Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

ÁNGELA

He tomado la decisión de cambiar de estudios y también de universidad tras el primer año de carrera.

Mis padres están que trinan, pero es que Derecho nunca fue lo mío.

Me presionaron, querían convertirme en una igual, y vieron en aquel traslado a Barcelona la oportunidad de algo que yo sabía que no podía ser.

Mi tío tiene un despacho en la capital, mi primo se dedica a legislar y mi prima está trabajando para conseguirlo. Procuradores, jueces… Demasiada gente empeñada en que yo también llegue ahí.

Tener a Ricardo cerca, en los pasillos y en el bar, ayudó a que fuera más llevadero, incluso interesante de vez en cuando. Pero, aun así, no es mi objetivo vital y mucho menos mi pasión. Por más que lo he intentado, no consigo verme construyendo ese futuro.

Él, en cambio, sí tiene madera de abogado y con el trabajo prácticamente asegurado en la empresa de su padre.

Este es socio fundador de un grupo de inversión y consultoría estratégica en Barcelona y le ha prometido un puesto cuando termine los estudios.

Casi seguro que empezará este año, su último curso, haciendo prácticas.

Ricardo no me entiende. Lo nuestro se ha terminado después de dos años de relación.

Cuando dejé la carrera, ambos nos dimos cuenta de que ya no teníamos nada en común, que eso que nos unía se había roto y solo quedaban restos imposibles de pegar.

Sin embargo, él cree que aún podemos tener un futuro juntos.

Por eso tomé la decisión correcta, esa que ya se formaba en mi cabeza cuando me empujaban a algo que no deseaba. Aunque duela. Aunque no todos la compartan. Era lo que debía hacer.

Adoro a los críos, son lo mío y me dan la vida. Y por eso cambiar de estudios era dar un paso adelante pensando en mí. Ricardo, con el que ya no estoy, no lo entendió y mis padres ni lo ven ni lo quieren ver posible, pero es mi vida y voy a hacer con ella lo que me apetezca.

Este verano lo pasaré con mis amigas, en un viaje pensado solo para desconectar, reír y volver a encontrarme sin él. Y después empezaré Educación Infantil en la Universidad de Lleida, mucho más cerca de Serratona.

Estudiaré una carrera que sienta mía, que me ilusiona de verdad, y estaré junto a mi familia, mi gente y me olvidaré de tantas leyes y tanto estudio.

Sandra, Laura, dos amigas más y yo estamos en la cola para facturar hacia París.

Llevamos todo el año preparándolo, a la vez que ahorrando para hacerlo posible, y a nuestros diecinueve años va a ser una realidad.

Bueno, la única que tiene diecinueve soy yo; el resto lo cumple en el último trimestre del año, pero sus padres saben lo prudente que soy y lo bien que nos llevamos, así que no pudieron decir que no.

Muchos han ayudado a sus hijas a costearlo; los míos no: siguen enfadados por ese cambio de rumbo en mis estudios.

No puedo entender cómo pensaron que me podría llevar bien con un libro de leyes.

Mientras, en la cola, una de mis amigas me empuja con el codo.

—¡Qué ganas de llegar! Al lado del apartamento hay un café muy cuco que nos está llamando.

—O sea, ¿no te apuntas al Starbucks antes de subir al avión? —le respondo.

—Claro que me apunto. Pero esa cafetería es tan parisina que, sentadas las cinco, será de escándalo. Hay que inmortalizarlo.

—Por supuesto —sonrío. Me encanta su energía.

Una vez cruzamos los controles, café en mano, nos sentamos junto a nuestra puerta de salida.

Dos horas más tarde pisamos el aeropuerto Charles de Gaulle.

Las cinco, sin darnos cuenta, nos detenemos un momento, atrapamos el máximo de aire posible y miramos hacia arriba.

Es un sueño hecho realidad y hasta el aroma que flota sobre nosotras parece diferente al habitual del aeropuerto.

—¡Estamos en París! —gritamos.

