98 SIN RED
El agua caliente me va despejando y a la vez aletargando.
Es así siempre después de una guardia de veinticuatro horas.
El tiempo que he pasado en el hospital desaparece de mi sistema y es un aviso a mi cuerpo de que pronto va a descansar; soy como el perro de Pávlov.
Pero no puedo dejarme llevar por esa sensación cómoda porque Guido está en la habitación, al otro lado de este baño.
Soltar todo y que no cicatrice en falso. Ese ha sido mi objetivo en cuanto he visto que Guido estaba delante y que marcharme de allí sin hablar no tenía lógica. La otra opción era irme, pero dar la impresión de que soy una psicótica tampoco era una buena opción.
«Creo que me he enamorado de ti».
Lo he dicho en voz alto por segunda vez.
Se lo he dicho a él y no se ha asustado.
Es más, él ha dicho que quiere estar conmigo…
Si no estuviera tan destrozada a tantos niveles, podría darle un poco de crédito a su respuesta, pero ahora dudo hasta de las razones para quedarme.
No obstante, algo he debido de hacer bien, porque el ruido blanco que me tenía en vilo estos días atrás se ha apagado.
No hay vibración… Hay paz.
Salgo del cubículo, que es enorme y lujoso, y echo un vistazo mientras enrollo una toalla alrededor de mi cuerpo. Froto el espejo empañado con la mano.
Ostras…
Estoy fatal. Fatal de verdad.
Las ojeras, los ojos rojos, los mofletes colorados del agua caliente… Y la sensación del cuerpo acorchado mezclando todo el cóctel.
—Bueno, Devita…, en peores quirófanos te has visto, ¿verdad? Aunque quizá en ninguno te has jugado tanto.
Una toalla para el pelo completa mi atuendo y salgo del baño.
Guido se levanta de la cama en cuanto abro la puerta. Sobre el colchón ha dejado ropa para mí y solo verla produce un inmenso calor en mi interior. Este chico siempre me cuida; lo he echado de menos.
—¿Estás mejor? —pregunta—. Te mueres de sueño.
Asiento.
—He pedido algo de comer, no sé si… —Señala la mesa y una bandeja con tostadas y un café humeante me llama de inmediato.
—No he comido nada desde las dos de la mañana.
—Es todo tuyo.
Se vuelve hacia una pequeña máquina de café y, mientras se hace uno, y el olor inunda toda la habitación, me pongo unos calzoncillos suyos, su pantalón de chándal y la sudadera. Sentada a la mesa, muerdo una tostada que me sabe tan buena que hasta el estómago suena con regocijo.
Guido se sienta a mi lado con el café.
—Lo de hablar puede esperar. —Se muerde el labio inferior y a la vez su amago de sonrisa tierna—. Ahora come, necesitas descansar también.
—No me he quejado.
Eleva los hombros, quizá él tampoco quiere hablar todavía.
—Me has mirado como un ciervo en mitad de la carretera, Dev. Sé que no es el momento. ¿Una guardia dura?
Entonces todo parece ser igual antes. Él y yo hablando de mi guardia, compartiendo un desayuno, así, tan doméstico.
—Empezó por todo lo alto, me vomitaron encima y ha sido imparable. Ni diez minutos he dormido. —Le doy un sorbo al café—. Miento, en el coche de Ile he caído como una piedra.
Se tapa los ojos con una mano y se ríe.
—¿Puedo preguntar cómo has decidido venir aquí?
Aparto la tostada de la boca, mastico rápido y me aclaro la voz.
—Jamás habría venido, Guido, te lo juro. —Niego de forma rotunda—. Si no estuviera tan agotada, estaría muerta de vergüenza.
—Bueno…, si estás aquí, ahora mismo, es porque te lo he pedido yo. —Sonríe hasta con los ojos y me emociono un poco.
Hace muchos días que no tengo esta sensación agradable. Creo que he estado con el estómago encogido todo este tiempo. Sigo comiendo la tostada para no delatarme, estoy muy cerca de derretirme y suplicarle algo. Aunque no tengo ni idea de qué.
