Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

ALICE

Los días en Serratona parecen lejanos, pero el recuerdo de esos momentos me empuja a seguir adelante.

La rutina diaria se ha roto, el trabajo como responsable en una tienda de la cadena ya no ocupa todas mis horas y, aunque debería inquietarme, lo cierto es que mi cabeza está ahora llena de retos que quiero alcanzar.

El plan de negocio inicial lo tengo casi terminado. Me falta pulir las proyecciones financieras, ajustar el modelo de ingresos y cerrar bien los costes reales de arranque. Por eso esta reunión con mi padre es importante.

Él siempre arregla las cosas comiendo y el restaurante escogido para hoy es diferente al habitual.

Dice que me quiere enseñar otra cocina, otro concepto.

No sé si viene con segundas. Por ahora, lo que hemos probado está de miedo.

El camarero se aleja dejando un carrito de postres cerca para que escojamos.

—¿Has podido leer lo que te envié?

—Te marqué cosas en rojo para que corrigieras y ampliaras parte de la información —me explica y se introduce en la boca un trozo de tarta de chocolate.

Tiene razón. Es la que mejor pinta tiene. Aunque la de queso le va a la zaga.

—Te he mandado una nueva versión esta mañana.

—Alice. —Mi padre niega con la cabeza—. Reuniones tras reuniones. Imposible, ni lo he visto. ¿Has traído el portátil?

Asiento.

—Eso me ha dicho tu secretaria cuando me ha llamado para confirmarme la comida y mandarme la ubicación del restaurante. ¿Quieres que trabajemos aquí?

—Ahora acaba el postre y luego, con el café, lo vemos tranquilos. Mientras, necesito detalles de esa larga escapada a ese pueblito que ya tengo ganas de conocer.

—Cuando quieras te vienes. —Muestro una sonrisa de satisfacción al saber que me escucha.

—No tardaré, por lo que me cuentas. Pero háblame más. Siento que cuando vuelves de Serratona eres otra.

—Tiene mucho encanto. Es bonito, apacible. Miras a tu alrededor y ves las casas, los balcones, el cuidado en cada detalle. Y la gente. Los vecinos te acogen como si fueras una más. He estado dos veces y ya me siento serratoní como María.

—¿Solo eso? El otro día mencionaste…

—Sí, papá. Ángela sigue allí.

—¿Has hablado con ella?

Niego despacio.

—Es raro… No me atrevo y yo no soy así. La tengo cerca y siento un hormigueo en las manos, una presión extraña en el estómago y no doy el paso.

—Me encanta verte sonreír cuando hablas de ella.

Le guiño un ojo. A mí también me gusta que esté feliz a mi lado. Adoro compartir estos momentos con él.

Mi padre rebaña el plato y apoya los codos en la mesa. Su gesto cambia, parece que ya toca trabajar. Hago lo mismo. Retiro los platos a un lado y saco el portátil mientras pedimos al camarero los cafés.

Estamos en un rincón del restaurante. Estoy segura de que mi padre ha solicitado esa mesa en particular. Alrededor apenas quedan clientes y será más fácil conversar.

—He leído tus ideas y me gustan. Ese nuevo concepto de tienda es adecuado a tu estilo, aunque no sé si será suficiente para convencer a los inversores.

—He reforzado el análisis de mercado, la competencia y el perfil del cliente. También he añadido previsión de turismo de fin de semana y el impacto de las ferias locales. Y he detallado mejor la parte experiencial: talleres, eventos pequeños, colaboraciones con artesanos.

—Bien —asiente—, pero me sorprende el cambio. Querías una tienda exclusiva en pleno centro de una capital.

—Ese tipo de negocio volvería a llevarse parte de mi vida.

Ahora, y no sé por qué, necesito algo distinto.

En Serratona puedo montar un proyecto alineado conmigo, con lo que busco, y tener tiempo para mí.

Si consigo financiación, podré empezar y ver si es lo que quiero.

Es la misma ambición, pero con otro ritmo.

—Me gusta como piensas y creo que podrías hacerlo funcionar.

Respiro más tranquila. Que mi padre confíe en mí es un punto a mi favor.

—Quiero una tienda pequeña, cercana y con una parte experiencial. Venta de moda seleccionada y un espacio para talleres creativos. Serratona tiene mucho movimiento. Con una buena campaña puede funcionar.

—Conoces el día a día real de una tienda. Entiendes cómo va y cómo piensa la gente que entra en ella. Te veo, aunque sea en Serratona.

Sonrío.

—Sigue siendo una inversión alta —continúa mi padre—. Enséñame los números.

Abro el portátil.

—Aquí están los costes: alquiler del local, reforma, stock inicial, mobiliario, licencias municipales, seguro y fondo de maniobra para los primeros meses.

—¿Sabes el precio real del local?

—Sí. Llamé, y he incluido el alquiler, fianza y previsión de reforma básica.

Mi padre lo revisa con calma. Se pone las gafas y hace anotaciones en la hoja que me ha pedido.

Pasamos la tarde así. Nos traen otro café.

Cuando ya nos vamos, abre su maletín y saca una carpeta.

Dentro hay estudios de ventas, un informe de retail , tendencias de consumo rural.

Veo que él también ha estado trabajando, y mucho.

—En cuanto lo tengas, envíame la nueva versión del plan. Hay un par de personas con las que podríamos hablar para la financiación, pero tienes que pulir ese documento.

