Capítulo 1
ALICE
La novia acaba de lanzar el ramo. Compruebo que la trayectoria que lleva es errónea, pues viene directo a mí.
Todas las chicas solteras que han venido a la boda se recolocan a mi alrededor. Su emoción por coger un manojo de flores me resulta incomprensible. No tengo ninguna intención de atraparlo, pero es que su curvatura es la equivocada y me va a dar en toda la jeta como no me mueva.
El grupo no me lo permite. Están apretujadas y no sé cómo no ven que un pequeño paso adelante o atrás evitarían que yo estuviera justo frente a ese objeto no deseado y que va a llegar a mis manos sin remedio alguno.
Sus posibilidades se están agotando y, aunque las empujo con los codos, apretando a los lados, para salir de ese embrollo, no consigo desplazarme.
Finalmente, el preciado bouquet de peonías blancas y rosas empolvadas, entrelazadas con hojas de eucalipto, llega hasta mí. Lo pillo al vuelo justo antes de que me golpee la cara y me estropee el maquillaje.
No comprendo qué hace entre mis manos. Apenas quiero rozarlo y, con su simple visión, aunque es precioso, siento un nudo en el estómago.
A mi alrededor estallan los aplausos por haber sido la que lo ha recogido y, como no quiero que nadie piense que podría ser la siguiente, se lo cedo a la chica de mi derecha con tal rapidez que la dejo atónita.
Lleva un vestido escotado en rosa pastel, muy acorde a los colores del ramo, y este le queda de maravilla entre las manos.
Es la adecuada para ser la agraciada de tremendo regalo.
—¡¡No!! Es tuyo. ¡Tú lo has cogido! —exclama devolviéndomelo.
Doy un paso atrás y la freno con las manos.
—No lo quiero, de verdad. A ti te hará más feliz. Yo no pienso casarme pronto.
Por sus gestos deduzco que no acaba de entender mis palabras. Aun así, acepta de muy buen grado la oferta y se aproxima al grupito donde están sus amigas, que saltan de alegría.
Natalia —Lía para los más cercanos— se encuentra a mi espalda y me mira negando con la cabeza. Ella forma parte de mi vida desde que tengo uso de razón y hoy la acompaño a la boda de su hermana, María, nuestra persona favorita.
—Mejor en unas manos que sepan apreciarlo, ¿no crees? —le digo mientras nos alejamos un poco de esas invitadas que no paran de saltar por un objeto que yo no he querido tener. Y menos si, tras quedármelo, a mi alrededor se hubiera formado semejante escándalo.
—¿Y por qué no en las tuyas?
—Ya me conoces, Lía. El compromiso aún no ha llamado a mi puerta.
—¿Estás segura?
—No deseo hablar de eso. Vamos a pasar un buen rato.
Nos quedamos ambas pensativas. Seguimos caminando entre las mesas hasta que llegamos a la que hemos ocupado durante el banquete. Lía se sienta en su silla.
—¿Qué haces?
—No me apetece bailar —contesta mi amiga mientras coge su copa de vino y se la bebe de un trago.
—Están todos en la pista. Venga, no te aplatanes.
—Ve tú. Os veo desde aquí.
Su respuesta no me convence.
La boda se celebra en una masía preciosa, decorada a la perfección para un evento tan importante en la vida de mis amigas. Ambas lo son, aunque Lía llegó primero y, de tanto disfrutar tardes enteras en su casa, María se unió después al grupo.
Juntas lo pasamos bien, pero hoy Lía está algo apagada. No es la misma persona de siempre, porque descubrió que su novio no era trigo limpio y ha roto con él.
La dejo respirar un poco y me voy a bailar. Muevo el esqueleto y disfruto de la música. La elección de la lista de reproducción es excelente.
Muchos de los invitados se encuentran en medio de la zona de baile, alrededor de los novios.
Los que aún están en las mesas charlan y se divierten.
