102 NO SE LO VAN A CREER
No sé el tiempo que llevamos en silencio; hemos rodado y me ha colocado encima para después taparnos con la sábana. Sus dedos trazan espirales en mi espalda.
—Así que… —susurra—. Estás enamorada.
Sonrío para mí. Me incorporo, acaricio su cara y retiro el pelo de su frente.
—¿Cuáles son los síntomas? —devuelvo en el mismo tono y sin poder dejar de sonreír, porque todavía me parece mentira estar así con él.
—Dímelos tú —susurra, sonríe un poco y estrecha la mirada—. Eres la médica.
Ladeo la cabeza, lanzo una mirada rápida al techo y fijo mis ojos en los suyos. Sus pupilas han tomado sus iris y los tiene oscuros.
—Una opresión leve en el pecho… —Me toco entre mis senos y presiono mientras tomo una inspiración profunda.
—. Palpitaciones sin causa cardiaca. —Mi mano busca el punto en mi cuello donde mi pulso está disparado.
Me encanta su forma de mirarme—. Luego está lo de pensar todo el rato en ti, aunque no quiera —digo muy bajito e inhalo una bocanada de aire con la que inspiro nuestro olor tras el sexo, el que siempre se nos ha dado demasiado bien—.
El insomnio raro cuando no estás, la somnolencia brutal cuando sí…
—¿Te doy sueño? —Se ríe, pero se lo ve feliz, y está guapísimo mirándome con una ternura que me hace sentir tan bien…
Estoy en casa.
—No cuando hacemos el amor… —Se me escapa una pequeña carcajada a la vez que él hace un gesto genuino de sorpresa.
—¿Ya no practicamos el coito? —pregunta con un poquito de guasa mientras me acaricia los labios con su pulgar.
—No… —murmuro.
Sus manos tocan mi cuello y sujetan mi cara para llevarme a su boca.
—Doctora, no se encuentra bien —murmura.
—No, porque acuso una pérdida de control y de lógica abrumadora —susurro y aspiro su aliento.
—De lógica y de logística —dice y se muerde el labio inferior.
No me besa, pero está tan cerca de mi boca que la distancia es una tortura.
—Lo besos ya no serán jamás por esa razón —devuelvo.
—Jamás…
Acorta el espacio y lo siento hasta dentro del organismo. La excitación sube y mi cuerpo reacciona al completo, me hace rodar sobre mi espalda y roza mi sexo con el suyo.
—No creo que pueda volver a follarte, pero… —Lame mi pezón, un jadeo necesitado se me escapa y busco la fricción lúbrica contra él.
—Qué boca más sucia tienes —murmuro entregada.
—Puedo ensuciármela más…
Guido desaparece bajo las sábanas y yo tengo que agarrarme al cabecero para contener el espasmo de placer que me recorre en cuanto cumple su objetivo.
La luz del día entra por la ventana y me cuesta abrir los ojos.
Estoy abrazada al cuerpo de Guido, lo he debido de usar de colchón y soy una especie de gusano de seda dentro de la crisálida.
Él es mi capa protectora y, aunque en un primer momento el calor me arropa, al segundo abro los ojos abrumada con los recuerdos de ayer. No parece que solo haya pasado un día.
—Dormiría una semana. —Es lo primero que dice él y no puedo estar más de acuerdo.
—Sí, yo también.
Elevo la cabeza y su sonrisa somnolienta es el regalo más bonito de esta mañana. Sus dedos retiran mi pelo de la frente y me acaricia. Se fija en cada movimiento lento de sus dedos hasta que sus ojos, de un azul intenso, se detienen en los míos.
—A mí también me das sueño —susurra.
El recuerdo de mi pequeño diagnóstico me hace cerrar los ojos y dejarme caer sobre su pecho, emocionada, sin reprimir nada de lo que siento; esto es… liberador.
¿Me he sentido así alguna vez?
—No me he enamorado nunca —susurro, entonces soy yo quien empieza a dibujar espirales con mis yemas sobre su pecho.
Acaricio los pelitos que rodean sus tetillas y otra vez vuelve el miedo a no saber estar.
Sin querer intento organizar mis días con él y las horas de trabajo.