—Qué ganas de empezar a organizar el equipo, buscar a los trabajadores, supervisar el diseño del espacio, preparar la estrategia de apertura…

—Calma, Alice. Vamos paso a paso.

—¿Debería instalarme allí?

—¿Y eso es un problema?

No, en absoluto.

En el fondo, es justo lo que buscaba. Y este proyecto se ha convertido en lo que quiero ahora.

Es una oportunidad con… Dejo de pensar en esa persona que ocupa mis pensamientos y a la que conozco bien poco, pues aún no hay nada entre nosotras.

Recalco el aún, ya que la que se tiene que dar empuje soy yo.

La carpeta que me ha dado mi padre está junto al portátil dentro de mi bolso.

Acabo de dejarlo en su oficina y, antes de enfrentarme a lo que hierve en mi mente, decido dar un paseo.

Para calmarme. Tengo la cabeza abotargada.

La adrenalina me recorre el cuerpo y debo controlar mi respiración, obligar a mi corazón a bajar el ritmo antes de que se desboque.

Camino por las calles de Barcelona. El aire frío, el ruido de los coches, el ir y venir constante de la gente, todo me ayuda a salir, aunque sea un poco, del bucle mental en el que estoy atrapada. Tener el plan listo lo antes posible.

Cuando llego a mi apartamento, el ruido cesa y mi cabeza vuelve a ponerse en marcha. Dejo la carpeta encima de la mesa del comedor, me acerco al cuarto de baño a darme una ducha y cambiarme. Cinco minutos después, llevo un chándal y un moño desgreñado.

Vuelvo al salón. Extiendo mis documentos junto a los de mi padre.

Los ordeno por prioridades y empiezo a calcular escenarios, costes, riesgos, oportunidades.

Reviso el informe de retail . Abro el portátil, introduzco la contraseña y busco más datos que refuerce lo que ya tengo, que me obligue a replantearlo.

Me suelto el pelo y dejo que me caiga sobre los hombros. Me lo enrollo entre los dedos sin pensar y acabo recogiéndolo de nuevo, esta vez con un lápiz.

Rebusco en el escritorio una libreta, un bolígrafo y empiezo a anotar. Estoy por completo dentro del proyecto. Lo veo crecer más allá de lo que imaginé en la comida. Apunto también los «peros» y diseño un pequeño plan de contingencia.

Ahora mismo, la prioridad es cerrar la financiación inicial.

Las horas han volado y apenas me he dado cuenta de que el tiempo pasaba. Mi casa parece un campo de batalla, con papeles colgados por las paredes, en la mesa y esparcidos por el suelo.

Mi estómago ruge. Necesito parar.

Voy a la cocina y preparo un sándwich rápido. No quiero detenerme demasiado, pero necesito este pequeño descanso.

Cojo el móvil y marco el número de Lía. Quiero contárselo a alguien.

—Hola —dice Sam.

Sonrío al instante.

—Este no es tu teléfono. ¿Dónde está mi amiga?

—¡Qué bruta eres! Espera dos segundos. Está en el baño. Al ser tú, he descolgado, no seas insolente.

—Insolente, dice. Venga, si no está ahí cuéntame: ¿qué tal la isla?, ¿seguís con ese sol eterno?

—Ya me gustaría. Hoy hace un frío de cojones.

—No seas mal hablado.

—Toma, te paso a tu colegui. Besitos.

Escucho la voz de Lía al otro lado.

—Como no tienes trabajo, estarás más tranquila.

—Ya te dije que me ponía con un nuevo proyecto y en esas estoy con mi padre. Quiero montar una tienda de moda en Serratona.

—¡¡Quééé!!

Sonrío de nuevo. Lo esperaba.

—Sabía que dirías algo así.

—¿No habrás dejado una tienda para meterte en otra?

—Esta sería mía. Sabes que tengo buen ojo, que diseño bien, que tengo ideas… Ahora lo que necesito es cerrar la inversión inicial.

—¿Tu padre?

—Me ayudará a buscar financiación y contactos, pero no quiero que él me lo preste. Y tampoco sé si querría o podría asumirlo.

—Oye, hacemos una videollamada con María y se lo cuentas. Estaréis las dos juntas. —Salta de alegría.

—No. —Me ha salido una negativa más cortante de lo que esperaba.

—¿Por?

Trago saliva. Es que si lo cuento a más personas se perderá la gracia, el misterio, y casi seguro que lo gafo.

—No se lo quiero contar aún. Que sea una sorpresa. Además, no dispongo del capital inicial, por lo que no hay nada claro. Prefiero ir paso a paso.

No añado más, ni sobre Serratona ni sobre Ángela.

— Okay , Alice. Tú mandas. ¡Qué ilusión que te vayas con mi hermana a Serratona! —dice con una voz chillona a través de la línea telefónica—. Si al final tendrá razón Sam y deberemos cambiar nuestra residencia.

—¿Seguro que quieres cambiar Tenerife por esto ?

—Oye, que esto , como tú lo llamas, tiene un encanto especial y tú estás a punto de irte allí.

La línea se queda en silencio unos segundos.

—¿Ocurre algo? —pregunta Lía.

—No. Solo estaba pensando en lo que dejo aquí.

—¿Tus padres?

—Pensaba en ellos. Y en mi círculo de amigos, los cercanos. También se han colado en ese pensamiento Carla, Nerea e incluso Berta.