Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

ALICE

La Navidad nos ha sorprendido sin apenas darnos cuenta.

Barcelona está llena de luces, de gente, de ruido…

y, aun así, en el salón de los padres de Lía todo se siente un poco más apagado de lo que debería.

María ha venido a pasar las fiestas con sus padres, una semana completa, y la ha salvado con nota.

Menos mal que su hermana y su pareja también han venido a ver a la familia, sin ellos, no sé si lo hubiera superado.

Mis padres están de viaje. Han mezclado un tema laboral de mi padre y lo han alargado para pasar estos días juntos. Nunca han sido muy de grandes reuniones familiares y sabían que yo tenía el plan resuelto.

María está triste. Tiene problemas con Jan y nos los cuenta con detalle. Parece que ha habido un malentendido entre ellos y Jan la ha apartado de su vida. La escuchamos, intentamos consolarla, aun así, no acaba de levantar cabeza.

—Mi sobrino, ¿bien? —le pregunta Lía a su hermana.

—Mira qué guapo está —dice, enseñándonos un par de vídeos en el móvil—. Está disfrutando a lo grande de EuroDisney.

Biel está con su padre, que se lo ha llevado estas fiestas. Miramos un rato las fotos, en las que sale su hijo guapísimo, con una sonrisa enorme en el rostro.

Las lágrimas empiezan a descender por los pómulos de María y ese es el momento exacto en el que decido tomar las riendas.

No me gusta verla así. Y si algo sé hacer bien es mover a la gente cuando se queda atrapada en su cabeza.

—Salimos —propongo.

—¿Ahora? —pregunta Lía.

—¿Por qué no? —continúo—. Si nos quedamos aquí, acabaremos llorando las tres, y como que no me apetece. Creo que un poco de bailoteo nos vendrá bien. Venga, andando.

Y, muy a su pesar, salen de fiesta conmigo.

Sam se queda con los suegros. Ha dicho que así hacemos noche de chicas.

Las llevo a un local que hay en la zona alta de Barcelona, bastante selecto y sé que será de su agrado.

Cuando entramos, la música nos ensordece.

Parece que la han puesto tan alta para que no podamos escucharnos ni hablar entre nosotras.

Además, hace mucho calor, hay demasiada gente y las luces estroboscópicas me molestan.

El olor a alcohol y la vibración en el pecho me abruman y empiezo a dudar de si el lugar escogido ha sido el mejor.

Vamos a la barra. Hacemos nuestro pedido, no sin antes tener que repetírselo cuatro o cinco veces al camarero. Nos apartamos un poco y encontramos un sitio donde parece que la música baja un par de decibelios.

—¿Os gusta? —pregunto.

—No está mal, pero la música está demasiado alta. No sé si aguantaré mucho aquí.

—Las otras veces que he venido no era así. Es un local al que suelo venir. Veo que el disc jockey es nuevo. A lo mejor es por eso.

Ambas hermanas asienten y dan un sorbo a sus bebidas.

Recorro el local con la mirada hasta que doy con un grupo de amigos que justo se acaban de dar cuenta de que soy yo. Se acercan hasta nosotras.

—¡Qué tal! ¿Cómo tú por aquí? No has contestado a los mensajes.

Ni he mirado el móvil estos días. Tengo la cabeza… No sé ni dónde la tengo. He estado pendiente de mis amigas y, tal vez, recordando demasiado unos ojos color avellana.

Hablamos un rato. Les presento a Lía y a María, hasta que me percato de que Carla también está con ellos. Estaba en el baño, según dice nada más irrumpir en la conversación. Se acerca a darme dos besos. Demasiado cerca. Con demasiada intención.

La aparto y ella me mira incrédula.

Necesitaba estar solo con Lía y María, consolar a esta y divertirnos las tres, sin nadie más de por medio. No era necesario que en la ecuación entrara también Carla.

Pero ella no opina igual.

El grupo al completo nos ponemos a bailar, acercándonos cada vez más al centro de la pista. Carla no para de colocarse a mi lado y tengo la desagradable sensación de que me está invadiendo.

—Estás muy guapa —me susurra al oído.

Apenas le presto atención. No quiero que enturbie esta noche.

María y Lía siguen bailando, no muy lejos de mí, pero lo suficiente para dejar espacio a Carla. No sé por qué hacen eso. Tendré que aclararles que ella ya no es una posibilidad.

A lo mejor debería explicarles que alguien de Serratona se ha colado en mis pensamientos demasiadas veces y que estoy tramando un plan para estar más cerca de ella y ver si tenemos alguna opción.

—Si le pido al disc jockey una canción lenta, ¿la bailarás conmigo?

La miro desconcertada. ¿No escuchó mis palabras?

—Carla, ya hablamos el otro día. Tal vez no te quedó claro que quiero que sigamos siendo amigas y que si tensas la cuerda, no acabaremos bien —insisto apartándola de mi lado.

No le veo maldad. Solo quiere seguir mi estela y comprobar si, acercándose, consigue volver a estar en mi cama. Algo que no va a suceder.

—Somos amigas, estamos bailando y nada más —murmura mientras se contonea cerca de mí.

