Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

ALICE

—Cariño, lo siento, mis planes con la otra pelirroja son mejores que los tuyos —le confieso a mi amiga.

—¿Qué quieres decir? ¿No te vienes conmigo a Tenerife? —sonríe Lía, conociendo mi decisión e insistiendo por si cambio de opinión.

—Sabes que por ti haría eso y lo que me pidieras, pero mi nuevo ligue me tira más ahora mismo.

—¿Ligue? —Oigo sus carcajadas a través de la línea—. Disfruta de tu escapada, aunque me encantaría ser esa pelirroja y que te vinieras con nosotras.

—No líes. Ve con tu hermana y pásalo bien.

Han pasado dos años desde la boda de María y mi amiga Lía, tras remontar su situación emocional, acaba de recibir un nuevo golpe: la han despedido.

Su hermana, para evitar que se quede sola y se pase el verano dándole vueltas a un sinsentido, ha decidido llevársela treinta días de vacaciones.

Sería un plan de lo más loco si me apuntara yo también, y encima a gastos pagados, según me ha dicho.

Y no es que no quiera ir ni que no me apetezca pasarlo bien con ellas. Tal vez incluso me escape unos días. Pero hace unos meses conocí a Berta y quedé prendada de ella.

Cada vez que estamos juntas, el mundo a nuestro alrededor se difumina y descubrir lo que esconde en su interior se ha convertido en mi nuevo ritual. Su cabello rizado, de un rojo pasión, me tiene loquita. Sus labios, turgentes y apetecibles. Sus curvas, su forma de mirarme…

Una tarde, sentadas en una cafetería, me cuenta que este verano va a hacer el Camino de Santiago. Que lleva meses preparándose y que no va a cambiar sus planes por nada del mundo.

—Me apunto —digo sin pensarlo.

—¿Seguro? —Frunce el ceño, sorprendida. Supongo que las veces que hemos hablado y le he contado mis visitas al gimnasio y a la montaña no han sido suficientes para verme capacitada para acompañarla.

—Contigo, a todas partes.

Y lo siento así. En ese momento me convenzo de que puedo hacer el esfuerzo, aunque no tenga claro en qué me estoy metiendo. A esa parte de mí que duda decido ignorarla.

Unos días más tarde llamo a Berta y, a través de una videollamada, me enseña lo que va a meter en la mochila.

Yo asiento, sonrío y, sin que se dé cuenta, tomo notas en una libreta de aquello que debo comprar.

No hay nada de eso en mi armario y no creo que esta sea una ruta para mí, aunque me esté metiendo en ella de cabeza.

Estoy segura de que Carla se reiría si supiera que voy a realizar el Camino.

Hace dos años que lo dejamos y, aun así, seguimos siendo amigas.

Cuando se lo explique, me llamará loca. Lo que voy a intentar es que Berta no se dé cuenta de mi poca preparación.

Me ha hablado con entusiasmo de los kilómetros diarios, de la dureza de algunas etapas.

Yo voy con ella por algo mucho más sencillo: deseo pasar las noches a su lado, compartir silencios y conversar de forma tranquila mientras caminamos hacia el final de la ruta.

Me acerco a una tienda de deportes y me hago con lo necesario, incluida la mochila. El dependiente me mira con cierta preocupación; sabe más que yo del tema y sospecha, con razón, que no tengo ni idea de donde me estoy metiendo.

Solo que la pasión —o el impulso mal medido— tiene estas cosas. Que a veces actúas sin pensar y te da por una caminata que te viene grande.

El primer día toca hacer dieciocho kilómetros. «Para ponernos en forma», según mi compañera, pero su ritmo es rápido, constante, exigente. Aguanto como puedo y, cuando llevamos cerca de dos horas, apenas respiro.

—¿Quieres que vaya más despacio? —pregunta sin detenerse—. ¿O paramos un rato?

—No, tranquila. Ve tirando tú. Yo te sigo. No te relajes por mí. —Es mejor que cada una vaya a su ritmo.

—Hemos venido juntas —dice—. No quiero separarme de ti.

Me gusta que piense de esa manera y oírlo de sus labios, aunque empiezo a sospechar que no eran las mejores vacaciones que podía escoger. Pero aquí estamos, haciendo una excursión tremebunda. ¡Si ya lo sabía yo! Lo único que, si quiere volar, le daré cuerda.

