Capítulo 8
ÁNGELA
Esta mañana, al salir de la universidad, he pasado por mi tienda preferida antes de regresar a casa en autobús. No está demasiado lejos, pero esos veinte minutos andando me han venido de fábula. Me pongo los cascos, dejo que la música me aísle del mundo y camino sin pensar.
Al atravesar la puerta de Kiko Milano, me convierto en la que realmente soy: esa cherry girl o Cerecita, según Sandra, apodo que me puso cuando teníamos apenas quince años.
Era la única fruta que comía al aparecer esta en el supermercado, o eso decía mi madre.
Y, cuando empecé a maquillarme, el labial de ese sabor me quedaba de perlas y sabía de maravilla.
Desde entonces, ese tono se convirtió en mi seña de identidad, en mi pequeño mantra, y espero que Alice se fijara en él.
Sacudo la cabeza, pues no comprendo por qué se ha colado ese pensamiento en mi mente.
Paseo por los estantes y, como siempre, me pierdo entre colores y brillos. Cojo mi básico eterno, el Smart Fusion Lipstick, tono cherry red , porque el que tengo se ha terminado y he de sustituir el de repuesto.
Aprovecho y añado un gloss voluminizador transparente y un perfilador a juego. Mi lip combo favorito, el de siempre, el que nunca falla.
En la zona de uñas no puedo resistirme a un esmalte de larga duración con acabado en gel, en un rojo profundo, y cuando veo una edición limitada de la body lotion Cherry Kiss, la cojo sin pensarlo.
La crema de manos y una sombra rojiza con reflejos cálidos me tienta. Decido dejarlas anotadas para la próxima visita.
Soy tan cherry que mejor no saturar.
Mientras permanezco en la cola para pagar, una dependienta coloca en el estante de la entrada varios frascos de la eau de toilette Cherry Kiss. Me prometo no caer, pero al probarlo en la muñeca… El aroma dulce, con notas de cereza, vainilla y almendra, me desarma.
Así que, cómo no, también termina en la cesta.
Cuando la dependienta pasa los productos por el lector, miro la pantalla y sonrío resignada. Mi tarjeta tiembla, aunque mi corazón late feliz.
Tal y como había quedado, me presento en casa de mis padres al mediodía para comer. Le muestro mi compra a mi madre y, al ver la bolsa, un gesto de preocupación ocupa su rostro.
—¿No te gusta?
—Claro que me gusta, pero ¿cuánto has gastado? Vas a tener que pedirle horas extra a tu jefe. Tu tarjeta debe de estar tiritando.
—No es verdad. Además, voy ahorrando —respondo, intentando sonar convincente—. Sabes que quiero volver a hacer un viaje este verano con las chicas.
—Pues más te vale pensártelo bien —dice cruzándose de brazos—. Tendrás que dar más clases particulares o buscar otro trabajo, porque con lo que ganas ahora no te va a dar para todo.
—No seas aguafiestas. Ya verás como sí. Y, si no, siempre puedes apoyarme económicamente, ¿no? —Mis labios se curvan en una sonrisa esperanzada, aunque sé que mi madre es un hueso duro de roer.
—Para tus caprichos, ya sabes que no —me corta con firmeza—.
Yo te ayudo con la universidad, la ropa, la comida y el alojamiento.
Vivir sola en la casa que era de tus abuelos está muy bien, pero la pagan tus padres, ya que aún no puedes hacerte cargo.
Así que el resto, tus cositas, corren de tu cuenta.
—Lo sé, mamá, ya lo hemos hablado —respondo, y un deje de tristeza se cuela en mi tono de voz.
Después de comer, cruzo la calle y abro la puerta del lugar que desde hace un par de meses es mi vivienda habitual.
A mis padres les costó bastante acceder a esa petición.
Mi madre se negaba en redondo. Menos mal que encontré un resquicio de luz en las palabras de mi padre.
A cambio, debo comer y cenar con ellos, una especie de parte diario.
Las noches y los desayunos son para mí. Aquí me concentro mejor en los estudios, respiro con más calma y siento que tengo mi propio espacio.
Eso no quita que todavía escuche alguna que otra queja de mi madre, pero hemos encontrado un equilibrio que parece que funciona.
Me tumbo en la cama y pienso en la conversación con ella.
En parte tiene razón. Lo que ahora ocupa mi escritorio son pequeños lujos de los que podría prescindir.
Bueno, de todos menos del labial. De ese tono no me desprenderé jamás.
Solo lo consigo en esa tienda, que está pensada para que compremos, y yo soy débil.
Una notificación interrumpe mis pensamientos.
Cojo el móvil y veo que es de mi compañera de universidad, Arianne.
Acaba de subir un nuevo vídeo a TikTok. No tardo ni un segundo en abrir la aplicación, darle like , dejarle un comentario y perderme entre los vídeos de mis amigos y seguidores.
El tiempo vuela y, cuando suena la alarma, me sorprendo.
Apenas tengo unos minutos para arreglarme antes de ir a buscar a Jade, la niña que cuido por las tardes.
