Capítulo 27
ALICE
Hace semanas que no veo a Ángela. Está atrapada entre trabajos y exámenes que, según dice, se le atragantan.
No me lo creo. Ella es brillante y el problema es otro.
Cuando está conmigo, se olvida del resto del mundo.
Y, por mucho que me guste ser ese lugar, no puedo ser el motivo por el que descuida su vida.
De las notas que ha recibido no se ha vuelto a hablar. Seguimos preocupadas, pero no han llegado más. Quizá Ángela tenía razón y solo era un estúpido que se ha cansado al ver que no le afectan.
Este tiempo también me ha ido bien a mí.
Estoy hasta arriba de tareas con las obras y la adecuación del local.
Menos mal que en su día decidí contratar a Max para estos meses iniciales, si no, no sé cómo lo habría llevado.
Quiero abrir a finales de junio, como muy tarde en julio, para comprobar si el turismo de verano conecta con mi propuesta.
También me he trasladado a la casa de la tía Angelines. Con el proyecto avanzando, tenía sentido estar más presente en Serratona.
Aun así, Ángela y yo no hemos dejado de escribirnos «buenos días», «que vaya muy bien tu jornada», «suerte con ese examen», «no seas muy exigente con el transportista»… Nuestra forma de seguir acercándonos.
Carla también me ha escrito varias veces. No le he respondido. Insiste en que tiene algo que contarme, pero solo si la veo en persona, a solas. Lleva tanto tiempo con la misma historia que ya no me parece veraz. Si fuera de verdad importante, ya me lo habría dicho.
Ángela entregaba ayer el último trabajo y ya estaba libre para hacer esa excursión a Barcelona que tanto me apetece. Quiero llevarla a ver unas tiendas con la misma filosofía que la mía, pero, al estar ubicadas en la capital, probablemente tengan otra disposición, otra manera de hacer.
La recojo a primera hora. Lleva un tejano oscuro que deja ver el tobillo y una sudadera con una frase sensual: Sweet darling . Su cabello, recogido en dos moños a los lados, también consigue ponerme un poco cardiaca.
¿Por qué me sucede eso solo con verla?
—Buenos días. ¿Estás lista?
—Preparada. ¿Has quedado con ellos?
—Planificado. —Le guiño un ojo y vuelvo a sentir ese cosquilleo al tenerla sentada a mi lado.
El trayecto se me pasa en un suspiro. Ángela no ha dejado de hablar. Me cuenta sus últimas semanas, ocupadas entre estudiar y preparar exámenes. Aunque han sido monótonas, ella consigue hacerlas interesantes.
Llegamos a una boutique en pleno centro de Barcelona. He quedado con la dueña del local, con quien llevo tiempo escribiéndome. Me ha ayudado bastante y me alegra que haya querido compartir su experiencia.
Esta mañana hay un grupo numeroso de personas que van a personalizar cazadoras tejanas.
Deben transformarlas usando pintura, parches y telas dispuestas sobre grandes mesas frente a ellas.
Ángela y yo nos unimos a uno de los equipos.
Es un taller muy visual y artesanal, que combina reciclaje y moda personalizada.
No podemos quedarnos hasta el final, pues tenemos otra cita no muy lejos de allí.
Entramos en silencio. La conferencia sobre técnicas de diseño y confección de complementos acaba de empezar.
Nos colocamos al fondo. El espacio es amplio, de estética industrial, muy diferente a mi local.
La persona que dirige la sesión presenta a los profesionales que llevarán el speach mientras señala los materiales que, al finalizar la charla, podrán tocar los participantes.
Tomo notas mentales de lo que puede encajar y lo que no en Serratona.
Ángela hace lo mismo. En un momento levanta la mano y pregunta por la adaptación de estos talleres a entornos pequeños, con menos flujo de público.
—Ahí está el valor —le responde—, en lo cercano, en lo experiencial. En generar comunidad.
Al salir, el ruido de la calle nos envuelve de golpe. Ángela se para y me mira.
—Esto sí lo veo —admite—. Tiene sentido. No es solo moda.
—Exacto —respondo—. Es contar algo y que la gente quiera formar parte de ello.
Caminamos unos metros en silencio. Barcelona sigue latiendo a nuestro alrededor, ajena a nuestros planes, a mis dudas y a este cosquilleo constante que Ángela provoca sin proponérselo.
Después de comer le muestro mi sorpresa. No sé por qué, pero cuando aquella actividad apareció en mi Instagram, pensé de inmediato que sería algo divertido y cercano para hacer con ella.
Es otro taller distinto a los de la mañana.
En principio, no encaja con la tienda, aunque quién sabe.
A veces las mejores ideas nacen de lo inesperado.
Esta vez hablamos de cosmética natural: hacer tu propio labial desde cero.
Y estar guapa por fuera siempre es un plus, tanto en ropa como con el maquillaje.
Ángela adora Kiko Milano. Es su tienda de referencia y su labial es casi sagrado, pero también sé que le gusta experimentar, entender cómo se hacen las cosas. Tal vez no sea que lo sustituya, sino que cree algo suyo.
