Capítulo 5
ALICE
El GPS indica que estamos a punto de llegar al lugar que María nos ha indicado para aparcar. Lía, que va en el centro del asiento trasero, se ha colocado medio encima de mí para asomarse por la ventana. Quiere dar con su hermana la primera.
—Sam, pita para que nos vea, que aquella espalda creo que es la suya.
Su pareja actual mueve brevemente la cabeza, pero aun así le hace caso y el sonido del claxon hace girar a más de uno.
Incluida María.
Yo soy más rápida —supongo que estoy en el lado correcto— y, en cuanto Sam apaga el coche, cojo el bolso y salgo corriendo hacia mi amiga.
Bajo mis pies, las calles empedradas típicas de pueblo me obligan a frenar el ritmo.
Mis tacones altos, esos que tanto me gusta llevar, no son tal vez la mejor elección.
La plaza es amplia, rodeada de casas bajas que le dan ese aire bucólico que esperaba encontrar en Serratona.
La magia de la que hablaba María parece real.
La abrazo con fuerza. Tenía ganas de verla. Lía llega un segundo después y nos envuelve a las dos.
Un timbre agudo nos sobresalta y, de repente, una avalancha de niños sale disparada del colegio en busca de sus padres o familiares.
Biel, el hijo de María, aparece entre ellos, pero debe quedarse junto a su profesora hasta que esta reconozca a quien viene a buscarlo. Desde lejos lo veo emocionado. A su lado, una niña le sonríe.
Cuando por fin le permiten acercarse, escoge a Sam como la primera persona a la que abrazar. Me parece justo, aunque me hubiera encantado ser yo.
Tras los achuchones de rigor, María y Biel nos presentan a las dos personas que los acompañan. Jade es una niña preciosa, de la misma edad que su hijo, y que también parece emocionada por la situación en la que se encuentra.
Y también está ella: Ángela.
¡Qué piel más suave! Cuando le doy los dos besos de rigor, su contacto es intenso y se me queda grabado.
Desde ese instante apenas escucho el resto de la conversación, porque me quedo aturdida ante su imagen y su olor. ¿Cereza?
¿Qué me pasa?
Sigo a mis amigas por las calles de Serratona, el pueblo que ahora acoge a María tras su separación.
Vive allí con su hijo de tres años, en casa de su tía Angelines.
Hemos venido de escapada familiar, aunque no tengo parentesco con ninguna de ellas.
Aparte de sus padres, también viene Sam, con quien me llevo genial aunque nos veamos poco.
Yo me he apuntado porque adoro a estas hermanas y escaparme a su lado me da un respiro que últimamente necesito.
Apenas veo las casas, apenas soy capaz de seguir las conversaciones. Estoy sorprendida de mí misma y mi cabeza no deja de reprenderme.
¿Qué edad tendrá Ángela? La mía no, por supuesto. Ni se acerca a mis treinta y un años tan bien llevados.
Aun así, no puedo evitar mirarla. Intento bajar la vista, distraerme con cualquier cosa —las flores de los balcones, el sonido del agua al caer en una fuente—, pero mis ojos vuelven a buscarla sin permiso. Me traicionan.
Y entonces se gira. Me mira con seguridad y sonríe. Sus labios pronuncian algo y apenas sé qué responderle. Me ha pillado infraganti.
Siento el calor subirme por el cuello, una mezcla entre vergüenza y algo más difícil de reconocer. Finjo que observo una de las puertas de madera, aunque sé que es inútil.
Lía se acerca y me pregunta qué me ocurre. Tampoco sé qué contestarle, así que me alejo del grupo, de ella. Intento respirar.
No soy tímida. De hecho, siempre me he comido el mundo. Y, aun así, ella ha conseguido dejarme con la boca abierta y sin saber cómo reaccionar.
En un momento dado propone llevar a los niños al parque. Quiere dejar espacio a la familia para que puedan instalarse.
