Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

ALICE

Las entrevistas han sido un éxito. Ya tengo a mi equipo, y eso, aunque no estaba en el orden previsto, me da una tranquilidad inesperada.

Ángela se encargó de darme algunas directrices antes de empezar.

Cosas sencillas como: a este apenas le gusta hablar; no creo que sea buen comercial, pero para la moda es un diez, por lo que en el taller o dando consejos por internet puede ser buen material; esta es un poco quisquillosa, pero en el pueblo la adoran y seguro que de cara al público te llena la tienda; con los gemelos lo que te puede pasar es que te confundas tú y no sepas a quien contratas, si es que solo contratas a uno, aunque ambos son buenos en su trabajo.

Quizá empezar por las entrevistas no era lo más lógico, estoy convencida de ello. Pero dispongo ya de los permisos, las obras empiezan en dos días y, si cumplo plazos, en dos o tres de meses la tienda estará abierta.

Necesitaba saber con quién podía contar y en quién apoyarme.

El bar se llenó de cotillas. No sé su fuente, pero el rumor voló como la espuma.

Venían a ver cómo hablaba con los candidatos y a opinar sin que nadie se lo pidiera.

Para la primera entrevistada fue un poco incómodo, incluso diría que algo bochornoso, pero fuimos espantando a los cotillas que regresaron a sus casas.

—Max, estás dentro —le digo al final, tendiéndole la mano—.

Te llamarán en unos días desde la gestoría para iniciar el papeleo y, aunque no abriré hasta dentro de unos meses, necesito a alguien que me ayude con las gestiones, con los pedidos, con un montón de cosas que te iré contando en el momento que esté formalizado.

Asiente con una sonrisa que no intenta disimular. Desde que empezó a hablarme de moda, de referencias, de su conocimiento del sector retail , supe que el puesto era suyo.

Mi primer trabajador ya está listo.

He quedado con el contratista en un pueblo cercano. Hemos hablado varias veces por teléfono, pero su agenda era complicada y hasta ahora no había podido hacerme un hueco. Le enseño mis bocetos, mis ideas. No soy diseñadora de interiores, pero crear… Crear se me da bien.

—No hay problema —me dice tras observarlos con calma—. Con el presupuesto adecuado y el tiempo necesario, será posible.

—Me gustaría que estuviera listo en un par de meses.

Revisa medidas, planos, vuelve a mirar los dibujos. Al final, asiente.

—Se puede.

Todo está saliendo a la perfección. Demasiado, incluso.

Espero a llegar a mi habitación para llamar a mi padre y ponerlo al día de los avances del proyecto. Me escucha con atención. Confía en mí y eso me da un empujón extra, que no necesito, pero siempre ayuda.

—Solo una cosa, Alice. Mantén informado al fondo de inversión de cada paso que des.

Alfonso Medina es bastante meticuloso y un poco intrusivo.

Aunque sea participación minoritaria, ellos mirarán con lupa cada informe, presupuesto, contratos…

Necesitan tenerlo documentado y validado antes de seguir avanzando.

Asiento, aunque no pueda verme. No conozco a Alfonso en profundidad, pero la mirada que me dedicó la vez que coincidimos en el despacho de mi padre decía algo más. No me lo iba a poner fácil.

Tras colgar, abro el correo. Otro mensaje en la bandeja de entrada.

Ayer ya contesté a dos y siempre es lo mismo: solicitudes de documentación que ya he enviado, recordatorio sobre protocolos que ya estoy cumpliendo…

No me va a dejar en paz. Creía que podría actuar según mi criterio, aunque entiendo que al descubrir quien soy…

Cierro el portátil un segundo y calmo mi respiración.

Tras pasar los minutos necesarios para tranquilizarme, abro de nuevo el correo y me dispongo a contestarle. Pongo en copia a los otros socios, por si él se está sobrepasando en su manera de controlar.

Tengo la mala sensación de que Alfonso se convertirá en la mosca cojonera del proyecto. Esa presencia constante, incómoda, siempre por en medio, cuestionando decisiones que ya están pensadas, medidas y justificadas.

Me tumbo en la cama y dejo que vuelen mis pensamientos. Llevo un par de días sin ver a Ángela y la echo de menos más de lo que me gustaría admitir. Me falta oír su risa, sentir su presencia, inspirar ese olor tan dulce que tiene y que a veces empalaga, pero del que ya empiezo a ser adicta.

Me dijo que se había saltado alguna clase por pasar tiempo conmigo y que tenía que ir a la universidad sí o sí. Me gusta estar con ella, para qué voy a negarlo.

Pero también sé que debe ser responsable y cumplir con sus obligaciones igual que yo. No quiero convertirme en algo que la aparte de su camino. No quiero ser la excusa para que no haga lo que desea.

Esta tarde me apetece ir a ver una tienda en Lleida, más que nada por inspiración. Gestionan algo parecido a lo que tengo en mente y necesito verlo en funcionamiento, sentir el espacio, entender qué hacen bien y qué podría yo mejorar.

Le he propuesto a Ángela que me acompañe. Aún no me ha respondido.

Y esa espera empieza a incomodarme, más de lo que debería. Estoy nerviosa. Supongo que detesto la incertidumbre.

