Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

ÁNGELA

El día de la representación ha llegado. Esta noche se estrena Romeo y Julieta y cada detalle debe estar impecable. El grupo de teatro está volcado en que así sea. Las entradas se agotaron hace semanas y la expectación en Serratona es palpable.

Una cola larguísima serpentea frente a la puerta. Vecinos del pueblo y un sinfín de turistas esperan pacientes, como cada año. Uno de los compañeros se encarga de revisar las entradas y de mantener a la multitud en calma hasta que llegue el momento de abrir las puertas.

En el interior, Gerard baja el telón y los actores regresan a sus camerinos. El último ensayo ya ha terminado. Ya no hay margen para cambios ni correcciones: todo está listo para que el público entre y la obra cobre vida.

Mi amigo, que se ha encargado en esta ocasión de la dirección, está hecho un flan.

—Ánimo, colega. Será un éxito —le digo—. Ya lo verás.

—Creo que se me han ido de las manos los cambios y algunos diálogos.

Se mueve intranquilo a la vez que revisa las notas que sostiene entre los dedos.

—¡Que no! Que va a gustar, te lo dice una experta —interviene Sandra mientras termina de colocar los papeles de reservado en las primeras filas.

—No te calificaría como tal, pero gracias por los ánimos —responde, un poco más calmado. Alguien le acerca una botella de agua, que vacía casi de un trago, y acto seguido esa misma persona se dirige a la entrada para dar el visto bueno y permitir el acceso al público.

El público entra animado y los compañeros los van acompañando hasta sus asientos.

En su día decidimos numerarlos; era la forma más justa de respetar quienes habían comprado la entrada con mucha antelación y habían podido elegir dónde sentarse, como en un teatro convencional.

En años anteriores no había sido así y siempre surgían discusiones.

Este año seguro que alguien se quejará de otra cosa, pero no de dónde le ha tocado sentarse.

La elección habrá sido suya, marcada por la fecha de compra.

Acompaño a Dolors hasta la tercera fila.

Fue de las primeras en hacerse con una entrada y no quería perderse ni un detalle.

Cuando regreso a la puerta, un matrimonio al que ya he visto en otras ediciones —vienen cada año desde Lleida solo para ver la obra— me saluda con entusiasmo.

Reviso sus entradas y los acompaño hasta sus asientos.

Después llega el dueño de la ferretería con su familia, cada vez más numerosa, como si el grupo creciera edición tras edición.

Son ruidosos, cercanos, entrañables y siempre traen consigo ese ambiente festivo que tanto identifica al pueblo.

Al girarme, veo a lo lejos a la turista pelirroja que, durante la fiesta de la floración, quiso pintar una acuarela en la mesa de los niños.

Me mira, sonríe y le devuelvo el gesto antes de seguir con lo mío.

Hasta el último minuto, Sandra y yo ayudamos: indicamos filas, calmamos impaciencias y sonreímos más de lo que el cansancio nos permite. Somos parte del grupo de teatro, por lo que sentimos ese cosquilleo en el estómago que precede a cualquier estreno.

El murmullo creciente del público va amortiguando nuestros nervios. Al final, nos acomodamos en nuestros asientos casi al mismo tiempo que las luces se apagan. La obra va a dar comienzo.

Me giro un instante y compruebo que Alice está en su butaca, con esa entrada que he conseguido con algún que otro trapicheo, bastante cerca del escenario.

Así podrá disfrutar del espectáculo. Vislumbro una sonrisa en su rostro y una sensación de paz y de armonía me envuelve.

Qué bien que esté aquí. Después buscaré un momento para hablar con ella, de nosotras, porque creo que no deberíamos dejarlo pasar más.

Hay algo a nuestro alrededor que nos empuja a estar juntas y, al mismo tiempo, nos frena.

No resulta convincente. Tenemos que hablar para solucionarlo.

Cuando vuelvo a acomodarme junto a Sandra, cerca de la puerta de los camerinos por si alguien nos necesita, al retirar el cartel de reservado, noto otro papel bajo mis nalgas.

Frunzo el ceño. Es extraño. Lo recojo con cuidado y el estómago se me encoge al reconocer uno de esos malditos sobres que me persiguen.

Sandra, a mi lado, se da cuenta al instante de lo que es.

