Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

ALICE

Acabo de llegar a Serratona a pasar el fin de semana.

Estaré un par de días, tal vez algunos más.

Aparco el coche en la plaza y respiro el aire puro que me rodea.

Piso por segunda vez este pueblo y su encanto me tiene robado el corazón.

No sé si alguien más también se quiere adueñar de él, pero eso debe ir paso a paso.

Voy hasta el bar donde María trabaja. Nos sirven unas manzanillas y charlamos un rato.

Me siento muy cómoda a su lado. Cuando empiezo a ayudarla a recoger las mesas, para que acabe pronto, me frena.

Le pido a su jefa que la deje salir antes y esta acepta sin problema.

Me da a mí que ya estaba avisada. Arrastrando mi trolley , nos dirigimos a casa de su tía Angelines, donde María vive con su hijo.

En cuanto esta me ve, me abraza con fuerza para saludarme. Cuando nos vimos la vez anterior sé que le causé buena impresión.

—¡Qué guapa estás! —exclama mientras me hace dar un par de vueltas para ver mi modelito.

Llevo unos pantalones de vestir y una blusa de seda a juego. Lo que quizá desentona con el pueblo son los tacones de infarto en los que me he vuelto a subir hoy. Parece que no escarmiento.

—Me encanta sentirme guapa, lo sabes.

No puedo decirle otra cosa, es la verdad. Me gusta arreglarme, que la gente me mire al pasar, y ellas lo saben.

Durante un rato compartimos mesa, hablamos de nuestras vidas hasta que se acerca la hora de ir a buscar a Biel al colegio.

Por supuesto, no puedo perderme ese momento.

Cuando quedé con mi amiga, insistí en que Biel estuviera con ella.

¿Por qué insistí? Porque era una manera de volver a cruzarme con ella.

Cierro los ojos y me encuentro de nuevo en aquel mirador.

Ángela se había tumbado junto a mí en la piedra.

Su aroma afrutado y goloso me embriagó, apenas pude pensar.

Rozó mi mano y una electricidad recorrió mi cuerpo.

Ese fue el momento exacto en el que me puse en pie y me perdí en mis pensamientos.

Una manera extraña de huir de algo que aún no comprendía.

Suspiro sin darme cuenta de que tengo dos personas delante que me miran con curiosidad. Supongo que, sin hablar, podrían adivinar en qué estoy pensando.

Sonrío y Angelines hace lo mismo mientras se acerca de nuevo a mí. Me acaricia el rostro.

—Estás preciosa y eres muy lista. Sigue así. —Me guiña un ojo y acaba pellizcándome la barbilla.

Ambas se quedan en el salón mientras yo voy a cambiarme, porque con este calzado y los adoquines no llegaría muy lejos.

El cuarto de costura es la habitación en la que me voy a instalar.

Creo que ha dejado de tener el uso que Angelines le dio hace tiempo, pues la cama sigue preparada y un armario de dos puertas ha sustituido al arcón que vi la vez anterior que estuvimos en el pueblo.

Una vez listas, María y yo vamos a buscar a Biel al colegio. Llegamos justo cuando suena el timbre y allí nos encontramos con Ángela. Al verla de nuevo, una sensación de euforia recorre mi interior, aunque, sin saber por qué, la contengo un poco, como si así evitara acercarme demasiado a ella.

Biel y Jade salen corriendo en busca de María y Ángela, pero no tardan nada en saludarme. El abrazo del hijo de mi amiga me llena por dentro.

Ponemos rumbo al parque. Mientras los niños corren hacia los toboganes, nosotras elegimos uno de los bancos donde da el sol por la tarde.

María se muestra bastante seria. Probablemente sea por lo que me contó de Jan y el motivo por el que están separados. Solo espero, por el bien de ella y los que la acompañamos, que lo solucionen pronto. No me gusta verla así, mustia y sin chispa.

