Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

ALICE

Hace un par de semanas desde la escapada a Serratona.

Volví a Barcelona, a mi apartamento, a mi rutina, y descubrí que unos ojos color avellana no se me iban de la mente.

Por las noches recreo aquella caricia en el mirador, sus miradas, y siento que, aunque apenas sepa de ella, me gustaría conocerla.

La distancia que nos separa no es tan grande, pero sí lo suficiente como para entender que, si quiero volver a verla, tendré que dar algún paso.

Soy la responsable en una tienda de moda, del grupo textil del que mi padre forma parte del equipo directivo.

Desde que entré en la cadena, primero como dependienta y luego subiendo peldaño a peldaño, no he parado ni un segundo y hace tiempo que todo son preocupaciones.

Hay dos compañeras de baja y una que esta misma mañana ha comunicado que nos deja.

Me toca cubrirla. Menudo contratiempo. No puedo pedírselo a nadie más y debo volver a modificar mis planes.

Había conseguido por fin quedar con Carla. Aunque le he cambiado demasiadas veces la hora, sé que conoce mi compromiso con el trabajo y se amoldará a lo que mejor me convenga.

En este caso iremos a cenar juntas. Cuando entro en el restaurante, ella ya me espera en una mesa cercana a la ventana. Sus ojos se iluminan al verme y yo siento un breve pellizco en el corazón. Son los recuerdos de lo que tuvimos.

La boda de María, hace ya cinco años, fue el detonante de nuestro declive. Nos dañábamos, queríamos cosas distintas y, cuando conocí a Nerea y surgió la chispa que buscaba, lo más sensato fue dejarlo con ella. Habían sido tres años intensos que acababan ahí.

Quedamos como amigas y, durante un tiempo, ambas mantuvimos la distancia. Con los meses volvieron los mensajes para saber la una de la otra, alguna llamada esporádica y algún que otro encuentro.

El mensaje que recibí en Serratona para quedar tenía algo distinto. No sabría decir qué, pero noté unas palabras diferentes.

Aun así, aquí estoy.

Se pone en pie y sonríe. Lleva un jersey de manga amplia y unos tejanos que se adaptan demasiado bien a su trasero. Sabe que ese estilo me pone y estoy convencida de que lo ha escogido solo para mí. Me da dos besos, me siento frente a ella y llamo al camarero para pedir una botella de agua con gas.

—¿No quieres una cerveza? —pregunta Carla.

—Me duele un poco la cabeza. He doblado el turno y llevo despierta desde muy temprano. Necesito descansar.

—Veo que no hemos encontrado el mejor momento para vernos.

—¿Cómo qué no? Me sabía mal cancelarlo después de tantos cambios y ya lo siento, de verdad. A ver si conseguimos animarnos.

—No te preocupes. Me encanta verte. Estás muy guapa.

—Gracias —murmuro.

Me observa con atención, como si quisiera empaparse de mí. Bajo la mirada y saco el móvil del bolso. No tengo mensajes, nadie se ha puesto en contacto conmigo, ni Lía, ni María, ni mucho menos Ángela.

Mi mente insiste en llevarme hasta ella.

No sé por qué, no llegamos a conocernos lo suficiente, pero me encantaría saber más.

Dudo si ser yo la que dé el paso de contactar, de escribirle un simple: «¿Cómo estás?

». Mi huida tras su roce, esa sensación de no poder controlar lo que tenía ante mí, me frena y no me permite avanzar.

Coloco el móvil encima de la mesa. Carla es mi amiga y debería disfrutar de los escasos momentos que estamos juntas. Aunque esta vez no tengo claras sus intenciones.

Se acerca el camarero y nos toma nota.

Durante un rato hablamos de la familia, del trabajo, de los amigos en común. Como antes. Hasta que le pregunto por el mensaje.

—¿Por qué esas palabras? No acabé de entender la insistencia en verme. Además, me has enviado varios desde el primero. Noté como cierta urgencia.

—No diría urgencia. Hacía mucho tiempo que no sabía de ti y me apetecía que nos viéramos, como lo estamos haciendo, charlar, no sé… Estar juntas para una cena, un café, una copa. Que me cuentes qué tal están Lía y María, que sé que las has visto.

—¿Cómo lo sabes?

—Te vi en redes en la presentación del libro de Lía y en Serratona por la ubicación. Sé que allí está María.

—Aaah. —Me quedo un poco extrañada. Cuando salíamos compartimos ubicación. Desde que lo dejamos ni me había vuelto a acordar, pero tampoco la he eliminado. ¡Vaya si me tiene controlada!—. ¿Y lo de Míriam? Creo que acabáis de romper.

—Hace cuatro meses ya de eso. No acaba de pasar.

Abro los ojos confundida. No tenía ni idea.

—Me acabo de enterar. ¿Cuatro meses? ¿Por qué no me habías dicho nada antes? —le recrimino—. Podíamos haber hablado, no sé. ¿O es por eso que querías que nos viéramos?

Niega con la cabeza.

—Llevábamos tiempo juntas. Pensé que esta vez funcionaria.

Percibo en su voz un tono de tristeza. Agacha el rostro a la vez que mueve su mano para acariciar la mía. La retiro como un acto reflejo. ¿Por qué ha hecho eso? ¿Qué es lo que busca?

—A veces es difícil conectar. Nosotras estuvimos bien, pero queríamos cosa distintas —añado.

