Bésame por logística EPÍLOGO
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EPÍLOGO

—Está cayendo la del millón. —Guido se sacude la nieve y consigue que me vuelva del todo hacia él.

Sonrío. Hace un año, esa fue una de las primeras frases que escuché de su boca pensando en si alguien así podría ser mi novio.

Mi novio…

Un año después sigue entrando en casa de mis padres sacudiéndose la nieve igual que aquel primer día.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

Espero a que se quite las botas y llegue a la zona más seca de la entrada.

Hemos sacado a Odín a dar un paseo y también hemos aprovechado para tomarnos unos navidinguis en la cafetería de Charlie.

Después de dejar a mi precioso perro en su casa del garaje, hemos dado la vuelta para entrar como es debido sin que Gaspar nos mire amenazante con la fregona en la mano.

—Un año juntos… —susurro y él se acerca.

Sus brazos rodean mi cintura y aproxima su boca a la mía.

—Espero sumar más… Sumar todos —murmura y me besa—. ¿Estás entrando en pánico? —Se separa y su mirada se fija en la mía, puedo ver en ella cierto punto de duda.

—¡No! —respondo de inmediato—. En absoluto.

—Bien, bien… —Vuelve a besarme y tiro de él un poco más. Es fácil olvidarme de dónde estoy cuando me besa; y es rápido, en cuanto me toca, caigo.

—¿También hay muérdago aquí? —La voz de Roque nos interrumpe. Ni siquiera he escuchado la puerta de la calle.

—¡No, papá! —Bastián se ríe—. Ya hemos comprobado todos los rincones y aquí no hay.

Su risa es el mejor de los sonidos, y verlo con su prima Alma, mi sobrina, por la que siente una devoción absoluta, la mejor de las imágenes.

Guido y yo nos separamos.

—Nah, entonces es que tu tía le ha cogido el gustito a los besos, como los abuelos, y ya no distingue el salón del dormitorio. —Nos susurra la última parte poniendo su mano en la boca para que Bastián no lo vea.

—Mamá y tú también se lo habéis cogido —responde el niño a la primera premisa mientras se descalza—. Y los abuelos… Tooodos los abuelos del pueblo tienen gustito de besos —sigue hablando de forma distraída concentrado en dejar sus botas llenas de nieve en la rejilla.

Guido se tapa la boca antes de que se le escape la carcajada.

La puerta del salón se abre.

—¿Vais a quedaros ahí? —Mamá nos mira a todos—. Tus padres ya llevan un rato aquí, Guido.

Y Nora y Nil deben estar al caer. La casa de Gaspar y Luisa está a punto de convertirse en un hostal de montaña.

—Y también os toca poner la mesa —dice mi hermano mientras se calza sus zapatillas.

—No lo hemos olvidado —responde Guido.

Entramos a un salón abarrotado, y eso que falta gente.

Nos acercamos a saludar a Leonor y Germán, que ya parecen estar acomodados porque llevan hasta las zapatillas de casa marca de los Morel Collado.

Ha sido el regalo común de esta Navidad; a la altura de los pies, no hay distinciones entre un Morel de un Lanau.

Leonor está sonriente, parece estar en su propia casa celebrando con sus hijos, y es algo que me tranquiliza porque es a la que más le ha costado acceder al plan.

—Bastián, sube al baño, que ya está preparado —dice mi cuñada tras salir de la cocina.

El niño sale disparado escaleras arriba mientras mi hermano saluda a los padres de Guido.

—Muchacho, saca las castañas del fuego, que yo creo que ya están. —La yaya no se dirige a nadie en particular, pero tanto Roque como Guido se acercan a ayudarla.

Tomo asiento en el sofá y observo cómo entre mis padres, Luisa, Gaspar y los padres de Guido mantienen una charla amena.

No sé si mi novio les ha contado algo sobre la peculiar relación entre mis padres y mis vecinos, pero yo ya he hecho un ejercicio de paz conmigo misma para dejar que la reunión fluya.