La gente a nuestro alrededor nos mira sorprendida, con expresión de enfado más que de extrañeza, y nos da igual. Estamos demasiado emocionadas para preocuparnos por lo que piense el resto del mundo.

Nos abrazamos y salimos, entrelazadas, formando una especie de fila humana. ¡Somos lo más!

Llegamos al apartamento, tomamos ese ansiado café y lo fotografiamos.

En menos de cinco minutos, la imagen ya está en nuestras redes sociales.

Luego decidimos buscar un supermercado para comprar la comida y cena de esos días.

Tenemos un presupuesto ajustado, queremos hacer mil cosas y necesitamos organizarnos bien.

Sandra lleva el control. Estudia Económicas y nos tiene a rajatabla con los gastos.

Siempre ha sido así y la carrera le viene que ni pintada.

—Vale, solo puedo coger una tableta de chocolate —respondo con resignación.

—Si quieres ir al Museo d’Orsay y subir a la Torre Eiffel, no podemos comprar los caprichos de todas. Somos muchas —replica Sandra, seria a la vez que divertida.

—Con una tableta solo dará para una tarde de confesiones.

—Pues ya buscaremos otro entretenimiento más barato.

Estamos hospedadas en el Barrio Latino y cada calle por la que pasamos parece sacada de una película.

La segunda noche, después de revisar lo que nos queda de dinero, decidimos acercarnos a Montmartre a cenar.

Encontramos un pequeño bistró típico de la zona y degustamos crepes y una copa de borgoña.

Sandra ha contactado con su abuela y le ha pedido algo más de dinero; ha usado sus tretas de nieta implicada con el bar que esta tiene en el pueblo. Y ha funcionado. Gracias a eso, podemos permitirnos este pequeño lujo.

La cuarta noche nos quedamos tiradas en el sofá del apartamento. Estamos reventadas de tanto caminar y de las visitas realizadas. Hoy hemos ido a Versalles. Entre el trayecto en bus, la caminata por los jardines, el recorrido por el palacio y las compras de la tarde, hemos acabado agotadas.

Ponemos música de fondo y las confidencias rellenan las horas. Cerca de las doce, Sandra recoge a las que se han quedado adormiladas y se van a su habitación.

Laura y yo compartimos el sofá, que abrimos en un momento, dejando a Zaz de fondo, con su Sous le ciel de Paris reconectando nuestras vibes . La voz suave de la cantante llena el espacio y la ciudad parece latir al otro lado de las ventanas.

Aún de pie, Laura me mira y yo escondo la mirada.

Nos conocemos desde la infancia, somos más que amigas, pero, un tiempo atrás, una emoción diferente nos envuelve, un sentimiento que no sabemos pronunciar y que está ahí, suspendido en cada gesto, en los silencios compartidos.

Ninguna de las dos se atreve a pronunciarlo ni quiere romper una amistad que lleva una vida construyéndose.

Nos estiramos en el sofá y nos quedamos frente a frente. Ella me acaricia la pierna con dulzura, apenas un roce que me deja sin respiración. Yo apago la música del móvil, como si el silencio nos diera permiso para quedarnos así, sin nada que interrumpa el momento.

Las luces de las farolas se filtran por las cortinas, dibujando destellos en su piel.

Sus ojos, tan azules, y su tez brillan bajo la luz tenue.

Puedo sentir el calor que desprende su cuerpo, la tensión en el aire, el temblor contenido en mis dedos que no se atreven a acariciar su rostro, ese que se encuentra a milímetros del mío.

Mi corazón late tan fuerte que me parece imposible que ella no lo escuche.

No es posible dar un paso adelante. Nuestra amistad nos detiene.

O tal vez sí.

Tal vez deberíamos aparcarla por una noche y olvidar aquello que nos frena y pensar en por qué no. En lo que podría pasar si dejamos que suceda.

Nos quedamos dormidas con una sonrisa amplia en los labios y la contención aún latiendo en nuestros cuerpos.