Capítulo 23
ALICE
El de la inmobiliaria acaba de irse. Hemos comprobado juntos la adecuación del espacio y confirmado que es incluso mejor que lo que ya vi en fotos.
Me deja un tiempo a solas; se lo he pedido para empaparme de lo que quiero y de lo que busco en este espacio. Son cerca de ciento cincuenta metros cuadrados entre las dos plantas, con vistas a la montaña. Voy a construir un sueño aquí.
Reviso sin saber por qué el correo y tengo uno del fondo de inversión.
En específico de Alfonso Medina. Me consulta sobre los proveedores que ya les indiqué que iban a colaborar.
Ya los aprobaron, no sé por qué pregunta de nuevo esta información.
Tecleo de forma rápida una respuesta y sigo con lo que había venido a hacer a la tienda.
Uno de los primeros cambios será potenciar esa sensación de estar en el campo. Ventanales de techo a suelo y de pared a pared, para que la luz y el paisaje entren sin pedir permiso, casi como si la naturaleza formara parte de la tienda.
La zona taller quedará ubicada en la planta superior, apartada del público que solo quiera comprar o curiosear, con su espacio cuidado y tranquilo, pensado para tratar al cliente con mimo, sin prisas y con atención plena.
En la carpeta que he llevado he anotado un sinfín de cuestiones que he comentado con el vendedor y que consultaré más tarde con mi padre. Aun así, sé que es el sitio adecuado. Tiene más posibilidades de las que imaginaba.
Me apoyo en la mesa del antiguo propietario y empiezo a esbozar unos primeros dibujos de la tienda.
Unas estanterías altas llenas de prendas dobladas.
A la derecha, un par de butacones cómodos para sentarse a esperar, observar y decidir con tranquilidad.
Algunas piezas móviles, burros de ropa de líneas sencillas, que sostendrán prendas especiales y permitirán moverlas, girarlas y adaptarlas según la temporada o la luz.
Un mensaje me saca de mi ensoñación.
Carla
Estoy en Serratona.
¿Dónde estás?
Alice
¿Qué haces aquí? No habíamos quedado.
Carla
Si la montaña no va a Mahoma…
Alice
Ya. Te envío la ubicación.
Apenas cinco minutos más tarde, una sonriente Carla cruza la puerta del local.
—¡Vaya! En esto estás ahora. Tiene buena pinta.
—Más de la que esperaba.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando vi las fotos del local no me hice a la idea de lo que me he encontrado. Aquí se pueden hacer muchas reformas, ampliaciones y montar una tienda tal y como la he imaginado.
—¿Te vas a trasladar?
Hago un gesto afirmativo.
No sé qué hace aquí ni por qué ha venido justo ahora. Ha estropeado mi visión de la tienda fabulosa que, con esfuerzo, llegaré a conseguir.
—¿Qué haces aquí, Carla?
—Lo que te he dicho: venir a verte.
—Ya, pero nos hubiéramos visto en Barcelona o en otro momento. Ahora quería trabajar. Me han dejado a solas un tiempo y lo voy a perder hablando contigo.
—Veo que sigues sin ganas de estar con tus amigas.
—No he dicho eso, solo que…
—Sí, ya. ¿Recuerdas que el otro día te dije que tenía que contarte algo?
—Cierto. —Frunzo el ceño al entender por fin el motivo de su presencia—. ¿Estás aquí por eso?
—En parte. Te dije que era importante. También quería verte.
—Dijiste que no era grave ni urgente. Podríamos hablar en otro momento, ¿no crees?
—¿Te apetece un café?
—Te acabo de decir que estaba concentrada en unos bocetos. Quería trabajar a solas antes de que…
La puerta se abre de par en par y una Ángela sonriente aparece con una bolsa de la panadería y un par de cafés.
Lleva el pelo recogido en dos moños a los lados.
No es la primera vez que la veo así y le quedan tan bien…
Le hacen parecer más joven de los veintidós años que tiene.
Una imagen de esas que no se te van de la cabeza.
Y en la mía, últimamente, solo está ella.
Debo centrarme en lo que tengo entre manos y Ángela hace que me despiste demasiado a menudo.
—¡Servicio a domicilio! —exclama al entrar y se queda parada al ver que no estoy sola.
Con qué ilusión entraba y qué chasco se acaba de llevar. ¡Qué pena!
—Ángela, está es Carla, una amiga de Barcelona.
—Soy más que una amiga —dice Carla sin dudar—. Soy su ex. Y con opciones de volver a ser algo más.
La miro y niego con la cabeza despacio.
—Ángela, ¿nos das un momento? —le pido con suavidad.
Ella asiente, deja la bolsa encima de la mesa y sale. Se sienta en el bordillo de enfrente, en el mismo de la otra vez. A través del cristal la veo sacar el móvil y aislarse en él.
—Carla, cuéntame, ¿qué querías decirme?
Retrocede un paso. Me observa, expectante. No entiende mi postura. Mira a Ángela, luego vuelve a mí. Se masajea las manos, indecisa sobre cómo continuar.
Ángela ni se ha dado cuenta de que no hacemos más que mirarla y, de repente, las palabras no surgen entre nosotras. Aunque de un tiempo a esta parte tampoco salían. Carla está de lo más cansina y empiezo a no soportarla.
—Si para ti no es importante —dice al fin con un tono de orgullo herido—, para mí tampoco.
—Has venido a hablar conmigo. Dímelo. Parece que no encontramos el momento adecuado.
—Yo lo intento. Estoy aquí y he tardado lo suyo en llegar.
—Si me hubieras avisado, tal vez no hubiera concertado la cita con el de la inmobiliaria, que no tardará en volver.
—Ya me lo has dicho: que te has quedado sin tiempo por mi culpa.
