Capítulo 21
ALICE
Me he despertado temprano. La calma que se respira a estas horas en la casa rural y en Serratona me ayuda a iniciar el día.
Bajo al comedor, me bebo una taza de café y le doy un bocado a un minicroissant .
No acostumbro a tomar nada por las mañanas, pero ha sido ver esa bollería y mi cuerpo no ha dejado de escuchar «cómeme» hasta que la he probado.
Los puestos empiezan ya su actividad, vuelven a llenarse de piezas, colores y sabores. La fiesta de la floración dura dos días y, aunque ayer fue el más intenso, por lo que cuentan los vecinos, hoy también se espera mucho movimiento.
Cada vez es más conocido este fin de semana y cada vez se acerca más gente a visitarlos.
Paseo entre los diferentes artesanos. Hay de todos los tipos: unos ofrecen aceite, otros colocan la bisutería que venderán a lo largo del día y también hay de dulces.
Al verlos, recuerdo las delicias que probé la vez que estuve y prefiero comprarlas en la panadería.
Tendré que guardarlas porque, si no, esto sería un doble desayuno en toda regla.
Aunque…
A mí el dulce me va y no me importa.
Justo antes de entrar, ya en la puerta, veo que por entre los puestos se acerca Ángela.
—Buenos días —me dice con una amplia sonrisa.
—Madrugadora.
Me hace una ilusión absurda verla aquí.
Ayer, cuando le envié un mensaje de buenas noches, no quedamos en vernos al día siguiente.
Hemos hablado mucho estas semanas y Ángela tiene claro lo nuestro, aunque no tanto el mostrarlo en público.
No es que se esconda, ella no, solo es que necesita hablar con sus padres, contarles su orientación y volver a explicarle al pesado de Ricardo que han roto, porque parece que no lo entiende.
Y me ha convencido. Yo soy débil y mis defensas fallan cuando ella está cerca.
—Si no vengo pronto, no pillo el pan que me gusta ni los dulces que quiero —responde Ángela.
—Buena decisión. En parte, yo estoy por lo mismo.
—¿Seguro? —Me guiña un ojo.
Sabe que estoy aquí por ella. No le falta razón. He salido a pasear con la ilusión de verla y caminar por Serratona como dos amigas, sin más, lo que ella quiere. Y a mí, aunque no me convenza, me emociona.
—Además —continúa Ángela—, hoy hacen más cantidad. La que tienen en el puesto y la que venden en la tienda, por lo que vamos a encontrar productos de primera calidad y recién hechos.
Asiento mientras miro cómo, feliz, abre la puerta y accede al interior. La panadera nos atiende con su habitual buen humor. Ambas compramos de más y ella llena un par de bolsas.
—¿Te apetece pasear? —le propongo al salir.
Un leve cosquilleo me recorre el cuerpo cuando veo que accede.
Damos un par de pasos y me siento a gusto a su lado.
—Has comprado muchas cosas, ¿no? —le consulto mientras empezamos a caminar.
—Es que las chicas duermen en casa y había pensado llevarles el desayuno calentito.
De repente me detengo y la miro sorprendida ante sus palabras.
—¿Chicas?
—Sí, ayer de improviso monté una fiesta de pijamas con Sandra y Arianne. Tras el taller infantil nos fuimos a mi casa y hemos pasado la noche. Son más dormilonas que yo, por lo que aún están en la cama.
—Si tienes que volver a casa, no hace falta que me acompañes. Te he preguntado si podrías y veo que no es posible.
Mi voz ha bajado un par de tonos. Me hubiera encantado tenerla cerca más rato, intentar que nuestras manos se rozaran, poder tocar su rostro e incluso, llegado el caso, besarla de nuevo.
Que mi lengua se perdiera con la suya, que nuestro contacto hiciera que ambas nos olvidáramos del lugar en el que estábamos.
—Claro que puedo. Que esperen y, si no, que bajen ellas a comprarlo.
—Pero…
—Sigue andando y no digas nada.