Su padre, Jan Masferrer, mi jefe, está muy ocupado con su finca y, dado que la madre de Jade murió al nacer, necesita ayuda para cuidar de ella.
Jugar con Jade en el parque es uno de los placeres de los jueves y de todos los días que la recojo. Allí me cruzo con Sandra, que viene a verme para charlar un rato.
—¿Has ido de compras? —pregunta mi amiga.
Asiento y quedamos que se lo enseñaré cuando pase por casa.
Jan me pagó un extra por echarle una mano en el cumpleaños de su hija, y me vino de maravilla. Aunque, siendo sincera, casi puedo decir que ese dinero se ha esfumado esta mañana en Kiko Milano.
Me levanto del banco y me acerco al columpio. Empujo a Jade un poco más fuerte. Sé que le gusta sentir el aire en el pelo y se ríe, feliz, con esa risa contagiosa que hace que yo empiece a imitarla. Sandra se une a nosotras y la diversión está servida.
Cuando empieza a refrescar, recojo las cosas y nos vamos en coche a Mas Traginer, la masía donde viven Jade y su padre.
Después del baño y de dejarla preparada para que Jan le dé la sopa que he preparado, regreso a mi casa.
Ceno con mis padres y me recojo rápido para ponerme a estudiar.
Tengo los exámenes parciales y no puedo flaquear. Quiero sacar buenas notas.
Me siento ante mi escritorio, justo frente a la ventana desde la que se ven las montañas de Serratona, y empiezo a divagar.
El cielo está limpio y las cumbres, a lo lejos, cubiertas por una leve capa blanca.
No es que me sobre el tiempo para estudiar y necesito tener la cabeza en su sitio si quiero hincar los codos de verdad.
Ricardo contactó conmigo hace unos meses y, aunque el recuerdo de Alice Casadevall todavía flotaba en mi memoria, decidí volver a darle una oportunidad.
Desde entonces no hemos dejado de hablar: empezó espaciado hasta que llegué a tener cada día un mensaje suyo, muchas veces un audio, y una probable petición de videollamada.
Al principio frené sus ganas de hablar conmigo. No quería volver a lo de antes sin pensar, sin sanar. Sentía que estábamos cayendo en lo mismo de siempre sin que nada hubiese cambiado. Dos años pueden ser mucho para algunos, pero para nosotros… No sé si ha sido suficiente.
Poco a poco fui cediendo.
Las conversaciones se volvieron más fáciles, menos tensas, incluso más dulces. Y ahora hemos regresado a aquella rutina que nos definía cuando éramos pareja. Tan cómoda como peligrosa. Y, finalmente, he aceptado a intentarlo de nuevo.
Nos llevábamos muy bien y durante los primeros años de relación todo fluía: en clase, estudiando, saliendo juntos…
Quizás demasiado juntos. Creo que tanto tiempo uno al lado del otro, sumado a la presión de nuestros padres, acabó desgastándonos más de lo que queríamos admitir.
Y tal vez Ricardo apretó más de la cuenta, y yo, sin poder respirar, no pude seguirle.
Que no comprendiera mi decisión de perseguir lo que de verdad me gustaba tampoco ayudó.
Aun así, aquí estoy, deseando que esta vez funcione. Que seamos mejores. Que logremos ser distintos.
Porque ya es la tercera vez que hemos vuelto y nos siento tan diferentes que no sé si esta vez lo conseguiremos.
Nos queremos y nos echamos de menos. Lo que no entiendo son mis dudas, esos pensamientos sobre una morena de ojos verdes que intento acallar, pero son como un eco suave e insistente.
No me impiden seguir adelante, solo se quedan ahí.
Sacudo la cabeza. O me pongo de una vez con los apuntes o voy a desperdiciar el rato.
Un par de horas después, el móvil vibra. Es un mensaje de Ricardo. Ha mantenido su promesa de no molestarme para que pudiera concentrarme en esas largas hojas de apuntes de Didáctica de la Expresión Corporal.
Ricardo
¿Has estudiado mucho? ¿Cómo te ha ido la noche?
Dudo un segundo, con el subrayador aún en la mano. Siento una mezcla rara: ternura, presión, nostalgia, miedo.
El espacio que me da es lo que puede hacer que esto funcione otra vez, aunque temo que no lo haga porque crea en ello, sino porque sabe que es lo que necesito.
Ángela
Provechosa. Acabo este tema y te llamo, ¿vale?
La respuesta llega al instante, como siempre.
Ricardo
Vale. Te echo de menos. Mucho.
Trago saliva. No es lo que necesitaba leer, quizá sea justo lo que estoy evitando. Odio que pensar en él me ayude a seguir y me duele no tenerlo claro.
Ángela
Nos vemos.
Apago la pantalla del móvil, intentando convencerme de que esta vez será diferente.
Que puedo quererle sin perderme, aunque no sea fácil.
Que puedo estar con él sin traicionarme a mí misma, sin silenciar partes de mí.
Voy a intentarlo.
Que mis dudas no pesen más que mis ganas.
Que esta vez, de verdad, funcione.