El taller se imparte en un espacio pequeño con estanterías de madera repletas de tarros de cristal, aceites esenciales y pigmentos naturales.
Huele a cera de abeja, a manteca de karité y a frutas dulces.
Nos reciben con una sonrisa y nos sentamos la una al lado de la otra, frente a una mesa compartida.
Cada puesto tiene un pequeño hornillo, espátulas, moldes y varios recipientes con bases naturales.
La chica que dirige el taller nos habla de ingredientes, de proporciones, de cómo cada labial puede adaptarse a la piel y a cada gusto personal. No es solo maquillaje; es cuidado, elección, conciencia.
Observo a Ángela mientras escucha atenta, concentrada. Cuando le pasan los pigmentos, sonríe eligiendo colores rojizos, todos ellos. Me acerca uno de los tarritos para que lo huela. A mí me huele ya a ella, a cereza.
En ese instante duda entre dos tonos, aunque al final acaba mezclándolos. Nos inclinamos la una hacia la otra y nuestras manos se rozan al alcanzar los utensilios. Ninguna se aparta. Solo estamos ahí, creando algo juntas.
—Nunca pensé que hacer un labial fuera así —me dice en voz baja y su sonrisa me eriza la piel.
Cuando por fin vertemos la mezcla en los moldes, siento una satisfacción inesperada.
No tanto por el resultado, sino por el proceso.
Por el tiempo compartido. Quizá este taller no tenga un lugar claro en mi tienda.
O quizá sí. Tal vez no como producto, sino como experiencia.
Como excusa para reunir y imaginar. Lo valoraré.
Nos ofrecen una infusión mientras esperamos que acabe el proceso y se solidifiquen los productos que hemos hecho durante la tarde.
Y aprovechan para darnos explicaciones de los diferentes usos del material que podemos llevarnos a casa; el precio del taller ya vale eso.
Cuando media hora después nos dan el visto bueno y podemos llevarnos nuestro producto finalizado, Ángela se lo aplica en los labios y se acerca a los míos para ofrecerme un beso.
—Es suave, ¿no crees?
Asiento, incapaz de articular palabra. El aroma me envuelve. No sé si es el labial, su cercanía o el hecho de que cada vez que está tan cerca pierdo la noción de todo lo demás. Me falta el aire y, por un segundo, me pregunto si esto es normal o si me estoy volviendo un poco loca.
Al salir a la calle, el sonido de una notificación rompe el momento. Ángela se detiene en seco. La veo leer el mensaje y algo en su expresión se quiebra, apenas un gesto, pero suficiente.
—¿Qué ocurre?
—Nada —responde tras suspirar con fuerza. Sigue andando como si tuviera prisa. Va en dirección contraria.
La cojo del codo y la obligo a detenerse.
—Vamos hacia el otro lado —digo con suavidad—. Te llevo a un restaurante que te gustará.
Me observa y sostengo su mirada con una sonrisa tranquila, intentando bajar la tensión.
—¿Cuéntame? ¿Qué te ha trastocado así?
Duda un segundo antes de hablar.
—El gilipollas de mi exnovio —escupe al fin—. Está en Serratona, con mi madre, charlando tranquilamente de sus cosas, como si aún fuera algo mío.
—¿Y por qué lo atiende tu madre? Bueno, no digo que lo eche a patadas a la calle, pero por lo que dices es como si aún llegara al corazón de su suegra.
—Exsuegra —me corrige—. Aún no le he contado a mi madre que lo hemos dejado.
—¿Cómo qué no? —me sorprendo—. Ya hace bastante tiempo, es raro que no lo sepa.
Suspira.
—No conoces a mi madre. Es especial. Y Ricardo siempre ha sido el yerno ideal para ella. Decirle que ya no estamos juntos es complicado. Pero lo haré. Tengo que hacerlo si no quiero que ese imbécil lo estropee aún más.
—¿Quieres que volvamos al pueblo? —pregunto con calma, aunque sus palabras no me gustan. Tal vez no tenga clara su orientación. Pensé que sí, por sus caricias, pero me duele que aún le dé pie a alguien que ya no forma parte de su vida mientras sigue a mi lado.
—No —dice enseguida—. Ahora le escribo y mañana, sin falta, hablo con mi madre. ¿Dónde vamos?
Me mira y fuerza una sonrisa. Sé que quiere que no note la tirantez de su cuerpo, pero la siento. Aun así, le contesto de inmediato:
—Hay un pequeño restaurante aquí cerca. Solía ir con mi padre a comer al salir del trabajo.
Sus ojos se iluminan de golpe.
—¿Están cerca las oficinas? ¿Las de la central?
Asiento y ella da un par de saltitos, espontánea, casi infantil.
—¿Eso qué significa? —Me río—. ¿Quieres verlas? No sé si podremos entrar. Dependerá del conserje que haya.
Nos acercamos al edificio y observo que Juan Andrés tiene turno hoy. Con este lo voy a tener fácil. Toco con los nudillos el cristal. Cuando me reconoce, se levanta con una sonrisa franca.
—Buenas noches, señorita Casadevall. ¿Cómo usted por aquí? Su padre me dijo que ya no trabajaba en la tienda y que no la veríamos en una temporada.