Su actitud me gusta y a la vez me da miedo. Que acepte pasear conmigo es un paso más en lo que estamos construyendo.
¿Tengo claro qué es?
Diría que manda Ángela y yo me dejo llevar. Si ella no quiere contarlo aún, pues esperaré.
—¿Y qué te ha traído a Serratona? Fue una sorpresa cuando te vi en el taller —pregunta finalmente.
A nuestro alrededor caminan otros vecinos y turistas que se acercan a la feria. Nosotras, en cambio, vamos en dirección contraria al barullo de gente. Uno de sus dedos se atreve a moverse y roza la palma de mi mano. Una descarga de sentimientos bombea en mi interior.
No sé si ha sido voluntario o no. Me giro para mirarla y la sonrisa de su rostro me demuestra que quería conseguir eso.
Tomo aire para, con calma, poder explicarle el motivo de mi estancia en Serratona. También se lo debo contar a María, que ayer se quedó sorprendida cuando no fui con ella a casa de la tía Angelines.
—Me he envalentonado y he empezado un nuevo proyecto laboral. He dejado la tienda de Barcelona y ahora voy a montar una tienda aquí, en Serratona.
Detiene sus pasos y se gira para mirarme.
—¿Cómo? ¿Una tienda de qué?
Su pregunta es más que normal. No le he dado los detalles necesarios y sé que tengo que hacerlo.
—Es más largo de explicar, pero a grandes rasgos es lo que has entendido. Voy a montar una tienda de moda aquí. La idea es hacer algo diferente, con otra filosofía. Estoy en conversaciones con el propietario del local vacío que hay en la calle La Lluna.
Frunce el ceño para ubicar el sitio que le indico. Nos volvemos a poner en marcha.
—Está un poco apartado del centro.
—El pueblo es pequeño; llegarán a la tienda con facilidad si le doy la publicidad necesaria. ¿Quieres que nos acerquemos?
Y esa simple pregunta parece despertarla por completo.
Me coge de la mano y tira de mí con decisión.
Mi corazón late con insistencia mientras intento acompasar mis pasos a los suyos.
Nuestras zancadas son más rápidas de lo habitual, como si algo invisible nos empujara hacia delante.
En apenas cinco minutos estamos frente al local, con el pulso todavía acelerado.
—¿Cómo es? —pregunta curiosa mientras mira la persiana bajada.
—Solo lo he visto en fotos. He quedado con el propietario el martes y mañana debo buscar proveedores y hablar con los operarios que reformarán el local.
—¿Por qué has esperado tanto para decírmelo? —pregunta con cuidado.
Tal vez sí que debería haberle explicado algo en nuestros mensajes, pero quería estar aquí, ver su cara y la emoción de contárselo yo en persona.
—El proyecto lleva en mi cabeza muchos años, pero nunca tomaba la decisión de dejar algo fijo y que me proporcionaba ingresos seguros.
Cuando estuve antes de Navidades, me crucé con este local y algo cambió en mí.
También te había visto, me habías causado muy buena impresión, quería conocerte más y pensé que podía ser el lugar donde iniciar mi nuevo futuro.
Mi padre y yo hemos realizado los análisis suficientes, tanto de viabilidad como de mercado, y los números parece que me avalan.
La semana pasada me confirmaron que el fondo de inversión participaría en el proyecto y pondría el dinero.
Ahora solo es empezar. Serratona verá mi tienda de moda.
—No somos tan importantes.
Eso es lo que ella cree.
—Tenéis carisma, sois un pueblo que lo da todo por sus vecinos y, si yo me convierto en una de ellos, sé que me ayudaréis. Y estoy convencida de que la tienda taller será un éxito.
—¿Taller? ¿A qué te refieres?
—Venga te voy a dar detalles, que lo estás deseando.
Nos sentamos en el muro, frente a la puerta del local cerrado. Estamos muy juntas, nuestras piernas se tocan y noto que la electricidad crece entre nosotras.
—Lo que quiero hacer aquí no es simplemente una tienda de moda.