Me alejo hasta la barra para pedir otra ginebra con cola. María me sigue y se suma a mi elección. Ambas le damos un buen trago a la bebida. Creo que queremos olvidar demasiado pronto y no sé si es la manera adecuada.

—¿Qué hacéis? —nos grita Lía, que se ha aproximado hasta donde estamos.

—No puedo más —le explico, señalando con la cabeza hacia el grupo y, en especial, hacia Carla, que me mira con cara compungida.

—Solo es tu ex, Alice —aclara Lía. Como si no lo supiera—. Además, me decía que no sabe qué te pasa, que de un tiempo a esta parte estás muy rara y…

—¿Rara? No será ella la que quiere algo y está más sobona de lo habitual.

—Eso solo lo puedes decir tú. A mí me has contado que sois amigas, no sé si con derecho a roce o no.

—No, ella quiere más, lo sé, y yo…

¿Qué es lo que quiero yo? Carla y Nerea se pasean por mi vida como si quisieran volver y yo solo tengo la cabeza para pensar en una mujer a la que apenas conozco y a la que deseo conocer.

No sé nada de su orientación sexual y, aunque pareció que me daba pie en el bosque, yo hui de su contacto y aún ahora no sé por qué.

—Tú tienes la cabeza en otro sitio y aún no nos lo has contado. Un par de copas más y lo sueltas por esa boquita.

Niego sus palabras, aunque tal vez sea eso. Desahogarme y comprobar si no me estoy tirando a una piscina sin agua.

—¿Nos vamos? —propongo sin pensar… o pensando demasiado.

—Tú eras la que quería venir. Por mí, vale —responde María.

Me dirijo a la salida. Me giro para despedirme de un par de conocidos y veo a Carla con cara de perplejidad. También descubro unas manos que la rodean, aunque no puedo ver quién es la persona que la acompaña.

Lo único que tengo claro es que me resultaba imposible seguir allí. No cabíamos las dos en ese mismo espacio.

Buscamos otro garito que nos funcione mejor y, como no damos con él —música muy alta, sobones en la entrada y seguratas antipáticos—, nos vamos a mi casa.

Es lo mejor. Tengo alcohol de sobra para acabar etílicas y sofás en los que dormir la mona.

Y, además, estoy segura de que nadie nos molestará.

Tal vez consiga que Ángela se desvanezca de mis pensamientos y que Carla deje de enturbiar mi complicada vida.

O la vida que yo misma me empeño en complicar.

—Sí, díselo tú, por favor.

—¿Desde cuándo le tienes miedo a mi hermana? —pregunta Lía al otro lado de la línea.

—No es miedo, solo prefiero que se lo pidas tú. Eres su hermana y te hará más caso.

—¿Caso de qué? ¿Y qué se te ha perdido a ti en Serratona?

—Necesito desconectar, rodearme de naturaleza y paz.

—Sí, eso se lo cuentas a otra. Además, nos vimos en fiestas, ¿por qué no se lo pediste entonces?

—Han cambiado mis prioridades.

—Ya veo. Pero sigo sin entender por qué he de hacerlo yo.

—A ver, Lía, tengo unos días de vacaciones y quiero salir de mi rutina. Además, ya han cogido a una responsable de tienda.

—¿Cómo?

—Lo que has entendido. Me pillo una excedencia. Estoy gestionándolo con Recursos Humanos. Necesito asumir un proyecto personal que me ilusiona mucho.

—Ey, para. Eso me lo tienes que contar con más detalle.

—Te cuento lo que puedo. Voy a pedir un descanso.

Estoy saturada. Doblar ropa hasta la madrugada, clientes imposibles e inventariar sola cuando falta personal.

Me lo he currado, pero necesito un respiro.

El proyecto es algo en lo que llevo pensando bastante tiempo.

No quiero gafarlo, por lo que aún no te cuento nada.

Si no sale bien, la tienda me estará esperando.

—No me acaba de convencer tu explicación. Demasiado rápida y con pocos detalles. Te dejo tiempo para que me cuentes lo que necesitas, ya sabes.

—Gracias. Y, volviendo al tema, quiero desconexión. Con tu hermana me siento genial. Pídeselo tú, que me diga cuándo le va bien.

—Pero habla tú con ella.

—Díselo tú —le suplico, alargando la u poniendo morritos aunque no los vea.

—Vaaale —acepta entre risas. Le lanzo besitos a través de la línea.

Dos días después recibo un mensaje de María extrañándose de que no le haya hablado a ella y preguntando por qué quiero perderme por allí.

Le envío un audio:

—Hola, guapa. Necesito un descanso y me encantaría volver a tu pueblo. Un lugar donde podré respirar, desconectar y pasar tiempo contigo. Lía está lejos, en Tenerife, así que te toca mimarme un poquito y yo te devuelvo el favor. Dime cuándo te va bien.

Recibo su confirmación y mi primer impulso es preparar la maleta. Quiero desconectar, pensar y reencontrarme conmigo misma, terminar de plasmar mis ideas, presentárselas a mi padre y buscar inversores.

¿Por qué Serratona? Hay algo… o alguien que hace que no pueda resistirme, aunque ni yo misma lo tenga del todo claro.