96 ESTOY ENAMORADA
Alzo la vista hacia el reloj analógico de la pared de mi sala habitual de consulta.
Estoy oficialmente fuera de la guardia. Abandono el consultorio y me despido del personal con el que me cruzo.
Me desean un buen descanso, pero no tengo tan claro que pueda disfrutar de mi tiempo libre.
Esta semana he doblado camisetas que no sabía ni que tenía, desgraciadamente, no me han salido branquias para poder vivir en la piscina; es donde mejor me encuentro estos días.
Salgo de los vestuarios con la bolsa al hombro y con mi abrigo sobre el pijama de repuesto.
Mi entrada por urgencias a la guardia me obsequió con una vomitona sobre mi ropa de calle, que voy a tener que tirar porque no me veo capaz de abrir la bolsa en la que se encuentra.
Echo un vistazo a mi abrigo y veo manchas de esos mismos restos.
Pongo los ojos en blanco y el dolor de cabeza, que he tratado de paliar con un paracetamol hace dos horas, me recuerda que no me ha abandonado del todo.
Tengo una resaca épica, y eso que no he bebido, pero me palpita por todo el cuerpo.
Para rematar, hoy no tengo el coche; con un poco de suerte, no me quedaré dormida en la parada antes de que aparezca el tranvía.
Hoy, más que nunca, necesitaba mi chándal abrazo, y ese también lo olvidé en casa; mi cabeza no está muy lúcida últimamente.
Menos mal que en el trabajo me enfoco y rindo, porque en el día a día soy un desastre.
Ojeo el móvil mientras el ascensor desciende, doy los buenos días a los pasajeros que se suman en cada planta y, con el mismo hastío, bloqueo el teléfono. Mi madre me escribe cada mañana, en casa le contestaré.
No quiero hablar.
No quiero parar.
Y, sobre todo, no quiero escucharme.
Quiero llegar a casa y dormir todo el día, aunque tengo pánico a no poder hacerlo; veinticuatro horas para mí sola me parecen demasiado.
Precisamente hoy.
Hoy que estaría de boda.
Hoy que sería el final de la farsa.
De todas las farsas.
Resoplo a la vez que las puertas de los ascensores se abren en la planta baja. Doy un paso fuera y juro que escucho la voz de mi hermana. Freno en seco y cuento en Mississippi hasta cinco mientras se alejan ella y Martina, porque son ellas. Así que al final me acerco, me parece ruin no hacerlo.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunto y se vuelven.
—¡Deva! —A Ileana se le ilumina el rostro.
—¿Y tú? —Martina me echa un vistazo y no tengo ni fuerza para encogerme y ocultar un poco mi estado.
—Saliente de guardia. ¿Está todo bien? —La preocupación toma el rumbo de mi pensamiento.
Caminamos hacia la salida.
—Sí, claro, me han cambiado una visita con la endocrina. Todo bien —aclara Ile.
—¿En sábado? —Frunzo el ceño; no sé si me están ocultando algo.
—En sááábado —dice Ileana en tono cansado—. Que nosotras no somos de inventar.
—Qué golpe más bajo. —No puedo ocultar el dolor que me causa su acusación velada.
—Perdona. —Se muerde el labio inferior y me coge la mano—. Estás hecha mierda, Devita.
—Gracias —respondo con cinismo—. Es mi estado natural últimamente. —Cierro los ojos y me ordeno moderar el sarcasmo.
—Pensábamos que estos días habrías hecho algo…
—¿Algo? —Frunzo el ceño—. He hecho muchas cosas. —No me apetece hablar de lo que sé que va a sacar a relucir, porque hoy no estoy nada fina.
—Entiendo que hablar con Guido no.
—No tenemos nada de qué hablar. —Las miro a las dos y hago una respiración profunda.
—Ya…
—Suave, Ile —susurra Martina.
Atravesamos las puertas; no hace tanto frío como esperaba, pero no me sobra el abrigo.
—Es que… No lo entiendo… —sigue mi hermana.
—¿El qué? —salto; yo sí que no entiendo nada.
—¿Qué traumas tienes para rechazar una relación tan de plano? —No sé si es una pregunta o un bofetón—. ¿Alguna pareja de mierda en la universidad?
—¿Qué? —No consigo relacionar lo que está diciendo, pero duele.
—De verdad que estoy entre preocupada e intrigada —continúa Ile—. Todos lo estamos.
—¿Habéis creado un grupo paralelo para ponerme a parir? —Se me ocurre.
