Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

ALICE

Un leve olor a cereza perdura en el ambiente. Los rayos de sol se cuelan por una rendija mal cerrada de esa persiana vieja. La cama de Ángela es cómoda y mullida.

Me giro para mirarla mientras duerme. Está boca abajo, con un brazo rodeando la almohada y el pelo castaño desparramado sobre la tela blanca. Respira de forma lenta y tranquila.

Despertar a su lado es lo mejor que podía pasarme hoy.

El día de ayer fue memorable. Empezamos con un paseo en coche a Barcelona, la visita a las tiendas con las que había quedado y, por la tarde, el taller de cosmética.

Y la cena… La cena la obviaremos, pues los tigretones no fueron suficientes. Aunque, si soy sincera, el aperitivo de los labios de Ángela en el despacho de mi padre y la cena de su cuerpo en su cama fueron de lo mejorcito de la velada.

Ahora mi estómago protesta en voz baja. Tiene hambre. Aunque no sé si prefiero levantarme o despertar a Ángela y probar de nuevo su sabor. Creo que le pediré que se pinte los labios, porque me estoy volviendo adicta a las cerezas.

Sonrío apoyando la cabeza en la almohada mientras la observo un poco más.

Si alguien me hubiera dicho hace unos meses que iba a estar aquí, así, con ella…, no me lo habría creído.

El móvil vibra sobre la mesilla. Lo cojo con cuidado para no despertarla. Un mensaje de Carla pincha la burbuja en la que estoy sumida.

Carla:

Sigues sin responder. Necesito hablar contigo. En serio.

Suspiro más fuerte de lo que tal vez debía. Ángela se mueve en la cama y temo sacarla de su sueño. No necesito que esa persona del pasado siga entrometiéndose en mi vida. No sé cómo hablar con ella. No puede enviarme tantos mensajes.

Antes de bloquear la pantalla entra otro. De verdad, podrían estarse quietas ambas.

Nerea

He visto fotos del local. Está brutal. Avísame cuando abras, que quiero ser de las primeras clientas.

Sonrío un poco. Nerea por lo menos busca acercarse de otra manera, sin presionar, como una amiga de verdad.

Lo que han conseguido es despertarme completamente. Salgo de la cama y me pongo una camiseta amplia que Ángela había dejado sobre la silla junto al escritorio. Huele a ella y eso me encanta.

Bajo a la cocina y rebusco entre los armarios para hacer café. Mientras, consulto el correo y un par de mails de Alfonso Medina me ponen de mal humor.

¿En qué día decidí que ese fondo de inversión era el adecuado?

Supongo que no fui yo la que tomó la decisión.

Fueron los únicos que aceptaron, por el contacto con mi padre.

Si hubiera sabido que el padre del exnovio de la persona que ahora duerme en la habitación de arriba era ese señor, y que parece que me está haciendo la vida imposible desde que nos vio en aquella cena, me lo habría pensado un par de veces antes de firmar.

O tal vez no. Quería lanzar mi proyecto y ahora debo atenerme a las consecuencias: un control muy estricto de una persona que no me gusta.

Buenos días, Alice:

Solo quería saber si los plazos de obra siguen según lo previsto. Cuando tengas un momento, pásame una estimación actualizada de apertura.

Un saludo,

Alfonso Medina

Antón, Medina y Asociados

Buenas tardes, Alice:

Cuando tengas definida la imagen final de marca, me gustaría verla. Creemos que puede ser un punto diferencial importante para la inversión.

Seguimos en contacto,

Alfonso Medina

Antón, Medina y Asociados

Ángela aparece en la cocina, solo con sus braguitas, el pelo revuelto y los ojos aún nublados de sueño, y el aire parece cambiar de densidad.

—¿Hay café? —murmura con la voz ronca.

Asiento, sin enviar una respuesta al señor Medina. Ya pensaré en él más tarde.

Sirvo el café y se lo acerco. Sus dedos rozan los míos al coger la taza, despacio, como si ese contacto fuera intencionado. Como si supiera con claridad lo que me provoca. Da un sorbo, sin apartar la mirada y algo en mi interior se tensa.

Se apoya en la encimera, observándome en silencio.

—Termínate el café —le digo en voz baja, demasiado baja para sonar autoritaria, demasiado tensa para sonar tranquila.

Ella sonríe. Lento. Sabiendo.

—¿Por? No hay prisa.

Niego con la cabeza, acercándome un paso.

—Claro que la hay.

Poso mis labios en los suyos. Un beso casto, pero cargado de promesas, que pide que aligere para continuar con lo que tanto deseamos.

Le cojo la mano y tiro suavemente de ella hacia el pasillo. Sube las escaleras delante de mí y la observo, sintiendo cómo todo lo demás —la tienda, las obras, los correos, el mundo entero— queda en pausa durante unos segundos.

Y mientras la sigo, lo tengo claro.

Cada día que pasa, resulta más imposible fingir que no está cambiándolo todo.