Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

ÁNGELA

Hoy llueve a cántaros. Hemos quedado con Sandra y su novio en el bar de su abuela para organizar la obra de teatro que nos toca a nosotras este año.

No contábamos con los chicos, pero se han apuntado.

Además, parece que medio pueblo ha tenido la misma idea y se ha refugiado aquí, pues la que cae fuera es tremenda.

Ricardo y yo acabamos de entrar. El paraguas apenas ha servido de nada y, aunque ha dejado el coche en la misma puerta, el breve trayecto hasta el local ha sido suficiente para empaparnos.

Nos sacudimos un poco la ropa y busco con la mirada hasta localizar a mis amigos, que nos esperan en una mesa en el centro.

—¿Qué tal, chicos? —saludo mientras nos acercamos.

Hago las presentaciones porque, aunque Sandra ha oído hablar de Ricardo mil veces, nunca habían coincidido en persona. También nos presenta a Gerard, su pareja, con la que lleva poco tiempo saliendo. Son un amor.

A nuestro alrededor el murmullo es constante: el pueblo está luchando contra una empresa que pretende hacerse con nuestras tierras y Jan está organizando una manifestación.

Tendrá lugar en unos días y las conversaciones que se escuchan al vuelo es de quien participará, qué temas plasmar en los carteles, dónde es mejor ubicarse…

Serratona en estado puro. Yo asistiré, por supuesto.

—¿Qué es lo primero que vamos a hacer? De la obra, digo —dice Sandra, directa y al grano. Apenas ha dejado tiempo para que conversemos de otras cosas. Noto que está nerviosa y necesita organización.

—Buena pregunta. Como siempre, sin saltarnos ni un paso —respondo.

—Nos tendríais que dar algún detalle adicional —interviene Gerard—. Nosotros somos nuevos en este plan.

Ricardo, que está sentado a mi lado, se ha pedido un día de asuntos propios para venir a verme.

Esta mañana me lo he encontrado plantado en la puerta de casa, con una sonrisa y una bolsa de desayuno.

Yo ya le había contado que no trabajaba, que no iba a la universidad y que tenía plan con Sandra para empezar con la organización de la obra de teatro.

En esta participa media Serratona, o todo aquel que le apetece. Representamos dos al año: una el fin de semana anterior a Sant Jordi y otra en diciembre, para el puente de la Purísima. Desde el grupo de teatro, nos encargamos de coordinarlas.

Y a él no se le ha ocurrido mejor forma de ayudar que venirse al pueblo y estar conmigo. A mi madre le ha faltado aplaudir cuando lo ha visto desde la ventana de la cocina. Yo aún lo estoy procesando.

—Gerard, tú deberías saber cómo funciona, ¿no?

—Nunca he participado. No soy muy de ponerme delante del público.

—Pues quizá te encarguemos algo que no implique subirte al escenario.

— ¡Meravellós! —exclama y sonreímos. Es una palabra que utiliza en muchas ocasiones y no siempre para indicar algo que sea alucinante.

—Ahora deberías explicármelo a mí —añade Ricardo—. ¿Qué esperas que haga?

—Que me apoyes es suficiente. Acostumbramos a planificar dos obras cada año. Ahora estamos inmersos en la de abril, pero también pensando en la de diciembre, aunque para esa aún hay tiempo. Los vecinos que participan siempre están muy implicados y se aprenden su papel con bastante rapidez.

—¿Y el mío cuál es? —pregunta Ricardo.

Lo miro a los ojos. Es insistente. Solo tiene que no interrumpirme para que le cuente cómo va y, si mientras salíamos juntos hubiera prestado más atención, sabría que he participado en las obras de ediciones anteriores y que me he perdido algún que otro ensayo por su culpa.

—Conque estés me basta, ya te lo he dicho. Hoy Sandra y yo solo planificaremos los siguientes pasos. Nosotras estamos encargadas de la representación de diciembre y primero se tiene que elegir la obra. Para eso necesitamos la urna y la fecha para la votación.

