Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

ÁNGELA

Los talleres infantiles acaban de empezar.

He llegado por los pelos, pues estaba cuidando a Jade y su padre se ha presentado un poco justo para hacerme el relevo.

Mis compañeros me ponen al día sobre la actividad que habíamos preparado y cómo la han organizado hasta el momento.

Tenemos varios grupos en diferentes mesas, cada uno con su material de pintura listo para empezar.

En frente de la plaza, otro grupo, en el que está Sandra, se encargan de hacer manualidades con macarrones, papel y varios elementos para crear composiciones.

Está dispuesto de manera ordenada, como me gusta, y se nota que la creatividad y las risas empiezan a llenar el espacio.

Los niños, sentados, escuchan con atención las instrucciones que les vamos dando. Yo reparto algunas plantillas ya preparadas y muchos se juntan entre ellos para hacer el trabajo en grupo. Son pocos los que se atreven en solitario.

Una turista se acerca hasta donde estoy. Espera a que uno de los niños termine de recoger el material y, cuando el pequeño se aleja corriendo, me lanza una pregunta que me sorprende un poco:

—¿Puedo pintar? ¿O es un taller exclusivo para los niños?

En la pancarta pone «taller infantil», en letras bien grandes, pero si le apetece sentarse un rato, no voy a negárselo. No será la primera que lo pregunta ni el primer turista que se sienta con sus hijos. Lo que pasa es que esta viene sola.

Me suena su cara. Creo que la he visto antes.

Sí, cierto. Me hice un selfie un día que preguntaba por unas indicaciones. Su cabello pelirrojo es difícil de olvidar. ¿Qué querrá ahora?

—Está pensado para ellos, pero, si desea hacer algún dibujo, no se lo impediré. ¿Ya nos habíamos cruzado antes? —pregunto curiosa.

Mira alrededor, como buscando a alguien entre la multitud. Parece nerviosa.

—Tal vez.

Le doy un par de cartulinas y los utensilios necesarios.

—Es para mi sobrino —me aclara—. Me gustaría llevarle una postal hecha por mí.

—Pues adelante. Busque un hueco donde sentarse.

Es la fiesta de la floración que celebramos en marzo en Serratona. No cabe ni un alfiler, como cada año. Me encanta esta festividad: el ambiente, la energía, las flores, la música. Lo disfruto y me alegra que aquel que pasa por nuestras calles también haga lo mismo.

Estoy ayudando a un grupo de tres niñas que se han atascado. Han empezado un mural juntas, pero ahora discuten —a voces— sobre qué color pega mejor con lo que ya han pintado.

—Chicas —intervengo—, si no os ponéis de acuerdo hacedlo por turnos. Primero escoges tú —señalo a la que más protestaba—, luego tú y al final tú, Zoe.

—¿Por qué tengo que ser yo la última? —se queja esta, cruzándose de brazos.

—No quería decir eso, Zoe —sonrío—. Vosotras mismas me habéis dicho que vuestra intención era hacer un dibujo grande, conjunto. Pues para trabajar en equipo es necesario organizarse. Cada una elige un color y así podéis seguir sin pelearos, ¿vale?

Se miran entre ellas, reniegan un poco, pero al final aceptan y cada una escoge una pintura. Paz restablecida. Atiendo al siguiente grupo.

En ese instante, mi cuerpo se eriza. Un cosquilleo inesperado me recorre la piel, como un aviso que no sabía que estaba esperando. Alzo la vista y me topo con Alice.

¡Ha venido!

La miro mientras se acerca con ese sigilo que me descoloca.

De repente, y como siempre que la veo últimamente, la gente a su alrededor se difumina, como un fondo mal enfocado, y solo queda ella en el centro.

Lleva un abrigo de pana hasta las rodillas y un gorro que le cubre el cabello.

Hace algo de frío, sí, pero en ella parece más bien una cuestión de estilo.

Cuando la tengo a mi lado, mi cerebro se queda en blanco. Por suerte, vuelve a ser ella quien rompe el silencio.

—Te veo muy integrada. Se te da bien estar con los niños.

—Supongo que sí. Tal vez sí que sea algo de vocación, aunque en más de una ocasión me sacan de quicio.