La única que parece no haberse enterado de nada y que sigue en Babia soy yo, pues de mis labios, casi sin pensar, sale la pregunta:
—¿Puedo acompañarte?
Tras pronunciarla, siento que se me retuercen las entrañas.
¿Qué demonios se me ha perdido a mí con ella y con los niños?
Su negativa llega suave, casi amable, una que escuece más de lo que debería. Me golpea donde no imaginaba que pudiera hacerme daño.
Y duele. Yo solo buscaba una excusa absurda para seguir a su lado.
Lía me lanza una mirada que lo dice todo y me empuja a olvidarme de esa chica.
Ojalá pudiera.
Estoy descolocada porque yo nunca me quedo sin palabras, ni me tiemblan las manos, ni me da miedo mirar a alguien a los ojos. Y, sin embargo…, ella ha conseguido que me tambalee. Que me cuestione cosas que creía tener muy claras.
Por la noche, María nos deja en la buhardilla en la que nos alojamos, justo encima del bar donde trabaja. Lía y Sam me miran.
—Alice, ¡estás rara! —exclama mi amiga.
—Como siempre, diría yo.
—Pues me parece que no. —Lía se cruza de brazos.
El lugar, en realidad, es bastante acogedor: un sofá cama, un plegatín y poco más, pero suficiente para nosotros tres.
María organizó el encuentro con su familia para el puente de Todos los Santos. Y yo quería desconectar de la rutina que me oprime últimamente, escapar y encontrarme con la naturaleza, así que, cuando me invitaron, no pude rechazarlo.
—Solo sabes ver cosas extrañas donde no las hay —prosigo—. Yo quiero marcha. ¿Dónde sale aquí la juventud?
—¿La juventud? —pregunta Sam con su acento canario y una sonrisa divertida mientras acomoda las sábanas del colchón.
—Ni idea —añade Lía—. Toca descansar, Alice. Mañana será un día largo y tú deberías centrarte un poquito para que mi madre no se revolucione más de lo que ya lo está por María.
—Si es que… ¿A quién se le ocurre venir a un pueblo dejado de la mano de Dios? —murmuro.
—A mí me parece muy bonito —replica Sam—. Tiene lo necesario para vivir tranquilo, relajado y lejos del tráfico.
—Paisajes preciosos y ruido mínimo, pero a mi entender le falta un toque explosivo, ¿no creéis? Podríamos bajar al bar y ver si encontramos algo para beber —sugiero en un susurro mientras abro la puerta que da acceso al local.
—¡Alice! —protesta Lía—. Acuéstate y deja de pensar en copas, fiestas o lo que sea que esté pasando por esa cabeza tuya. Estoy cansada y mañana quiero estar bien con mi familia.
—Vale, habló la voz de la cordura —respondo con una sonrisa ladeada. Cierro la puerta y me acomodo en el plegatín.
—Venga —interviene Sam con tono conciliador—, vamos a descansar. Mañana hemos quedado con María a las nueve en el bar y no quiero ni resaca ni ojeras.
Observo a los dos adultos responsables que me acompañan, resignados a una noche de descanso, cuando mi cuerpo adolescente —ya quisiera yo— me pide justo lo contrario: un poco de vida, de ruido, de distracción.
Pero sé que no me queda otra y, aunque haya venido a escapar justo de eso, a veces lo necesito como el respirar.
Cojo el móvil y lo desbloqueo. Hay un mensaje nuevo de Carla que me sorprende.
¿Podemos hablar? Me gustaría verte.
Venga, no me digas que no…
Frunzo el ceño.
¿Hablar de qué?
Estuvimos cerca de tres años juntas, la quería aunque tuviera cierta reticencia al compromiso.
Tras la boda de María lo nuestro terminó y cada una siguió su camino.
Por lo que sé, ella acaba de dejarlo con su novia, con la que llevaba saliendo un par de años.
Aún somos amigas, sí, pero sus palabras suenan a algo más que a simple amistad.
