Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

ÁNGELA

Acabo de llegar a la estación de Sants. Justo cuando el tren empezaba a moverse, recibí un mensaje de Ricardo, que se le había complicado un tema laboral y que no podría pasar a buscarme. Que si no me importaba coger el metro o un taxi e ir directo al hotel.

Empieza mal la escapada. Ya sabía yo que no sería capaz de evitar a su padre y los líos en que este le pueda meter.

Compruebo en el móvil la distancia hasta el hotel y los cuarenta minutos a pie que indica son para mí un alivio. Decido ir caminando y así pasear. Que me dé el aire y pensar. En la habitación no me espera nadie, por lo que da igual cuando llegue.

Llevo unos veinte minutos paseando, ya en la Gran Via de les Corts Catalanes. Me entretengo en algunos de los escaparates que veo, en la gente, en el barullo. De repente recibo un mensaje.

Ricardo

¿Ya estás en Barna? ¿Todo bien?

Ni se ha preocupado por saber a la hora que llegaba el tren. Claro que ya estoy y, si hubiera cogido un taxi, estaría en el hotel esperándolo.

Tardo unos minutos antes de contestar.

Ángela

Voy de camino al hotel. He preferido pasear. Así hago tiempo para que termines.

Encima le dejo hacer lo que más le conviene. ¡Seré idiota!

Ricardo

Gracias. Espero no tardar más de un par de horas. Lo siento muchísimo. Te compensaré.

No lo tengo tan claro. Le envío un dedo alzado y apago el móvil. Camino con tranquilidad hasta el hotel y, una vez en la habitación, me doy una ducha que elimina el rastro de pesadez e incomodidad que me acompaña.

Cojo un libro de la maleta y me siento en una pequeña terraza que tiene la habitación. Llevo solo el albornoz; no me he querido ni vestir.

Tres horas más tarde, sin novedad sobre Ricardo. Decido coger el móvil para enviarle un mensaje. Tal vez, mejor llamarlo. Si lo llego a saber, vengo mañana. En Serratona hubiera estado más a gusto y hubiera podido estar en la reunión de esta noche del grupo de teatro.

Justo cuando voy a marcar recibo una notificación.

Ricardo

Llego en diez minutos. Mi padre me ha liado y debo ir con él a una cena de negocios. Te envío un detalle para que aceptes ser mi acompañante esta noche.

Antes de que pueda reaccionar, suenan unos golpes en la puerta. Al abrir, encuentro a un botones sonriente, que me trae un ramo de flores y una caja. La nota dice:

Este vestido es para ti. Me encantaría que lo llevaras esta noche.

Es un regalo y una forma de pedirte perdón.

Sé que venías para estar conmigo y créeme cuando te digo que yo también lo deseaba.

La reunión es importante y no he podido negarme.

Mi padre espera verte a mi lado esta noche.

Después, cuando regresemos al hotel, prometo compensarte por el tiempo perdido.

¿Pero qué se habrá creído? ¿Que un regalo lo arregla todo? ¿Que metiéndome en la cama me habré olvidado del desplante? No sé si coger un taxi y largarme para volver con los míos. Aquí me siento una extraña, y encima Ricardo no está a mi lado.

Doy un grito para liberar tensión y abro la caja con un poco de malhumor. La sensación amarga se disipa al instante al ver el precioso vestido que esconde.

En el baño, me maquillo con cuidado, resaltando mis ojos, y remato con mi toque personal: el labial de cereza. Me miro en el espejo y ya estoy lista. Preparada para comerme el mundo, a mi suegro y quién sabe si no me zampo también a mi novio.

Estamos en una sala repleta de gente que no conozco, sentados en mesas llenas de copas y platos muy bien presentados.

Ricardo me ha recogido en el hotel a la hora indicada y hemos llegado sin un minuto de retraso a esta cena con sus padres y los socios de la consultora, acompañados de sus mujeres. Una encerrona en toda regla.

Es un evento organizado por una marca que reconozco.

Ellos son el despacho encargado de una fusión o de trámites estratégicos o algo así, apenas he prestado atención.

No me importa lo más mínimo. Ricardo habla con su padre, con los socios, inmerso en una conversación que ni me interesa ni me apetece seguir.

Miro de reojo a su madre, que parece tan fuera de lugar como yo.

El camarero me llena la copa de vino. Me la bebo de un trago y le pido que la rellene. Al menos lo haré entretenido. Voy a beber, a comer y a ignorarlo.

Pero ¿qué se ha creído?

A mí nadie me trata como lo está haciendo Ricardo y, si no cambia mucho su disculpa, será nuestra última ocasión juntos. No puedo seguir con alguien que no me tiene en cuenta.

Me atrapa la mano mientras sigue hablando con el socio a su derecha. Se la retiro.

—¿Estás bien? —me pregunta, notando mi gesto.

—No, ¿tú qué crees? —respondo con ironía.

—Ángela, no hagas una escena.

—Escena, dice —susurro—. Yo sé hacer mi papel. Hoy seré la novia perfecta: comeré, beberé y no diré ni mu. —Mientras, levanto la mano para que el camarero me rellene de nuevo la copa, que ya vuelve a estar vacía—. Pero mañana resérvame un tren o llévame a casa. La escapada se acaba aquí.

—Ángela…

—Y esta noche voy a dormir sola en el hotel, nada de promesas. No quiero verte.

