Bésame por logística 101 ESTO NO ES MENTIRA
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101 ESTO NO ES MENTIRA

Sus ojos se abren un poco más, creo que acaba de darse cuenta que de verdad fuimos, que no solo ella se involucró, que yo también lo hice.

Entonces su sonrisa tímida aparece y, aunque podamos albergar alguna duda, sé que ambos estamos en el mismo plano.

Yo con mi miedo, que nace de la desconfianza.

Ella con su miedo, cuyo origen es el desconocimiento de sí misma en una situación como esta.

Pero conozco a Deva, es decidida y eficiente.

Quiere estar aquí, quiere estar conmigo, aunque no sepa cómo.

Me muerdo el labio inferior, o más bien puedo decir que lo castigo; su dedo índice lo libera de mis dientes.

—Me cuesta creérmelo —murmura sin parpadear y sin apartar sus ojos de los míos.

—Planteé el simulacro porque no veía otra forma de que te dejaras llevar, de tenerte de alguna manera… —confieso—. Te pedí que fuéramos pareja la primera vez que nos acostamos… —digo con obviedad—. Me delataba sin querer.

—Qué obtusa soy a veces, ¿no? —Suelta una risita por la nariz.

Me muevo hacia ella aún más y sus manos se acercan, algo torpes, a las mías. Entrelazamos los dedos en mi regazo y siento que pertenecemos a este contacto, a esta unión.

Levanto la vista; sus ojos me miran con cautela, pero con verdad.

—Joder…, Dev.

Rozo la punta de su nariz con la mía, ella cierra los ojos y su mano acuna mi mejilla.

—Guido —susurra y casi se siente doloroso.

—Prométeme que si algo te da miedo… hablarás conmigo. Y si ese miedo es más grande de lo que sentimos… —Tomo aire y ella se aleja un poco—. Prométeme que no decidirás sola…

Necesito confiar, y sé que nada es determinante, que no hay una promesa infalible para lo que queremos, pero…

—Te lo prometo.

Aguanta la respiración y su mano intenta apartarse, pero la atrapo con la mía y la presiono contra mi mejilla.

—Quiero esto tanto… que no me creo que vayamos a hacerlo —le digo.

Se le escapa una carcajada pequeña.

—Yo no me creo nada de lo que está pasando. Es… Parece un sueño —dice en murmullos—. Me he levantado cada mañana con un dolor en el mediastino que parecía que me iba a asfixiar según pasaba el día. Y… ya no está.

—Dime que puedo besarte —le pido, agónico, porque tenerla a esta distancia, oler su piel, sentir su aliento en mi cara y no poder hacerlo me está matando.

Ella lo ha pasado mal, yo he estado hecho una mierda; compartir esa miseria solo consigue que tenga ganas de borrarla cuanto antes.

—Por favor… —susurra.

Uno mis labios a los suyos, porque seguir físicamente lejos de ella no es una opción.

El beso comienza con una inspiración y no sé de parte de quién, pero insuflamos un oxígeno que prende la entrega.

Su boca… Su lengua, sus dientes…, sus manos en mis mejillas queriendo apoderarse de mí. Y no sabe que ya me tiene.

Con mis manos en su cintura la coloco sobre mí, a horcajadas. La postura es bastante incómoda por culpa de la silla. Entonces, decido levantarme y llevármela a pulso hasta la cama, donde, mientras trato de tumbarla, caemos entre besos que se convierten en una increíble risa compartida y liberadora.

Retiro los mechones de su cara y mis yemas pasean alrededor de sus ojos. No dejo de mirarla, no puedo, joder.

—Me da un poco de vértigo que me mires así —murmura.

—Pues vas a tener que superarlo —le devuelvo y beso la punta de su nariz—. No es la primera vez.

—No… No lo es.

—¿Pensaste que era mentira?

—No pensé nada, Guido… Creo que solo sentí. —Se muerde el labio superior.

—Y eso está bien… —En el fondo los dos lo hicimos, y me libera de la sensación de necedad que he tenido desde que ella quiso acabar con todo—. Se trataba de eso.

Beso sus labios; no me deja separarme y profundiza. Entonces nos dejamos llevar, con la libertad de sentir, con las ganas de demostrarnos todo y de hacerlo sin el miedo a sobrepasar ningún límite porque no lo hay. Nos damos la vuelta y ella, sobre mí, empieza a quitarse la ropa.

Acaricio la piel entre sus pechos muy despacio.

Es mi casa, joder…

Ella tira de mi camiseta y me siento para volver a besarla. Todo se convierte en un quitar ropa, tocar cada centímetro de ella y encontrarnos. Somos murmullos contra nuestras bocas y besos que no acaban.

Entonces, ella sentada sobre mí, húmeda y dispuesta, ambos excitados hasta el límite, introduce mi erección en su interior y desciende impulsando sus pechos contra mi cara.

Beso y respiro su piel mientras sus dedos arañan mi cuero cabelludo y su vagina se contrae alrededor de mi erección; voy a estallar en breve.

Sube y baja despacio mientras jadea algo que no entiendo. Entonces elevo la cara y, con mi mano, oriento la suya para que me mire.

—Dime… —jadeo—, dímelo a mí.

—Lo quiero… todo contigo —gime con sus ojos húmedos, desenfocados, sin dejar de penetrarse y estrangulándome en el proceso.

Me estalla el pecho; y su declaración hace volar casi todo mi miedo por los aires.

—Y yo, joder…

Se apoya en mis hombros y atraigo su boca aferrado a su nuca. La beso, avaricioso, porque lo necesito todo ahora mismo, para sellarlo, para que me quede claro, para que nos quede claro de verdad.

Ella se ondula contra mí, la excitación se desborda. Me tumbo y me la llevo conmigo.

—Esto no es mentira —jadea.

—No lo es...

Su frase reverbera por todo mi cráneo y la felicidad inunda cada parte de mi cuerpo. Con mi mano en su cadera, la fijo y empiezo a moverme desde abajo, hundiéndome del todo en ella y sintiendo que pierdo hasta la consciencia cuando me aprieta.

—Más… —pide—. Más fuerte.

Se me va la cabeza, nos hago rodar y, cuando la tengo debajo de mí, lamo su boca entreabierta.

De rodillas, sujeto su pierna sobre mi hombro y la penetro profundo y certero.

Estoy a punto de correrme, pero le daré todo lo que me pide, porque esta mujer hace tiempo que se quedó muy dentro de mí y todos sus deseos son míos.

La observo dejarse ir con mis movimientos, y cuando su mano quiere alcanzar su sexo, es la mía la que llega primero.

La toco, sé exactamente cómo le gusta, mientras no dejo de penetrarla.

Está preciosa tan cerca del éxtasis, no puedo dejar de mirarla.

—Yo… —gime.

—Sí…

Lo siento en la espalda y, justo a la vez que ella se contrae a mi alrededor, me corro en su interior. La dicha de saber que esto no termina aquí me lleva a sus brazos, que me acogen y aprietan abrazando ese todo que yo ya he entregado.