Bésame por logística 99 TENGO MIEDO
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99 TENGO MIEDO

Su declaración no es más que la confirmación de mi sospecha. Ella estaba dejándose llevar, éramos de verdad incluso cuando sentía miedo y se aseguraba de que había límites.

—Supongo que no tengo nada que perder —empieza a hablar porque yo sigo procesando todas sus reacciones—.

Y así dejo claro que puedo decir la verdad, que mi vida no es una eterna mentira.

—Se toma unos segundos y, sin apartar la vista de mí, continúa; no pienso pararla—.

Me atraes desde antes del… simulacro. Y no es que no le sepa poner nombre, es que no he querido hacerlo.

Me dejé llevar del todo, Guido, del todo.

Entonces, cuando me daba cuenta de que me encantaba ser como soy contigo, de cómo me hacías sentir, de tu atención y tus miradas, de nuestro orbitar el uno alrededor del otro…

, me recordaba que esto era un juego, tú lo habías planteado así, yo casi había puesto las reglas...

Era mi salvaguarda, hasta que recordármelo empezó a doler.

—Respira despacio, no puedo dejar de mirarla.

No se esconde, es esa Deva que conocí en su casa y que se enfrenta a lo que cree necesario.

—. Vi cómo mirabas a Nora. Ese día en el hospital, te preocupaste tanto por ella que estaba convencida de que a mí no me ibas a mirar jamás así, y…

—lanza las manos al aire— rompí con todo.

Frunzo el ceño dispuesto a intervenir para decirle que está equivocada, que yo no miraba a Nora con intenciones románticas, pero vuelve a hablar.

—No, si te lo estás preguntando, no lo hice por celos, lo hice porque no podía permitirme enamorarme de ti y estaba pasando, así que te cargué con las culpas y lo disfracé de tus posibles sentimientos hacia ella. —Se calla, ninguno de los dos parpadea.

Ahí se estaba enamorando de mí. Esa misma mañana lo tenía tan claro…

—¿Lo que vino después? —susurra y hay dolor en esa pregunta—. Dos semanas terribles. —Asiente y toma aire por la nariz—. Pero me autoconvencí de que era lo mejor.

«Dos semanas terribles», repito. También lo fueron para mí, que no me dejó opción a réplica, y esa es una parte de Deva que me aterra.

—Eres buena sacando a la gente de tu vida. —Aprieto la mandíbula y ella no habla, así que, decido seguir yo—: Decidiste por los dos y me dejaste fuera.

—Ya… —Sube las cejas—. Efecto cirujano. Un corte limpio —admite asintiendo.

—Para ti, supongo.

—Tampoco fue tan limpio. —Baja la mirada al suelo—. Fue un cierre en falso. Deva, el tempanito de hielo, se deshace y tienen que acudir efectivos familiares a recoger su charco. —Hay un deje burlón en su titular.

—Vaya…, me pillas un poco fuera de juego con esto, no te pega mucho la condescendencia.

Se abraza a sí misma.

—Ya, bueno. —Se encoge de hombros.

Me jode ser yo quien de repente esté a la defensiva, pero tengo miedo de fiarme y estamparme otra vez contra esa Deva que decide de forma unilateral, tal y como ha hecho con cada acuerdo.

—Antes de que sigas… —Necesito aclararle lo de Nora, me ha dejado bastante noqueado que su propio miedo fuera por ella—.

Creo que las miradas que tú quisiste confundir con enamoramiento hacia Nora…

—Trato de conectar con ese momento, que ahora lo tengo difuso—.

Nil me dijo, justo antes de entrar a verla, que no era el padre de su hijo.

Deva abre la boca sorprendida.

—Ostras… ¿Allí?

Asiento y luego niego mientras suelto el aire.

—No podía estar mirando a Nora de la forma que dices…

Aprieta los labios uno contra otro. Está muy quieta, entonces, tras un parpadeo lento, toma aire.

—Ya… —Traga saliva y, al ver que le cuesta, saco una botella de agua de la nevera y le sirvo en un vaso—. El diagnóstico de Beca fue que me cagué.

Le da un trago largo.

—Ya… —repito con su mismo tono.

Y no quiero aflojar, pero la resistencia que sentía hace unos minutos empieza a ceder. Cuento el silencio con sus parpadeos, hasta que desvía la vista hacia la ventana.

—¿Y ahora? —pregunta y sus ojos vuelven a los míos—. ¿Qué va a pasar?

Está agotada, joder. Y me encantaría poder decirle que ya está, que no hay nada más que decir, pero no es así.

—Qué poca palabra tengo —murmuro con culpabilidad—. Parece que lo de no hablar hasta que descansaras no he sido capaz de mantenerlo.

—Lo prefiero, Guido, no habría podido dormir una vez abierta la caja de los truenos.

En eso estoy de acuerdo, si tuviera que cortar todo esto, no sé cómo iba a soportarme a mí mismo. Miro el reloj, todavía queda un rato para la hora de comer.

—Ahora necesito saber… en la fiesta… Parecía que estabas cumpliendo el papel que habíamos pactado.

