100 FUE REAL, ES REAL
Un ruido me saca del sueño. Me estiro despacio y retiro el edredón porque tengo calor. Mucho calor. Con la mano extendida sobre el pecho, resoplo, palpo la tela, muevo las pierna. Llevo un pijama enorme…
Inspiro.
Huelo a él.
No es mi pijama, es…es su ropa.
Sonrío mientras salgo de la neblina y mi mente me manda fogonazos de lo que ha pasado, de cómo me ha mirado Guido esta tarde, de que no he mentido, en absoluto… Y me gusta mucho, algo que la antigua Deva no podría admitir, lo cuidada que me siento en este momento.
Me incorporo, toco la cama mientras abro los ojos; en la oscuridad de la habitación, solo se ve una línea de luz en el suelo. Es la puerta del baño. Hay alguien dentro, y no dudo de que es Guido. Busco un interruptor. Una lámpara del lado del cabecero ilumina levemente la estancia.
‹‹Ostras, Devita, has dormido como un oso››.
Y tengo hambre. Me ahueco el pelo, tengo la nuca empapada.
Trato de hacer una lista mental, recopilar todo lo que ha pasado esta mañana antes de que Guido me ofreciera su cama; tengo la sensación de haber hibernado.
Parpadeo varias veces para quitarme la visión borrosa y noto el pecho liviano.
Nada que ver con mis mañanas habituales en las que el despertar, después de mal dormir, era un choque contra la realidad que he odiado con fuerza; últimamente con demasiada.
La puerta se desliza y me muestra a un Guido elegante, tanto o más que la noche de la fiesta de aniversario, pero ahora lleva la pajarita deshecha y los botones superiores desabrochados.
Tiene un atractivo desbordante, y no solo es la planta, es su mirada sobre mí, que despierta una sensación cálida que no tiene nada que ver con la atracción.
Es la hora de la verdad sin red, espero no cagarla.
—¿Te he despertado? —murmura.
—No. —Palpo las sábanas y desvío la mirada, de repente me da un poco de corte; me siento fuera de mi elemento, y sé, con certeza, que después de hacerme la enfadada con Ile, tendré que darle las gracias. Porque no creo que me hubiera atrevido sola a confesar.
—¿Qué tal estás?
En la mesilla de la derecha veo un vaso de agua, y lo agradezco en silencio en cuanto un trago alivia mi boca pastosa.
—Nada que ver con esta mañana —confieso—. ¿Ya se ha terminado la boda?
—Para los chicos buenos sí —contesta y no puedo evitar sonreír.
Un cosquilleo en el estómago me dice que este chico bueno puede ser para mí, si sé hacer lo que sea que haya que hacer para tener pareja.
Bueno…, creo que con él no renuncio a nada.
Puedo ser esa Deva que he descubierto a su lado, porque no puedo estar más de acuerdo con lo que le he dicho esta mañana: me gusta ser quien soy cuando estamos juntos.
Y nada de eso invalida mis otras versiones.
No sé cómo sentirme, solo sé que quiero dar todo lo que tengo con él, pero jamás lo he hecho y me aterra fallar.
—Te he traído comida. En realidad, es parte de la cena. —Señala una bandeja que hay en la mesa.
—Me muero de hambre.
—Lo suponía.
Antes de ir a la mesa, voy hacia el baño. Guido se aparta para dejarme pasar, y… echo de menos un abrazo, uno de sus besos en mi sien… Creo que el roce involuntario de su brazo ha activado algo dentro de mí que había sepultado estos días.
Cierro la puerta y hago pis, me lavo las manos y salgo dispuesta a comer y a seguir hablando de… lo que sea que necesitemos.
¿Hablar?
¿Hacer?
¿Ser?
«Ostras, cuánta presión».
Cuando salgo del baño, Guido ha cambiado su ropa de boda por un pantalón corto y una camiseta blanca.
Es tan doméstica la escena y es tan curioso que no me resulte ajena…
Mientras tomo asiento no digo nada. Podría hacerlo, pero no sé de qué hablar.
Estoy más torpe que cuando no lo conocía en mi casa y lo metí hasta la cocina.