Hay algo en su tono que me pone en guardia.
—Además, tenías otro plan —añade mirando hacia fuera—. Veo que tienes otras prioridades.
La conozco. Sé lo que está haciendo. Solo quería destacar, sacarme de mis casillas y hablar de vete tú a saber qué historia inventada.
—Quedé con Ángela en que traería el desayuno. Si quieres, puedes quedarte —le explico—. Café no habrá para las tres, pero te ofrezco el mío.
—Tranquila. Ya entiendo cuál es mi sitio.
Es retorcida, siempre lo ha sido, y no va a ceder. Yo tampoco. No tengo nada con ella y me apetece pasar el tiempo con Ángela.
Se gira para salir de la tienda.
—Espera, Carla. Has hecho un viaje largo, cuéntame qué querías decirme. Porque eso de que quieres volver ya lo dejamos zanjado. Espero que sea otra cosa y tenemos tiempo, si lo deseas. El vendedor aún no ha llegado y Ángela puede esperar.
—El café se te va a enfriar y sé que te gusta caliente. No te preocupes, ya encontraremos el momento y lo de volver…
—Ahora es buen momento.
—No quieras quedar bien. Conozco tus tretas.
Y yo las suyas.
—Lo que te tengo que decir no va sobre nosotras, o tal vez sí. Además, cuando vea que es adecuado te lo diré y ya veremos qué ha sucedido hasta entonces y si tiene arreglo. Como te dije, no es grave ni urgente. Solo importante, eso sí. Aunque veo que para ti no tiene el mismo valor que para mí.
—Si no me dices qué es, no puedo saberlo. Estás llevando al límite algo que no comprendo.
—Ya, pero eres tú la que no quieres tener ese momento conmigo. A solas. Sin prisas. Sin esperar a que llegue nadie. Ni con tu nuevo ligue en la puerta.
Niego con fuerza y expulso el aire. No nos entendemos y parece que ya no nos entenderemos jamás. No sé dónde ve ella que podemos volver a unirnos. Es imposible e inviable.
Sale dando un portazo.
Cierro los ojos para centrar mis pensamientos y oigo que la puerta se vuelve a abrir. El inconfundible olor a cereza de Ángela me hace mirarla y sonreír, aunque un peso se queda dentro de mí.
—¿Quién era? —pregunta cuando ya está a mi lado.
Sus manos toman las mías y el frescor de haber estado fuera calma parte de mi desazón. Sus ojos no dejan de buscar los míos.
—Ya te lo he dicho, alguien que no era importante.
—Se ha ido enfadada —dice mientras acaricia con el pulgar mis manos—. Daba unas zancadas exageradas.
Su tono es mordaz. Me guiña un ojo para sacarme una sonrisa. Y lo consigue.
—Pues ya tiene dos problemas. —Me encojo de hombros. No pienso dejar que me estropee el tiempo que puedo pasar con Ángela—. ¿Qué has traído?
Levanta un lateral de la bolsa como si fuera un trofeo.
—Lo que quedamos: croissants , un par de cocas y el café. Tenía miedo de que se enfriara.
—Entonces no se hable más.
Aparto papeles, planos, dibujos y la libreta repleta de anotaciones para hacerle sitio.
Y justo entra el de la inmobiliaria. El que faltaba.
La mañana está siendo una sucesión de imprevistos. El vendedor no tiene culpa. Esa es de Carla, que ha llegado sin avisar y ha estropeado el rato que quería tener antes de que apareciera Ángela y el poco tiempo que tenía con ella.
Hoy todo son tropiezos.
—¿Has podido revisar lo que querías? —pregunta con las llaves en la mano.
—Si —le confirmo, aunque no estoy segura.
Nos mira a las dos, esperando algo más.
—Pues nada, gracias, nos vamos.
Cojo mi café y Ángela el suyo, junto con la bolsa de dulces y salimos.
Hace un poco de fresco, pero el calor del café, que aún se mantiene caliente, me reconforta.
—Has avanzado bastante —comenta.
—Más de lo que yo misma creía.
—¿Y qué tal con el agente inmobiliario?
—De fábula. Es justo lo que buscaba. El fondo ya ha aprobado la operación, solo falta cerrar una modificación de las condiciones finales, volver a firmar y empezar con la adecuación del local.
—Se te ve animada —dice mientras saca un croissant de la bolsa, corta uno de los cuernos y lo moja en el café.
—Te vas a manchar. Espera, que te ayudo.
—Yo puedo.
Y parecemos dos adolescentes conociéndose. Porque es exactamente lo que quiero: conocerla.
—Es mucho más de lo que vi el otro día. Sabía que tenía dos plantas, sí, pero el espacio diáfano, la luz, las posibilidades… —Niego despacio—. No sé, me ha parecido una locura. Cuando se lo explique a mi padre va a querer venir a verlo.
—Pues invítalo —sugiere Ángela.
Tiene un poco de crema de café en los labios. Se la retiro con el dedo índice y lo lamo despacio. La mejor manera que se me ha ocurrido para saborearla. Su sonrisa me tiene perdida; su olor y su sabor, aún más.
—Cuando esté más claro —respondo tras pensarlo un segundo y calmar el calor que me sube por dentro, y no es del café.
—Creo que está más que decidido. Solo tienes que convencer al pueblo.
—Serratona también está convencida, lo siento aquí. —Y me llevo la mano al pecho. Una pose muy dramática.
—¿Y entonces, tu padre?
—Ver a su hija ilusionada y proyectando… Eso ya le basta. Quiero que cuando venga vea la tienda, lo que yo le he mostrado. Y sé que puedo lograrlo, con sus consejos, y no con él encima.
Ángela asiente. Entiende mi postura. Y tengo una ganas locas de empezar a trabajar. De que vean aquello que quiero construir.