—Para preocuparnos —aclara.
«Vaya».
—Oh, qué bien, así que el silencio en el grupo oficial no es más que vuestro chismorreo en el otro.
Me zumba la cabeza del sueño que tengo y aun así no puedo parar de hablar.
—Es que no vemos razones.
—Es que no tiene que haberlas para no querer una relación, ni tampoco un origen traumático.
Porque mirad de qué ha servido tenerla. —Ellas se han parado y yo también, por inercia.
Estamos en el aparcamiento, al lado del coche de Martina—.
Me he… —Tapo mi boca y aprieto los dientes—.
Me he enamorado como una imbécil —susurro y miro alrededor.
Ileana sube las cejas, pero no de sorpresa, y eso me irrita todavía más, y mi espita se abre.
—He dado tanto de mí… —inspiro por la boca y controlo las ganas de gritar— que ahora ese espacio que ocupó él me queda grande y duele —digo indignada.
Mi diafragma se distiende y el dolor que acumulaba sale en forma de sollozo.
Pongo la mano donde terminan las costillas—.
No solo se ha ido él, se me ha llevado, Ile…
¿Estoy llorando?
Ostras… Duele tanto decirlo en alto…
—Deva —susurra mi hermana.
—Se ha terminado —jadeo y me limpio la nariz con la manga del abrigo, que voy a tener que tirar a la basura—. Él se va. Yo me quedo aquí y ya está.
—Pero… —Ileana me mira asustada, se acerca y pone su mano en mi brazo—. ¿Él sabe que estás enamorada?
—¿Para qué?
—No sé, Deva. Lo que he conocido de Guido no me cuadra con que haya cortado todo porque no necesita que finjas ser su novia.
Lo que dice permea en mi mente dolorida de una forma extraña, y entonces no sé qué contestar.
—¿Tan ruin es? —Ile parece hasta ofendida.
Niego sin darme cuenta.
—Ni siquiera sois amigos y habéis estado tres meses prácticamente conviviendo —añade Martina.
—Habéis estado saliendo, aunque tú lo hayas llamado de otra forma retorcida y absurda. —Ileana está guerrera, y no sé si tengo energía para combatir.
—Ha querido… él… —contesto, pero no sé ni cómo seguir.
—Él dijo no necesitarte para fingir en la boda, pero… ¿cortó la relación?
No he sido sincera con ellas, y la mirada con la que mi hermana ha acompañado la pregunta merece que no me lo guarde.
—Fui yo la que rompí la… Todo. Antes de la fiesta…
—¿Qué? —No sé quién de las dos lo pregunta.
—Le dije que no quería seguir, luego fue la fiesta, tuvimos sexo en el baño y después él me dijo que no me necesitaba —resumo.
—¿Y le dijiste que estás enamorada? —Martina lo pregunta en voz baja, con todo el tacto que mi hermana parece no tener.
—¡Qué va! —niega mi hermana, airada—. ¿A que no, Devita?
—Me dijo que no me necesitaba —insisto.
—Porque como novia falsa no te necesita, pero igual, si tú se lo cuentas… ¿Tú crees que, aunque él no sienta lo mismo, te dejaría de esta manera? Si fuera al revés, ¿tú dejarías de hablarle?
Tomo aire y lo suelto despacio.
—Ya veré —digo sin pensar, solo quiero irme a casa. Resoplo.
—¿Ya veré? Esto no responde nada, eso es un «de dónde vienes, manzanas traigo».
Estoy tan cansada que ni siquiera le contesto a su impertinencia.
—Deberíais hablar —dice Martina con tranquilidad mientras amonesta a Ile con la mirada—. Puede decirte cómo se siente él también, y quizá podáis ser amigos.
—Sí, porque no cuadra mucho que hayáis pasado de quereros, porque os queréis, en una semana el amor no se esfuma…, a joderos así.
Ignoro a mi hermana y su exaltación del amor sin sentido y me centro en que ese «ser amigos» se me queda corto. Quizá sea eso lo que no me deja hablar con él… Esa posibilidad no sé si me gusta.
—Es demasiado radical todo esto —interviene Martina.
—Demasiado —confirma Ile—. Papá no se lo cree.
La respuesta de mi hermana me hace volver a la discusión que me está sacando de quicio.
—Claro…, que esto ya lo habéis debatido a mis espaldas. —Pongo los ojos en blanco—. Seguro que hasta nos has comparado los horóscopos para que te dé pistas.
