Capítulo 17
ALICE
Mi padre me convence para que lo acompañe a una cena de trabajo. No tengo ningunas ganas, pero acepto. Me comenta que asistirán los socios del grupo de inversión con los que hablé de mi proyecto y que sería un buen momento para preguntar por su avance.
La sala está llena de mesas con caras desconocidas. Llego un poco tarde y odio que esto suceda. Se me ha pinchado una rueda y hasta que no se ha presentado la grúa no he podido salir. Finalmente entro mientras están sirviendo el postre y me siento junto a mi padre.
Se acerca un camarero con un plato que él me ha pedido. Empiezan a retirar las mesas para dejar espacio al baile y él se queda conmigo mientras ceno. Doy un par de bocados y bebo un poco de vino, nada más. Las prisas me han quitado el hambre.
—Alice, ¿te apetece bailar?
—Vale.
Es un gran bailarín y con mi madre hace una pareja espectacular. Creo que nosotros hemos practicado poco.
Cuando estamos en medio de la pista un aroma a cerezas me hace mirar a los lados de la sala. La busco, pues sé que es ella.
Ángela.
—Hola.
—Hola.
Nuestro sentido de comunicación parece haber quedado anulado. El ruido que nos rodea desaparece. Solo escucho el latir de mi corazón bombeando y percibo su respiración desacompasada, algo nerviosa ante este encuentro inesperado.
El chico a su lado le agarra con fuerza la mano, con cierta posesión, y hasta que mi padre no habla no se deshace el embrujo. La magia que me envolvía se rompe cuando pronuncia unas palabras que no quería oír: «Es mi novia».
Tal vez no lo deseaba. Acaba de romper mi estructura, y yo que pensaba que tal vez…
Pero Ángela no deja de mirarme y mi cuerpo reacciona a su presencia. No entiendo nada de lo que ocurre entre nosotras. Sus siguientes palabras, sin embargo, deshacen el enredo en el que Ricardo parece haberla metido. Creo que los que tal vez no acaben bien sean ellos.
El rostro de enfado de Ángela hacia él es de órdago, aunque este impone su porte y altura, algo que creo no le conviene.
Observo por encima de mi hombro derecho que uno de los socios del grupo de inversión se acerca.
Para mi sorpresa descubro que Alfonso Medina es el padre de ese personaje y sigue insistiendo en la relación entre ambos.
Debería hablar con Ángela para averiguar la realidad de lo que esconden esas palabras y el motivo por el que ella no deja de mirarme.
Sus gestos son erráticos, no se entienden, algo no va bien entre ellos. Y es él quien parece que no quiere que se descubra. Por ahora, no me voy a entrometer. Los dejaré hacer y procuraré evitar cruzarme con ella cuando vaya a Serratona, porque ahora voy a ir más y… ella aún no lo sabe, pero…
Se forma un corrillo entre los ejecutivos que se nos han acercado y Ricardo, aunque desea colarse en él, no se separa de Ángela. La quiere cerca y casi seguro que lejos de mí.
Al final, ella consigue apartarse de él y Ricardo no tarda en introducirse en la conversación que tanto deseaba. Ha perdido su agarre, o tal vez algo más.
Ángela se me acerca y me da dos besos. Su olor a cereza es inconfundible. Ninguna de las dos se atreve a pronunciar palabra, y al final soy yo quien da el primer paso. Una conversación trivial, hasta que los labios de Ángela pronuncian una pregunta que me deja noqueada:
—¿Te apetece acompañarme a mi hotel?
Me muerdo el labio inferior ante su sugerencia. Yo, con ella, en una habitación. No sé si esto nos conviene.
No soy capaz de darle otra respuesta que la que mi corazón grita.
Media hora después cruzo la puerta de la habitación que —según me ha dicho Ángela por el camino— le ha reservado su novio. Una suite que él no ha pisado ni va a pisar. Me quedo de nuevo sin palabras.
—¿Qué te parece? —pregunta Ángela, cerrando la puerta tras de mí.