—Mi hermana se ha pasado, podríamos haber hablado en otro momento. —Quiero disculparme, pero es que no ha sido culpa mía—. Pienso en lo que ha hecho y me dan ganas de… No hablarle más.
—Bueno, yo voy a tener que agradecérselo. —Trata de darle un tono desenfadado, así que voy a dejar de justificar mi presencia culpando a Ile, y me admito que, si no llega a ser por ella, no habría dado el paso. Quién sabe, quizá ni lo habría intentado, porque descansada soy una persona distinta.
—Igual yo también. —Tomo una respiración profunda y confieso—: Estoy más tranquila que estos días. —Me guardo que la razón es haberle dicho lo que siento, y su reacción, claro, porque podría haberme echado y no lo ha hecho, al revés.
Nos quedamos en silencio. Ahora que estoy limpia, cómoda y con el estómago lleno, mi prioridad no es meterme en la cama a dormir; no aquí, no con él delante.
—¿Te sientes bien porque me has dicho que estás enamorada de mí? —Me mira por encima de la taza de café justo antes de terminárselo.
El calor me sube repentino a las mejillas, cojo mi taza y me oculto, igual que está haciendo él.
Ahora no pienso recular, y toda la paz que he sentido después de decir la verdad se altera porque en algún momento él tendrá que ser claro.
Ha dicho que quiere estar conmigo, pero también ha hablado de buscar una solución.
Cierro los ojos y tomo aire. Tengo que ser clara, llegados a este punto no caben ni mentiras ni improvisaciones para retirarme.
—¿Dev?
Abro los ojos.
Tomo aire.
—Sí, he dejado de mentirme —susurro.
Doy un sorbo al café, que me calienta según lo trago.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—No sé, pero creo que… dejé de mentirme desde la fiesta, negármelo era…
Cierra los ojos, le duele recordarlo.
—¿En el baño…? —Se pasa la mano por la boca y me da la sensación de que quiere bloquearlo.
—Lo del baño… fue… —Quiero explicarme, pero tengo el cerebro inundado de arena.
—Dijiste que no querías seguir con lo nuestro —me corta con un tono afilado.
Deja la taza vacía en la mesa.
—Porque no quería; quería algo… —¿Qué quería? A él, lo quería a él, pero tampoco sabía cómo pedirlo.
—Insististe en que tenías claro que no querías pareja. —Se levanta de la silla y me da la espalda—. No… no me encaja, ¿sabes? —Niega despacio con la cabeza y se vuelve; ahora mismo está demasiado serio—. Y quiero entenderte, lo necesito.
—Yo solo sé que quiero ser contigo como fuimos… —susurro, insegura—, pero sin ser un…
Busca algo en mis ojos y no tengo ni idea de qué ofrecerle ahora mismo, no sé si puedo ser concreta y me está matando.
—Tengo que ser sincero, ¿vale? —Se sienta a los pies de la cama.
—Sí, creo que mentir no es una buena opción —coincido.
Se apoya con los brazos en las rodillas.
—No sé… —Niega con la cabeza—. Me cuesta un poco creerte, Deva —murmura y niega—. Y tengo miedo de que solo quieras probar.
Uno mis manos frente a mí, las llevo a mi boca y afirmo con la cabeza. Puedo entenderlo. Parpadeo deprisa, estoy a punto de llorar y no quiero.
—Es normal que no me creas —hablo—. No me creía ni yo.
He necesitado algo de ayuda externa para hacerlo.
—Fijo mis ojos en los suyos, que casi ni parpadean—.
Soy una torpe con las emociones. Por eso me gustó lo que planteaste con el…
simulacro. —Subo las cejas—. Me diste lo que necesitaba, una red para poder caer.
—En realidad yo nunca puse esa red —declara.
La certeza me golpea el pecho y yo la sostengo a la vez que aguanto la respiración. Él se dio de verdad, y… en el fondo…
—La mía desapareció y no me di ni cuenta. Por eso me dio tanto miedo.