103 TE QUIERO HOY
Deva sale del baño mientras me despido de mi hermano. Dejo el teléfono en la mesa sin perder detalle de cómo se acerca a mí, completamente desnuda, sin pudor, así como ha sido desde un principio.
—Le he dicho a Nil que no nos quedamos a comer —resumo la conversación.
—Puedo pedir un taxi.
—No, quiero irme contigo. Ya que no vas a aparecer cual ayudante de un mago delante de mi familia, yo tampoco quiero quedarme.
En dos pasos la tengo sobre mí, a horcajadas; le encanta sentarse así, le gusta tener el control. No puedo evitar morderme el labio, si dejo de hacerlo, mi victima será su pezón, porque estoy completamente desatado con ella.
Entregado.
Sincero y desnudo.
Siento la humedad de su sexo contra mi polla y esta reacciona al instante.
—Trabajo esta tarde —dice contra mi boca.
—Y no sabes lo que me joden, ahora mismo, vuestros horarios infernales. —Ahora que sé lo que somos, no quiero apartarme de su lado, necesito una Luna de Miel después de estas semanas de mierda.
Aprieto su culo con mis manos y se yergue rozándome todavía más. Lamo una de sus preciosas tetas desde abajo hasta atrapar su pezón y ella tira de mi pelo con un pequeño grito cuando mordisqueo justo ahí.
—Deberías unirte a la huelga con nosotros —gime.
Rozo su clítoris con mi erección, me lubrico y es ella quien, poniendo los pies en el suelo y, ayudada de su mano, se penetra. Se me ponen los ojos en blanco mientras recorro su canal y gemimos el uno en la boca del otro al llegar al tope.
Joder…, jamás voy a cansarme de ella.
Deva va vestida con la misma ropa que le dejé ayer cuando abandonamos la habitación. En la recepción, entrego las tarjetas llave y cuando estamos a punto de atravesar las puertas…
—¿Guidet? —La voz de mi madre nos frena.
—¿Cuántas posibilidades había de que nos pillaran? —susurro antes de darme la vuelta.
—¿Deva? —pregunta asombrada—. ¿Has tenido a Deva oculta en la habitación? —La indignación que me dirige no se limita al tono.
Mi padre está detrás y frunce el ceño. No es el momento de dar explicaciones, algo que, de todas formas, no sé si haré más adelante.
—No entiendo nada —dice mi madre mientras saluda a Deva con dos besos.
—Mamá, es… largo de contar —le digo.
—O no, hijo. —Mi padre pone un gesto de obviedad—. Lo habíais dejado y habéis vuelto.
—A mí me faltan datos. —Por supuesto, para mi madre no es suficiente—. Como comprenderás —insiste sin apartar la vista de mí.
—Quizá no sea el momento. —Germán vuelve a hablar.
—No lo es. —Decido cortar la conversación—. Pero tampoco hay más que contar, mamá. Además, tenemos que irnos, Deva trabaja esta tarde.
Ella nos mira a todos y parece un cervatillo deslumbrado.
—Pero vendréis a comer el domingo a casa. —Mi madre casi lo exige.
—O no, mamá —respondo.
Solo quiero zanjar esta conversación y largarme. Mis objetivos, ahora mismo, son: sacar de aquí a Deva y tener tiempo con ella, nada de citas familiares.
—¿Por qué?
—Ya te llamo yo. —Cierro los ojos porque, si se los pongo en blanco, se va a enfadar—. Y concretamos un día. No tiene por qué ser el domingo.
—Deva, vida, nos vemos cuando a mi hijo le venga bien —responde con retintín.
—¡Claro! —Deva reacciona y a mí casi me da la risa.
—Leo…, cariño... —media mi padre y consigue que mi madre suavice el gesto.
—Que sí…
Nos decimos adiós con rapidez y salimos al exterior, donde el sol nos ataca sin piedad. Necesito mis gafas. En cuanto nos metemos en el coche, Deva abre la boca.
—¿Vas a contarles a tus padres que les mentimos?
Me encojo de hombros mientras me abrocho el cinturón.
—No lo veo necesario. ¿Tú se lo vas a contar?
Entonces me mira sorprendida. Yo arranco el coche.
—Guido… Mi hermano subió la foto de la prensa del Aniversario al grupo. Te saqué a la mañana siguiente por eso. Te mandé un mensaje, lo leíste.