—Pues ya ves, hoy he venido con una amiga a pasear por Barcelona. Le gustaría ver las oficinas. ¿Podemos subir un momento? Solo un vistazo rápido.
Juan Andrés duda.
—No haremos ruido ni tocaremos nada —añado—. Si quieres, puedes llamar a mi padre y pedirle permiso.
—Pero…
No lo ve claro y yo tampoco. Nunca he hecho algo así sin consultar antes. Pero Ángela tiene ese efecto en mí: me empuja a cruzar líneas que ni siquiera sabía que existían.
—Tranquilo —le digo—. Será solo un momento. —Y me hago con una tarjeta de acceso de la recepción.
Cojo la mano de Ángela y le guiño un ojo a Juan Andrés. Tras un segundo de indecisión, nos deja pasar sin más impedimentos.
Espero, de verdad, que mañana no tenga ningún problema por esto.
Cuando el ascensor se cierra y empieza a subir hacia la última planta, siento cómo su mano aprieta la mía.
—Nunca me había colado en un edificio de oficinas por la noche —comenta con cierto nerviosismo.
—Nos han dado el visto bueno —aclaro.
—No sé yo si lo ha visto bien el de seguridad. Pero da igual… ¡¡Yo quiero ir al despacho del jefazo!!
—Ángela, no te alteres. El del jefazo, no sé, pero tengo la contraseña del de mi padre, ¿te vale? —Sonrío con picardía y un rubor colorea las mejillas de Ángela.
Llegamos a la planta de dirección. Paseamos por las salas de juntas, la zona de catering y un par de rinconcitos con sofás para las visitas que llegan y deben esperar.
—Este es el de mi padre —le cuento.
—¿Entramos?
Su pregunta me enciende y solo puedo marcar los números de la clave para acceder.
Mira alrededor. El escritorio principal, un sofá con una mesita para aquellas reuniones más íntimas y, ante nosotras, Barcelona.
Se acerca hasta el gran ventanal y apoya la frente en el cristal. Doy un par de pasos y me coloco a su lado. Desde allí, los coches parecen hilos en movimiento constante y las personas simples puntos que se cruzan sin saberlo.
La ciudad respira a nuestros pies.
Durante unos segundos no decimos nada, hasta que Ángela se gira de pronto, me coge de la mano y me arrastra hacía el sofá, en el que se deja caer sin soltarme y, al seguir aferrada a ella, no me queda otra que sentarme a su lado, casi encima.
—La cena tendrá que esperar. No habías reservado, ¿no? —me consulta, a la vez que aprieta mi mano. No desea soltarme.
—No, pero puedo hacerlo. La cocina está abierta hasta tarde.
—Ya pasaremos por un puesto callejero o por una de esas tiendas abiertas las veinticuatro horas —añade—. Cogeremos cualquier guarrería, no hay problema.
No deja de mirarme y no entiendo su lenguaje no verbal. O si lo entiendo no quiero hacerle caso, porque…
—¿En qué estás pensando? —La observo, desconcertada por ese brillo travieso en sus ojos.
—Qué equivocada estás —susurra muy cerca de mi mejilla—. Pensar no es mi fuerte, solo actuar.
No me da tiempo a reaccionar. Se lanza sobre mí y su boca choca con la mía, decidida, intensa. Aún quedan rastros del labial sabor a cereza, ese sabor a ella que me enloquece; quiero memorizarlo y que ocupe mi ser.
Ángela me besa con hambre, sin dudas, como si no existiera un después y, durante unos segundos, olvido por completo dónde estamos.
Mis manos dudan hasta que encuentran su cintura, tan cerca que no hay espacio para nada más. Su respiración se mezcla con la mía; por la presión de sus labios y la forma en que inclina la cabeza es como si lleváramos toda la vida besándonos. Nos acoplamos a la perfección.
Apenas puedo respirar. Mi corazón galopa en el pecho, desbocado, y siento cómo mi cuerpo responde a su cercanía, a su calor, a esa forma suya de borrar cualquier pensamiento con un solo gesto. Me besa de nuevo, más despacio ahora, como si quisiera comprobar que sigo ahí, que no voy a desaparecer.
Apoya la frente contra la mía durante un segundo, lo justo para que nuestras miradas se crucen. Sus ojos brillan, cargados de algo que no necesita nombre. Me sonríe apenas, esa sonrisa que me templa, y vuelve a rozar mis labios, esta vez con cierta ternura.
El mundo exterior desaparece. No hay oficinas, ni ciudad, ni ruido. Solo existe ella. Y yo, rendida a ese instante, deseando que no termine.
No sé en qué momento las palabras encuentran salida en mis labios. Solo nacen de la necesidad urgente, casi física, y del convencimiento de no estar donde debemos.
—Volvamos a Serratona —susurro, aún tan cerca que nuestras respiraciones se mezclan.
La miro a los ojos, pidiéndole una afirmación. Porque este no es el sitio y porque la necesito con una ansiedad que me desborda y sé que, cuando nos encontremos a solas, nada volverá a ser igual.