Suspiro y dejo el móvil sobre la mesilla improvisada.
Mañana, con la cabeza más clara, decidiré qué hacer porque ahora no estoy para pensar.
Mejor dormir y parar de darle vueltas a lo que no debería…, a esa chica de cabello castaño oscuro, con reflejos dorados que brillan incluso cuando no hay luz. Pienso en ella y eso me tiene fuera de lugar. Su nombre, Ángela Miró, vaga por mi mente sin que pueda descartarlo.
Por la mañana, de nuevo en familia, callejeamos por Serratona. Al grupo al completo le encanta fotografiar las fachadas de colores suaves, disfrutamos del olor a naturaleza que invita a quedarse y nos refugiamos en lo que más nos gusta: estar entre nosotros.
Al salir de la plaza y girar hacia el bosque, cruzamos una calle con varios establecimientos que me llaman la atención.
Hay una pequeña floristería con docenas de ramos en el exterior que invitan a comprarlos, una librería con bastantes títulos conocidos en su escaparate y una tienda de regalos en la que tendría que entrar, pues desde fuera no se puede ver ningún objeto.
También hay un taller mecánico en la esquina, cerca de la salida principal del pueblo, que desentona con el encanto de los anteriores.
Andamos unos pasos más y, en la siguiente bocacalle, me llama la atención un local grande y vacío. Tomo nota de la ubicación: bastante adecuada. Del tamaño: correcto. Decido guardarlo mentalmente para mis proyectos futuros.
Tengo la necesidad de desempolvarlos y ponerles remedio de inmediato.
Por la tarde, mientras la familia descansa en el salón después de comer, me escapo a dar una vuelta. He consultado si alguien deseaba acompañarme, pero ninguno ha querido; se está bien calentito en esa casa.
Camino hasta el local de esta mañana, frente al bosque, y con el móvil hago fotografías desde diversos ángulos. Al verlo por primera vez he preferido guardar mis sueños para mí y no compartirlo.
Debo centrarme para tener claro hacia dónde encarar mi futuro.
Pasear me ayudará a ordenar mis pensamientos.
Veo a Ángela a lo lejos, sentada en un banco en la plaza, rodeada de un grupo de personas de su edad. Camino sin prisa hacia el bar. Ella se percata de mi presencia. Se pone en pie de inmediato y se acerca a mí mostrándome una bonita sonrisa.
—¿Qué haces aquí? ¿Te has perdido? —pregunta, curiosa.
—No, solo paseaba.
—¿A solas?
Su mirada me cautiva. ¡Qué ojazos! De un color avellana que parece cambiar con la luz: a veces verdes, otras dorados.
—¿Por qué no? Me gusta explorar los sitios nuevos que se me presentan. Esta mañana lo hice acompañada, ahora quiero descubrir mis propios rincones.
—Para encontrar esos rincones, necesitas a una lugareña —dice Ángela.
—¿Te estás ofreciendo?
Me siento confusa y excitada al tenerla tan cerca. Parece que me está dando pie y no sé si eso es posible.
—Estoy ocupada —replica con una media sonrisa mientras dirige la mirada al grupo de jóvenes que están en la plaza.
—Entonces te propongo un trato: me tomo un café en el bar y te espero. Cuando terminéis, me enseñas esos escondites que solo los de aquí conocen.
Ángela duda un segundo, pero la comisura de sus labios se curva hacia arriba.
Asiente y regresa con sus amigos. Con el pulso acelerado, dirijo mis pasos hasta el bar e intento calmarme.
Empujo con cuidado la puerta de cristal y, antes de acceder, vuelvo a mirarla.
Observo cómo se ríe, cómo explica algo que en la distancia no consigo entender.
Su pelo se balancea al mover la cabeza para no perderse nada de la conversación del grupo.
Tal vez un café no sea lo adecuado; una bebida más fuerte me hará recuperar la compostura.
Me acerco a la barra y sonrío para mis adentros. Algo me dice que esto puede ser un buen principio.