Su mirada se enlaza con la mía. Pasa un segundo, dos…

—¿Por qué lo dejamos? —pregunta Carla.

Me encojo de hombros. Sé la respuesta y ella también debería conocerla. El camarero nos trae las hamburguesas y pido otra botella de agua.

—Me gustaría que nos viéramos más a menudo, que no pasara tanto tiempo sin quedar —sugiere.

Su voz acaramelada, su pose gritan otra cosa, que tal vez sea recuperar lo nuestro, algo que ya no tiene sentido. Esta conversación está virando hacia un lugar al que no deseo llegar. La quiero como lo que es: mi amiga.

—Creo que no sería conveniente.

Mis palabras no son de su agrado. Lo percibo en la tensión de su mandíbula.

—¿Por qué? Quedar como hoy, cenar algo, charlar. No pido más.

Niego con la cabeza. Me siento fatal porque sé que un trocito pequeño de mi corazón aún late por ella. Lo que tuvimos fue muy bonito.

—Carla, me gusta hablar contigo de vez en cuando, podemos quedar para cenar en otra ocasión.

Solo tienes que decírmelo y cuadramos agendas.

Me cuentas lo de Míriam, la última película que hayas visto en el cine, lo que te apetezca.

Lo que me estás pidiendo es algo más, lo veo en tus ojos, en tus gestos, y eso no puedo dártelo.

—Pero…

—Carla —la freno—, eres mi amiga, no lo estropees.

Además, he conocido a alguien… —Tengo que decírselo para que se detenga.

Ángela no es nada en estos momentos, una posibilidad que voy a buscar y que no sé si encontraré, aunque prefiero que Carla lo sepa para que se mantenga lejos—.

Lo nuestro, como tú lo percibes, no funcionaría.

Quieres algo que es imposible que yo te pueda dar.

—Pero… —insiste.

Doy un mordisco a la hamburguesa y bajo la mirada. Quiero que siga siendo mi amiga.

No podemos estar juntas. Nos hicimos daño en la ruptura y, aunque lo arreglamos, eso no desaparece. Su manera de ser, lo que exige de una relación y el carácter intenso que tiene…

Carla lo sabe. Lo que pasa es que ahora está sola y necesita encontrar a alguien que la cuide y la mime. No voy a ser yo.

La cena transcurre sin más. Carla no insiste, pero su mirada no deja de retarme, de pedirme algo que no le daré.

Por la mañana me despierto con la cabeza embotada. Aunque volví pronto a casa, he descansado mal. No me gusta comportarme así con personas a las que quiero.

Cuando llego a la tienda, una de mis compañeras, la que abre, ya lo tiene todo listo para iniciar nuestra rutina. Me gusta trabajar con ella, nos conocemos bien.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes —responde mi compañera al mediodía.

Parpadeo, intentando procesar lo que acaba de decir. Me he quedado helada.

—¿Que Nerea ha pasado por la tienda? —pregunto, como si pronunciar sus mismas palabras dejaran de hacerlo real.

—Sí, ha estado un rato dando vueltas por la sección juvenil. Miraba mucho hacia la caja. Al final se ha ido sin comprar nada.

Miro justo esa zona donde en estos momentos un grupo de chicas cogen y se colocan encima del torso las prendas de una de las estanterías. Una estalla en carcajadas al comprobar el precio de una de ellas.

—¿Ha preguntado por mí? —Me acerco a ella para obtener la respuesta.

Niega con la cabeza y no me gusta. Hubiera preferido que Nerea se aproximara hasta donde yo estaba. Si tiene algo que decirme, siempre es mejor a la cara.

Y no sé qué le ocurre o que quiere. Ayer estuve con Carla y ahora aparece Nerea.

Es como si las dos se hubieran puesto de acuerdo en ponérmelo difícil.

Y yo lo único que quiero es que ellas sean felices y sigan con sus relaciones, con sus vidas.

Somos amigas, quedamos bien, pero no quiero nada con ellas.

A Nerea, aquella rubia por la que suspiré, la conocí en la boda de María. Estuvimos juntas cerca de año y medio. El motivo principal de dejarlo: el trabajo nos absorbía.

Me ha enviado mensajes que no termino de entender.

Quiero verte.

Acércate tú a mis oficinas y tomas un café. Hace tiempo que no nos vemos.

Cierro los ojos un instante. Me llevo bien con mis ex, pero cuando quieren algo de mí, no sé por qué, se comportan de una manera que a veces me rompe sin pensarlo.

—Voy a ver a mi padre —le digo a mi compañera mientras cojo el bolso que guardo bajo el mostrador y cierro con llave el cajón de donde lo he sacado.

—No te preocupes, y olvídate de ella.

—Eso es lo que voy a hacer. Espero que me inviten a un buen chuletón.

Me dirijo al despacho que tiene mi padre en el edificio de la central.

Está tan solo a una calle de la tienda en la que trabajo.

Su secretaria me dice que espere, que acaba una reunión en cinco minutos.

Me guiña un ojo y me indica que ya se lo ha comentado por mensajería interna y que tiene ganas de comer conmigo.

—¿Dónde os reservo? —me pregunta.

Me encojo de hombros.

—Dile que un bocata o unas tapas me valen.

—Sabes que tu padre, cuando es contigo, me exige cierta elegancia. A ver si tienen mesa en aquel al que fuisteis el mes pasado.