Yo necesito a alguien que me escuche, que ponga los cinco sentidos en aquello que he de contarle, y casi seguro que en su estado no sé si será posible.

Quizá solo deba lanzarme, explicarle mis dudas, mis miedos y un poco el motivo por el que vuelvo a Serratona.

Es un local, es un proyecto. Pero sobre todo es ella. Esa persona que ahora está a mi lado y a la que apenas puedo mirar.

María, tras unos largos minutos de silencio, rompe el mutismo que nos rodea a las tres. Quiero pensar que cada una está metida en sus cavilaciones.

—¿Cómo va en la tienda? —pregunta María, intentando encarrilar una conversación normal.

—Con algunos cambios —respondo, sin darle demasiada importancia. No le he explicado nada y no sé si es el momento adecuado—. En fiestas fue una locura. Necesitaba un descanso.

—Me lo imagino. Llevas muchas cosas a la vez. Deberías pedir ayuda.

¡Si María supiera…! Debo contárselo. ¿Por qué no ahora?

—Voy a dejar el trabajo por un tiempo. O para siempre.

María me mira contrariada.

—No es nada malo —digo con calma—. Tengo proyecto en mente y quiero llevarlo a cabo. Lo he hablado con mi padre y está de acuerdo. Solo queda cerrar algunas gestiones. Además, me debían días y esta escapada era imprescindible.

—Ya será menos —cabecea María—. Y ahora ¿quién me va a hacer descuentos de esos tan guays que hacías o me va a preparar un outfit de escándalo?

—Seguiré haciéndolo yo. Los descuentos, tendremos que hablar con el señor Casadevall, o a lo mejor, conmigo —le digo con un tono sugerente a la vez que bajo las pestañas.

—No entiendo.

—Mis labios están sellados. Pronto podré desvelar mi secreto.

La voz de Ángela nos interrumpe. Hace una pregunta que me deja confusa.

—¿Dónde trabajabas?

No es la pregunta en sí. Es que llevamos sentadas una al lado de la otra desde que hemos llegado al parque, en silencio, mirándonos de reojo.

María y yo conversábamos y Ángela solo estaba pendiente de los niños, evitando cualquier acercamiento.

Aunque eso no ha sido del todo posible y nuestros dedos se han rozado.

Una sensación que apenas sé describir me sube hasta la garganta y he tenido que tragar antes de dar respuesta a su pregunta.

—En Barcelona, en el centro. En una cadena de tiendas de moda.

Noto mi voz seca, distante. ¿Por qué actúo así? Giro la cabeza hacia las montañas como si ellas tuvieran otra respuesta más adecuada.

¿Qué es lo que me provoca esta chica que dejo de comportarme como soy?

Así seguro que no conseguiré acercarme a ella.

Y lo deseo. Un flashback de Carla y otro al instante de Nerea destrozan mi tranquilidad.

Y no lo deseo. Me apetece acercarme a Ángela y sigo sin ser consciente de qué es lo que me pasa para no dar un paso adelante.

María me lanza una mirada acusatoria. Ella tampoco me entiende.

—¿Tenéis sucursal en Lleida? —insiste Ángela, sin mirarme. Otra pregunta sin más. Permanece pendiente de Jade.

—Supongo —respondo—. Ya averiguaré.

—Vale.

Silencio. De esos que pesan.

La conversación parece no fluir entre el grupo, entre nosotras dos. Estamos atascadas y ojalá supiera por qué. Me gusta, sus ojos me deslumbran, la caída de su pelo me parece de lo más sensual. Pero ella… ¿y si ella no quiere lo mismo que yo?

El roce de su dedo con el mío, porque ha sido Ángela la que me ha acariciado de una forma tan sutil, quiere decir algo.

—¿Has traído ropa de abrigo? —pregunta María casi al rescate—. ¿O solo camisas como la que llevabas al llegar? El tiempo está cambiando y se avecina tormenta.

