Capítulo 30
ÁNGELA
Hace dos semanas que la tienda de Alice, el Atelier de Serratona, está abierta al público. Entre Max y ella se organizan bastante bien, pero, aun así, mi tiempo en la universidad, los exámenes finales y su ajetreo en la tienda nos dejan pocos momentos juntas. Pocos, pero intensos.
Estamos bien y me alegro de estar con ella.
A veces me sorprendo sonriendo sola en mitad de la biblioteca o mirando el móvil, esperando un mensaje suyo, aunque sepa que hasta la noche no podremos vernos. Es extraño cómo algo que empezó despacio ahora parece ocupar todos los huecos.
También hace un tiempo hablé con mi madre. Aún recuerdo la conversación.
—¿Por qué lo has dejado? Ricardo es tan majo…
—Mamá, no me convenía.
—¿Quién lo dice? Cada vez que venía, o cuando llamaba, aunque tú no estuvieras, siempre tenía palabras bonitas para mí.
—Sí, mamá, pero no es tu pareja.
—¿Qué quieres decir? ¿Que a ti no te decía palabras bonitas?
—No quiero decir eso. Solo que no quiero estar con él.
—Habéis vuelto tantas veces que esta será una más.
—Vale, mamá.
Y dejé la conversación sin terminar. ¿Para qué insistir?
Lo único que no me convence, lo que aún me reconcome, es que no le dije que estoy con Alice. ¿Por qué? Supongo que no quiero hacerle daño o no quiero abrir una conversación que sé que no me va a ser como a mi me gustaría o con el resultado que deseo.
Parece que estamos bien, aun así, vamos despacio.
Alice se cuela en mi casa a escondidas, porque a la suya no podemos ir, por si Angelines nos pilla y se lo cuenta a mi madre.
Pero los rincones de la tienda nos han visto también más de una vez. Siempre procurando que Max no estuviera, con la puerta del almacén medio cerrada, conteniendo la respiración al oír la campanilla de la entrada.
¿Por qué me escondo?
No creo que deba esconderme. Sé lo que quiero. A ella, a Alice.
Pero mis padres son un poco cerrados de miras y no me apetece esa conversación.
En el Atelier de Serratona cada prenda está cuidadosamente doblada y colocada en las estanterías, transmitiendo una sensación de orden y mimo. El escaparate invita a entrar, sin pensar en lo que te puedes gastar una vez estés dentro.
He salido antes de la universidad. Solo me quedan dos exámenes y podré decir que estoy, por fin, de vacaciones. Casi seguro que en este momento Alice debe estar muy ocupada. Si voy, a lo mejor le pido que me deje ayudar y así estaré más cerca de ella.
Aunque los clientes entran y la campaña de marketing está activa, estas primeras semanas no terminan de funcionar como ella esperaba.
Los vecinos han pasado a curiosear, pero no han comprado.
Ha montado un par de talleres que tampoco ha llenado y la caja se resiste.
Alice me dice que todo va bien, pero en sus ojos veo una preocupación que no puede ocultar.
Cruzo la puerta y la observo atender a un cliente mientras Max dobla prendas al fondo.
No conozco al hombre que acompaña a Alice.
Debe ser un turista. Ella le habla con mimo, explicando las diferentes prendas que quiere comprar.
Parece que es un regalo. Max se acerca a mí con el semblante serio, casi sombrío.
—Es el primero que entra esta tarde. Está de bastante mal humor, aunque no lo parece por la sonrisa que fuerza en su cara —susurra.
La tienda necesita rodaje y un poco más de tiempo, pero los números no la acompañan. Alice me recuerda cada día que, aunque el fondo no la controla de forma directa, deberá presentar resultados dentro de tres meses, y la situación actual no pinta bien. Para el inicio esperaba otra cosa.
Me acerco a ella justo cuando le entrega la prenda envuelta al turista y este sale de la tienda. Alice suspira y luego se gira hacia mí.
—Menos mal —murmura, pasándose una mano por el cabello—. Pensé que hoy no vendría nadie.
—Tranquila, acabarán acostumbrándose y vendrán a comprar —intento calmarla.
—¿Cuándo? —Su pregunta suena un poco pesada, cargada de impaciencia y tristeza contenida.
Max se retira al almacén a revisar algo y nos quedamos solas. Alice se apoya con cuidado en el mostrador, mirándome de reojo.
—Necesito que la gente venga al Atelier —confiesa bajando la voz, como si compartiera un secreto.
—Vaaa, véndeme algo a mí —bromeo acercándome al expositor con una sonrisa.
—No me hace falta caridad —replica—. El que escojas te lo regalo.
Cojo un par de prendas veraniegas, sintiendo cómo sus ojos me siguen.
—Necesito un vestido fresco y ligero. Estos son muy yo. Déjame que me lo pruebe y que lo pague.
Alice me los quita de las manos, busca mi talla y me los devuelve.
Entro en el vestuario y ella se queda al otro lado de la cortina, observándome sin invadir mi espacio.
Sus ojos me encienden y me sonrojo por completo.
De forma muy sensual, casi provocándola, me quito los tejanos, me despojo de la camiseta y del sujetador, consciente de su mirada y del efecto que causo en ella.
Me coloco el vestido y la tela acaricia mi piel, mientras ella sigue ahí, silenciosa y expectante.
En un instante, sus manos se acercan al borde de la cortina y, antes de que pueda reaccionar, su rostro se aproxima al mío. Un beso suave nos conecta de inmediato. El corazón me late con fuerza mientras ella se separa apenas un segundo, susurrando mi nombre.
—Siempre… tan irresistible —murmura y roza mis labios otra vez.
Me siento atrapada entre el deseo y la discreción, consciente de que Max podría volver en cualquier momento. Pero, por unos segundos, el mundo exterior deja de existir. Solo estamos nosotras, compartiendo un instante en el vestuario de su tienda.
Los días se están volviendo una rutina bonita.
A veces solo quiero meterme en la cama con ella y dormir doce horas seguidas.
Otras, la echo tanto de menos que me duele físicamente.
Alice está cansada. Yo también, de estudiar.
Entre todo eso, encontramos huecos a escondidas del mundo, pero no de nosotras mismas. De momento, es suficiente.