Quiero que sea una tienda de proximidad, un espacio donde la protagonista seas tú.
Podrás comprar ropa sin que nadie te agobie, como siempre, pero si quieres ir un paso más allá, estaré preparada.
Talleres personalizados, pequeñas conferencias y actividades que den vida al pueblo.
—Me animo mientras se lo voy contando, porque la verdad es que creo en lo que voy a proyectar aquí.
Ella ha puesto su mano encima de mi muslo y, aunque no la mueve, un gesto sin más, siento esa energía que me ofrece y me hace ver la luna—.
Mi idea es realizar diferentes actividades muy interesantes: un taller de customización de prendas, otro de creación de accesorios, talleres de estilismo, incluso de fotografía con tus propios outfits y un básico de diseño de moda para quien quiera probar.
Con las fiestas y eventos que organizáis aquí, una tienda así puede convertirse en otro motor para atraer al turismo.
Quien venga a comprar se quedará a comer, a tomar algo, a pasear…
Al final ganamos todos, y sé que a la gente del pueblo también le va a convencer, no únicamente al turista.
—Sabes que a mí no me lo tienes que vender. —Sonríe de nuevo. Su sonrisa me desarma.
—Lo sé, quería explicarte el motivo por el qué estoy aquí.
—¿Seguro que solo es ese? —pregunta, y su voz se vuelve más baja, más cercana, casi cómplice.
Empieza a mover su mano, deslizándola despacio por mi pierna y mis ojos me traicionan. Se quedan atrapados en ese gesto suave, apenas perceptible, pero cargado de lo que ninguna de las dos se atreve aún a decir en voz alta.
En sus ojos hay un brillo que no le había visto hasta ahora, uno que me atraviesa sin pedir permiso. Y de pronto siento un pequeño temblor en mis manos, un cosquilleo que quiero controlar, pero que se intensifica cada vez que la tengo cerca.
Me bajo de un salto del muro y sacudo la cabeza. Me giro y dirijo mi mirada hacia la montaña: un plus en la ubicación de la tienda que ha surgido sin saberlo y un espacio de relajación para mis sentidos.
—Ahora solo debo ver el local y cerrar el contrato con el propietario, empezar a buscar las personas que adecuarán el establecimiento y seguir los pasos con minuciosidad. Me vas a tener mucho tiempo por aquí.
—Eso es lo que decía —susurra.
—No te entiendo.
—Déjalo. —La leve curvatura de sus labios me desarma—. Sigamos paseando, que aquí ya no hay nada más que ver si no podemos entrar —zanja Ángela y se coloca a mi lado.
Empieza a caminar hacia la zona del bosque. Parece que volvemos a ese rincón que a ella tanto le gusta. Respirar paz es tan necesario que ese espacio lo ofrece a raudales.
—Tía Alice, ¿qué hacez aquí? —grita Biel mientras se me lanza encima.
María acaba de entrar con su hijo.
—He venido a verte —le digo abrazándolo fuerte y le beso la coronilla.
He llegado un poco antes a casa de tía Angelines para explicarle a esta por qué no estoy alojada con ellas. No sé muy bien por qué he decidido hablar con cada una por separado, dándoles a ambas su espacio, su momento. Solo sé que, cuando lo he pensado, me ha parecido lo correcto, o lo más prudente.
—A mí también habrás venido a verme —interviene María, cruzándose de brazos con exageración teatral—. Pues sigo sin saber qué haces aquí.
—Se lo acabo de explicar a Angelines —respondo mientras su tía se va hacia la cocina y yo sonrío—. Estoy aquí para abriros mi corazón.
—No seas boba. Venga, cuenta. ¿No será por Ángela? —lanza María, ladeando la cabeza.
—¿Qué tiene que ver Ángela en esto? —respondo bajando la mirada y esperando que no descubran aún mi secreto.
—No lo sé, dímelo tú. Pero yo veo gato encerrado.
—No hay nada de lo que insinúas —tartamudeo—. Vengo por trabajo.
