Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

ÁNGELA

Siento que levito por la habitación, que soy una Ángela diferente a la que llegó ayer a Barcelona.

La chica que se montó en un tren, rumbo a una escapada con su novio, se quedó en el vagón, ya no existe. La relación con Ricardo no me conviene y debo darle carpetazo. Estoy a gusto con la persona que duerme ahora a mi lado.

Tengo que contárselo, desvelarle mis sentimientos. Es algo que no comprendo: apenas la conozco y, aun así, siento que con ella soy la Ángela que deseo ser.

Me pongo en pie con cuidado de no despertarla y voy a darme una ducha. En el baño me quito el pijama y saco del neceser el jabón con mi aroma fiel. Abro el agua y dejo que caliente la estancia. Mientras espero, pienso en mi futuro y en los pasos que debo dar a partir de ahora.

Anoche Ricardo me envió un mensaje: «Tenemos que hablar». Y mi respuesta fue inmediata: «Todavía no. Pásame el billete de tren de regreso a Serratona».

Lo acabo de recibir; sale a las cuatro. Dispongo de unas horas para estar con Alice. Y tiempo para decidir qué hacer con mi relación con él. Lo nuestro no tiene futuro y lo que acaba de suceder esta noche es lo que siempre he deseado.

El agua cae con delicadeza por mi piel. Cierro los ojos y un instante después percibo que la puerta se abre con sigilo. Mis labios se curvan en una sonrisa infinita. Alice acaba de entrar dispuesta a hacerme feliz de nuevo.

No me lo creo. Sigo en una nube blanca y esponjosa, repleta de posibilidades.

Tomamos un café tardío en el hotel y, con una cadencia lenta, vamos paseando hasta la estación de Sants. No tenemos prisa. Al tren aún le quedan unas horas y no queremos separarnos. Nuestras manos así lo indican.

Cuando llega el momento y me despido de ella, un quiebro se produce en mi interior, pues desconozco el instante en que volveré a verla.

—Intentaré escribirte —susurra Alice.

—Yo lo haré seguro. Deja que rompa con el impresentable de mi novio y, a partir de ahí, podemos iniciar lo que desees.

Sonríe. Parece forzada, como si no supiera la manera de continuar con esto que nos pasa.

Y yo no sé si me gusta, pero solo puedo aceptar su postura y ver qué nos depara. Sé que soy yo quien debe dar el paso más complicado, aunque lo tengo bastante claro.

—Sandra, vale. Los guiones están listos, los actores decididos. Este año solo repiten en las dos obras tres personas. Hemos conseguido que dejen actuar a otros.

—Tienes una mano…

—Lo que tengo son dotes de persuasión. Porque ya me dirás… Se decidió en su momento hacer dos representaciones al año para que el grupo de teatro pudiera participar y, aun así, se pisan entre ellos. Algunos tienen demasiado ego.

—En esta ocasión tú no sales. Encima del escenario, quiero decir.

—Este año se lo dejo a otros. Suficiente trabajo tendremos con la planificación.

—Gerard se apunta, solo que hoy no ha podido venir.

— Meravellós —respondo con una sonrisa y guiñándole un ojo a mi amiga, pues esa expresión se la he cogido prestada a su novio.

—Por eso estudia escenografía —sonríe.

—Sí, le va que ni pintado.

—Y tú, ¿cómo estás? —pregunta Sandra mientras se acoda en la mesa.

—Bien.

—Esa palabra no ha sonado muy convincente. Explícamelo mejor. Me quedé preocupada el otro día.

—Poco hay que hablar. Lo he dejado con Ricardo.

—Otra vez.

—Pues eso digo yo: otra vez. Solo espero que esta sea la definitiva. Que mi cabeza sepa comprender que es una persona que no me conviene. Que lo he querido mucho y hemos estado años juntos, pero ahora me hace daño y eso es lo que he de tener claro. Debo olvidarme de él.

—¿Y la otra persona que mencionaste?

—Eso es otro cantar. Si sigue adelante, te iré contando. Ahora a trabajar.

Estamos en una sala del teatro. Una mesa, un par de sillas y espacio para guardar nuestras cosas y conversar tranquilas sin que nadie nos moleste.

En las estanterías hay guiones de años anteriores, fotografías de momentos clave de las obras representadas y recortes de periódicos nacionales enmarcados de cuando se ha hecho eco de lo bien que lo hacemos.

—Voy al baño —dice Sandra—. Ahora vuelvo.

Me quedo a solas. Hago algunas anotaciones en la libreta para no olvidarme. Saco mi móvil para cotillear en las redes y compruebo que no tengo ninguna notificación importante.

Tocan a la puerta.

—Entra, Sandra, no estoy haciendo nada inoportuno. Sigo sola —grito para que me oiga, pues la música de la obra que están ensayando arriba oculta mi voz.

Vuelven a tocar. Al abrir me sorprende encontrarme con el conserje del teatro.

—Han dejado este sobre para ti —dice a la vez que me lo tiende.

—¿Quién? —pregunto sorprendida.

Se encoge de hombros.

—Lo acabo de encontrar en la entrada. Estaba haciendo la ronda y me he entretenido viendo los ensayos.

Sonrío y cojo el sobre.

Esto me suena y no me gusta. Las letras en mayúscula son las mismas y sé que si alguien hubiera querido darme el sobre se hubiera acercado para dármelo en persona. Leo su interior y me quedo blanca. Apenas tengo tiempo de sentarme en una silla y no caer al suelo.

—¿Una mala noticia? —pregunta el conserje.

—Gracias por traérmela. No te preocupes, todo bien.

—¿Un vaso de agua?

Niego y él se retira cerrando la puerta.

Vuelvo a estar sola con esas nuevas palabras que golpean mi cabeza. ¿Quién estará detrás de ellas? ¿Quién desea que no siga con este proyecto?

La desdoblo y la leo de nuevo:

Qué pena ver a alguien tan mediocre creyéndose directora. Si supieras cómo te miran, te esconderías detrás del telón. Aunque quizá ese sea tu único talento: estar donde nadie te vea.

Las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos y descienden por mis mejillas. Siento un calor y un nerviosismo que no puedo controlar. Tiemblo, tengo ganas hasta de vomitar. ¿Quién hay detrás de esto? No entiendo nada.

Cuando se abre la puerta y entra Sandra, se acerca a mí, confundida.

—¿Qué te pasa? ¿Qué sucede?

Tengo que quitarle importancia. Un niñato seguro, alguien que no quiere verme aquí, y que no se va a salir con la suya. Pero ¿es alguien de Serratona? No puede ser, los vecinos me conocen y me llevo bien con ellos.

Me pongo en pie, limpio los rastros de ese sinsentido y escondo la nota en el bolsillo antes de que mi amiga llegue a mí. Sé que percibe que guardo algo, aunque creo que no ha visto lo que era.

—Venga, sigamos, que tenemos trabajo. He anotado estas cosas que necesitamos comprar para el material del escenario.

—Falta mucho, ¿no?

—Lo sé.

Sigo hablando, como una autómata, aunque en mi cabeza reverberan sus palabras: «No sabes hacer tu trabajo», «alguien mediocre creyéndose directora».

¿Quién puede ser? Repaso uno a uno los vecinos del pueblo y los descarto de inmediato.

Ninguno tiene nada sólido contra mí, o por lo menos yo no sé verlo.

Inspiro. Abro ese cajón de mi mente, donde guardé la anterior nota, y escondo esta de igual forma, aunque no la tiro a la basura.

Si alguien quiere hacerme daño, no lo va a conseguir por este medio.