Me gusta. Creo que yo a ella también.

Me obligo a ponerme en marcha. Si me quedo aquí dándole vueltas, no llegaré a tiempo ni veré lo que quiero ver. Bajo a la recepción de la casa rural y descubro que alguien ha dejado una carta para mí.

No es de Ángela. No me sorprende, pero aun así, recibir una nota manuscrita no es algo que esperara.

Ya en el exterior me siento en el banco que hay frente a la puerta de entrada y abro el sobre.

Es Carla. Otra vez.

Alice:

Creo que me has bloqueado y no comprendo el motivo.

Te dejé a solas cuando llegó esa chica tan joven que no te merece.

Por eso he decidido escribirte como antaño, menuda palabreja, pero así se escribían los enamorados.

Ahora con Whatsapp es más rápido. Ya nadie escribe de verdad y se han perdido estas cosas tan bonitas, tan íntimas.

Te echo de menos, más de lo que pensaba. ¿Será eso posible? Creo que calaste fuerte en mi corazón y ahora es difícil escapar de ti.

Me encanta pensar en nosotras, en cómo nos reíamos, en cómo me mirabas…

Siento un vacío que nadie más que tú puede llenar.

Sé que no quieres oír hablar de mí. Me lo has dejado claro las dos o tres veces que nos hemos visto y no sé por qué.

Fui para hablar contigo, para explicarte algo importante, y casi me cerraste la puerta en las narices o me echaste a patadas para acercarte a esa niña.

Te lo repito: es una cría que no creo que sea conveniente para ti.

Además, estás demasiado ocupada con ese proyecto, tan lejos de mí, de los que te queremos.

Esta carta es porque ya no podía quedarme más callada. Necesito gritar a los cuatro vientos que te quiero y que deseo que retomemos lo que una vez fuimos. Sé que es posible y que, si tú quieres, podemos arreglarlo.

Llámame, queda conmigo, a solas, con tiempo, en la tranquilidad del lugar que tú desees. Te lo mereces y yo también necesito sentir que no te he perdido del todo.

Si quieres, puedo esperarte donde tú digas. Solo dime cuándo y dónde, y allí estaré.

Carla

Doblo el sobre. Apoyo la cabeza contra la fría pared de piedra y dejo que mis párpados caigan mientras intento ordenar mis pensamientos.

No esperaba tal avalancha de emociones y sentimientos en una carta.

Carla es mi amiga, o eso creía. Fue mi pareja durante un tiempo y todavía la aprecio, pero aquella pasión desbordada era demasiado para nosotras.

Leer sus palabras me llena de nostalgia y un leve sentimiento de culpa, aunque sé que no es la intensidad que necesito para estar con alguien a mi lado.

—Hola.

El sonido de su voz me sobresalta y abro los ojos de golpe.

Ángela. Mi Ángela.

—¿Dónde estabas? —Su tono es suave—. Porque diría que no estabas aquí.

La miro y una sensación de calor recorre mi cuerpo solo con verla. Siento un nudo en el estómago que trato de controlar. Me incorporo.

—Esperándote. Llegas tarde.

—¿Cómo? —se sorprende—. No habíamos quedado.

—¿Cuánto hace que no miras el móvil?

Entrecierra un ojo y hace una mueca cómica con su cara.

—Me fui a la uni sin él. Lo dejé olvidado en casa y he preferido venir a verte que ir a buscarlo.

Qué calma acabo de sentir.

No es que no quisiera venir conmigo, solo que no ha visto mi mensaje. Desbloqueo mi móvil y compruebo que no tiene el doble tic.

—Pues si no tienes planes para esta tarde, yo tengo uno. ¿Te vienes?

—¿Me das una pista?

—Está detallado en el mensaje. ¿Prefieres ir a buscarlo y arriesgarte a caer en las garras de TikTok? ¿O venirte conmigo que salgo ya?

Se muerde el labio inferior, se coloca la tote bag al hombro y suelta una carcajada que me llena el alma. Es su afirmación espontánea y efusiva. Adoro a esta chica.

Me está poniendo cardiaca y no sé cómo actuar. Ese es mi gran problema.

Llegamos al lugar en media hora. Encontrar aparcamiento no es fácil.

El taller que nos acoge es fabuloso, justo el tipo de espacio que tenía en mente para la zona del taller.

La responsable, que me esperaba, nos atiende con calidez y mimo mientras nos enseña el local.

Ella solo realiza talleres de moda, pero es lo que quiero implantar una vez al mes en la tienda, o tal vez dos.

Tendré que pactarlo con ella, pues es la persona idónea para ocupar ese puesto.

Ángela coincide conmigo, asiente a lo que le pregunto y apunta detalles que yo no he considerado, pero que serán importantes.

Antes de coger el coche para regresar a Serratona, decidimos tomar un refresco. Me explica cosas de la universidad, de sus amigos, de la obra de teatro… Que se abra a mí me parece algo muy bonito.

Yo también le explico algo de mis padres, de la tienda, tanto de antes como del proyecto en el que estoy metiéndola más de lo necesario. Pero es que a ella le gusta y yo adoro que pase estos ratos conmigo.

Me siento diferente. Estar a su lado me convierte en una Alice que desconocía. Y me alegra que sea con Ángela.