Hace un año estaría de los nervios, hoy no; hoy ya no me toca controlar cada conversación y es… sorprendentemente liberador.

—Este año deberíais venir a jugar el partido de fútbol —habla mi padre—. Germán, ¿estás en forma?

Pongo los ojos en blanco, pero lo disimulo.

—En mis tiempos, era bueno con el balón —responde.

—¿Y dónde quedan esos tiempos, papá? —se mofa su hijo mientras deja la sartén de las castañas en una piedra plana.

Su padre lo mira fingiendo desdén.

—No me retes, podría darte una paliza. —Se miran serios y después se ríen.

—Será mejor que incorporéis nuevos jugadores en vuestro equipo —dice Roque y consigue que Gaspar lo mire con el ceño fruncido—. Si Guido y Deva no se casan este año…

—Roque…, por favor —salto, porque este tío es un pesado.

—Ana y yo nos divorciaremos. —Sube las manos y los hombros—. Seré del equipo de solteros, oootra vez —dice resignado.

Todos nos echamos a reír, Guido ha vuelto a ser el Pichichi de los solteros en este torneo.

—Eres un pringado con el ego frágil que tiene que empezar a sobrellevar su realidad, hermano. —Ileana baja los tres últimos escalones y se ríe—. Buenas tardes, soy la hermana pequeña de este desastre de tío, y de Deva.

Saluda a los padres de Guido, que sonríen con amabilidad, supongo que porque no pueden poner una cara de espanto ante esta pandilla de pirados.

Miro alrededor y pienso en que podría tener el cortisol disparado, sin embargo…

, después de las últimas navidades tengo mis glándulas suprarrenales a prueba de reuniones familiares.

—Lo que yo quiero es ser compañero de equipo de mi cuñado, pero lo disfrazo de competitividad. —Roque se acerca a Guido y le pasa un brazo por los hombros.

—No te preocupes, si a tu hermana le cuadra bien el Excel, quizá no haya que hacer cambio de equipo.

Mis cejas salen disparadas hacia la frente y mis ojos quedan enganchados a los suyos con una pregunta muda.

‹‹Será broma, ¿no?››.

No tengo ni idea de qué pasa a mi alrededor, escucho algún carraspeo, pero es su sonrisa traviesa la que me atrapa. El calor de mis mejillas sube varios grados, y no es por la temperatura que la gente y la chimenea crean en este salón.

En ese momento, Nil abre la puerta de entrada.

—Menos mal que esta es la casa. —Mira alrededor—. Nadie atiende al móvil y…

—Alto ahí un segundo, hermano. —Guido levanta un brazo.

—¿Por qué? —Nil abre los ojos, asustado. Parece que estuviera a punto de cometer un error ineludible.

—Si manchas el suelo, Gaspar se enfadará —responde Guido.

Entonces el mencionado se levanta, Nil mira desconcertado a su hermano y este le guiña un ojo.

—Bienvenido, hijo —saluda Gaspar—. Verás, es cuestión de hacerlo bien…

Ante la atenta mirada de Nil, y una Nora que lleva al pequeño en brazos dentro de un buzo calentito, Gaspar les muestra las zapatillas mientras se presenta. Mi padre se levanta y, junto a mi madre, les hace la bienvenida más cálida.

—¿Tú crees que ha sido buena idea? —Guido se acerca a mí y me abrazo a su cuerpo mientras cierro los ojos.

—Me da igual, no ha sido mía —susurro y escucho su risa—. Si ni tú ni yo tenemos que mentir, que salga como quiera.

—Eso sí que es una buena idea.

—Dejad de achucharos tanto, muchacha, y poned la mesa, que ya va siendo hora de empezar a cenar. —La abuela pasa a nuestro lado para ir a saludar a mis cuñados y el beso de Guido en mi coronilla esconde una risita.

—Aquí no se saltan un turno ni aunque vengan nuevos invitados.

—Acuérdate de las croquetas…