Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

ÁNGELA

Acompaño a mis padres a esa horrible boda a la que no me apetece ir. Se celebra en una masía cerca de Lleida y nos hospedamos en un hotel, ya que no nos dará tiempo a volver por la noche.

—No entiendo por qué tengo que ir —refunfuño por tercera vez.

—Porque eres menor de edad y no voy a dejarte sola en casa —responde mi madre sin apartar la vista de la carretera.

—Sabes que soy responsable, te lo he demostrado con creces —insisto, aunque ya sé que es inútil.

—Que sí, Ángela, que lo entiendo. Pero hemos confirmado que vamos los tres. No se hable más.

Me tengo que resignar.

Además, a mis amigos no se les ha ocurrido otra idea mejor que organizar, justo ese fin de semana de septiembre, una fiesta conjunta para celebrar los diecisiete de casi todos los del grupo.

Mi cumpleaños ha pasado hace una eternidad, pero la mayoría son de finales de año y, como siempre, intentamos juntarlos en una única celebración.

Desde que éramos críos, nuestras madres se han puesto de acuerdo para hacerlo así, y ahora, ya adolescentes, seguimos manteniendo la tradición.

Era este fin de semana sí o si y, aunque insistí con mi familia y también con mis amigos, nada ha cambiado.

Esa fiesta es el acontecimiento del año.

Hemos estado semanas planeando la decoración, las luces, la música, incluso quién traería los refrescos y las pizzas . Van todos. Todos menos yo.

Lo peor no es perderme la fiesta, sino saber qué van a hablar de ella durante meses y, cada vez que alguien diga «¿te acuerdas cuando…?», yo tendré que quedarme callada.

Así que esta vez me la pierdo.

No he podido hacer otra cosa más que ir con mis padres.

Por eso estoy aquí, en una boda que no me importa, rodeada de desconocidos con trajes incómodos, zapatos que chirrían y sonrisas ensayadas.

La ceremonia es eterna y, cuando por fin acaba, nos dirigimos a la masía, un edificio antiguo con luces cálidas que cuelgan de los árboles y mesas decoradas con flores silvestres. Reconozco que el sitio tiene su encanto.

Mientras los novios bailan en el centro de la pista y la mayoría de los invitados los observan embelesados, un chico bastante atractivo se acerca a mi mesa.

—¿De parte del novio o de la novia? —pregunta inclinándose ligeramente hacia mí.

—Pues no sabría decirte —respondo con media sonrisa—. Son mis padres los que me han arrastrado hasta aquí. Creo que ellos conocen a los padres del novio.

Él asiente divertido y me tiende la mano. Encojo la mirada, sin entender muy bien qué desea, hasta que insiste en el gesto y atrapa mi mano entre las suyas.

—Vamos a bailar —dice con un tono que no admite réplica—. Allí al fondo hay un grupo de jóvenes de nuestra edad. Seguro que lo pasaremos bien.

Su sonrisa, su confianza y el simple hecho de que alguien me saque de mi aburrimiento me hacen levantarme. Bailamos una canción, luego otra y, cuando quiero darme cuenta, ya me estoy riendo sin parar.

Hablamos de su ciudad y yo, de Serratona, mi pueblo. Ricardo me relata sus primeros años en la universidad y yo le hablo de mis planes para estudiar en Barcelona en un futuro cercano, en el que coincidiremos en la misma carrera si todo sigue su curso.

Es divertido, encantador, con ese tipo de carisma natural que te hace sentir cómoda, como si lo conocieras de siempre, aunque acabe de aparecer.

En un momento dado, cuando suena una canción lenta, me mira diferente. De esas miradas que se quedan un segundo de más.

—No tienes pinta de disfrutar mucho de las bodas —dice casi gritando para hacerse oír entre la música.

—No soy muy de esto y, además, no me apetecía venir hoy —respondo cerca de su oído.

—Pues me alegra que quieras quedarte conmigo.

—Un poco presuntuoso, ¿no? —Sonrío.

Se encoge de hombros y me ofrece la mano de nuevo.

Me dejo llevar y sé que algo ha cambiado en mí. Me cautiva su forma de mirarme, de hacerme sentir especial.

Después del baile, salimos al jardín. Nos sentamos en un banco de piedra y hablamos durante horas. Ese tiempo nos acerca tanto que creo que conozco más cosas de Ricardo que de muchos de mis amigos.

Cuando mis padres vienen a buscarme, ya es de madrugada.

—¿Nos veremos otra vez? —pregunto sin atreverme a mirarlo directamente.

—Claro que sí. No pienso dejar que una boda sea lo único que recordemos el uno del otro.

Y no lo es.

Durante los días siguientes, solo hablamos. Primero por mensajes, luego por teléfono e incluso videollamadas que se eternizan. Las horas se me pasan volando. Mi madre me pilla sonriendo al móvil sin motivo, repasando cada palabra suya, cada «buenas noches» o «pienso en ti».

Un par de semanas más tarde viene a Serratona a verme. Lo llevo a pasear por el río, comemos helado, nos hacemos fotos tontas y terminamos sentados en el capó de su coche, mirando las estrellas.

Allí, Ricardo me besa por primera vez y ese instante lo recordaré siempre, aunque pasen los años.

A partir de ese día empezamos a salir.

Encuentros en Serratona, a escondidas en el comedor de casa de mis padres.

Un año más tarde, cuando me mudo a Barcelona, a mi piso de estudiante, la universidad de Derecho nos acoge a ambos.

Nuestros apartamentos se llenan de visitas, de noches compartidas, de tiempo que nos lleva a conocernos un poco más.

Todo es rápido e intenso, de esos amores de juventud que te sacuden y te hacen creer que nada malo puede pasar.

Meses emocionantes, juntos, que fluyen sin apenas separarnos. Disfrutamos de un tiempo sin roturas, de algo tan intenso que nos parece que durará para siempre.