Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Mi padre es un poquito quisquilloso con estas cosas y además le gusta comer bien. Su barriga —orgullosa y perfectamente redondeada— es la mejor prueba de ello.

No me hace esperar mucho y, cuando despide a su visita, a la que también me presenta, nos vamos directos al restaurante.

—¿Qué querías? —pregunta. Se coloca una servilleta en el cuello del jersey para evitar sufrir algún percance mientras se toma la sopa.

—Comer contigo. Nada especial.

—Eso no me lo trago, mi guerrera. —Me guiña un ojo—. Me encanta que vengas a verme, que compartamos un rato a solas, sin tu madre, pero siempre hay un motivo y hoy no puede ser menos.

—Estás equivocado. —Sonrío y tomo también algo de sopa para que no me pregunte más.

Porque, la verdad, no tengo claro qué hago aquí.

Ha sido mencionar a Nerea, recordar la cena con Carla y, como un resorte, salir en busca de mi ancla: mi padre.

—Tu madre se va a enfadar porque otra vez estamos nosotros dos y no hemos contado con ella.

—Papá, ha sido un impulso. Y trabajamos en la misma empresa y muy cerca: es fácil que tú y yo coincidamos.

—Pues ella quiere que la incluyamos más.

—Iré este finde a veros. Luego le envío un mensaje y así está contenta.

Asiente mientras empieza con el plato de carne que nos acaban de traer. Yo tengo mi filete jugoso y poco hecho, como me gusta.

Durante un rato apenas hablamos, solo degustamos la comida. Y, cuando llega el postre, no sé por qué, me desahogo.

—El otro día estuve cenando con Carla. Esta mañana parece que Nerea se ha acercado a la tienda sin pararse a hablar conmigo. Son mis amigas y no sé por qué ahora quieren más. Lo dejamos bien. No les hice daño y siento que, si tiran la cuerda, me obligan a hacerlo.

—¿A qué viene eso? —pregunta mi padre frunciendo el ceño, sorprendido por mi afirmación.

—Es lo que pienso. Las quise, incluso a Berta, de la que hablo menos, pero ellas quieren más, las dos, y no entiendo el porqué. Llevo una temporada sola y eso me hace bien.

Con su simple mirada consigue desmontarme. A mi padre le gusta escuchar, con calma, sin juzgar. Es mi persona de confianza, desde siempre, incluso aunque apenas estuviera en casa por reuniones, viajes y eventos interminables. Pero, cuando estaba, su presencia la llenaba al completo.

Me enseñó a sostenerme, a ser fuerte, a hacer ver que no todo es importante, aunque eso también significa tragarme muchas cosas. Y, aun así, cuando necesito un lugar seguro, acudo a él.

Respiro hondo.

—Siempre soy yo la que sostiene —continúo—, la que cuida que no se estropee lo que tenemos. Ellas no lo ven. A veces parece que no les importa hacerme daño, y yo no busco eso.

Levanto la mirada y me encuentro con la suya.

—Tú siempre has estado —añado con un hilo de voz—. Con mamá intento hablar a veces. Ella me quiere, lo sé, pero le cuesta verme como soy. Tú no. Tú simplemente me aceptaste. Y por eso puedo contarte estas cosas.

—Siempre serás mi niña, y algún día encontrarás la persona que te sostendrá, que sabrá que la quieres sin pedir nada a cambio.

Y ese día me harás muy feliz, porque sé que tú también lo serás.

Carla, Nerea o incluso Berta no eran tu elección, o no la adecuada.

Sé que darás con ella y tengo muchas ganas de conocerla.

—El otro día, en Serratona, me crucé con una chica que hizo que mi corazón palpitara —empiezo a explicar, bajando la vista. Me abro a mi padre, como lo hago siempre.

Hago una pausa.

—Sé lo que quiero. Conocer a Ángela, que así se llama. Y quiero que tanto Nerea como Carla continúen en mi vida, como amigas, pero a cierta distancia. Creo que eso es lo que no entienden.

—Debes explicárselo. Es lo más importante.

—¿Y si les hago daño?

—Si no lo entienden, no te querrán lo suficiente. Tus argumentos son claros. Cuéntame más sobre esa chica.

Su sonrisa me ayuda a explicarle lo que sé, que apenas es nada.

—Muy guapa y divertida. Es algo más joven que yo, veintidós años me ha dicho María que tiene, y estudia en la universidad.

—Te pega, ¿no?

Alzo los hombros. Ni idea. No sabemos nada la una de la otra. Por ahora es solo una ilusión.

—He pensado una cosa, papá. —Cambio un poco el rumbo de la conversación.

—Uy, esa cabecita pensante… Cuéntame.

—Cuando estuve en Serratona me topé con algo que parece perfecto para mis planes de futuro.

Mi padre frunce el ceño.

—No te alteres. Sabes que hemos hablado muchas veces de lo que me gustaría hacer con mi vida. Quiero montar un pequeño negocio, dejar la cadena. Le dedico demasiado tiempo, estoy agotada y necesito aires nuevos. Me gustaría que vinieras conmigo a ver el local.

—¿Serratona? ¿Una tienda de moda exclusiva? No lo veo.

—Ya habló el listo de la familia —replico—.

Rebajaré mis aspiraciones, bueno, lo que quiero es tener un negocio propio.

Sabes que me gustaría dedicarlo a la moda, pero pensé en algo diferente.

Si empiezo en un entorno rural, debo ofrecer calidad, buen producto y precios asequibles.

Talleres para la juventud, que hay bastante, y participar en las ferias locales, que tienen mucho movimiento.

Con una buena campaña de marketing puede funcionar.

—¿Ya has pensado en cómo hacerlo? Eso supone una cantidad importante de dinero.

—Sí. Y tú me ayudarás. Yo desarrollo la idea y tú colaboras conmigo para buscar financiación y vemos si el proyecto sale adelante. ¿Cómo lo ves?

—Que preferiría que siguieras en la cadena y viajaras de vez en cuando para ver a esa chiquita. —Sonríe—. Pero ya sé que tu cabecita no me va a hacer caso. Así que deberemos ser nosotros quienes nos traslademos hasta donde tú estés. Ánimos, guerrera. Tú puedes con lo que te propongas.