—Ya —resoplo—, yo tampoco. Sé que tú querías llegar a comer y tenemos la reserva. Ve y espérame en el restaurante.

Se aleja hasta convertirse en una minúscula mancha en el horizonte. Otros caminantes se adaptan a mi paso y al menos no hago el trayecto sola. Cuando llego, Berta ya está sentada, móvil en mano, con una cerveza vacía y otra a medio tomar.

La tarde juntas es agradable. La noche, corta. Apenas dormimos. Las dos necesitamos reconocernos, saber más la una de la otra. Llevamos pocos meses juntas y este era un momento para disfrutarnos. Tal vez ella ha puesto el listón alto, o yo he querido saltar sin comprobar si había agua.

Cuando suena el despertador al día siguiente, no me queda energía ni para pestañear. Y justo hoy toca una de las etapas más duras del plan.

—¿Y si acortamos un poco la ruta? —propongo—. Apenas he dormido.

—Me dijiste que estabas preparada. —Su tono es seco—. Yo confié en ti.

—Sí, sí, claro. ¡A por todas! —¡Qué mentirosa que soy, por Dios!—. Anoche hicimos una buena maratón, solo lo decía por eso.

Sonríe, satisfecha.

—Estuvo bien, aunque me encargué de casi todo el trabajo. Tenías muy pocas fuerzas.

—Sabes que me gusta porque lo hago contigo, pero ya te dije que no estaba muy en forma, que llevaba…

—Eso no es lo que recuerdo. Me dijiste: me apunto y no te arrepentirás de llevarme contigo. Y un poco sí, ¿eeeh? —Sonríe, aunque percibo fastidio en su gesto.

No modifica el trayecto.

Salimos temprano. No me da tregua. Acabo agotada y, en las siguientes etapas, ella se une a un grupo aventajado: más rápido, más fuerte y más eficiente. Yo me adapto a otros peregrinos que prefieren mirar el paisaje y no tanto el reloj como lo hace Berta.

Por las noches coincidimos, pero ya no conectamos. Reconocemos nuestros cuerpos, no nuestras emociones. Empiezo a sentir que no está conmigo, que no es la persona con la que venía.

Una de las tardes, llego después de la hora de comer. Ella descansa en una tumbona, tomando el sol, riendo a carcajadas con dos chicas. Cuando me acerco, me mira con desgana. Se levanta y me besa sin entusiasmo.

—Sí que has tardado. Cada día te cuesta más llegar y debería ser al contrario. Hoy he hecho la etapa en cuatro horas —comenta satisfecha.

—Estoy cansada. Son muchos días seguidos y por las tardes no paramos.

—Pues hoy te dejo la tarde libre —responde—. Me voy con ellas.

Se aleja sin mirar atrás.

Me deja de piedra. He venido con ella y me acabo de quedar sola.

La noche previa a llegar a Santiago de Compostela, el grupo de viajeros al que nos hemos unido organiza una pequeña fiesta de despedida.

Berta habla con todo el mundo, casi diría que más que yo, que no me quedo atrás.

Las dos somos muy abiertas, quizá demasiado, y en estos momentos me pesa, pues siento que nos acabamos de distanciar.

Que esta ruta solo ha conseguido que descubra que a su lado no me va a ir bien.

Nos acercamos a unos, reímos con otros y nuestros cuerpos apenas sienten el contacto de la otra. No es que no quiera estar con ella, es que parece que me ha olvidado y en esta etapa no me necesita.

Al día siguiente descubro la verdad, una que tal vez esperaba.

Llego a la plaza del Obradoiro, agotada y orgullosa, con la satisfacción de haber alcanzado mi objetivo, y busco a Berta entre la multitud.

Al principio no doy con ella. Sé que ya debe estar por ahí, seguro que llegó bastante antes que yo, pero al despedirnos esta mañana quedamos en que me esperaría.

Confirmo que ese no ha sido su plan cuando la localizo besándose con una morenaza que, definitivamente, no soy yo.

Menudas vacaciones. Estoy convencida de que lo habría pasado mucho mejor en Tenerife, con Lía o incluso con Carla o Nerea.

No es lo que buscaba, pero es lo que he encontrado.