Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

ALICE

Me encanta recibir mensajes de Ángela. Son un soplo de aire fresco mientras espero la respuesta del fondo de inversión. Han pasado tres semanas y está siendo una larga espera, una que no sé si será buena o mala.

Reviso el correo de forma obsesiva. Sé que no me hace bien, pero no puedo evitarlo.

El día de la cena ni siquiera pude hablar con ellos y mi padre me reprendió después. No termina de entender que hubiera preferido irme con ella antes que escuchar datos, cifras y previsiones sobre mi propio proyecto.

Es que no había otra opción.

Ángela me lo puso demasiado fácil y yo la seguí. Y lo que pasó después es algo que revivo en mi cabeza cada vez que puedo. Sonrío sola, como una idiota feliz. Fue una noche memorable y terminó en una mañana de escándalo.

Y, en aquel momento, eso valía más que cualquier respuesta o conversación con la consultora.

De madrugada, tras recibir los «buenos días» por parte de Ángela, he abierto el ordenador casi sin pensar. Y entonces lo he visto.

Tengo un correo de ellos.

Asunto: Propuesta Atelier de Serratona

Apreciada Srta. Alice Casadevall:

Antón, Medina y Asociados confirma su entrada en el proyecto.

La participación será minoritaria, tal y como solicitó. Le rogamos que revise las cláusulas adicionales incluidas en el documento adjunto.

La financiación inicial está aprobada.

La convocamos a una reunión el próximo martes 13/02 a las 9:00 h en el despacho del señor Rafael Casadevall.

Quedamos a su disposición para cualquier aclaración.

Un saludo,

Sr. Medina

Socio de Antón, Medina y Asociados

Miro la pantalla y aunque respiro con dificultad, siento cierto alivio que me permite moverme, dar un paso tras otro para acercarme al teléfono y llamar a mi padre.

—Sí, guerrera. Lo has conseguido.

Mi padre estaba en copia en el correo y ha visto lo mismo que yo. Se me forma un nudo en la garganta.

—Pero… ¿qué significa la última frase?

—El otro día me llamaron y concertaron una reunión conmigo para ese día —dice tranquilo—.

No sé mucho más que tú. Pero estás preparada.

Solo tienes que venir en la fecha indicada y hablar con ellos.

Probablemente quieran aclarar algún detalle y que firmes los documentos finales. Si no, no te habrían enviado el correo.

—Papá… —digo, incapaz de ocultar la emoción.

—Alice, el proyecto merece la pena. Esa tienda puede ser un ejemplo a seguir en otros pueblos. Puedes tener varios negocios si funcionan como sé que lo va a hacer.

Sonrío con una felicidad plena en mi interior.

—Sabes que ese no es mi espíritu.

—Te mereces la luna —continúa—. Puedes luchar por todo lo que quieras.

Cuelgo y me dejo caer en el sofá, porque la realidad en estos momentos me supera. Y, por un segundo, pienso en lo fácil que sería escribirle a Ángela y contárselo, pero no lo hago.

El día indicado me presento diez minutos antes. Sé que voy con tiempo, pero prefiero ser yo la que espere. Cuando llego al despacho, me siento en el sofá hasta la hora indicada. Reviso el móvil sin leer nada.

A las nueve en punto se abre la puerta.

—Alice —dice mi padre—, pasa.

Entro en la sala de reuniones y reconozco al hombre trajeado antes incluso de que se ponga en pie.

Alfonso Medina.

—Hola, Alice. Encantado de verte de nuevo, y en mejores circunstancias que la última vez.

Hago un breve gesto con la cabeza. No sé qué busca con ese comentario. En la cena no le presté atención, apenas me fijé en él ni en ningún otro de los socios. Tras descubrir a Ángela, solo tenía ojos para ella.

Pero hoy es diferente. Hoy estoy aquí para demostrar que sé lo que hago.

Me siento frente a él, como en la última ocasión que estuve en esta sala. Aunque ahora estoy más expuesta, más vulnerable. Y debería ser al revés, porque la financiación es mía; solo faltan los detalles.

Es el señor Medina quien no me inspira ninguna confianza. Su mirada es incisiva, de esas que no buscan saludarte, sino evaluarte.

—Bueno —empieza, ajustándose las gafas—, he venido a cerrar los términos del correo que te enviamos la semana pasada. —Abre la carpeta con excesiva calma—. El fondo quiere dejar firmada la documentación antes de liberar el primer tramo.

Asiento con educación.

—Hemos incluido algunas cláusulas ¿Las has leído? —continúa—. Sin interferir en la gestión diaria del negocio, aunque, como ya presupones, con mecanismos de protección estándar.

¿Estándar? Qué querrá decir con eso.

—Haremos un seguimiento trimestral, validación de desviaciones presupuestarias relevantes y supervisión del plan financiero general, nada fuera de lo normal —dice, aunque su tono contradice las palabras.

—He leído las condiciones del contrato —digo, cortando su exposición—. Tengo algunas observaciones.

Mi padre, a mi lado, guarda silencio y me deja el espacio que necesito. Estoy segura de que, si fuera por él, ya habría intervenido.

Sé que el fondo ha apostado por mí, pero también sé que lo han hecho porque mi padre está detrás y, si algo sale mal, sostendrá el golpe.

No es lo que más me gusta, pero era una de las pocas maneras de conseguirlo. Estoy convencida que si solo hubiera sido Alice Casadevall, emprendedora sin estructura detrás, no lo hubiera conseguido.

Pero Alfonso Medina tiene su discurso aprendido y apenas me escucha.

—Tendrás acceso al fondo operativo —continúa—, con autonomía para la gestión diaria y con límites de seguridad financiera razonables, por supuesto.

—Me gustaría revisar cómo están definidos esos límites —respondo—. No quiero encontrarme bloqueada en mitad de una decisión comercial.

Alfonso me observa unos segundos. Evaluándome. Una manera de buscar mi punto débil.

—El fondo confía en el proyecto —dice al final—. Y en tu capacidad para ejecutarlo, especialmente teniendo en cuenta el respaldo estructural que existe detrás.

Ahí está, por fin lo ha dicho. Sostengo su mirada sin mostrar debilidad.

—El proyecto va a funcionar por cómo lo voy a construir yo, no por quien sea mi padre —expongo de forma tajante.

—Estoy seguro de que harás lo posible porque así sea.

No me gusta cómo suena eso. «Lo posible» significa: demuéstralo.

Cierra la carpeta y me la entrega.

—Tomaré unos minutos para revisar la documentación antes de firmar —respondo con tranquilidad, sin regalarle ni una gota de inseguridad.

Alfonso sostiene mi mirada un par de segundos más de lo necesario. Luego asiente y sonríe. Pero no es una sonrisa amable, sino la de alguien que cree que el tiempo pondrá a cada uno en su sitio. Perfecto, porque yo pienso hacer lo contrario.

Firmo. Y, mientras dejo el bolígrafo sobre la mesa, entiendo algo con una claridad absoluta. Esto ya no va solo de demostrarle nada a él. Ni al fondo. Ni siquiera a mi padre. Esto va de demostrarme a mí misma que puedo hacerlo. Que puedo construir algo que sea solo mío.

Y cuando salgo del despacho con el contrato firmado bajo el brazo, el móvil vibra dentro del bolso. No lo miro, pero sé con claridad quién es. Y, por primera vez en semanas, sonrío sin miedo.