Capítulo 22
ÁNGELA
Sandra entra conmigo al bar de su abuela riéndose a carcajada limpia.
Tampoco es tan gracioso lo que le acabo de contar, pero no sé, la he pillado con la risa floja.
Y nada más entrar me topo con esos ojos que tanto me gusta encontrarme.
Solo han pasado unos días desde la última vez que nos vimos y la he echado de menos.
He recibido algún que otro mensaje suyo, pero ha estado atareada con la tienda y ha tardado en responder.
—Hola, Alice.
Su maravillosa sonrisa me descoloca, y no me cansaré de decirlo.
—¿Qué os traéis entre manos? —pregunta, curiosa.
—Pues tenemos que cerrar algún tema del grupo de teatro —explico mientras Sandra sigue riéndose. De verdad, hoy está bastante tontorrona. Tendrá que darme detalles de lo que le ocurre.
Se dirige a nuestra mesa habitual, que está libre, y voy tras ella. Alice me sigue y se ofrece a ayudarnos.
—Creo que una visión desde fuera os puede venir bien.
—Vale. Sandra saca el planning .
Mi amiga extiende una hoja DIN-A3 donde están los pasos a dar, algunos marcados como ya realizados.
Durante un buen rato le explicamos a Alice cómo vamos, nos da algún que otro consejo que no nos viene mal y, al final, le hago la propuesta que llevaba tiempo en espera.
—El fin de semana antes del 23 de abril tendrá lugar la obra de teatro.
Representamos Romeo y Julieta , con un toque moderno.
Esa semana de Sant Jordi, en Serratona, montamos actividades lúdicas, invitamos a escritores de la zona…
Un espectáculo. —Lo digo de carrerilla; quiero que acepte—. ¿Te apuntas? ¿Seguirás en el hostal?
Me observa con detenimiento, intentando captar lo que le quiero decir. Ladea la cabeza y entrecierra ligeramente los ojos, evaluándome en silencio.
—No sé si aún estaré aquí por esas fechas.
—Puedes venir desde Barcelona. ¿Te reservo una entrada? Quedan pocas. Es una actividad muy concurrida: viene mucha gente del pueblo, de los alrededores y también bastantes turistas. Se ha corrido la voz.
—Como todo lo que hacéis en Serratona. —Sonríe sin dejar de mirarme.
—Nos lo curramos. Si montas una tienda de calidad, seguro que también lo petas.
—No sé si ese es el adjetivo que quiero usar para hablar de mi tienda —responde divertida—, pero me apunto. Guárdame una.
Aparece Gerard por la puerta y se sienta al lado de su novia. Le da un beso tan efusivo que Sandra se sonroja al instante, aunque no se aparta. Al contrario, parece encantada. Me doy cuenta de que Alice, de repente, se siente fuera de lugar.
Se despide de nosotras con una sonrisa educada y se marcha. La sigo con la mirada hasta que desaparece tras la puerta del bar y, en cuanto lo hace, siento un hueco extraño en el pecho. Sin apenas conocerla, cada vez la necesito más.
—Voy al baño —les digo a la parejita feliz, que parece que se ha olvidado de que el mundo no se reduce a su mesa.
Tardo lo justo, apenas un par de minutos, pero cuando vuelvo siguen igual que cuando los dejé: risas, manos inquietas y besos robados sin ningún pudor.
—Chicos, hay que ponerse con la tarea —digo acodándome en la mesa—. Y no me refiero a la de manosearos, sino a la de trabajar para la obra, que es a lo que hemos venido.
—Sí, mi capitán —suelta Gerard llevándose dos dedos a la frente a modo de saludo militar.
— Meravellòs —exclama Sandra, y ambos empiezan de nuevo a reírse de forma escandalosa y despreocupada.
No sé si están enamoradísimos o simplemente atontados. Supongo que ambas cosas suelen ir de la mano. Se les nota a la legua que están en el inicio de la relación, en ese punto en el que todo parece urgente y nada más importa.
Resoplo, cojo mi libreta y busco el papel donde tenía anotado el teléfono de la persona que va a hacer parte del decorado. Paso la página, luego la siguiente y entonces mis ojos se detienen.
No puede ser, no otra vez.
No ahora.
Ese sobre blanco, impecable, con esa letra mecanografiada. Mi nombre escrito en mayúsculas, con letra de palo.