No necesita mirarlo: le basta con mi expresión.

Me observa, preocupada. Trato de quitarle importancia con una mueca torpe, pero mi cuerpo no sabe fingir tan bien como mi cabeza.

Ella me coge la mano y la aprieta con fuerza, anclándome al momento.

Nos giramos para ver quién podría haberlo dejado ahí, pero la oscuridad del teatro lo oculta todo. Suspiro y vuelvo a mirar al frente.

No voy a abrirlo ahora. No voy a permitir que alguien empeñado en fastidiarme la existencia arruine el estreno.

No hoy. El telón se levanta y me obligo a centrar la mirada en los actores que empiezan a salir al escenario mientras intento calmar la respiración.

Que Sandra no me suelte aún ayuda a aplacar el desasosiego que siento.

Unos minutos más tarde empiezo a disfrutar de cada escena, de cada frase y diálogo, de los guiños a Serratona y de las novedades que se han introducido.

Una maravilla que saboreo con una sensación agridulce, porque en mis dedos quema ese papel que debería destruir.

Sandra lo ha visto, así que sé que tendré que leerlo con ella, repasar quién ha estado a mi alrededor y qué ha ocurrido durante el día.

También tocará confesarle que recibí otra nota que no quise desvelarle.

Estoy disgustada por algo que no acabo de comprender y que no quiero que empañe a quienes tengo cerca. Odio la sensación que me provoca.

Cuando la obra termina, Alice se acerca a nosotras y, juntas, nos dirigimos a los camerinos para felicitar al elenco por la buena actuación. Pasamos casi media hora entre bromas, saludos y alegría compartida. Ha sido un éxito y el equipo al completo lo sabe.

Pero Sandra no puede aguantarse.

—¿Cuándo vas a abrirla? —pregunta—. ¿Y dónde?

La miró con incredulidad. ¿Por qué no habrá esperado a que estemos solas? Y además está frente a mí, con un rictus serio que no me gusta.

—¿A qué se refiere Sandra? —pregunta Alice después de varios segundos sin respuesta.

Ya sabía yo que no era el mejor momento. No quería que nadie más supiera sobre las notas, no me apetecía airearlo y con esas palabras mi amiga lo ha conseguido.

—Nada, un tema entre ella y yo —digo, a ver si consigo que acepte el trato tácito.

—¡Nada dice! —replica Sandra con cierta ironía—. Veo que no te lo ha contado. Pues no, Ángela. Es la hora y el lugar adecuado para que Alice lo sepa. A lo mejor nos puede ayudar.

Niego con la cabeza. No, a Alice no. Quiero que siga siendo mi refugio, mi lugar seguro, donde me evado y me siento libre. Estos sobres me atan a una realidad que no comprendo… y, si Alice llegara a conocer este lado de mí, todo se enturbiaría, y no estoy dispuesta a ponerlo en riesgo.

Esta se acerca y me toca la mano. Es un gesto suave que solo quiere hacerme ver que puedo desvelarle lo que sea. Pero yo no lo veo así. Su tacto me eriza la piel y sus ojos nublan mis sentidos. No sé si seré capaz de pronunciar palabra.

A nuestro alrededor sigue el jolgorio de la fiesta, un teatro que empieza a vaciarse de público y donde solo quedan los que hemos sido partícipes de su ejecución.

Sandra hace un gesto para instarme a hablar. Si no lo hago, será ella la que le explique a Alice aquello que sé que debo contarle yo, aunque no quiera.

—Es que creo que le estamos dando más importancia de la que tiene…

—Que la tiene, y mucha —asevera Sandra.

—Déjame a mí, por favor —la freno—. ¿Queréis que vayamos a mi casa a tomar una cerveza? Allí abrimos el sobre y vemos qué dice.

Sandra asiente y Alice nos acompaña sin saber aún de qué va esto.

Durante el corto trayecto hasta donde vivo, frente a la casa de mis padres, vamos en completo silencio.

Cuando nos sentamos en la mesa de la cocina, Sandra mueve la cabeza, un gesto que empiezo a detestar.

Seguro que leerlo me dañará y, con lo bien que lo hemos pasado, apenas me apetece que destroce de nuevo mi corazón, que sé que lo hará.