El banquete ha sido una delicia. Hemos comido muy bien y ahora toca perder esas calorías de más para mantener el tipo y, sobre todo, para alegrarse en un día como hoy.
Mientras me contoneo junto al resto de invitados, noto que la madre de Lía me mira con desagrado. Sé que nunca me ha aceptado, pero sigo siendo amiga de sus hijas y no le queda otra que aguantarme.
Bailo dejándome llevar por el ritmo de la música. Los compases marcan cada uno de mis movimientos y el rock se cuela en mi cuerpo. Salto, me desmeleno y sonrío a la gente que se mueve conmigo. Lo estoy pasando de miedo.
Lía sigue sentada a lo lejos, en la mesa. Apenas se fija en mí y, por más que la llamo y le hago señales —hasta algunas de humo—, no se percata de que deseo que esté conmigo.
Cuando acaba una de las canciones, me acerco hasta ella y me dejo caer en una de las sillas.
Estoy sofocada, necesito beber algo. Me descalzo de los tacones de infarto que se me ha ocurrido ponerme para adornar mi precioso vestido de fiesta.
Me están haciendo imposible continuar bailando y tendré que pensar si me los vuelvo a poner o no.
—¿Qué haces aún aquí? —la reprendo.
La he estado observando y tenía la vista en otros lares. Yo me lo estoy pasando genial; no sé cómo ella no hace lo mismo. Y, aunque le recuerdo que está en la boda de su hermana y que debe pasarlo bien, ella solo insiste en que le deje algo de espacio.
Regreso a la pista. Adoro bailar y perderme en el ritmo de la música. La noche promete ser pura locura.
Una chica menuda y rubia se contonea a mi lado.
Viste un traje pantalón de seda en color chocolate.
El top blanco que se esconde tras esa chaqueta deja poco a la imaginación.
Me fijo en sus labios carnosos, en su mirada de un azul intenso y en una sonrisa que es vitamina para mis sentidos.
Movemos el cuerpo al mismo compás, sin decir demasiado.
—Soy amiga de los padres de la novia, ¿y tú?
—Amiga de la hermana de la novia.
Continúa bailando. Se expone, juega, me reta.
Hacía tiempo que nadie se pavoneaba ante mí así y no puedo negar que me gusta.
Un cosquilleo recorre mi piel, una sensación que parece que he perdido con Carla.
Intento apartar la vista, respirar, aunque sus movimientos sugerentes no me lo permiten.
Estoy a gusto con ella y esto puede llegar a más.
Mis ojos se dirigen de nuevo hasta donde se encuentra mi amiga, quieta, sin levantarse de la silla.
—Espérame. Vuelvo enseguida —le digo a la monada que dejo en la pista.
—De aquí no me echa nadie. No tardes.
Me acerco hasta Lía, que continúa sentada en la misma silla con la misma copa entre las manos.
No sé qué es lo que mira, pero a mí está claro que no.
Llego a ella y empiezo a menearme ante sus ojos de una forma exagerada.
No me ve. Sigue despistada y yo solo quiero que se olvide de lo que le ronda por la cabeza.
—¿De quién estás pendiente?
—De nadie, ¿por qué?
—Te noto ensimismada.
Me cuenta algunas milongas más que no acabo de entender y ella decide atacar.
—¿Y tú? Esa rubia con la que bailabas…
Su rostro sigue apagado.
—Es hija de unos amigos de tus padres.
—¿Qué hay de Carla? —me pregunta.
—Últimamente está demasiado exigente. Quiere más de lo que puedo ofrecerle —reconozco.
—¿Seguís teniendo una relación abierta?
—Sí, pero según ella deberíamos formalizar nuestra relación tras los años que llevamos juntas. Quiere una exclusividad que no estoy dispuesta a darle.
—Hacéis buena pareja.
