Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

ALICE

La tienda desprende un aroma que ya la hace única.

Encontré al mejor perfumista para que compusiera esa fragancia que da una sensación de paz y calma mientras los clientes buscan su pieza de ropa, imaginan su propia prenda o escuchan, de la mano de los mejores conferenciantes, un taller creativo en la zona.

Me encanta venir por las mañanas y, aunque los clientes llegan a cuentagotas, aún quedan cosas por hacer, mejorar y consolidar para que el Atelier salga adelante.

He cogido un café para llevar en el bar de Dolors. Esta ha insistido que lo tomara con ella, pero he preferido dar un paseo y acompañarlo de una torta de la panadería.

Al abrir la puerta del local, la sensación de bienestar me da la bienvenida. Max aún no ha llegado. Hoy le toca el turno de tarde, porque tenemos que empezar a repartir horarios. Aún no me puedo permitir contratar a nadie más.

Me siento en mi rincón, levanto la tapa del portátil y tecleo algunas anotaciones en el presupuesto para que las cuentas estén al día.

Esa información que voy pasando al fondo de inversión.

Es necesario llevar un control exhaustivo.

Algo que, en realidad, siempre me ha gustado.

Seguro que, si hubiera persistido, hubiera acabado Económicas o Matemáticas, las dos carreras que inicié y no finalicé por falta de estímulo.

Hago un par de llamadas a primera hora y luego me dedico a atender a los clientes, que, para sorpresa mía, esta mañana son más de los habituales.

Cuando entra una chica en plena adolescencia junto a su madre y se prueba el mismo vestido que Ángela, sonrío sin poder evitarlo.

Tal vez debería retirarlo de la venta o mis hormonas no pararán de revolucionarse cada vez que alguien lo saque de la percha.

Y menos mal que no se lo quedó que si no…

Cerca de la hora de comer recibo una llamada que no debería haber cogido.

—El señor Medina desea hablar con usted. Le ha enviado un mensaje que no ha respondido. ¿Tiene un minuto? —consulta su secretaria.

—Supongo que necesitará más que solo ese tiempo.

—Era una forma de hablar. Si puede ahora, le paso con él.

—Sí, claro —contesto.

—Como le indicaba en el mensaje, le gustaría que fuera por videollamada. Y como ha visto que no se ha conectado, por eso mi llamada. Si tiene un ordenador cerca le envío de nuevo el enlace.

—No he visto el correo. —Me pongo nerviosa. Antes, al revisarlo, no había nada fuera de lo normal—. ¿Cuándo me lo ha enviado? Esta mañana no tenía mensajes nuevos.

—No lo sé, por eso la llamo. Para que se conecte cuanto antes y no le haga esperar más.

Reviso el correo electrónico y compruebo que hace tan solo media hora del susodicho email. Normal que no lo haya visto. Sabe que no me paso el día sentada frente al ordenador y que puede haber clientes.

Como es casi la hora de cerrar, giro el cartel y paso el pestillo. Así nadie podrá molestarme. Me coloco en un lugar adecuado y preparo los documentos que pueda necesitar.

—Ya era hora. Llevo más de diez minutos esperando —exclama el señor Medina, visiblemente molesto.

—Normal, las convocatorias de esta índole suelen enviarse con algo más de margen —respondo con calma—. No es habitual que su secretaria tenga que localizarme para que me una.

—Usted debería estar al tanto de mis necesidades —replica sin titubear—. Acabo de revisar los últimos informes recibidos y la situación es lo bastante crítica como para requerir esta reunión inmediata.

—No sé a qué se refiere. Los datos enviados son correctos y he seguido el procedimiento habitual.

—Eso es según su interpretación. Yo no lo veo igual.

Inclino la cabeza, incrédula. Hace apenas unos días hablé con mi padre y me indicó que, tras una conversación offline con el señor Carles Antón, otro de los socios del fondo, estaban satisfechos con la evolución de la tienda y los documentos presentados.

También le insinué a mi padre que creía que el señor Medina se estaba sobrepasando en las peticiones, pero me dijo que lo dejara estar.

¿Qué ha cambiado ahora?

—Si me permite compartir pantalla, le mostraré las incongruencias de lo enviado —continúa—. Tome nota y corrija los apuntes contables.

—Pero…

No me deja ni hablar. Su pantalla aparece ante mí, repleta de anotaciones en rojo sobre cifras que reconozco: son mis informes, reinterpretados. Empieza a desgranar asientos contables, previsiones fiscales, riesgos jurídicos y una retahíla técnica que, más que aclarar, parece diseñada para abrumar.

O para imponer.

Yo le envié esos datos. Nunca han solicitado nada diferente. Llevamos meses trabajando así, sin incidencias, y ahora me muestra errores con datos iniciales y escenarios futuros que aún no se han logrado. Normal. Son previsiones. ¿Qué pretende?