Me acerco a la nevera y saco tres botellines de cerveza. Me siento al lado de ellas y, sin pensar, cojo el sobre que había guardado en el bolso.

Lo desdoblo con cuidado y primero leo su contenido en silencio, para mí. Un nudo se forma en mi pecho y unas lágrimas amenazan con caer. Pestañeo y, con la garganta comprimida, pronuncio en voz alta esas frases amenazantes y despectivas:

No confundas las cosas. Ella no te necesita.

No eres nadie para ocupar su espacio.

Aléjate antes de hacerle daño.

Otra vez menciona un «ella». ¿Quién será? ¿Por qué?

Las lágrimas descienden hasta mis labios.

—¿Qué ocurre? —pregunta Alice—. O me ponéis en antecedentes o no entiendo nada.

El desconsuelo no permite que abra la boca. No sé qué me pasa, pero, al estar al lado de la gente que me quiere, la carta me hace aún más daño.

Sandra pone al día a Alice. Lo detalla a su manera, aunque creo que yo no lo hubiera explicado mejor. Tal vez aportaría los sentimientos y el dolor que han provocado en mí esas palabras, pero así, de forma objetiva, está bien.

—Me gustaría verlas —pide Alice—. ¿Es posible?

—No son manuscritas. Ha evitado que podamos conocer su letra —continúa Sandra.

—Un buen espécimen, por lo que veo.

Retiro de mis mejillas el resto de lágrimas que aún se amontonan. No soy capaz de contener el desasosiego que siento.

—La primera la tiré. —Suelto un hipido—. No creí que recibiría más. Decía algo así como que no sabía hacer mi trabajo y que debía dejar la obra.

—O sea que es alguien del teatro —constata Alice.

—Eso pensamos al principio, aunque descartamos a casi todos los posibles —prosigue Sandra.

—A veces el más cercano es el que tiene más números —comenta Alice.

—Lo sabemos —digo—, aunque no se lo conté a ellas hasta recibir la tercera.

—¿Esperaste a tener tres notas? —pregunta, preocupada.

—Ya te he dicho que la primera la tiré. No creí que fuera a recibir más. La segunda me sulfuró, y seguía creyendo que era alguien del teatro. Y la tercera reforzaba más esa idea. Entonces fue cuando pensé que tal vez mis amigas podrían ayudarme.

—Y porque te pillamos —dice Sandra.

Escondo la mirada. No quiero seguir hablando, apenas me atrevo.

—Y, para más inri, de la cuarta no nos dijo nada. Se calló que había recibido otra y no me he enterado hasta hoy, que ya van cinco. Esto se pasa de castaño oscuro, ¿no crees?

Alice asiente.

—Tal vez deberíamos hacer algo —insiste Sandra.

—¡No! —exclamo.

—¿Por qué eres tan obtusa?

—¿Y qué digo? He recibido unas palabras que se pasan un poco de tono, pero que apenas dicen nada. Al principio hablaban del teatro, ahora de ella. ¿Quién es ella?

—Pues eso es lo que debemos descubrir. ¿Has pensado en lo que te dije?: tomar nota de quién estaba cerca, con quién te habías juntado…

—Sí, pero no hay nada reseñable.

—¿Por qué no nos lo cuentas con el máximo detalle que puedas? —pide Alice—. ¿Las tienes por aquí? Para verlas.

Asiento mientras me pongo en pie y me dirijo a la cómoda de la entrada. Las guardé ahí, un lugar que apenas miro, solo al entrar en casa, y así podría tirarlas a la basura en cuanto tuviera oportunidad.

Alice las examina con atención un par de veces. Lo hace con calma, repasando cada palabra.

—Es que no sé qué más decir —continúo—. Que un imbécil tiene ganas de tocarme las narices, pero no lo va a conseguir.

—Creo que sí que lo ha hecho —dice Alice.

—Es que no lo entiendo. —Y vuelvo a sollozar.

De repente no sé qué me pasa, esto es horrible. Me siento ninguneada por alguien que no sé quién es y no quiero que me afecte, pero…

—Tranquila, Ángela. Descubriremos a esa persona —asegura Sandra— y se las verá conmigo.

—Y conmigo —secunda Alice.

Y me siento mejor con ellas, que me miman y cuidan.