—Joder… ¡Es verdad! —El recuerdo de su mensaje, de cómo me sentó que me desplazara y de haber entendido su frialdad de una manera que no veo ahora, me viene a la cabeza—. ¿Cómo fue?
—Mi hermano dijo que entonces sí le cuadraba lo del coche —se ríe—. A veces parece tener solo una neurona que se alimenta con gasolina. Pero no, no te preocupes por eso, ellos no le dieron importancia a… tu posición.
—¿No? Me habría gustado disculparme, no sé, me trataron como a uno más y yo mentí descaradamente.
Arranco el coche y salimos de la finca.
—Estaban más preocupados porque habían detectado… cosas.
Compone una mueca resignada y todavía luce ojeras, pero el color de sus mejillas y su sonrisa me dejan colgado de ella. Tengo que obligarme a mirar al frente.
—Cosas —repito y soy un poco canalla, porque creo saber por dónde va y quiero que las diga en alto.
—Sí. —Resopla—. Por mucho que les decía que todo había sido una farsa, se empeñaron en que lo que habían visto no era mentira.
—Te cuesta un montón verbalizar lo que sientes, ¿no? —No puedo evitar pincharla, pero es que me gusta tanto escucharla decir que está enamorada que puede que me aficione a esta dinámica de ponerla contra la espada y la pared.
—Pero si ya te lo he dicho a ti. —Suena indignada.
—A mí me queda claro. —Se me escapa una carcajada—. Solo lo comento para hacerme a la idea. —Finjo inocencia—. Así que te dijeron que estabas enamorada.
Chasca la lengua.
—Pues ya está, ¿no? Si ya te lo he dicho —concluye molesta.
—¿El qué está? —Se me escapa la risa.
—No seas jo-di-do conmigo.
Abro la boca aspirando una «a».
—¿Has dicho una palabrota?
—No —niega rotunda—. He usado tu taco favorito. Pero, vamos, que no te preocupes, porque las mentiras que les hemos contado no les molestan. Y ahora van a estar tranquilos y emocionados, porque… —Se calla y empieza a mover las manos entre los dos.
—¿Somos pareja? ¿Me quieres? —La ayudo con toda la intención de chincharla en un segundo plano. Y también con un toque de orgullo.
—Y tú a mí —insiste y vuelvo la cara hacia ella.
—Mucho —susurro a la vez que clavo mis ojos en los suyos—. Pienso dejarlo claro en cuanto vuelva al grupo. ¿Crees que con un audio será suficiente? —planeo—. ¿Tú vas a ser capaz de decirlo en voz alta?
Necesito que sienta que puede hacerlo.
Parpadea y mueve los dedos, se diría que busca soporte; así que, antes de que sus manos se unan entre sí, deslizo la mía y entrelazo sus dedos.
—Sí —susurra—. Lo voy a decir como lo siento, Guido.
Beso su mano y no la suelto mientras los kilómetros, hasta alcanzar la ciudad, se reducen. La música a ese volumen bajo que siempre suelo llevar llena el silencio junto al ruido del coche.
—Eres el primer tío con el que quiero estar en pareja —dice en voz baja, convenciéndose de algo.
—Gracias —susurro.
Me mira con los ojos muy abiertos.
—En este momento te quiero, sí.
La sonrisa se le expande por toda la cara y se sonroja.
—¿En este momento? —No voy a reírme, porque esto es serio, pero… no puedo evitarlo—. ¿Vas a especificarlo siempre así?
Parpadea indignada.
—Es que, si vas a tomártelo a broma, igual dentro de «otro momento» —remarca—, ya no te quiero tanto.
Vuelvo a besar su mano.
—De locos, joder… Eres… —No sé cómo decirle que es de lo mejor que me ha pasado en la vida, todavía temo que se asuste.
—Además, ¿no es demasiado pronto para querernos? —El miedo vuelve a asomar en ella.
—¿Por qué? —La miro de reojo, hay bastante circulación—. ¿No lo sientes ahora? —Quiero que se conteste—. ¿No lo has sentido? ¿Crees que hay un tiempo estipulado?
—Llevas razón. —Asiente. El corazón se me acelera en cuanto escucho sus siguientes palabras—: Te quiero, me haces sentir querida y protegida y… me gusta.
Joder, a mí también me gusta.
—Yo también te quiero… —Aprieto los labios un segundo, miro de refilón cómo sonríe y añado—: Hoy.
Ambos nos echamos a reír.
Y no necesito saber nada más.