Bésame por logística 97 LAS MOREL SON UNAS LIANTAS
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97 LAS MOREL SON UNAS LIANTAS

—¿Deva?

Se ha doblado sobre sí misma y no se levanta.

¿Qué hacen aquí?

Me siento derrapar sobre hielo negro.

—¿Estás bien? —Golpeo la ventanilla otra vez porque nadie me abre y ella no reacciona.

«Joder…, ¿qué está pasando?».

Ileana se ha tapado la cara también. Entonces Martina sale del coche.

—Las Morel me superan, y encima soy cómplice —dice mientras lo rodea y se para al lado de la puerta del copiloto.

Exijo información con mis ojos. Me paso el antebrazo por la frente; estoy sudando, venimos de jugar al pádel. Lo noto en todo mi cuerpo, es la tensión que está empezando a agarrotarme; si no me contestan, voy a perder el control.

Deva sigue sin reaccionar.

—¿Deva está bien? —Mi mano va a la manilla del coche, pero antes de abrir, antes de invadir, me freno.

—Depende de a lo que te refieras, Guido. —Martina abre mucho los ojos—. No está enferma.

Parpadeo incrédulo.

—Pero ¿qué hace aquí?

Martina resopla, entonces Deva levanta la cabeza y, sin mirarme, abre la puerta. Me aparto para dejarla salir; hace demasiado calor para el abrigo que lleva puesto, además, el sol pega de pleno.

Sin embargo, por mucho que me haya dicho Martina, ella parece enferma.

—Deva, joder, ¿estás bien?

—Perdón… Perdón —susurra cuando me mira—. No es el momento —dice mucho más bajo, toma aire por la nariz con fuerza y se frota la frente.

Entonces mira a Ileana, que sale del coche después de ella.

—¿El momento para qué? —Frunzo el ceño y miro a Nil, a ver si él me dice algo, pero su cara de alucinado puede hacer juego con la mía.

—Para que te diga la verdad. —Ileana habla y Deva la fulmina con la mirada.

—Ile, cariño, ya hemos hecho suficiente —dice Martina y se pone a su lado.

—¿Qué verdad? —pregunto a Deva.

—Mira… —Niega, parpadea varias veces y observa a su alrededor sin fijarse en mí. Parece estar teniendo una alucinación—. Es mejor que hablemos otro día. Estáis de boda. —Se dirige a Nil—. Mi hermana ha tomado decisiones que…

—¿Otro día? —No entiendo nada.

—Ahora no, estoy… Estoy hecha polvo.

Joder…, esto es…

—Dímelo ya —exijo, porque no soy capaz de entender qué está pasando, y si hay algo fuerte que tenga que saber…

—Es que esto es absurdo —insiste y a mí me quedan segundos para que la rabia tome el timón, lo noto.

—Da igual —le digo—. No quiero esperar. —Si me dice que está embarazada…

—Está bien, es solo un minuto.

—¿Desde cuándo se tarda un minuto en arreglar una situación así? —Ileana vuelve a intervenir.

—Estás a esto —Deva marca un espacio nulo entre el índice y el pulgar— de dejar de ser mi hermana —le dice entre dientes.

Sin darme cuenta, cojo sus manos temblorosas y le doy un pequeño tirón. Necesito tocarla. Lo sé en cuanto me mira fijamente y todo lo que la he echado de menos se reconcentra de nuevo en mi pecho.

—Deva —susurro y suplico.

—Guido —me devuelve en el mismo tono, y creamos una especie de burbuja. Somos solo nosotros, ella vuelve a reconectar conmigo y nos aislamos de nuestro alrededor.

—Dime qué está pasando. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Estás bien? —Si me tengo que fiar de lo que estoy viendo, no lo está.

—Yo… —Se muerde los labios por dentro—. Creo que me he enamorado de ti… —Traga saliva y sus ojos se llenan de lágrimas al instante.

¿Qué?

¿Acaba de decirme…?

Frunzo el ceño y ladeo la cabeza.

Esto es de locos, joder.

La miro con intensidad buscando confirmación en el eco que haya podido quedar. Su ausencia de estos días atrás y cada uno de sus rechazos me caen encima de golpe, y tengo que hacer un esfuerzo por salir de la incredulidad.

Necesito que lo repita.

—Pero… —Le tiembla la voz.

