Capítulo 14
ÁNGELA
Me he cruzado en la plaza con otro de los miembros del grupo de teatro.
Me está hablando de los turnos para los ensayos o algo así.
Sus palabras suenan lejanas, incapaces de atravesar el murmullo que tengo incrustado desde el sábado.
Cojo aire con fuerza para llenar mis pulmones. Otra vez. Debo centrarme.
—Sí, claro —murmuro sin retener nada de lo que dice.
—Es fácil, Ángela —resopla—. Los protagonistas ensayan los martes y jueves, y el viernes hacemos general con el grupo para matizar detalles. Eso es lo que dijimos al salir del centro deportivo. Tendremos que votarlo. ¿Cómo lo ves?
La información me baila en la cabeza. No retengo nada de nada.
—Mira, por ahí llega Sandra. Se lo voy a explicar a ella, porque tú no sé dónde estás, pero no te has enterado de la misa la mitad.
—No es cierto…
Tiene toda la razón. Aunque verbalizarlo no es lo mío.
—Déjalo —responde cortante, y ya está caminando hacia Sandra.
Yo me quedo detrás, con la carpeta en las manos y un nudo en la garganta. No es que no le haya prestado atención. Es que todavía se me agolpan en la cabeza las palabras de esa nota. Estaba entre las hojas de mi libreta. Un sobre blanco con mi nombre. ¿Qué hacía ahí?
No sabes hacer tu trabajo.
Deja el proyecto antes de que lo estropees todo.
No estás a la altura.
¿Quién habrá sido?
Mi libreta estaba en el suelo, junto a las demás.
Quedaba poca gente en el recinto y recuerdo ver la esquina de un sobre sobresaliendo, como si alguien lo hubiera metido deprisa, sin conseguir esconderlo.
Me senté en la silla y recogí las libretas.
Al extraer el sobre y ver mi nombre, me quedé paralizada.
Apenas pude apartar la vista de esas diez letras escritas en mayúscula.
¿Lo dejó delante de mí sin que me diera cuenta? Si no hubiera sido yo quien recogiera las libretas, como tenía mi nombre, me la habrían dado igual.
Pero… ¿por qué esas palabras?, ¿quién ha podido escribir algo así?
Repaso cada una de las personas que había en la sala de aquel momento. Serratona al completo: vecinos, conocidos. Sí, algún turista despistado y los que repiten cada año, pero como siempre. Nadie ni nada fuera de lo normal.
Aun así, esa sensación incómoda sigue ahí. Como si alguien me hubiera observado demasiado de cerca.
Intento despejar la mente. Es absurdo darle importancia a algo tan nimio. Seguro que ha sido un niñato aburrido o algún gracioso de los que no se atreven ni a subir al escenario.
La nota dentro del sobre con mi nombre sigue en mi bolsillo. Me quema contra el muslo. No se lo he contado a nadie. No quiero darle importancia, pero tampoco soy capaz de tirarla.
Sandra me mira intranquila mientras escucha al compañero y toma notas. Somos un tándem cojonudo que solo funciona si vamos de la mano.
Cierro los ojos un segundo. Y Alice se cuela en mis pensamientos. Ese beso que le di, sin pensar, sin medir consecuencias. Como si algo dentro de mí hubiera decidido por las dos. Me lo devolvió.
Estoy con Ricardo y no debía darle pie. No debía… Pero su sabor, su cercanía, la forma en que se quedó quieta antes de responderme, me pone a un nivel que no sé si voy a poder mantenerla lejos durante mucho tiempo.
Y ese pensamiento desplaza lo demás. Incluso la nota.
Lo arrincono en un lugar de mi mente que no pienso abrir, bien hondo, y lo olvido.
O eso intento. Saco el sobre del bolsillo, lo miro apenas un segundo y lo tiro a la basura justo cuando empiezo a caminar hacia Sandra.
La espalda la siento rígida, pero doy el tema por zanjado.
Mi amiga me mira extrañada y, cuando nos quedamos a solas, me pregunta:
—¿Qué te sucede? Me ha dicho que no le prestabas atención, que estaba dolido. Ya sabes que es un dramas, pero… tenías la cara blanca. Me has preocupado.
—No me pasa nada, estoy bien. ¿Te ha quedado claro lo que te ha explicado?
Me sostiene la mirada un segundo más de lo normal. No me cree, pero lo deja pasar.
—Sí, solucionado. Venga, vamos a tomar un café.
Nos sentamos en nuestra mesa y la conversación fluye entre las dos. Intento que todo sea normal. Y durante unos segundos lo consigo.
El móvil vibra. Es un mensaje de Ricardo. Con él es mejor comunicarse por Whatsapp. Corto. Controlado. Sin espacio para discusiones largas. Pero últimamente hablamos poco por teléfono y, para que no me lo tenga en cuenta, mejor oír su voz y que él oiga la mía.
—Salgo fuera, ahora vuelvo. Voy a hacer una llamada.
La línea da un tono, dos, tres… y salta el buzón de voz. ¡Qué extraño! Son casi las ocho de la tarde de un lunes. No creo que aún esté trabajando.
Lo intento de nuevo con el mismo resultado.
Me he dejado la chaqueta dentro, así que vuelvo al bar a cogerla. En ese momento entra una videollamada de Ricardo. Cuelgo. Le escribo que lo llamo en dos minutos.