—Muy bonita y amplia. La terraza es cuca —digo recorriendo la estancia con la mirada.
—Antes he estado leyendo. Es muy cálida y tranquila —comenta mientras se quita la chaqueta.
Se deja caer en la cama y da dos golpecitos en el colchón para que me siente a su lado.
Camino hacia ella con una sensación de vacío que me atraviesa, avanzando por un sendero que no es del todo mío y con pasos prestados. Cierro los ojos un instante, inhalo y decido que es ahora o nunca. Este es mi momento. Que yo me como el mundo y el mundo no me come a mí, aunque ahora lo parezca.
Me siento junto a ella. La habitación queda en silencio. No es incómodo. Es denso, lleno de posibilidades que no me atrevo a nombrar.
—Me ha hecho mucha ilusión verte esta noche —murmura Ángela. Su mano se desliza hasta mi muslo y se queda ahí, suave, expectante. Me mira esperando una señal, como si ese gesto fuera una línea que no sabe si puede cruzar.
Acerco mi mano a la suya, acaricio el dorso con lentitud, dejando que mis dedos sigan los pequeños círculos que empieza a dibujar en mi pierna.
Su piel es cálida.
Yo estoy temblando.
La distancia parece encogerse sin que ninguna dé un paso más. Solo respiro, solo siento.
—Ángela… —susurro.
—No tienes que decir nada si no quieres.
Su voz es baja, casi temblorosa, tan distinta a la Ángela segura que conozco.
Mi corazón late fuerte y siento que hasta ella podría escucharlo. Quisiera acercarme más, sin sentirme anclada al colchón por una mezcla absurda de vértigo y deseo. Ella lo nota. Claro que lo nota.
—Contigo siento algo que no sé reconocer. No soy yo, y eso es raro en mí. Rozaste mi mano en aquel mirador y hui de mis sentimientos. Al besar mis labios y ser tú la que te alejabas, mi intuición me decía que no podríamos estar juntas. Pero esta noche…
Ángela se inclina un poco hacia mí, lo justo para que el aire entre nosotras cambie, se vuelva más intenso, más caliente. Sus labios quedan a pocos centímetros de los míos, esperando.
Esperándome.
Siento su respiración mezclarse con la mía. Mi estómago se retuerce. Mis manos sudan. Y, aun así, no me alejo.
—Si te incomoda, dímelo —murmura. Su voz vibra contra mi boca sin llegar a rozarla.
—Para nada —respondo.
Ella sonríe, apenas una curva en los labios.
—Entonces… déjame acercarme un poco más.
Su mano sube sola hacia mi cuello, sus dedos rozan el nacimiento de mi pelo.
—Ángela… —susurro otra vez.
Ella suspira, y ese sonido me derrite.
Y, por fin, despacio, como si tuviera miedo de romper lo que está naciendo entre nosotras, me besa con delicadeza. Un beso suave, algo tímido, un beso que nos hace temblar a las dos.
Su sabor dulce me derriba, me atraviesa y ya no puedo contenerme más. Meses de dudas, de no saber si ella sentía lo mismo que yo sé desde el primer día que la vi. Todo ese tiempo se deshace con el simple roce de sus labios.
Le agarro la cintura y la atraigo. Ella suspira contra mi boca y me incendia por dentro.
La beso de nuevo, esta vez un poco más profundo, un poco más real, más nosotras. Ella me sigue, me busca, me corresponde como si hubiera estado conteniendo el mismo deseo. Su cuerpo se pega al mío mientras mis dedos se enredan en su piel.
Ángela se separa apenas un centímetro, respira sobre mis labios y pronuncia mi nombre.
—Alice… —Mi corazón da un vuelco que casi me deja sin aliento.
La miro. Ella me mira. Y en ese cruce queda lo que ninguna se ha atrevido a pronunciar aún. Todo. Absolutamente todo.
Me sonríe, una sonrisa pequeña, preciosa. Vamos a cruzar la línea inevitable. Una línea que se convertirá en nuestra.