla a recoger. Ella enjuaga los platos, yo los coloco en el lavavajillas. Seco las copas y ella desengrasa la bandeja del horno. Cada movimiento lo hacemos en silencio. Parece que ninguna quiere iniciar una conversación que se mantiene suspendida en el ambiente.
Al final, cuando la cocina está limpia y brillante, le pido que me acompañe al comedor. Quiero hablar con ella. De hoy no puede pasar. Mi padre ya se ha despedido y ha vuelto a su trabajo.
—Ricardo está guapísimo. Estoy tan contenta de que sigáis juntos —comenta mi madre mientras le da un sorbo a su café. Solo, amargo, sin azúcar.
Qué buena manera de darme pie.
Remuevo mi café con leche, al que le he puesto una cucharada completa de azúcar y unos toques de cacao.
Tomo aire, cierro los ojos y me calmo. Espero que me escuche de forma pacífica y sin que empecemos ninguna revolución.
—Mamá, tengo que contarte algo importante.
—Si ya me temía yo una cosa así. No será de los estudios, ¿verdad? Que como no me has dicho nada de las notas… ¿No querrás dejarlo de nuevo otra vez? A ver si te aclaras.
—Déjame hablar, por favor, y no metas nuevos temas. Bueno, ni nuevos ni viejos que ni he empezado a hablar y ya lo estás tergiversando. La uni va bien, las notas, perfectas y ahora lo que te quiero contar es…
Coloco la taza en la mesita para que no me estorbe ni pueda tirarla con mis aspavientos.
—Me tranquilizas, ya pensaba yo que…
—¡¡Mamá, por Dios!! —la corto, alzando la voz—. Escúchame y no me interrumpas.
Junta sus manos, pidiendo perdón, y hace el gesto de cerrarse los labios con los dedos, como si, en cuanto vuelva a hablar, no fuera a interrumpirme otra vez. Coge su taza y da otro sorbo.
—Quería hablarte de Ricardo —continúo y ella solo asiente, con los labios cerrados y pretendiendo no hablar—. Sé que acabamos de comer con él, y que a tus ojos todo va bien, pero no es cierto. No estamos juntos.
Frunce el ceño sin comprender y, de manera asombrosa, no dice nada.
—No sé qué te ha contado, pero lo dejamos cuando te lo dije y no hemos vuelto ni voy a volver con él. Sé que él no está de acuerdo y por eso insiste. Habla contigo porque sabe que lo quieres en esta familia, pero lo único que consigue es alejarse más de mí.
Paro un momento, respiro, doy otro sorbo al café y dejo de nuevo la taza en la mesa.
—Sé que lo quieres casi como a un hijo. Sé que hablamos de forma muy seria la última vez que volví con él y que tus palabras fueron «cuídalo» —le recuerdo—. Pero no queremos lo mismo. Y me haces daño cuando lo dejas entrar en casa sin consultarme y le ofreces una habitación.
Me mira con calma y asiente sin hablar. Pasan unos segundos hasta que pregunta.
—¿No estáis juntos?
Niego.
—¿Ni vais a volver a intentarlo?
Me sabe mal sacarla de esa nube que se ha construido sola.
Se termina el café de un trago y deja la taza en la mesa con un gesto pausado, casi medido.