Me siento en un banco de la plaza, resguardada del frío y bajo un cielo negro coronado por una luna menguante. Llamo. Obtengo el mismo resultado que antes. No me lo coge.
Mi mensaje tiene el doble tic azul.
Cojo aire con fuerza e intento tranquilizarme.
Estamos bien, estamos bien, estamos bien.
Me lo repito despacio, como un mantra… Me froto las manos y me pongo los guantes. Si voy a pasar un rato aquí, mejor estar protegida. Tras dos minutos lo intento de nuevo.
Esta vez sí responde, aunque con un humor de perros.
—¿Por qué me has colgado? —Esas son sus primeras palabras; ni un hola ni qué tal estás.
Aprieto los labios. Empezamos bien.
—Te he escrito. He vuelto a por la chaqueta, que aquí hace frío. Solo te pedía unos minutos.
—¿Dónde estás?
—En el bar, con Sandra —le explico.
Silencio corto.
—¿Por qué no en tu casa? Ese ha sido el motivo por el que te he hecho una videollamada. Llevamos días sin vernos y me apetecía perderme en tu sonrisa, tu mirada y tu…
—Vale, te entiendo. Pero no podía. Ya sé que no te gusta que lleve lo del teatro, las clases y hacer de canguro. Es mi día a día y es lo que toca. Tú también tienes mucho curro y yo me adapto a ti.
—No he dicho nada de eso. Estás a la defensiva.
—No te creas. —Aprieto la mandíbula.
—¿Y las clases? ¿No tienes exámenes o realizar algún trabajo? Cambiaste de carrera porque era tu pasión. No te veo muy puesta.
El estómago se me encoge.
—Voy bien. Muy bien, de hecho.
—Vale. ¿Qué querías? Tengo que preparar unos papeles importantes para una reunión y al final no acabaré.
Parpadeo. Sé que me está viendo, pero es que esta conversación está siendo de las absurdas y sabe que no me gustan.
—Me escribiste tú.
—Sí, pero si haces una videollamada se avisa.
—Tú tampoco lo has hecho.
Vuelve un silencio que pesa. ¿Qué se ha creído? Yo solo le devolvía la llamada para hablar con él y poder vernos.
De repente, la nota vuelve a mis pensamientos y me concentró para evitar que regrese, para que no salga de ese cajón donde la he guardado con doble cierre y no desvelarle nada a Ricardo, que no perciba ningún movimiento extraño en mí.
No me gustó lo que insinuaron esas palabras y que se cuelen de tanto en tanto en mi cabeza es algo que no logro entender.
—¿Te apetece venir la semana que viene a Barcelona? —pregunta, más calmado—. He reservado en un hotel muy cuco, para estar los dos solos. ¿Qué me dices?
—Tengo que hablar con mis padres y ver si Jan me necesita.
—A Jan le dices que tienes planes —responde con un tono algo rudo.
—Sí, pero el dinero me viene muy bien.
Lo sabe, lo que pasa es que a veces quiere que dependa de él económicamente y eso no va a ser así. Nunca.
—Ya lo sé, pero conmigo unos días también está guay, ¿no? ¿O estar con tu novio no te apetece? Que me tienes abandonado con tanta obra, trabajo y clases de la universidad.
Lo dice riendo, pero a mí me cala igual y no me gusta.
Y la sonrisa de Alice se cuela en mis pensamientos, cómo me mira con bondad, el sabor de sus labios, la dulzura de su gesto… Me obligo a apartar ese recuerdo.
—A ver si puedes rascar algún día —prosigue— y alargamos la escapada. Yo le pido a mi padre que me deje un poco más libre y estamos juntos.
A mi madre no le gusta que me vaya de fin de semana. Lo único bueno es que, al ser Ricardo, casi seguro que dirá que sí. La que no tiene demasiadas ganas soy yo. Ni de querer seguir así.
—¿Tanto lo debes pensar? —pregunta con un deje de impaciencia.
—He dicho que tengo que hablar con mis padres. Te digo algo luego.
—Y a ti, ¿te apetece?
Miro hacia las estrellas y me muerdo las uñas. La respuesta correcta es evidente, la que él espera, la que debería decir.
—Sí, por supuesto. ¿Sabes cómo es el sitio?
Ricardo empieza a describirme las bondades del hotel: un jacuzzi enorme, desayuno mediterráneo, habitaciones con ventanales de suelo a techo. Mientras habla, su tono se suaviza, incluso suena ilusionado.
—¿Y cuándo has estado tú ahí? —pregunto de pronto.
—Mi padre me ha dado un proyecto nuevo. —Intenta sonar casual—.
Es más trabajo, sí, pero también más responsabilidad.
Si lo hago bien, verá que puede confiar en mí.
Allí alojamos a unos clientes y, cuando fui a recogerlos para llevarlos al aeropuerto, me lo enseñaron.
Me pareció un buen sitio para estar contigo.
Hace una breve pausa.
—¿Estás contento con el nuevo proyecto?
—Te lo explico el fin de semana. Habla con tus padres. Cuento contigo. Ahora te dejo, que tengo que acabar el informe. Nos vemos muy pronto.
Me lanza un beso a través de la línea, uno que recojo con desgana.