—Un poco de paciencia siempre es buena —sonríe—. ¿Tienes un hueco para que me pueda sentar?

—Vaya, creo que a partir del año que viene vamos a montar la actividad también para los adultos.

—¿Por qué dices eso?

—Porque… —me giro hacia donde debería estar la turista que hace un momento pintaba la postal para su sobrino— antes una chica me ha pedido participar, pero ya no está. Qué raro, ni se ha despedido.

—Hay mucho jaleo. Es normal que la gente venga, se entretenga un minuto y desaparezca.

—Supongo.

—Entonces, ¿puedo?

—Claro. —Le doy unas cartulinas. Ella coge varios lápices de colores y se sienta junto al grupo de Zoe, el más cercano a la plaza y, por consiguiente, próximo a la mesa que suelo ocupar cuando no estoy solucionando problemas.

La observo unos segundos más de lo necesario, siguiendo el movimiento suave de sus brazos, la forma en que la ropa se adapta a su cuerpo con una naturalidad que me desarma.

Me acerco hasta ella y mi mano actúa antes de que mi cabeza tenga tiempo de intervenir. Mis dedos rozan su cintura con cierta lentitud, apenas una caricia, lo justo para sentir el calor de su piel a través de la tela y confirmar que está ahí.

No es el momento y, aun así, mi cuerpo parece no entender de instantes adecuados.

La cercanía de Alice me altera. Respiro y me obligo a apartarme medio paso y centrarme. Recordar por qué estoy aquí.

Durante los siguientes minutos me muevo entre los niños: ayudo a unos que se bloquean, animo a otros que quieren abandonar para irse a hacer collares de macarrones, parece que aquella actividad requiere menos concentración.

Y, aun así, por mucho que intente mantener la cabeza en mi trabajo, mis ojos la buscan de forma inevitable.

La vigilo de reojo, como si temiera que desaparecería si dejo de mirarla demasiado tiempo.

Y cada vez que la encuentro —inclinada sobre la mesa, mordiéndose el labio mientras elige un color, apartándose un mechón de pelo con ese gesto distraído que me vuelve loca—, siento el mismo tirón bajo las costillas.

Mis pies se acercan de nuevo a su espacio y observo cómo dibuja. No lo hace mal. Ha empezado a trazar lo que parecen unas estanterías, quizá la estructura de un vestidor. Estoy a punto de preguntarle cuando dos voces me sacuden el oído:

—¡Ángelaaaaaa!

Jade y Biel vienen corriendo por en medio de la plaza, perseguidos por Jan y María, que llegan muertos de la risa y de la mano.

—¡Hola, enanos! —Los cojo al vuelo y los dejo frente a Alice, para que se unan al taller.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta María, sorprendida.

—Siempre habláis de esta fiesta y yo no me la quería perder —responde Alice con naturalidad.

—Claro, seguro que es solo por eso —bromea su amiga.

—Por supuesto. —Alice ladea la cabeza—. ¿Y qué tal os ha ido la primera ruta de Mas Traginer?

—No ha estado mal. Hemos vendido bastantes mermeladas —dice Jan.

—¿Y eso es bueno? —pregunta Alice.

—Por supuesto que es bueno. Que nos conozcan es todo un lujo. Y en el puesto ya apenas hay tarros. Tendré que traer más para mañana.

—¿Te quedas en casa de tía Angelines? —le pregunta María—. No le has dicho nada, ¿verdad? Llámala de inmediato, para que se organice.

—No —contesta Alice.

—¿Cómo qué no? —replica María.

—He reservado en la casa rural. Mágicamente, tenían una habitación para mí y estaré unos días.

—¿Unos días? —Ahora soy yo quien pregunta.

—Sí, lo que dure la fiesta y algo más. Luego os cuento. Vamos a pintar.

Y, como si hubiera pronunciado un hechizo, se sumerge en su dibujo y en el de los niños, volviéndose inaccesible al instante. No hay forma de sacarle nada más.

Ha oscurecido y los niños ya han abandonado el taller. Alice se ha retirado a deshacer la maleta y María y Jan han desaparecido con ella. Solo queda recoger para que la comitiva de fiestas pueda colocar las sillas para la orquesta de esta noche. Aquí no paramos.