Su padre lo llama y la conversación queda en suspenso. Ni siquiera intenta retenerme; supongo que eso ya dice bastante.

Cuando termina la cena, apartan las mesas y la música comienza a llenar la sala. Ricardo me invita a bailar y sorprendentemente acepto. Las copas de más me dan valor y algo de inconsciencia, una manera de romper la tensión de la noche.

Vamos al centro de la pista. Mis pies se tambalean un poco y él me sujeta el codo para que no me caiga. Todo es borroso, una neblina espesa que difumina caras y cuerpos.

Me rodea la cintura y me acerca a su pecho con un gesto demasiado posesivo. Apenas escucho la música; cierro los ojos y me acomodo en su hombro. Dejo que el vaivén de las diferentes melodías me acune.

No sé el tiempo que ha pasado, pero empiezo a sentirme mejor, a diferenciar las figuras veladas que me acompañan, a molestarme el volumen de la música.

Y entonces la veo.

El cuerpo curvado y elegante de Alice aparece frente a mí. Parpadeo un par de veces, debo estar soñando o el alcohol ha hecho excesivo efecto en mí.

Pero no.

Alice Casadevall está aquí.

Se acerca despacio. No parece haberse dado cuenta de que soy yo. Va de la mano de un hombre y se coloca cerca de nosotros para bailar. Este es el último lugar donde esperaba encontrarla. Supongo que ella tampoco esperaba encontrarme ahí.

Siento como la cabeza se me despeja de golpe. Me separo del agarre de Ricardo.

—¿Todo bien? —pregunta.

—No. Ya no me apetece bailar.

—¿Quieres que nos sentemos?

—Tú sigue. Yo vuelvo a la mesa —digo firme mientras él me mira confuso.

Me alejo de la pista y entonces me cruzo con Alice. Ella también se sorprende y me mira contrariada.

—Hola.

—Hola.

El silencio nos envuelve y la gente se acaba de difuminar a mi lado. Ni siquiera noto cuando Ricardo vuelve a agarrarme la mano.

Solo la veo a ella.

El hombre que la acompañaba la mira y se dirige hacia mí.

—Hola, soy el padre de Alice. No te conozco. ¿Tú eres?

—Es mi novia —se precipita Ricardo sin que yo pueda pronunciar palabra.

Esa posesividad que prometió dejar atrás parece haber vuelto.

Pero es que la presencia de Alice me ha provocado algo que no esperaba. Solo tengo ojos para ella, su olor, su porte, su saber estar en cualquier sitio.

Lleva un vestido negro ajustado que le queda a la perfección.

¿Qué hace aquí? ¿Y con su padre?

—Me llamo Ángela —digo—. Y acompaño a Ricardo en lo que ha resultado ser una especie de exhibición social. —La saco de dudas, pues me mira confundida.

Tras mi frase, Ricardo se queda aturdido y en silencio.

Tal vez no debería haberlo dicho o tal vez sí. Desconozco el motivo por el que quería que estuviera este fin de semana aquí cuando parece que tiene unos compromisos laborales ineludibles en los que me ha enchufado casi sin pedírmelo.

—Hola, Rafael. —El padre de Ricardo se acerca y le ofrece la mano al de Alice—. Veo que ya has conocido a mi hijo y a su novia. Quería presentártelo de forma oficial, pero…

—No importa, Alfonso. ¿Lo estáis pasando bien? —nos pregunta.

Yo asiento. Ricardo cruza su brazo por mi espalda y me aproxima a él. No permite ni que me mueva. Me siento incómoda. Todos me miran y no sé si decir otra impertinencia o callar. Decido optar por lo segundo.

El padre de Ricardo y el de Alice se ponen a hablar con otro par de socios que se han acercado.

Como ya he dicho, tenían asuntos laborales que tratar y al parecer esta cena era la ocasión perfecta para hacerlo.

Ricardo mantiene la oreja atenta al corrillo de hombres trajeados que conversan cerca y con el rabillo del ojo no deja de vigilarnos a Alice y a mí, como si temiera perderse algo.

No hemos dicho ni una palabra y, aun así, nuestros ojos no se separan.

Consigo apartarme de él y me acerco a darle dos besos a Alice.

Su aroma me confunde. Necesito respirar aire puro o conseguirá que haga alguna tontería. Mi cuerpo tiene hoy las hormonas desatadas.

—¿Cómo estás? —pregunta Alice.

—Bien. Ya ves, de cena rara.

—¿Rara por qué?

—Esperaba una escapada romántica y me encuentro acompañando a Ricardo a una cena de trabajo con los socios de la consultora y con la cadena de moda en la que tú trabajas.

—Mi padre es el director de Operaciones.

—Buen cargo. ¿Tú no trabajabas en una tienda de ropa?, ¿de… dependienta? —Estoy desconcertada.

—Nunca dije eso.

—No, tal vez no especificaste —admito, con un toque de retintín.

Ricardo ya no está cerca. Se ha unido al grupo en el que se encuentra su padre. Supongo que ese asunto le resulta más interesante que hablar conmigo e intentar recuperarme.

Me da un respiro y lo aprovecho para centrarme en Alice. Lo demás desaparece.

Esto ya no tiene arreglo.

Sin pensar demasiado, le lanzo la pregunta que llevo reprimiendo desde que la he visto. O tal vez desde la primera vez que la vi.

—¿Te apetece acompañarme a mi hotel?