—El futuro con ella podría ser una posibilidad… Pero no me veo ahí. Lo hemos hablado: a pesar de que en nuestra relación abierta entran otras parejas, ella desea atarme y yo, vivir la vida. Soy un alma libre, joven —digo con gesto teatral.
La gente diría que ya soy mayor para tener una estabilidad. A mí me parece que a mis veintiséis años aún necesito más juerga, más vida… y, sobre todo, una pasión que me sacuda de verdad.
Vuelvo a la pista sin Lía. No la he convencido aún. Me acerco de nuevo a la rubia que me sonríe, segura de sí misma. Debo preguntarle a esta chica tan mona cómo se llama, porque esta noche voy a desmelenarme.
—Nerea —susurra, y sus labios rozan los míos mientras dice que podríamos hacer más cosas de las que la gente a nuestro alrededor imagina.
Tal vez no debería irme con ella. Y lo más inmediato sería aclarar mi situación con Carla. Romper lo que nos une si no tiene futuro. Imposible. No tardaré en irme con esa rubia donde me lleve y sé que cometeré una locura.
A Lía la he visto hablar con un chico. Luego han bailado con nosotras y se han ido a pasear por la masía. No la veo ahora por el salón, por lo que debe estar con él. Y yo voy a irme con Nerea, lo tengo bastante claro.
Me lleva en su coche hasta mi casa. Ella aún vive con sus padres y mi apartamento es la mejor opción.
Al cruzar la puerta, apenas me da tiempo a pensar. Su boca busca la mía como si llevara toda la noche esperando ese instante y el vestido que me había puesto para la boda termina hecho un ovillo en el suelo.
Nerea ríe, una risa baja, grave, con un deje travieso que me enciende aún más. Sus dedos recorren mi piel con la seguridad de quien sabe lo que hace. Me dejo llevar, perdida entre el vértigo de su energía y la mía.
No pienso.
Quiero sentir, olvidar y dejar que el presente borre cualquier pequeña sombra que me pese. Yo también la deseo y voy a apagar mi mente para que no me haga pensar en cosas que no debo.
El tiempo se diluye en sus manos, entre besos que muerden y caricias que incendian, hasta que el mundo parece girar solo para nosotras.
Cuando me despierto, la luz del amanecer se cuela entre las cortinas. Su brazo descansa sobre mi pecho y su respiración tranquila contrasta con el torbellino que todavía late dentro de mí.
Una noche de escándalo.
Entonces suena el teléfono. En la pantalla aparece un nombre que me devuelve a la realidad: Lía.
Escuchar su voz, su tono frágil, su necesidad de tenerme cerca, me saca de la ensoñación y me recuerda donde estoy.
Aunque quisiera continuar lo de anoche, voy a actuar como la amiga responsable que a veces quiero ser.
Deslizo con cuidado el brazo de Nerea, que murmura algo entre sueños, y me incorporo. Cuando abre los ojos y me ve vestida, comprende que la situación ha cambiado.
—Tranquila —le digo buscando mis llaves. Repaso la desnudez de su cuerpo. ¡Ay, lo que voy a perderme por ayudar a Lía!—. Dúchate. Hay toallas limpias en el armario. Yo tengo que irme. —Le lanzo una sonrisa, pues no es una despedida—. Tienes mi número, para que repitamos cuanto antes. Llámame.
—¿A dónde vas? —pregunta curiosa. Y al incorporarse la sábana que cubría uno de sus senos lo deja al descubierto. Inspiro para calmar a mi desbocado corazón y cumplir con mi obligación de amiga.
—Lía lo está pasando mal y me necesita.
Nerea asiente mientras se pone en pie y empieza a recoger su ropa desperdigada por el suelo. Imágenes de lo sucedido la noche anterior me recuerdan que esto se va a convertir en algo más y que Carla, tal vez, no ocupará el espacio que ahora tiene.
Aunque no debería dejarla, Lía me reclama. Y con Nerea volveré a quedar, seguro.
Lo sé, incluso sin tener claro si eso me emociona o me asusta.