—No me gusta cómo está funcionando la tienda —afirma— y así lo he comunicado esta misma mañana en la reunión mensual del fondo. El capital solicitado supera lo habitual para este tipo de negocios y necesitamos ver resultados antes de lo previsto.

Hace una pausa.

—Según la cláusula de protección de inversión que firmamos, si los indicadores proyectados entran en zona de riesgo, el fondo puede activar medidas de supervisión directa del plan.

El estómago se me encoge.

—Creo que necesitamos actuar de inmediato o tendremos pérdidas significativas.

—¡Perdone! —respondo, conteniéndome—, pero la tienda lleva solo un par de meses en funcionamiento. Quedamos en que la revisión sería trimestral. Aún tengo tiempo de revertir lo que usted me muestra.

—Si no intervenimos ahora, el fracaso es previsible —sentencia—. Y no es algo que nos podamos permitir.

—No estoy de acuerdo. Está valorando solo cifras en bruto —replico—. No ha escuchado lo que tengo previsto estos meses para mejorar.

—Más gastos, seguro.

—Escúcheme, por favor. Necesito el tiempo indicado en el contrato para demostrar que este proyecto es rentable. Aún no han sucedido ninguna de las fiestas populares que atraen al turista ni ha pasado el verano.

—Incluso en el mejor de los escenarios —aclara—, el punto de equilibrio se alcanzaría, como mínimo, en cuatro o cinco años. Desde un punto de vista económico, no es una operación óptima.

Hace una pausa. Demasiado calculada.

—Por ese motivo he propuesto una solución —añade—. Reforzaremos la gestión con un perfil analítico que supervise la viabilidad del proyecto durante un periodo corto y volveremos a valorar.

—Eso no es viable, supondría más gasto —digo casi gritando, y aplaco mis nervios.

—¿Leyó todas las cláusulas del contrato que le enviamos? En el apartado de protección de inversión y supervisión operativa, como le he indicado antes, se contemplaba este escenario.

Cierro los ojos. La emoción me pudo y leí las cláusulas por encima. Ellos solo tienen participación minoritaria, pero ahora entiendo que eso no significa que no puedan apretarme hasta romperme.

—No estoy de acuerdo con esta decisión. Solicito una reunión de urgencia con todos los socios y quiero revisar los informes.

—Tranquila, Alice —dice con una falsa calma que me crispa—. No hay nada definitivo, solo estamos valorando escenarios.

Hace un leve gesto con la mano, como si diera por cerrada la cuestión.

Me quedo sin palabras.

—Solo quería avisarla —remata— y mostrarle el estado real en el que se encuentran las cuentas de la tienda. Débil, muy débil. Sigo sin entender por qué su padre creyó que podría llevar un negocio usted sola y que nosotros podríamos avalarle. Visto lo visto, estaba bastante equivocado.

Parece más una cuestión de orgullo. Como si mi padre fuera su contrincante. No entiendo nada.

Los datos, aunque a simple vista parece que lo avalan, no son correctos. Revisaré los informes, los números y todo lo que le he enviado. Tengo que estudiarlo con calma. Esto no cuadra.

Los nervios me corroen. Necesito una dosis de azúcar o, teniendo en cuenta las horas que son, meterme algo en el cuerpo. Me dirijo al bar de Dolors a tomar uno de sus guisos y, por un rato, consigo desconectar.

Por la tarde recibo una llamada de mi padre.

—Me han contactado los del fondo de inversión. Parece que Alfonso Medina les ha presentado unos datos que no respaldan tu buen hacer. Estoy convencido de que no es cierto. Pásame lo que les hayas enviado.

—Papá, es que no entiendo nada de lo que está ocurriendo.

—No sé, Alice. Alfonso es un poco mentiroso y a veces he creído que está ahí por el dinero de su familia, en particular el de su mujer. Pero solo podemos esperar y estudiar la situación. En unos días enviarán a ese supervisor.

Siento que me desmorono.

—¿Quién es? ¿Lo conoces?

—Ricardo Medina. Su padre cree que tiene el carisma y la percepción de negocio que tú no posees.

—¿En una tienda de moda, donde lo más habitual es que entren mujeres y quieran asesoramiento?

—Él no se dedicará a eso. Solo revisará datos y personas que accedan al negocio. Proveedores, contratos…

—Papá, detén esto.

—Cielo, no puedo. Lo estudiaremos, con calma, pero por ahora solo debes dejarle ver lo que has hecho. Aún no es definitivo. Primero va a ver cómo lo hacéis y luego tomarán medidas si se necesitan.

Me rindo.

Odio que la gente no confíe en mí.