Capítulo 12
ÁNGELA
He quedado de nuevo con Sandra, esta vez a solas, sin los chicos, para continuar trabajando en el proyecto. La urna debe estar lista para el fin de semana, al igual que los carteles. Apenas tenemos tiempo.
Cuando entro en el bar, veo a mi amiga en nuestra mesa habitual, con los brazos cruzados y una mueca de reproche en la cara. Ha llegado antes que yo y se ha impacientado.
Doy un paso y mis ojos se tropiezan con los de Alice, que está sentada en la barra charlando con María. No me la esperaba. Cojo aire despacio y me obligo a seguir caminando hasta Sandra, aunque una parte de mí se haya clavado en la barra.
—Ya era hora —me reprende mi amiga en cuanto me acerco.
Habíamos quedado hace diez minutos. Le pido perdón; no soporto cuando ella se retrasa, así que hacerlo yo me resulta molesto.
—Una turista me ha parado en la plaza para preguntarme por un par de sitios y me ha entretenido más de la cuenta. Era simpática… y guapa. Pelirroja. Hasta hemos acabado haciéndonos un selfie , ¿te lo puedes creer?
—Para que te haya entretenido tanto tiempo, estaría de buen ver.
Sonrío y, casi sin querer, mi mirada se desliza hacia la barra. Porque Alice sí que es digna de admirar. Pero me reprendo ya que estoy con Ricardo y quiero intentar que funcione. Aun así…
—¿Has avanzado mientras no estaba? —le pregunto a Sandra para eliminar de mi mente esos pensamientos.
Niega con la cabeza. Supongo que Dolors, su abuela y dueña del bar, le habrá plantado un par de chocolates calientes en la mesa y ella los habrá tomado tan a gusto. Me necesita para ponerse con las tareas, y ambas lo sabemos.
—Pues vamos a ello. Está todo preparado. Este fin de semana decidimos qué título representaremos en diciembre y solo nos queda acabar con los carteles. —Los pongo encima de la mesa tras sacarlos de la bolsa que he traído conmigo.
—Fácil —sonríe Sandra mientras coge un par de rotuladores y las láminas con los que aún están por acabar.
María se acerca a nuestra mesa. Le pido una Coca-Cola y unas patatas.
—¿Me acogéis a Alice hasta que acabe mi turno? —pregunta con una sonrisa tristona. Sé que es porque su relación con Jan aún hace aguas y sigue sin haberlo resuelto.
—Sin problema. ¿Te queda mucho?
Es raro verla trabajando una tarde de sábado y creo que la expresión de mi rostro le da una pista.
—Mi compañero tenía que hacer unas gestiones y por eso he venido yo a sustituirlo. En cuanto llegue, le cedo el delantal.
—Ya veo que mi hermano sabe escaquearse y enchufarte sus tareas—dice Sandra.
—No digas eso —la reprende María—. Además, a mí siempre me vienen bien unas horas extras.
Mi vista se va hacia la barra y veo que Alice levanta la mirada hacia donde estamos. Cuando María regresa con ella, parece que hablan en voz baja o, más bien, discuten. Hay algo en su lenguaje corporal que no concuerda, una tensión extraña.
Finalmente, Alice se acerca a nosotras y se deja caer en la silla sin ganas.
—Hola. Esta es Sandra.
—Encantada —responde.
Saca el móvil y se pone a trastearlo, una manera de desaparecer y no hacernos caso.
¿Por qué hará eso?
Parece que cada vez que estamos próximas ocurre lo mismo: una especie de corriente incómoda que nos empuja a acercarnos y, a la vez, a escondernos.
Sandra carraspea y vuelve a su tarea.
—Yo acabo este —dice—, tú podrías adelantar con los que faltan. A mí se me da mejor pintar y a ti crear. Además dijimos que escribiríamos el detalle de cada obra, sus virtudes, los personajes, para que así sea más fácil y visual para los asistentes.
Saco una hoja donde hemos anotado lo necesario y extraigo también unos bocetos que he preparado en casa.
Se los enseño a Sandra y mis ojos se desvían para ver qué hace Alice.
Nuestras miradas coinciden un segundo y baja la vista de nuevo al móvil.
Debe ser más interesante lo que ese teléfono esconde, aunque en realidad parece que no deja de observarnos.
—Si es que eres una artista —dice Sandra con orgullo—. La mejor responsable teatral que podía tener Serratona.
—No seas exagerada.
Cojo el lápiz y repaso un par de trazos. Tras acabar con el cartel, Sandra empieza a recortar papeletas, que ya deberían estar listas.
Alice sigue en la misma posición. Eso sí, la he pillado observándome de reojo en más de una ocasión.
Una media hora más tarde María se sienta a su lado, enfadada, y le arranca el móvil de las manos.
—¿Qué pasa? —protesta Alice.
—Te he traído con ellas para que os hicierais compañía y para que las ayudaras. No para que te escondieras tras ese aparato que te ha abducido toda la tarde. Ya tengo suficiente con mis cosas como para soportar a otra cría.
—Oye, no me hables así. Tenía trabajo, te lo he dicho.
—Sí, trabajo —responde María con el ceño fruncido—. Ponte a currar y ahora de verdad. ¿Chicas? ¿Qué necesitáis?
Las miro sorprendida, igual que Sandra. El rostro de Alice también es de absoluta incredulidad. Y apenas sé qué responder. El gesto de María para que diga algo, que empiece a hablar o perderé la oportunidad de que nos ayuden, me hace reaccionar.
—Pues… Si queréis recortar papeletas…
Le acerco un taco de cartulinas y unas tijeras. Aunque de mala gana, Alice empieza a recortar según las indicaciones de Sandra. María se inclina sobre mis bocetos, observando cada detalle. Le gustan y me aporta un par de ideas que anoto enseguida.
Sin venir a cuento, parecemos un grupo bien avenido. Pero nos ha costado integrar a Alice. Esta me mira cada dos por tres y no sé qué intenta decirme con esa forma de observarme, como si esperara algo de mí que ni ella misma sabe nombrar.
Me pregunto si debería recordarme que estoy con Ricardo. Si debería agarrarme a eso con más fuerza. O si lo que debería hacer es dejar de luchar contra esa sensación extraña que aparece cada vez que Alice está cerca.
Mi cabeza es un caos.
Alice me atrae. Mucho más de lo que me gustaría reconocer. Y no sé si acercarme un poco más sería una locura… o algo a lo que quizá debería dejar de resistirme.