—Era la intención. —Sonríe con resignación, junta sus manos, pero no hace ese gesto tan suyo de llevarlas a la boca, las vuelve a dejar sobre sus piernas—. Pero… no pude. Era imposible que lo hiciera si tú eras tan tú conmigo.

—¿Yo tan yo? —pregunto confuso y me levanto.

Niego.

Recuerdo que, después de haber follado en el baño con Deva, y de que volviera a recordarme lo que no quería, le conté a Nil la verdad. Él me dijo que Deva estaba demostrando demasiado para estar fingiendo, pero yo estaba tan en carne viva que frené cualquier teoría suya.

No sé qué decir.

—Y soy tan yo a tu lado… —susurra, parpadea y parece que quiere ahuyentar las lágrimas—.

Me gusta ser quien soy contigo. —Resopla—.

Qué más me da confesar ya todo. —Creo que se lo dice a sí misma—.

Te he dicho que quería seguir hablando, pero…

—Toma una respiración profunda y me mira a los ojos—.

Esto me está doliendo demasiado y no tengo mucho más que decir.

Entiendo que está interpretando que lo de estar juntos se está complicando, creo que no estoy siendo sincero. Por un lado, me parte verla así, incluso me bloquea, quiero decir que sí a todo, pero…, por otro, yo también estoy cagado.

—¿Podrías llevarme a casa? —pide.

Y…, joder, me hago cargo de que está agotada, pero no puedo dejarla ir. No así. No ahora que no lleva ninguna máscara y que ha confesado que le gusta ser quien es conmigo.

Y yo…

Yo necesito tiempo para procesarlo, pero… tampoco quiero dejarla en ese estado de miseria. Se ha abierto en canal. ¿Cuántas veces en su vida lo habrá hecho? ¿Y aún a riesgo de perder?

Cierra los ojos y se recuesta en la silla.

—Si quieres, claro que te llevo a casa. —Me acerco—.

Pero… —Ella abre los ojos—. No sé qué hacer, Deva —confieso, aprieto los labios, me llevo el puño contra ellos—.

Hace tiempo que me he dado cuenta de que te quiero, no finjo contigo desde hace mucho más…

Ahora mismo, preferiría abrazarte y que te durmieras entre mis brazos en vez de llevarte a casa…

—Joder, no me guardo nada, me muestro en igualdad de condiciones—.

Pero tengo miedo. Quiero creerte, pero me da pánico.

—¿Me quieres? —Los ojos se le llenan de lágrimas.

Su pregunta me impacta, no porque yo no tenga clara la respuesta, es porque ahora ella lo sabe, sin medias tintas.

Trago saliva.

—¿Con el desastre emocional que soy? —vuelve a hablar.

Joder, quizá lo ha sido, pero yo he vivido con una Deva que no.

Aprieta los labios, pero no puede contener la fuerza del puchero de su boca ni el temblor de su barbilla.

Mi contención revienta y, llegados a este punto, no evito desbordarme.

Acorto el espacio entre los dos por impulso, me arrodillo en el suelo y llevo mis manos a su cara.

Me mata por dentro verla así de derrotada, tanto que sus lágrimas caen sin parar hasta aterrizar en mis dedos.

—Con todo lo que somos los dos —susurro y aguanto el inicio del derrumbe, porque estoy a milímetros de caer—. Así te quiero.

Toma aire y cuando cierra la boca le sale un quejido ahogado. Yo no puedo parar de hablar:

—Pero tengo miedo, Deva, tengo mucho miedo. Y no sé cómo hacer para dejar de tenerlo, porque no creo que aguantemos otro derrape.

Me mira y parece que estuviera infundiéndose calma. Asiente y se inclina, mientras cierra los ojos despacio, para acunarse con la palma de mi mano. Sentir su roce intencionado en mi piel me lleva a lo que hemos sido juntos.

—Entonces…, no me lleves a casa.

Abro la boca y todo el aire de la habitación entra en mí. Elige quedarse. No quiero precipitar nada, pero necesito tenerla cerca.

—Llegaremos a un acuerdo —susurra otra vez.

—Somos muy de acuerdos tú y yo. —Sonrío y ella también—. ¿Tienes sueño? —Tengo que ser práctico, y no puedo ignorar las señales que estoy viendo.

Bajamos las manos, pero, lejos de separarlas, ella las entrelaza con las mías a la vez que abre los ojos despacio.

—¿Sería demasiado frío decir que sí? —murmura con cautela y echa un vistazo hacia la cama deshecha.

—No si es verdad —respondo en el mismo tono.

Tiene las manos frías, me quedo mirando los movimientos de sus dedos, que acarician el dorso de las mías.

—No quiero mentir más —dice.

Levanto la cara.

—Ni yo —respondo.

—Quiero descansar, quiero seguir hablando de esto y quiero… quiero intentarlo contigo. Si tú quieres, si puedes dejar el miedo a un lado, yo también lo intentaré.

Sí, es justo lo mismo que quiero yo.

—Empezamos por lo primero. Descansa y… —No la suelto, porque temo perder el terreno ganado en esta conversación.

—Pero estás de boda.

«Esto es de locos».

—No hasta las siete de la tarde. —Me acerco a su cara. Me quedo un segundo de más antes de alejarme—. Esta vez vamos a decidirlo juntos, pero primero tienes que descansar.