Miro hacia el horizonte y las nubes presagian lluvia. El cielo se está oscureciendo, por lo que algunas de las madres ya están recogiendo a sus hijos para ir a sus casas a resguardarse.

—Algo habrá en la maleta. Y, si no, siempre puedes prestármelo.

Una breve sonrisa se posa en mis labios.

—Una mantita junto al fuego. Así nos calentaremos esta noche.

—Me parece de lo más bucólico.

María se gira.

—¿Y tú, Ángela? ¿Qué harás esta noche?

Mi amiga quiere empujarnos a no sé qué, pues es complicado cuando no hay nada que suponer.

La conozco. Parece que el atrevimiento no es nuestra lanza en esta ocasión.

Somos diferentes, lo sabemos ambas, y la situación de hoy es algo comprometida.

Están María y los niños, y creo que eso la incomoda.

O tal vez a mí. Debo propiciar otro momento.

—No sé —responde Ángela—. Estudiar un rato, ver la tele, perder el tiempo con el móvil. Poco más.

La miro, porque es imposible no hacerlo.

Ella agacha la cabeza y yo la observo de reojo, a cada instante.

Mientras vigilo a los niños para no perderlos de vista, noto que ella hace lo mismo.

Es apenas un segundo, un gesto mínimo, un roce de miradas.

Sus ojos buscan los míos y yo me pierdo en el color de los suyos, pese a haber intentado evitarlo.

Fingimos que no hay nada cuando la tensión latente se palpa.

María se pone en pie. Es hora de irnos también. Solo quedamos nosotros cinco y alguna gota ha caído ya sobre mi chaqueta.

Cuando regresamos a casa, después del baño de Biel, nos sentamos en la mesa para cenar. En el primer momento en que nos quedamos a solas, mientras Angelines lleva a Biel a la cama, María dispara:

—¿Qué hay entre Ángela y tú?

—Nada —respondo demasiado rápido.

María frunce los labios, ese gesto que significa «no me tomes por tonta».

—Cierto. No hay nada —repito más firme. Aunque no es verdad. No lo es para mis sentimientos.

—Alice… —me mira con esa mezcla de preocupación y diversión—, te conozco demasiado como para que intentes colármela.

Suspiro. Lo digo bajito, pero lo digo:

—Sí, eres muy lista. Serratona me llamaba por varios motivos, y uno era ella. Tú también, por supuesto. He visto algo en ella que me ha hecho volver; lo que no sé si ella siente algo igual. Encuentros como los de esta tarde no me convienen y no ayudan.

—Pero… tú eres más lanzada —me recuerda—. Me has parecido otra Alice.

—Pues eso quiero saber yo —admito, dejándome caer contra el respaldo—. Porque cuando la tengo cerca me comporto como si no supiera qué quiero. Me bloqueo. Vale, es más joven que yo, bastante, pero si quiere lo mismo, sé que debo darnos una oportunidad. Aunque no sé cómo averiguarlo sin asustarla.

¿Cómo lo hago? Desde el primer día que la vi, percibí una química entre nosotras.

El día en el mirador, aquel que salí huyendo, no era por ella, era por mis sentimientos hacia ella.

Y eso no me entra en la cabeza, porque no soy así.

Lo ven mis amigos, lo veo hasta yo, pero estar cerca de Ángela rompe mis esquemas.

—Creo que Ángela es difícil de espantar. Solo tienes que dar ese paso adelante.

—Y si no me sigue…

—Eso tendrás que averiguarlo solita.

En ese momento entra Angelines con un vaso de agua y se sienta con nosotras.

—¿De quién habláis? —pregunta curiosa.

—De Ángela —responde María por mí.

—Me gusta mucho esa niña. Es un amor con los críos y muy simpática. A ti también te gusta, ¿no, Alice?

Su comentario me golpea, porque es verdad. Ángela es luz y yo quiero que ella sea quien me ilumine. Aunque también tengo cierto miedo a fracasar, a que no corresponda a mis sentimientos y eso tal vez sea lo que me frena.