—¿Cómo? —pregunta Ricardo, sorprendido.

—La obra la decide el pueblo. Cada año escogen a algunos jóvenes del grupo para que lo organicen.

A principios de septiembre, supimos cuál se representaría en abril y se acaban de poner con los ensayos.

Si llegamos a tiempo, que creo que sí, el próximo fin de semana montaremos la urna y abriremos la votación para la de diciembre.

Solo necesitamos un poco de planificación.

—Y eso a ti se te da de maravilla —comenta Sandra.

—¿Qué propone el pueblo? —pregunta Ricardo.

Gerard nos escucha en silencio.

—Pues hemos representado varias obras clásicas: La casa de Bernarda Alba , Bodas de sangre , Tres sombreros de copa … —explico—. Mi propuesta para este año me gustaría que fuera innovadora, no en la obra elegida, sino en como la interpretemos. Esperamos que el pueblo nos siga la corriente.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Gerard por fin.

Saco las tarjetas que he traído y les doy varias a cada uno. Empezamos a escribir ideas: frases cortas, llamativas.

—Yo quiero que representemos Sueño de una noche de verano —digo—. Es romántica, divertida y un clásico que puede gustar.

—También he pensado en algo más infantil —sugiere Sandra—. Tipo Cenicienta o La Bella y la Bestia . Tendríamos quizás más público, de edades variadas.

—¿Y por qué no una adaptación libre de Camp Rock? —añade Ricardo—. Sería diferente, musical y juvenil. Algo que nunca se ha hecho, ¿no? Podría enganchar a la gente joven.

—Ahí sí tendríamos un problema con la gente mayor de Serratona —respondo—, pero no descartemos opciones. En abril se representa Romeo y Julieta. Nos hizo mucha ilusión cuando la escogieron. A ver qué sale para diciembre.

—Piensa que en los pueblos de los alrededores están acostumbrados a vernos representar La casa de Bernarda Alba o similar. No sé si algo tan original como estás pensado es lo acertado…

— Sueño de una noche de verano es un clásico —insisto—. Tiene magia, humor y romance. Seguro que engancha y, aunque mis ideas para la puesta en escena sean un poco locas, creo que las aceptarán.

—Ya veremos cómo reaccionan y si la escogen —dice Sandra.

—Pues yo no votaría por ninguna de ellas. Me parecen aburridas —comenta Ricardo.

¿Qué acaba de decir?

—Las propuestas las escoge el pueblo —le aclaro, de nuevo.

—Ya, por eso yo no voy a votar. Supongo que tampoco estaré aquí.

—A mí me gustaría que vinieras, pero con esa actitud mejor lo dejamos pasar.

—Si quieres, vengo. No votaré por ninguna de las que habéis dicho. —Hace una pausa—. ¿Yo puedo votar si no soy del pueblo?

Lo miro indignada. Empiezo a notar detalles que no me cuadran.

Pequeños gestos. Comentarios que antes habría dejado pasar.

Acabamos de retomar nuestra relación y, aun así, siento ese pinchazo incómodo en el pecho, esa sensación de que estamos caminando por el mismo sendero de siempre, solo que fingiendo que esta vez será distinto.

Sandra carraspea, incómoda, y vuelve a las tarjetas como si de repente fueran interesantísimas.

Gerard evita mirarnos.

—Normalmente vota la gente del pueblo, pero si asistes al teatro, donde preparamos la urna y colocamos los carteles para tomar la decisión, dejamos que voten personas de fuera de Serratona —respondo con un tono más frío del que pretendía.

Ricardo asiente. No dice nada más y me duele.

Vuelvo a las tarjetas, fingiendo que me concentro en las propuestas, pero la ilusión de hace un rato se me ha desinflado entre los dedos.

Y me llega, sin pedirlo, el recuerdo de aquella sensación casi mágica cuando rocé la piel de esa chica a la que mantengo lejos —porque estoy con él— y a la que, aun así, sigo sin poder olvidar.