—Bueno… —Su cara contesta a mi teoría, pero con un gesto la deshecha—. ¿Por qué no vas ya? Habla con él, quedad y solucionad esto. Si es que no te pega nada no resolver, hermana. —Hace pitos con los dedos, alertándome, apresurándome a hacer algo.
—No. Ahora no. —Espero que mi seriedad la haga desistir.
—Sí.
—No, hoy no —repito—. Está en la boda.
—¿Es hoy?
—Sí.
—Oh, es en aquella finca donde se casaron Jorge y Paula. ¿Te acuerdas, Marti?
Dejo de escucharlas mientras pienso que es posible porque que haya pasado la noche allí.
La idea inicial era ir los dos esta mañana o después de comer, con la intención de que yo descansara después de la guardia.
Pero todo ha cambiado mucho desde que hablamos de ello.
Es increíble que sin haber vivido este día esté echándolo de menos.
Me gustaría estar allí con él, con ellos…
Ostras, estoy fatal.
Quiero irme a dormir, necesito que termine este día y me agoto solo de pensar en volver en transporte público.
—¿Me podéis llevar a casa? Ayer vine andando. —Y ahora me arrepiento.
Ambas me miran extrañadas.
—Claro —dice Martina y desbloquea las puertas.
—¿Cuánto tardas de casa hasta aquí? —pregunta Ileana.
Les contesto mientras me abrocho el cinturón.
Parece que se ha cansado de discutir conmigo, y a mí me parece bien, aunque me han dejado con el cerebro hecho papilla y llena de dudas sobre lo que Guido puede que diera y yo no supe ver.
Me recuesto, tomo aire y las escucho hablar ya demasiado lejos; se me cierran los ojos.
Pienso en Guido un segundo y frunzo el ceño.
No quiero que sea mi último pensamiento.
Pero lo es.
Como cada noche.
Me desperezo con la sensación de haber dormido demasiado, tanto que no me ubico cuando soy consciente de que estoy en la parte de atrás del coche de Ileana.
—Si tengo que esperar a que una capri en este estado y un sagi sin toda la información se decidan, tu hija va a hacerme abuela —escucho a mi hermana.
El coche está parado.
—Pero es ella quien tiene que decidir, Ile.
—No te hagas la inocente, has conducido tú hasta aquí.
—¿En serio? ¡Si me has chantajeado!
—¡Shh! La vas a despertar —susurra mi hermana y abro los ojos.
—Si sigue dormida tampoco va a salir del coche.
—Pero no la asustes…
—¿Por qué discutís? —Me froto los ojos a la espera de una respuesta que no llega.
Miro por la ventanilla una segunda vez; no estoy viendo la puerta de mi casa.
—Pero… ¿dónde estamos?
—Devita… —Ile se vuelve para mirarme, yo me quedo paralizada porque estoy leyendo el nombre de la hacienda—. Guido está aquí, ¿no?
—¿Qué?
—Tienes la opción de quedarte y hablar o irnos y no hablar. —Su tono es dulce, pero a mí me llega amargo y rastrero y…
—Pero… ¡Ile!
—¿De nada? —¿Quiere parecer inocente?
Se me abre la boca.
—Que conste que yo no estoy de acuerdo con esto —dice Martina—. Te pido perdón, pero no puedo negarle nada.
—Shhh… —Mi hermana le manda callar—. ¿Qué eliges?
—No me lo puedo creer. —Pongo los ojos en blanco—. ¿Te piensas que esto es Matrix?
—Pues… —Asiente y sonríe—. Un poco sí: ¿píldora roja o píldora azul?
—Estás zumbada, Ile… —susurro, a la vez que unos nervios me recorren entera, porque hay un pálpito que me impera a terminar con esto—. No es el momento —digo—. No lo es; y no puedes tomar estas decisiones por mí.
—No estoy decidiendo por ti. ¿O acaso te he dejado aquí y me he largado?
—Lo ha contemplado —añade Martina.
—Ostras, Ile. —Me tapo la cara.
Hay algo dentro de mí que me dice que podría terminar con esto, aunque la situación no sea apropiada.
Me quedo con lo último.
No es el momento.
Ile no ha hecho lo correcto.
Un golpe en la ventanilla nos sobresalta a todas; Ileana incluso da un grito.
Ostras…
Dejo caer mi frente contra mis rodillas, no quiero volver a mirar,
No me puedo creer que Guido esté al otro lado del cristal.