Sandra está hablando con varios del grupo de teatro mientras Gerard la espera.

—¿Todo bien? —le pregunto a Arianne, mi amiga de la universidad, que ha pasado a vernos y, para acabar de rizar el rizo, se queda a una fiesta de pijamas improvisada.

Ha habido algún momento, mientras observaba a Alice en el taller, que he estado tentada de cancelarla. Preferiría tener a Alice en mi cama y no a mis amigas, pero cuando una se compromete es más complicado cambiar una decisión.

—Lo he pasado genial, gracias.

—Sabemos cuidar a las invitadas —interviene Sandra.

Entre todos traen las cajas donde hemos guardado el material, pues cada uno debe llevarse la suya a su casa.

—Esta es la tuya, ¿no? —me dice Gerard.

—Sí, es la mía. —Asiento, aunque la abro para comprobarlo. Afuera pone mi nombre, como en el resto. Pero, al abrirla, algo se me hiela por dentro: un sobre. De esos. Ya reconozco el tipo solo con verlo. Cierro la tapa de golpe e inspiro profundamente.

—¿No era esa? —pregunta Gerard, confundido por mi reacción.

—Sí, ¡ya he dicho que sí! —respondo más seca de lo que pretendía.

Sandra me mira al instante, preocupada, y acude en mi rescate.

—Venga, chicas, lo guardamos en tu casa, ¿no, Ángela?

—Sí, lo de Arianne, lo tuyo y lo mío. Nos vamos a esa fiesta de pijamas con participación femenina exclusiva.

Fuerzo una sonrisa, pero siento ese nudo agrio en el estómago. Necesito abrir el sobre, saber que contiene, cuáles son esas palabras maliciosas que van a dolerme durante largo rato.

Quizá esta noche, con Sandra y Arianne, ha llegado el momento de contarles lo que ocurre. No quiero darle importancia, pero es que no sé cómo manejarlo sola.

—¿Desde cuándo estás recibiendo esto? —estalla Sandra con un grito que resuena en el salón.

—No te sulfures —pido, aunque sé que es inútil.

—Perdona. Soy tu amiga. Tenías que haberme dicho algo en cuanto llegó la primera nota. ¡La primera, Ángela! —recalca.

Arianne aprieta mi mano en silencio. Ella no suele mostrarse tan seria, pero ahora lo está.

—Tú vales esto y más —continúa Sandra, con la voz quebrada por la rabia y el miedo—. ¿Quién crees que está detrás de esto? ¿En quién piensas?

—No tengo ni idea —contesto—. Alguien que no me conoce y que cree que me hace daño.

—¿Por qué dices eso? —pregunta Arianne.

—Léela otra vez, Arianne. A ver si conseguimos sacar una pista, cualquier detalle —insiste Sandra, frotando las sienes.

Arianne despliega el papel. La lee en voz baja, despacio, y cada palabra me golpea el pecho. Odio sentirme ninguneada por alguien que no sé quién es.

Si no vales para dirigir, siempre puedes usar otros métodos para mantener contentos a tus actores.

A algunos les gusta cuando alguien como tú se arrodilla.

El silencio posterior es casi irrespirable.

—Esto no es una broma pesada —susurra Arianne—. Esto va más allá.

—¿Ves como no me conoce? Yo no soy así.

—Pero con esas palabras te hace daño —añade Sandra.

Trago saliva. Mi amiga se incorpora de golpe.

—Esto no se queda aquí. Vamos a averiguar quién es.

Y, sobre todo, no vas a enfrentarte sola a esto, ¿me oyes?

Si recibes alguna más debes decírnoslo y observar tu entorno, que es lo que acabas de hacer, recordar con quién has hablado ese día y anteriores.

Debemos recabar información para ir a los mossos si se repite.

—No quiero montar un circo.

—No montas nada. Mañana iré a informarme —dicta Sandra—. Solo a eso. Pero ni se te ocurra tirar ninguna otra nota, ¿vale?

Asiento.

No sé quién está detrás de esas notas. Pero por primera vez tengo claro algo: no voy a mirar hacia otro lado. Y con mis amigas me siento un poco menos sola.