—Sí, claro —resopla María con una media sonrisa.
—Eso mismo he dicho yo —añade Angelines desde la cocina, asomando la cabeza.
—Angelines, que te lo he contado con detalle.
—No sé si los suficientes —refunfuña, volviendo a su guiso.
Suspiro, consciente que me va a costar que crean que el motivo solo es laboral. Y supongo que es difícil, porque sé la realidad.
—María, voy a abrir una tienda aquí, en el pueblo. Es un proyecto que lleva en mi cabeza muchos años…
—Si algo habías contado, pero ¿aquí?
—Sí. En Serratona.
—Pues no sé si alegrarme por ti o no —murmura María, arqueando las cejas—. Lo que recuerdo es una boutique de alta costura en pleno centro de Barcelona. Ese era uno de los objetivos.
—Uno muy costoso. He rebajado un poco la meta, pero con el mismo concepto.
—Vamos a tener a una Alice asesorando a la gente del pueblo con sus modelitos. —Su tono de voz es un poco burlón—. Tendremos que asfaltar parte de las calles para poder lucirlos.
—Nadie ha hablado de calzado.
—Pues eso. Que habrá que ir a buscarlos a Lleida o disponer de un buen partner, porque tu estilo va con un tacón bastante alto.
—María, me repito: las pretensiones son otras y el modelo de tienda taller va a ser muy diferente a lo que esperas. No sabes las ganas que tengo de que lo veas, pero aún no va a ser posible.
—¿Tienda taller?
—Qué curiosas os ponéis cada vez que pronuncio esa palabra.
—¿A quién se lo has contado aparte de a mí?
—A tu hermana.
—Pues no me ha dicho nada.
—Tampoco ha tenido tiempo. Ha sido todo bastante rápido. —Me encojo de hombros—. Muy rápido, para serte sincera.
María se cruza de brazos, observándome con esa mezcla suya de cariño y escepticismo.
—Así que vienes a montar una tienda en Serratona. Tú —remarca, como si aún estuviera procesándolo.
—Sí. Yo. Y por eso necesitaba hablar con vosotras de manera pausada, sin nadie de por medio. Es un proyecto importante para mí.
Angelines sale de la cocina, limpiándose las manos en el delantal.
—Pues podías haber empezado diciendo eso, hija.
—Es lo que te he contado —protesto—. Creo que no me has escuchado. Estabas demasiado pendiente de tu comida.
—Porque tiene que quedar bien —responde con cariño—. Ya sabes que nos gusta cenar en familia y ese pequeñajo tiene un paladar exquisito. No le puedo poner cualquier cosa.
Hace una pausa y nos mira sonriente, feliz.
—Te quedas a cenar, ¿no?
Asiento despacio.
Son casi parte de mi núcleo, de ese círculo que me sostiene. Estoy bien aquí, con ellas, y sé que harán que mi estancia sea mucho más agradable de lo que ya de por sí va a ser.
Vibra el interior de mi bolso y me acerco para coger el teléfono. Es Carla. Me alejo un poco antes de responder.
—Dime.
—¿Puedo ir a hablar contigo? Necesito contarte algo.
—No estoy en Barcelona.
—¿Otra vez? Últimamente viajas mucho.
—Me gusta —respondo encogiéndome de hombros, aunque ella no pueda verlo—. Además, estoy fuera por trabajo.
—¿Trabajo?
—Sí. No te lo creerás, pero al final el proyecto de la tienda verá la luz.
—¿Ese del que habías hablado alguna vez?
—Exacto. Parece que tengo ubicación y la financiación aprobada.
—Estarás contenta.
—Mucho.
—Me alegro por ti. Cuando estés por aquí, localízame. Lo que tengo que explicarte es importante. No es urgente ni grave, pero prefiero que sea en persona.
—Carla, no me puedes dejar así.
—Es lo que hay. Nos vemos pronto.
Cuelga antes de que pueda insistir. Me quedo mirando la pantalla, un poco confundida. Pero así es Carla: aparece, sacude y se marcha como si nada.