Capítulo 24
ÁNGELA
A Alice se la ve en su salsa y eso me gusta.
Lleva una ropa cómoda y sencilla, aunque a la vez está escogida con mimo.
Carla se acaba de ir y esa sí que estaba enfadada.
Supongo que mi llegada le ha estropeado algún acercamiento.
Intuyo que tuvieron un pasado y que ella quiere recuperarla, aunque por la mirada de Alice no ha sido lo adecuado y la despedida, algo brusca e incómoda.
No me hubiera gustado estar en su pellejo ni en el de Alice.
Ayer por la noche me envió un mensaje. Estaba tumbada en mi cama.
Justo había pausado la serie que veía, dejándola a medias, igual que los ejercicios que debía presentar la próxima semana en la universidad.
Llevaba un rato sintiéndome dispersa, incapaz de concentrarme en nada en concreto, como si algo me faltara y sin saber muy bien qué.
Y, al leer el mensaje de Alice, supe que cualquier intento de volver a hacerlo sería inútil.
Alice
¿Desayunamos en el local?
No vengas tarde.
Tenía que encontrarse con el de la inmobiliaria a las ocho y media, así que no iba a estropear ese momento clave. Esperé un rato en la esquina, nerviosa.
Desde que llegó a Serratona hace una semana siento que estoy en una nube.
Es verdad que solo nos enviamos mensajes. No ha vuelto a haber ningún acercamiento más allá de alguna caricia suelta, de apartarle el pelo tras la oreja o de rozarnos al pasar demasiado cerca.
Quedamos en que lo que sucedió en Barcelona se queda en Barcelona. Aquello fue apoteósico.
Pero tenemos que conocernos. Saber si somos compatibles fuera de una noche sin frenos. Yo rompí con Ricardo a los pocos días. Lo que pasa es que ese idiota sigue creyendo que puede volver conmigo porque aún no he hablado con mis padres. Y es insistente. Demasiado.
Alice quiere estar segura del paso a dar. Ha tenido relaciones esporádicas, sí, pero las más serias no le dejaron buen sabor de boca. Y prefiere ir despacio. Con cabeza.
Y yo…
Yo, por ahora, estoy dispuesta a dárselo. Aunque también necesito saber si estar con ella es lo que de verdad quiero o si es solo lo que siento cuando la tengo cerca.
Crucé la puerta a las once, ya no podía esperar más. Puse mi mejor sonrisa y lancé un «¡servicio a domicilio!» por todo lo alto. Quería empezar la mañana con alegría.
Encontrarme con la cara de sorpresa de Carla no entraba en mis planes; supongo que en los de ella tampoco.
Esperé fuera mientras hablaban, pasando vídeos de TikTok. La conversación duró poco, demasiado poco. Y cuando Carla se fue, lo hizo con evidente mal humor.
Al entrar, y casi pisándome los talones, accede también el de la inmobiliaria. Estar a solas con ella parece que no va a ser posible esta mañana.
Alice se despide del vendedor y salimos. Tomamos el café y los dulces, hablamos sin más, hacemos tonterías, hasta que de mis labios sale una pregunta:
—¿Te apetece ir de nuevo a mi lugar de ensueño?
Me mira de soslayo, ladeando la cabeza. Sus labios se curvan antes de hablar y juro que veo la respuesta en sus ojos previo a que se mueva su boca.
—Así te aprendes el camino y pronto podrás ir tú sola. O podemos quedar allí. Creo que hoy llevamos la ropa adecuada.
—Me parece una idea estupenda. Allí se respira paz. Aún recuerdo…
Y no la dejo ni pensar. Le cojo las cosas y las tiro a la basura. Ya habíamos acabado y lo poco que quedaba entorpecía el ímpetu con el que quería llegar hasta allí.
Corremos la una al lado de la otra unos metros. De pronto Alice se detiene.
—¿Qué prisa tenemos?
—Ninguna, es cierto. —Y paro ese momento infantil y divertido que hemos vivido—. Cuéntame algo de Carla. ¿Qué hacía aquí? —pregunto, directa y un poco cotilla.
Empieza a caminar de nuevo, despacio, a mi lado, rozando mis dedos como quien no quiere tocarlos. No me responde de inmediato. Sé que está ordenando en su cabeza qué puede decirme y que dejará aún guardado en ese rincón al que solo se entra cuando no queda otra.
Cada una tiene sus temas, de eso estoy segura. Yo también podría contarle de todo y apenas nada. A veces es más fácil dejar encerrado en ese cajón los sentimientos que no queremos mencionar o esas trabas que nos impiden avanzar.
—Dice que tenía algo que contarme —responde por fin—. Pero no lo ha hecho. Se ha echado atrás.
—¿Qué quieres decir?
—Algo muy suyo. Te lanza una migaja y luego no te da el siguiente trozo.
Era un sinvivir cuando estábamos juntas y por eso lo dejamos.
Era bastante posesiva. Sigue siendo mi amiga, nos vemos de tanto en tanto.
Aunque cada vez lo espacio más. Dice que tiene algo que contarme, pero solo me lo dirá cuando le dedique el tiempo que ella cree que es necesario para que esté contenta.
No sé, además dijo eso de que quiere intentarlo de nuevo y yo no deseo nada con ella.
—¿Y ha hecho un viaje tan largo, desde Barcelona, para no explicártelo y decir que lo quiere volver a intentar?
—Eso parece.
