Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 13
31%

Capítulo 13

ALICE

Camino por el pasillo del teatro detrás de la tía Angelines, rumbo a la urna situada en el estrado, en la que los habitantes de Serratona introducen las papeletas con la obra que quieren ver representada en diciembre.

El teatro está lleno de carteles con las diferentes obras, las virtudes de cada una de ellas y quién podría representar a algunos de los protagonistas. Hay propuestas muy divertidas y variopintas, por lo que escucho de los vecinos.

—¿Tú crees que a Gerard le pega ese papel de Dogberry, el de Mucho ruido y pocas nueces ? —comenta una señora mayor frente al cartel—. Si Dogberry es un incompetente, como dice aquí, y Gerard está de muy buen ver.

—Para mí, Jan sí que sería el Príncipe. Mucho mejor que el nieto de Dolors —dice una de las chicas congregadas ante el cartel de Cenicienta .

—A quien no termino de ver es a Dolors como Hada Madrina —comenta otra—. Le pega más de Madrastra.

—¿Pero qué dices, niña? —suelta la aludida, ofendida, que justo pasaba por detrás sin que estas se dieran cuenta.

Cada vez hay más barullo en el salón. Angelines y yo ya hemos revisado los carteles y mi elección está clara. Bueno, lo estaba antes de entrar.

Subo los escalones hacia la urna. Un chico joven, con gesto serio, levanta la solapa de tela que cubre la abertura.

—Tú no eres del pueblo, ¿verdad?

—No —admito—, pero puedo votar, ¿no? O eso me habían dicho.

—¡Claro que puede votar! —exclama Ángela desde un rincón del escenario.

No sé cuánto rato lleva observando, pero ahora está defendiendo mi derecho.

Nada más entrar la he buscado por la sala y, al dar con ella, mi corazón se ha revolucionado. Conversaba con unos vecinos que le preguntaban sobre los carteles, las obras propuestas y si podrían sugerir alguna que no estuviera expuesta.

Cada vez que nuestras miradas se han cruzado, me ha sonreído y yo me he derretido por dentro.

Esa chica tiene algo que no sé explicar, pero me cuesta dejar de mirarla.

—Para la elección de la obra de abril ya votó la familia de la panadera, que estaba de visita —recuerda Ángela—. Y siempre se cuela algún turista al que le dejamos votar.

—Vale, pero anotamos que no es del pueblo y, a veces, no hemos tenido en cuenta su voto —insiste el chico, quizá intentando aclararlo o quizá poniendo más nerviosa a Ángela, porque ella lo mira con una cara que no me gustaría recibir.

—Pues que ponga que no es de aquí —dice Ángela—, pero que no diga quién es o se perderá el anonimato.

—Le pondré una marca —comento—. Aunque si soy la única, sabréis cuál era mi preferencia.

—Ya ha votado algún turista antes y también ha puesto una marca —aclara el chico.

—Entonces, ¿a qué viene tanta pantomima? Si ya has dejado votar a alguien antes —le recrimina Ángela.

El chico abre las manos, como quitándole importancia.

—Solo le he preguntado si era del pueblo, no que no la dejara votar. Tú has sido la que has saltado.

La ha pillado de pleno. Me fijo en cómo el color de sus mejillas sube un par de tonos y me resulta de lo más conmovedor.

Meto mi papeleta y Angelines también. Antes de salir a la plaza, donde hemos quedado con María, le digo a su tía que me espere un segundo.

—Tengo que hablar con alguien, no tardo.

Y me alejo. Con la mirada busco a Ángela hasta dar con ella en las escaleras de acceso al estrado. Está sola, revisando unos papeles.

Mis pasos son lentos, aunque seguros. Necesito hablarle, darle las gracias por apoyarme, por dejarme participar.

Levanta la mirada de lo que está leyendo y, al toparse conmigo, sus ojos se iluminan y muestra una sonrisa que me deja sin respiración. Debo ordenar a mi mente que continúe andando, pues me he quedado estática a varios pasos de ella.

Al final, nos acercamos la una a la otra.

—Gracias —murmuro de forma atropellada.

—¿Por qué?

—Me ha gustado ver lo que habéis preparado, cómo se implica el pueblo en las diferentes actividades que organizáis.

—Nos gusta hacer cosas, esto es un no parar. Tenemos para todos los gustos.

Estamos muy cerca y percibo su aroma afrutado que me tiene como descolocada.

—Sí, eso he visto. Y gracias también por defenderme —le recuerdo.

—¿Cuándo? —Enarca las cejas, intentando ubicar el momento.

—Casi no puedo votar y tú le has dejado claro a ese chico por qué debía hacerlo.

—Sí…, ya. —Se sonroja y parpadea.

Por supuesto que se acordaba. Y sabe que su defensa ha sido más impulso que necesidad, porque me iban a dejar votar igual. El chico solo quería averiguar si era o no de Serratona.

Nuestras respiraciones se mezclan. Nos miramos y no sabemos qué más decir. Es una conversación sin sentido y, aun así, no quiero que termine. No sé por qué he ido a por ella, pero necesitaba tenerla cerca. Intentar entender por qué no deja de mirarme, que busca en mí.

