Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

ÁNGELA

Salimos de las oficinas centrales casi a la carrera, como si alguien pudiera detenernos. Juan Andrés nos observa con una ceja alzada. Quizá piense que hemos hecho alguna trastada. No va del todo desencaminado, aunque no ha pasado nada que no debiera.

En una tienda abierta veinticuatro horas compramos una caja de tigretones, una tontería absurda que nos hace reír sin motivo.

En cuanto cerramos las puertas del coche, el mundo exterior deja de importar.

Arrancamos y el trayecto a Serratona se nos hace eterno.

Mis manos buscan las suyas: rozar y alcanzar su brazo, dejar mis dedos en su muslo cuando el semáforo se pone rojo.

La acaricio, la siento, y tengo que obligarme a apartarme para que pueda conducir sin que mi cabeza, ya de por sí dispersa, nos meta en un problema.

Cuando llegamos, no dudo de mi propuesta.

—A mi casa —le digo—. Si te parece bien.

Necesito que vea mi espacio, aunque ignoro el motivo. Tal vez porque aquí soy yo, Ángela, con cosas de mis abuelos, incluso muchas que no elegí, pero hay un pedacito de mí que aún no conoce.

Entramos sin hacer ruido, como si mis padres, desde la otra acera, pudieran oírnos. No sería de extrañar que mi madre nos pillara por una rendija de la cortina de su habitación y por la mañana me lo recriminara. Pero da igual: este momento junto a ella es lo que deseo.

Enciendo la luz tenue de una mesita y Alice camina despacio por el comedor, observándolo todo con curiosidad y acercándose a cada cosa para memorizar los detalles. Luego la guío hasta mi habitación y allí dejamos nuestras cosas. Es pequeña, pero este espacio sí lo puedo considerar mío.

Alice se entretiene en pasar los dedos por los lomos de los libros, lee algún título en voz baja y me mira como pidiendo explicaciones de algunos de aquellos que la sorprenden.

No puedo esperar más y me acerco a ella por detrás.

Coloco mi frente en su cabeza e inspiro su aroma. Huele muy bien. Creo que un poco a mí, pues le he prestado mi labial y ese olor a cereza nos envuelve a ambas.

La giro para mirarnos y sus ojos expectantes sé que me desean. La beso con calma, sin prisa, para aprenderla de memoria, para saborearla con la lentitud que necesito.

Sus manos recorren mi espalda y se detienen en mi cintura. Las mías suben por sus brazos, por su cuello, y sentir el suave contacto con su piel me excita más de lo que ya lo estoy.

No me lo pienso más y doy un paso para acercarme a mi cama. Con un simple movimiento, Alice cae sobre el colchón y queda tumbada. Yo la miro, con el pulso acelerado y el deseo ardiéndome en el pecho. La necesito.

Me coloco sobre ella con cuidado, apoyando parte de mi peso en los brazos. La beso y siento su deseo. Mis manos se mueven a un ritmo desesperado, guiadas por la intuición, por la necesidad casi agónica de sentirla. La ropa, en medio, impide nuestro contacto, algo que voy a remediar de inmediato.

Lo malo, o tal vez bueno, es que no me da tiempo a hacer nada más. Alice se mueve rápido, me gira y queda encima de mí. Me observa desde arriba y sus ojos descubren quién soy. Una chica que solo quiere ser querida sin reservas.

Vuelve a unir nuestros labios, esta vez con una urgencia distinta, más profunda. El roce torpe de los dientes, el ritmo acompasado de nuestras respiraciones, la forma en que se buscan nuestras bocas. Esto que empiezo a sentir es algo más que un juego.

Se deshace de mi camiseta con manos decididas mientras yo le desabrocho, uno a uno, los botones de su camisa de seda.

Mis dedos rozan su clavícula y la piel se me eriza ante ese contacto tan simple.

Bajo despacio hasta su pecho para quitarle el sujetador.

Es la visión más provocadora que he visto nunca.

Apenas tardamos un segundo más en desprendernos del resto de ropa para que nuestros cuerpos se reconozcan y nuestra piel se sienta en estado puro.

Es Alice quien toma la iniciativa y sus labios recorren mi piel con una calma desesperante, deteniéndose donde sabe que me pierdo el sentido.

Encuentra rincones que me despiertan escalofríos y me aferro a la sábana para no perderme del todo.

Me estremezco y no es de frío. La siento cerca de mí y esto es lo que quiero. Nuestras respiraciones entrecortadas se buscan, nuestras caricias se encuentran y se produce una unión que va más allá de lo conocido. Estamos solo Alice y yo. Somos una, y no esperaba esto.