—Casi seguro que eso que esconde es algo que no debe ser importante, si no, te lo habría dicho.
—Al revés —niega—. Creo que sí lo era. Pero le gusta guardárselo para ella y luego soltar el: «¿Ves? Si me hubieras escuchado, si me hubieras hecho caso, lo sabrías desde hace más tiempo».
—No me parece la actitud de una muy buena amiga —murmuro.
Alice suspira y sigue caminando por la acera sin responder. Al final de la calle llegamos a un desvío que se adentra por un sendero no señalizado. Al principio el suelo está marcado por pisadas, gente que ya conoce ese lugar, que sabe por dónde ir. La tierra es firme y el camino ancho.
Hasta que deja de serlo.
Llegamos al árbol retorcido, ese que hace de marca, que está justo ahí a propósito para que sepa donde girar. Lo rodeo y viro hacia una zona más abrupta. El terreno se vuelve pedregoso, irregular. Hay que subir un par de rocas y buscar el apoyo con cuidado.
Esta vez llevamos calzado cómodo y ropa ligera para el trayecto. Me alegro de que Alice pensara que este plan podría ser una opción después de ver el local. Aunque…
—Oye —la miro mientras se esfuerza en subir el repecho; no sé cómo lo hicimos la otra vez, bueno, claro, fuimos por el otro lado, que es algo más plano, aunque llega al mismo sitio escondido y que mantengo para mí—, al final no me has enseñado el local. Hemos salido como alma que lleva el diablo.
—Exacto. Ha llegado el de la inmobiliaria y hemos huido. Luego has dicho lo del paseo y no he sabido decirte que no —responde con un amago de sonrisa.
—Uy, uy, uy… Eso no me lo creo. A mí me da que tú sabes decir más de un no cuando quieres.
—Pues ya ves —dice al llegar a mi altura—. Tendremos que quedar otro día para verlo.
—Ajá —la miro de reojo—, ya veo lo que pasa aquí. Lo que tú querías era verme otra vez.
—Por supuesto —admite sin disimulo.
Seguimos avanzando. El sendero se estrecha y el monte se abre poco a poco.
El ruido del pueblo queda atrás y solo se oye el viento moviendo las ramas y algún pájaro escondido entre los pinos.
Es uno de esos lugares que no aparece en los mapas, que no se señala porque solo llega a él quien sabe que existe.
—He puesto un anuncio en el diario local —dice mientras avanzamos—. Ya he recibido bastantes currículos. He hecho una primera selección. Cuando firme y tenga el tema cerrado, empezaré con las entrevistas. Quiero hacerlas en el bar de Dolors. Algo cercano, informal, pero con mi pose de ciudad.
—Claro. —Me río—. Tú con un buen tacón y un traje de ejecutiva lo bordas. Aquí más de uno se va a quedar sin palabras, y a lo mejor incluso sin trabajo.
—Eso espero —dice con una sonrisa ladeada—. No lo del trabajo, por supuesto. Quiero gente del pueblo, pero con ganas. Que sientan el proyecto como suyo, así como lo siento yo.
Y sin apenas darnos cuenta, llegamos. El terreno se aplana y, ante nosotras, se abre ese claro escondido, protegido por árboles altos por un lado y rocas que lo resguardan del mundo a la vez que le dan pie a ver el infinito. Nadie más que yo trae a alguien aquí. Es mi refugio. Mi lugar seguro.
Nuestro silencio se llena de aire limpio, de viento entre los árboles, de algo que no sé explicar, pero que siento en el pecho.
Alice observa a su alrededor igual que la otra vez. Como si quisiera memorizar cada detalle.
Me mira, se acerca un paso y coloca un dedo entre mis labios para que no diga nada. Es un momento para guardar en nuestro recuerdo.
Nos sentamos y miramos a lo lejos. Montañas, pueblos lejanos, gente que ni nos ve ni nos oye ni sabe que estamos ahí disfrutando de un sentimiento apacible y hermoso.
Cuando giro la cabeza, la encuentro observándome. No al paisaje, sino solo a mí. Su mirada baja a mis labios y luego se fija de nuevo en mis ojos. Mi corazón empieza a latir fuerte.
—Ángela… —susurra.
Se acerca y yo hago lo mismo. Despacio, esperando que alguna de las dos se aparte para no continuar con lo que parece que viene de inmediato. Ninguna de las dos se aleja.
El beso es suave al principio. Volvemos a reconocernos, a probar un sabor inconfundible. Porque ella me sabe a hogar.
Recuerdos de una noche se agolpan en mis pensamientos y los dejo a un lado, porque ahora toca vivir el presente. Este que tengo junto a ella en mi rincón.
La otra vez huyó. Aún no sé el porqué, aunque intuyo sus reticencias a iniciar algo conmigo.
Su lengua sigue jugando con la mía mientras su mano se apoya en mi cuello y yo coloco la mía en su cintura.
Me empapo de su olor, de su sabor, de todo lo que es Alice.
Es pasión, desenfreno, calma y un sinfín de adjetivos contradictorios que hacen que mi mundo se desordene y tenga que parar para entender lo que quiero de ella.
Ahora, en este instante, soy suya y sé que lo sabe.
No sé si podré separarme de su lado y tampoco sé cómo voy a explicarlo en casa, en particular a mi madre, que es la que ha escrito otra historia para mí. Aunque sé que quiere lo mejor, no siempre es lo que yo elijo.