Capítulo 6
ÁNGELA
Dejo a mis amigos en la plaza y cruzo la puerta del bar. La veo enseguida. Alice está sentada en un taburete, acodada en la barra.
—¿Qué tal? —le pregunto, apoyándome junto a ella.
—Bien.
Me mira de arriba abajo y ese gesto me tensa un poco.
Dolors, la dueña del bar, se acerca a nosotras para saber qué queremos.
—A mí ponme una Coca-Cola… y no dudes en ponerle otra tila a Alice.
Me lanza una mirada extrañada. Bajo la vista hacia su taza: café.
Alzo ligeramente los hombros y Alice sonríe. Una sonrisa que me gusta, porque entiende el gesto sin necesidad de decir nada.
Cogemos nuestras bebidas y nos sentamos en la mesa del fondo. Me sigue observando con una calma que me incomoda y atrae a la vez.
—¿Te gusta el pueblo?
—Más de lo que esperaba —responde con tono neutro.
La noto reservada, parca en palabras. Nada que ver con lo que María me había contado sobre ella.
—La ciudad será más tu estilo, ¿no?
—¿Y cuál es mi estilo?
Trago saliva. La miro con cuidado, fijándome en cada detalle. No se ajusta a este entorno. Su ropa de marca, su forma de caminar, incluso la manera en que me sostiene la mirada… Todo en ella grita ciudad.
—Sofisticada, diseño, gente que habla de cosas importantes.
—¿Y aquí no se habla de cosas importantes?
—No lo sé. Tú no encajas mucho.
—O quizá mejor de lo que crees —dice mostrándome una amplia sonrisa.
Esa respuesta me descoloca.
—¿Lo dudas? —añade con un brillo desafiante en los ojos. Me doy cuenta de que de repente está surgiendo a la luz esa chica espontánea y divertida.
—Yo no dudo casi nunca—replico, aunque noto que me he puesto más rígida.
—Eso suena peligroso.
—¿Para ti?
—Para cualquiera que intente impresionarte.
Me quedo sin saber qué decir por un segundo.
—¿Te he dejado sin palabras? —pregunta con una ceja arqueada.
—Ni lo sueñes —respondo demasiado rápido.
Su sonrisa se ensancha.
—Me gusta cuando finges que no te afecta —dice con un destello en la mirada.
Nos quedamos otra vez en silencio. Hay algo eléctrico en el aire, algo que ninguna de las dos parece dispuesta a apagar.
Un par de mis amigos entran en el bar y se acercan en cuanto nos ven, rompiendo el momento.
—Al final esta noche solo salen algunos. La mayoría se queda en casa —afirma Albert.
—Perfecto, gracias por decírmelo. Yo también me quedaré en casa, pero ahora voy a enseñarle Serratona a Alice. Os dejamos el sitio. —Y me pongo en pie de inmediato.
Atrapo su delicada mano y salimos hacia el bosque. Ella me sigue sin decir nada, mirando alrededor. Nos adentramos entre la maleza y me doy cuenta de que Alice, con sus manos, protege su bolso. Estoy segura de que no quiere que tenga ningún arañazo al salir de esta selva donde la he metido.
Unos diez minutos después llegamos a un mirador algo oculto, con unas vistas inmejorables. Es uno de mis rincones favoritos. Quería enseñárselo y no sé por qué he decidido que hoy era el día, pues ninguna llevamos la ropa más adecuada.
Su cara de asombro no tiene precio.
—Ni María sabe que esto existe. Y no se lo digas. Es mi lugar.
—Deberían despejar el camino y así vendría la gente —sugiere Alice.
—Es que no quiero que nadie llegue hasta aquí. Cuando tengo que pensar, me escapo y no dan conmigo. El día que me topé con este paraje decidí quedármelo solo para mí.
—¿Por qué me lo has enseñado entonces?
Su mirada se ha detenido en mis ojos. Espera una respuesta.
—Me has caído bien. —Una amplia sonrisa se dibuja en mi rostro, y lo sé por la felicidad que siento en el pecho—. Eso sí, no pienses que eres la única a la que he traído aquí. —Le guiño un ojo.
Su respiración camada me devuelve a momentos de mi pasado cercano, a otras chicas con las que sentí una conexión parecida a la que estoy viviendo ahora.
Ellas me abrieron una puerta que no sabía que existía y que, una vez cruzada, supe que no quería cerrar.
Me gusta ese lado de mí, me reconozco en él.
No es algo que airee en casa ni que necesite explicar a nadie.
Mis padres no lo entenderían, pero tampoco pienso fingir en estos momentos.
Alice se estira sobre una de las piedras que forman un pequeño asiento, y fija la vista en el cielo.
—Aquí se ven las nubes, se oye el canto de los pájaros y el vibrar de los árboles —describe lo que ve de manera sosegada y me gusta.
—Un lugar donde siempre te rodea la paz.
—Gracias por traerme, me ha encantado. Lo malo es que me oriento bastante mal y no creo que sea capaz de volver.
—¿Quieres que te deje escritas un par de indicaciones?
Asiente y me acerco a su lado.
Me tumbo en un espacio demasiado estrecho para dos cuerpos y su cercanía despierta en mí un hormigueo que debo controlar. Alice me da su número y escribo cómo llegar hasta aquí. Tecleo despacio, como, si al terminar de hacerlo, la magia que nos envuelve fuera a desaparecer.
Me apetece que lo sepa, que, cuando necesite evadirse, este sea su lugar. Y si algún día decide volver, es posible que me encuentre a mí también.
Tras recibir mi notificación, nos quedamos en silencio, mirando a ningún sitio en concreto.
Mi cabeza no tiene claro cómo seguir, qué pasos dar.
Nos acabamos de conocer y apenas sé nada de Alice y, aun así, siento una conexión brutal con ella.
Mi mente, que en estas situaciones rara vez me obedece, deja de luchar y permite que mi mano busque la suya.
Apenas un roce, mínimo, contenido. Uno que espero no me niegue.
Su piel es suave. Recorro con la yema de los dedos cada uno de sus nudillos, en un paseo lento y delicado por su mano. Entonces su cuerpo se estremece, se pone en pie y el embrujo se rompe.
No sé qué ha pasado ni en qué punto exacto se ha desdibujado el momento.
Decidimos regresar al pueblo y lo hacemos en completo silencio. Cabeceo de vez en cuando, pues no entiendo qué acaba de pasar. En la plaza nos paramos una frente a la otra.
—Nos vemos —susurro. Alice me mira con miedo, pero también con una intensidad a la que no sé poner nombre—. Voy a estudiar, que el lunes tengo examen y, como no repase, no apruebo.
—Mañana vamos a ir de excursión. ¿Podrías venir con nosotros?
Una sonrisa forzada surge de mis labios.
—Soy de las que se ponen a última hora. Necesito el domingo completo para repasar el temario. No creo que se me vea demasiado. Únicamente los apuntes sabrán que existo.
—Entiendo. Nos vamos a Barcelona por la noche. No nos volveremos a ver. Tienes mi número si…
Deja la frase sin acabar.
¿Ha sido una invitación a contactar con ella?
La veo alejarse hacia su alojamiento. Me pierdo en sus curvas, en su forma de caminar. Repaso en mi mente sus palabras, el posible contacto que no sé si utilizaré, pues, aunque ha surgido una chispa, apenas sabemos la una de la otra.
Creo que deberemos ponerle remedio.