En la bandeja me encuentro con un plato de raviolis que huelen de maravilla, otro de croquetas, empanadillas, unas tortillitas de camarones…
—Pero ¿esta delicia? —Le sonrío agradecida.
Se ríe.
—¿Qué esperabas? —Eleva las cejas.
—Con un bocadillo de chorizo me habría conformado. —Elevo los hombros dispuesta a empezar a comer.
He descansado y me encuentro bien, pero… estar con Guido y sin guion impone. Quizá si él me dijera…, si trazáramos un plan. Mi yo más analítica lo precisa. Aunque viene de una boda, no puedo olvidarlo, así que lo examino esperando encontrar algún signo de que haya bebido.
—¿Qué buscas? —Entrecierra los ojos.
—Estás demasiado sobrio.
—Completamente. —No aparta la vista de mí para nada.
La certeza de lo que me impresiona su belleza es como un misil, y su voz… No entiendo por qué me atrapa en estos momentos, con lo nerviosa que estoy.
Trago un bocado de la croqueta.
Chasca la lengua y se le escapa una risita.
—¿Tampoco sabes qué hacer? —le pregunto.
—Si tengo que ser sincero, y es lo que vamos a ser a partir de ahora… —Frota su barbita arreglada—. Llevo toda la tarde queriendo volver aquí… Pero tampoco sé cómo… —Hace gestos con ambas manos, parece estar ensamblando piezas.
Mastico el pedazo de tortillita, que cruje y está deliciosa.
—Ya… —susurro—. Quizá si… —miro a los lados—, si hubiera un cuaderno y un boli…
Suelta una carcajada y niega mientras se sienta a mi lado y, sin apartar su mirada de mí, se muerde el labio. La emoción me recorre desde el diafragma y mi estremecimiento es visible hasta en los hombros.
Suelto el aire y una risita nerviosa.
—No sería mala idea…. —dice.
Abre el cajón de la mesa y saca un bloc de notas con el membrete de la finca y un bolígrafo. Tengo que reírme cuando lo deja a un lado del plato.
—¿En serio? —Sujeto mis manos, porque casi se van de forma automática a por el boli.
—Estás deseándolo. —La chispa de sus ojos, su media sonrisa… Me da un vuelco el estómago y ya solo tengo sed.
Le doy un trago largo al vaso de agua helada, tomo una respiración profunda y lo siguiente que hago es escribir su nombre y el mío en el centro del folio en blanco, uno debajo de otro; entonces él pone su mano sobre la mía.
Su tacto, su calor, el peso del gesto…, todo me lleva a aguantar la respiración.
Mis ojos se quedan anclados en ese punto de contacto mientras él me quita el boli, pone el signo de la suma entre los dos nombres y luego traza un corazón alrededor.
Me mira, se muerde el labio inferior y me tiende el boli.
Quedo atrapada entre los trazos de tinta.
Sus letras, las mías y el corazón rodeando todo… Él y yo sumando…
—Vale… Y… —Lo miro a los ojos y me pierdo unos segundos en sus iris azules—. ¿Qué hacemos con… esto?
—Esperaba que tú te encargaras del Excel. —Ríe, está nervioso, pero continúa—. Lo que más miedo me da de esto… —señala el corazón— es que se rompa… y no entender las razones.
—¿Que te las oculte? —Lo entiendo.
—Sí. —Acompaña su afirmación de un asentimiento con la cabeza, de una mirada cautelosa…
No quiero que eso pase.
—No voy a seguir mintiendo. Quiero… quiero estar a la altura. —Verbalizar mi deseo en voz alta por primera vez me genera una expectación real.
—No hay altura —susurra y sus dedos sujetan mi barbilla para que lo mire directamente a los ojos.
—Nunca he tenido pareja. —Trago saliva tras la verdad que me hace dudar.
—Mentira. —Sonríe; subo las cejas—. Has estado conmigo.
Yo…
—¿Siempre…?
«No puede ser…».
—Te lo he dicho antes, nunca fue un papel para mí —susurra y el pecho se me inunda de calor—. ¿Para ti?
Es que me cuesta creer y entender esa verdad. No puedo dejar de mirarlo y… niego, porque cada punto que encuentro en el que yo me obligaba a recordar que era un juego había miedo a que él sí estuviera jugando.
—Fue real, Dev.
—Lo fue.