Niego, mi mano la sujeta por la barbilla y alza los ojos hacia mí.

—¿Pero…? —murmuro, no entiendo el «pero». No puede haberlo después de lo que me ha dicho.

—Mejor lo hablamos otro día —susurra—. Estás de boda… —Niega y cierra los ojos—. Ya está, es lo único que faltaba por decir. Y que… quizá sí que podamos ser amigos… Pero otro día…

Suelto el aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo. Mis cejas se arquean todo lo que pueden.

—No… —susurro y niego con la cabeza.

Quiere huir.

Y entre la incredulidad y su forma de cerrarse otra vez a hablar, casi me da la risa.

—¿Para que puedas coger apuntes? —Estoy recurriendo a la broma y no sé por qué, quizá porque la miseria que he ido almacenando acaba de volatilizarse.

Solo quiero que lo repita.

Y cuando miro alrededor y veo a todos expectantes, también quiero que se vayan y nos dejen solos.

Y abrazarla… Me vuelve loco no abrazarla. Pero solo aprieto sus manos.

No puedo permitir que se arrepienta.

Pone los ojos en blanco y los cierra.

—Apuntes no. —Fija sus ojos en los míos—. Pero igual tengo que explicarte más cosas y…, bueno, tú… —Aprieta los labios—. Tú tendrás que pensar, porque esto no es…

A la mierda.

La abrazo, aunque esté sudado; ella se queda tiesa y no reacciona. Pero en menos de dos segundos apoya su cara en mi hombro y yo le paso la mano por la espalda. Noto cómo me agarra la camiseta y entonces por sorbe la nariz y se separa.

—Ostras…, esto es un desastre —murmura.

Escucho unas risitas a mi alrededor y yo tengo que reprimir la mía.

Joder.

Deva acaba de decirme que está enamorada de mí.

—Bueno, pues yo creo que esto ya estaría. —Ileana habla en voz muy alta.

Tengo que negar varias veces y aguantarme la risa, lo de esta familia es muy fuerte. Dev levanta la cabeza y me mira como si se acabara de dar cuenta de que se ha dejado caer en mí. Niega.

—Ya estaría, Ile… Ya podemos irnos a casa —dice y parece devastada.

El silencio solo se rompe por el sonido que hace el agua de la fuente que hay en el centro de la pequeña rotonda que conforma la entrada a la hacienda.

—¿Quieres irte a casa? —le pregunto, porque yo no quiero que se vaya.

—Quiero descansar, Guido. —Me sonríe un poquito—. Esto… Ya está —repite.

—Vienes del hospital, has tenido guardia. —El pijama la delata, aunque es la primera vez que la veo fuera del hospital vestida así.

Asiente.

Entiendo que necesita descansar, que solo con su declaración no todo se soluciona, pero…

—Te propongo… —Me acerco más a ella, reprimo el impulso de besarla, porque necesito hablar con ella de verdad—. ¿Qué te parece si subes a mi habitación, te das una ducha o un baño, duermes un poco y luego hablamos? La boda no es hasta las siete.

Veo la duda en sus ojos, la reticencia a dejarse cuidar; pero necesito que se quede y que sea ella quien lo decida.

Que elija quedarse conmigo.

Toma una respiración profunda.

—¿Por qué? —susurra.

—Porque si tú quieres estar conmigo tanto como yo quiero estar contigo…

es lo que tiene sentido, ¿no? —murmuro buscando intimidad y entonces veo, por el rabillo del ojo, que los tres testigos de esta situación se alejan un poco—.

¿Puedes esperar unos días para hablar de una solución para lo nuestro?

O… ¿prefieres que lo hagamos hoy? —Lo sugiero a la vez que deseo que elija la segunda opción, no en vano le he dicho ‹‹días›› en plural; aunque si se va, mañana mismo la voy a ir a buscar a su casa.

—¿Tú quieres estar conmigo? —pregunta, con una inocencia que me desarma.

Subo las cejas y asiento.

—¿Aunque no sepa cómo hacerlo? —susurra. Parpadea y se muerde los labios apretados.

Se refiere a estar en pareja. Y es verdad que tenemos que hablar, pero sus dudas y la vulnerabilidad que está dejando al descubierto me grita que necesita saber que no lleva razón.

—Claro que sabes. ¿Te quedas y hablamos?