Mi tiempo sola y el que comparta con él…
Noto sus dedos entre mi pelo, una caricia sutil que me hace volver.
—¿Estás abriendo un Excel? —Su pregunta me hace mirarlo, estamos muy cerca y casi me choco contra su boca cuando suelto el aire.
—¿Y si no sé manejar mi… vida?
Niega y su nariz roza la mía. Toma aire y lo suelta.
—¿Por qué no vas a saber? ¿Crees que voy a invadirte? —Estrecha los ojos y vuelve a negar despacio—. No vamos a hacer nada que no hayamos hecho hasta ahora —susurra.
—¿Solo vamos a seguir siendo lo que… éramos? —¿Por qué me siento tan insegura hablando de esto?
—Pero sin farsas delante de las familias.
Besa mi frente y noto que algo se desbloquea en mi interior, porque eso sí sé hacerlo, y me gusta, me gusta mucho. Me dejo caer entre su hombro y su pecho y me abraza.
—Y tampoco pienso dejarte sola si te pones enferma. Que te cuide cuando lo necesites no significa que seas dependiente.
Está claro que tiene un ejemplo y a mí me da qué pensar.
—Bueno… —dudo y, aunque intento levantarme, su beso en mi cabeza me relaja—. A mí me parece que un poco sí —rebato.
—Podrías cuidarte tú sola, siempre ha sido así, pero te gustará que yo lo haga. No va a ser muy diferente a lo que hago cada día. —No deja de tocarme; cómo he echado de menos su tacto—. Y tú también me cuidarás, yo quiero que lo hagas, y no por eso dejaré de ser yo.
—Pero nos hace un poco débiles, ¿no crees? —Cierro los ojos y pienso en si estoy dispuesta a sentirme así. Aunque ya lo he hecho estos días y he pedido ayuda; y tampoco ha estado tan mal.
—No con la persona que te quiere, no con la persona a la que quieres.
—Siento sus labios moverse contra mi frente—.
No… No es un juego de poder, Dev. —Traga saliva, veo cómo se mueve su nuez de Adán; escucho cómo su voz reverbera en su cuerpo, es tranquilizador—.
A veces seremos un cincuenta por ciento y estaremos bien —continúa—, a veces tú serás un ochenta y yo un veinte y estaremos bien.
Y otras será al revés: tú serás el porcentaje menor y tampoco pasará nada. Mientras entre los dos seamos un cien…
Su explicación me provoca una sonrisa plena, una sensación cómoda, de… conocimiento. Con las manos sobre sus pectorales, elevo mi cabeza y, sonriente, hablo:
—Me gusta su estimación, señor director.
Presiono una zona intercostal y suelta una carcajada por las cosquillas.
Cuando las risas se acaban, nos besamos despacio, casi de forma involuntaria, porque ya no sé cómo mis labios han acabado sobre los suyos.
Sus manos recorren mi espalda y la intensidad de nuestras respiraciones aumenta sin apenas darnos cuenta.
Pero yo me hago pis, y hay cosas que no se pueden obviar.
—Tengo que ir al baño —susurro en un receso antes de que mi pierna cobre vida propia y cabalgue la suya para buscar fricción. Tengo la sensación de que necesito recuperar cualquier intencionalidad de sexo entre nosotros, perder cualquier oportunidad no está contemplado.
—¿No puedes esperar? —sonríe.
—No… El tema de la lluvia dorada no está entre mis fetiches. —Me alejo y lo miro. No seré yo quien juzgue—. Si en los tuyos sí…
Niega despacio.
—No, de momento no tengo interés. —Se muerde el labio inferior y observa lobuno mis pechos expuestos—. Pero te iré informando si cambio de idea.
—Por favor. Pero hasta entonces, voy a tener que ir al baño.
—Ve —dice y me río; tengo que hacer un Kegel fuerte para evitar hacerme pis.
—Si me sueltas… O me llevas… —pido.
Entonces abre los brazos y salgo disparada.
Sentada en el váter me miro en el espejo y sonrío.
—Ostras… Lo voy a hacer… —pienso en voz alta—. Tengo novio y no es de mentira. —Abro la boca sorprendida y con un vértigo desconocido en el estómago—. En casa no se lo van a creer.