Sin previo aviso, siento los labios de Ángela sobre los míos. Rápidos, cálidos, húmedos. Su lengua roza la mía y, durante un segundo, el mundo desaparece.

Tardo un instante en reaccionar, pero lo hago. No puedo desperdiciar este momento. Y, del mismo modo que ha empezado, termina.

Se aparta.

—Lo siento, Alice. No quería… —Cabecea.

Se aleja con prisa de mi lado y apenas puedo procesar lo que acaba de pasar.

Acaricio con las yemas de los dedos mis labios, intentando retener su tacto, su sabor a cereza, ese aroma que me deja confundida.

Cojo aire y dirijo mis pasos hacia la puerta, donde encuentro a Angelines hablando con varios vecinos hasta que llego. Salimos en búsqueda de María y Biel.

—¿Vamos al bar a tomar un café? —propongo.

—Para un día que no trabajo —responde María—, mejor damos un paseo.

—Mami, yo quiedo ir al padque —dice Biel.

María asiente y dirige sus pasos hacia allí.

—¿Cuánto tenemos que esperar para saber el resultado? —pregunto.

—El recuento de votos es rápido —explica Angelines mientras caminamos hacia el parque—.

Cierran votaciones a las seis. Luego revisan las papeletas y a las nueve nos reunimos en el centro deportivo, donde han colocado hileras de mesas para cenar.

Cada uno lleva la suya y allí se anuncia la obra ganadora.

—Sonríe, hace una pequeña pausa y añade—: Y es entonces cuando empieza lo divertido.

Se anuncian los papeles protagonistas y quién quiere representar a cada uno, los vecinos se animan a probar los personajes, hacen sus pinitos con las voces y el show empieza. Es muy divertido.

—Me encanta esto —dice María con emoción—. Estos pequeños grandes momentos que hacen que Serratona sea diferente y que esté tan contenta de que ahora sea mi hogar.

Nos espera una fiesta, una cena compartida y un montón de vecinos deseando hacer el ridículo con dignidad.

Y, aunque voy a intentar centrarme en el ambiente de este pueblo, sé que en el fondo espero volver a encontrarme con ella, ver su sonrisa y notar como busca la mía. Y tal vez acercarme para preguntarle qué ha sido eso que acaba de suceder entre nosotras.

Sueño de una noche de verano. El murmullo en el centro deportivo es ensordecedor y aún vibra en el aire tras oír por megafonía el título de la obra vencedora.

Parece que los tejemanejes de Sandra y Ángela han funcionado, pues ha salido la que ellas querían.

Están eufóricas. Y el equipo que las ha apoyado, entre los que me incluyo, también.

Los vecinos, en cambio, han llegado ya en otro nivel: el del caos controlado y el deseo de hacerse con el papel principal.

Se proponen para personajes que, sinceramente, dudo que sepan cómo los van a representar.

Es una obra divertida y sencilla en apariencia, sí, pero cada pareja necesita su chispa, cierta gracia y, sobre todo, química.

Y eso es lo que creo que les falta a algunos de los candidatos que discuten frente a ellas.

Noto que Ángela empieza a crisparse.

—A ver, chicos —dice, levantando las manos—, poneos en fila y decidle a Sandra qué personaje os gustaría representar.

Recordad primero que muchos de vosotros ya tenéis asignado papel para Romeo y Julieta , la obra de abril.

Que sí, que ya veo las caras… —enfatiza—, que podéis con uno, con dos y con lo que os echemos encima.

Pero así no se trabaja bien. Queremos compromiso.

Hace una pausa y revisa su libreta.

—Además, como sabéis, ahora no se elige a nadie.

—Eso no es cierto —protesta un vecino—. A veces es en la misma cena cuando se anuncian los protagonistas.

Ángela aprieta los labios.

—Yo quiero ser Lisandro —dice uno de los jóvenes del pueblo.

—Por edad te encaja más Teseo, ¿no crees? —sugiere Sandra mientras apunta su nombre.

—¡Pues yo puedo ser Hipólita! —salta Dolors, levantando la mano como si estuviera en clase.

Sandra anota los datos, aunque dudo que Dolors tenga claro el peso de ese papel.

Y en ese momento, Ángela da una fuerte palmada en la mesa para llamar la atención. Coge el micro, carraspea y el centro deportivo se queda en silencio.

—Antes de seguir apuntando nombres, repasemos los personajes —dice—. Me da que no os habéis mirado bien sus características.

Sandra despliega el cartel grande y empieza a explicar.

—Teseo e Hipólita. Ellos representan la pareja «seria» Son los duques de Atenas.

Elegantes, formales, con presencia. La obra empieza con ellos preparando su boda.

Buscamos a dos vecinos con porte, que sepan hablar claro y que no se pongan nerviosos con público, aunque en Serratona creo que eso no ocurre.

Varias manos se alzan con rapidez y los chicos que las ayudan se sientan en una de las sillas a apuntar los nombres en una libreta.

—Hermia y Lisandro son la pareja joven, romántica, testaruda y dramática —añade Ángela—.

Se fugan al bosque para casarse. En este caso buscamos a dos jóvenes con química natural o una pareja real.

Yo tengo a varios en mente, pero me gustaría que fueran ellos mismos los que se presentaran.

Venga, y no escondáis la cabeza que os estoy viendo.