Siento cómo el estómago se me encoge y el pulso me da un pequeño aviso. Cierro los dedos alrededor de la libreta.
Cuento hasta cinco y vuelvo a coger el sobre. Lo abro con sigilo y leo su interior.
Aléjate de ella.
No te quiero a su lado y no te metas donde no te llaman.
¿Quién puede ser la persona que con tanta insistencia quiere que deje la obra y ahora menciona a… ella? ¿Quién es ella? ¿A quién puede referirse?
Mi teléfono vibra y me aparta de esos pensamientos que estaban perturbando una tarde agradable con mis amigos.
Es Ricardo.
Pues no sé si es la persona adecuada que pueda enderezar lo que sucede en mi cabeza.
Aun así, decido cogerlo.
—¿Qué quieres?
—Un poco más de amabilidad estaría genial, ¿no? —responde con un toque arisco.
Si supiera… Tengo aún entre los dedos la nota y no dejo de mirarla.
—Igual que lo has hecho tú —respondo.
—Yo siempre he sido atento. Sabes que lo doy todo por ti. Es probable que el otro día en la cena con los socios de mi padre me equivocara y fue un grave error que quiero enmendar.
—¿Enmendar? Lo hemos dejado y no lo entiendes. No hacemos buena pareja, solo nos hacemos daño constante y estoy cansada. De verdad, Ricardo, no insistas.
No comprendo por qué se empeña en algo que ya no tiene sentido. Cuando estamos juntos nos repelemos, por lo que es mejor estar separados.
—Fue sin querer, lo sabes. Era una cena de trabajo y debía estar. Mi padre me presionó y pensé que estarías bien. Un vestido para estrenar, baile y copas al acabar. Mi intención no era que te enfadaras. Quisiera que volviéramos donde lo dejamos.
—Soy consciente, Ricardo, pero eso es lo malo. Porque cuando menos lo esperemos sucederá de nuevo y no quiero pasar otra vez por lo mismo. He caído tres veces o cuatro, ya no lo recuerdo. Como te dije, lo dejamos estar. Ya no somos pareja. Métetelo en la sesera.
—He hablado con tu madre —dice, como si no acabara de entrometerse otra vez en mi vida—. No le has contado nada.
—¿Qué te ha dicho? —Cojo el boli y empiezo a garabatear círculos con mariposas en el interior de la libreta. Odio que no me dejen llevar mi vida a mi manera.
—Nada. Que cuando bajaría para ir a comer con vosotros. Me gustaría ir el próximo fin de semana y hablamos en persona.
Resoplo con fuerza y capto la atención de mi amiga. Me hace un gesto con la barbilla para que le aclare quién es. Con mi bajada de párpados, creo que intuye con rapidez quién está al otro lado.
Ella no sabe nada de Alice, de mis sentimientos hacia esa persona, que cada vez son mayores. Y, por supuesto, mis padres tampoco están al tanto.
Es algo de lo que nunca he hablado con ellos. Son un poco anticuados, en particular mi madre, y que me gusten ambos sexos creo que no entra en sus planes.
Mientras solo estaba Ricardo, ellos estaban contentos. Debo decirles que ya no estamos juntos y que tal vez sienta algo por una chica. No sé cómo van a aceptarlo.
—Ricardo, no bajes el próximo fin de semana ni el siguiente. No vengas. Lo hemos dejado. Que no se lo haya dicho aún a mi madre a ti no te compete. Es mi familia y actúo como creo conveniente con ellos. No te metas.
—Déjame arreglarlo. Sé que puedo hacerlo —persevera, poniendo su voz más melosa.
—Ricardo, por favor.
—Pero…
Cuelgo. No puedo más. Qué persona más empecinada en algo que sabe que no nos conviene.
Y sé que lo volverá a intentar. Pero ahora es imposible soportar dos frentes abiertos, pues las palabras de esa nota siguen resonando en mi interior.
Y he decidido que no le diré nada a Sandra.
Ni a Arianne. Sé que no quedamos así, pero no quiero que esto me afecte y, si no lo cuento, es una manera de no hacerlo real.
Eso sí, he prestado atención de quién tenía cerca, de quién me ha llamado y de algún que otro detalle por si debo explicarlo después.