95 IRA Y AUTOCOMPASIÓN
No pensaba que tendría que volver tan pronto al piloto automático de hace meses. Pero aquí estoy, en modo robot, en una reunión en la que la pantalla del proyector parpadea, y a mí esto me da mal rollo. Quizá mis vibraciones negativas están interfiriendo, podría ser.
Los proveedores del papel Kraft y de las bobinas están sentados en la mesa, Nil hace un gesto y empezamos con los precios, cuando lo solventamos, seguimos con una incidencia en el retraso de palés.
—Esto os lo he pedido por activa y por pasiva —digo—.
Si el transportista no cuida el material, cambiáis de transportista.
No voy a volver a explicar lo que supone para nosotros que entre un lote inestable en una línea automática.
—Por la mirada de ceño fruncido que me lanza Nil, creo que estoy siendo demasiado rudo.
—Tranquilo —vocaliza.
Respiro despacio y, con solo una mirada y un asentimiento por su parte, dejo parte del peso de la reunión sobre sus hombros.
Toma el relevo sin problema con esa calma que yo parezco haber olvidado.
Y como me siento incapaz de mirar a los ojos a nadie —agoté mi saber estar en la fiesta del sábado por la tarde con los operarios—, en cuanto Nil da carpetazo a la orden del día, me levanto y, tras una despedida seca, abandono la sala para después encerrarme en mi despacho.
No me soporto, no entiendo cómo es posible que vuelva a estar así.
Estoy cabreado, fui un gilipollas con Deva. ¿Qué esperaba?
Cada vez que me acuerdo de cómo me repitió en el baño que ella no quería seguir con lo nuestro… Qué estúpido, joder, para ella tener sexo conmigo nunca fue un problema, pero lo de tener una relación…
Joder…
Con los codos en la mesa, me froto la cara con fuerza.
Y luego está su forma de sacarme del todo de su vida. Te saco del grupo, yo lo arreglo, que te vaya bonito, lo que vivimos no existió.
Me siento fatal por haber mentido a su familia, por no poder disculparme yo con ellos…
Pero qué imbécil soy.
Estoy siendo cero productivo, vaya lunes más lunes. El móvil se ilumina y, como cada jodida vez, mi pecho se expande.
Es triste.
Es jodido.
No es ella.
En el grupo de amigos quedan para jugar un partido de pádel esta tarde, y no lo dudo ni un segundo: me apunto.
Estar en casa solo no me ayuda. El día de ayer fue un martirio absoluto; intenté desfogarme y subí a nadar a la piscina del edificio, pero un calambre en el gemelo me tuvo en jaque durante quince minutos, por bestia.
¿Hay algo peor a que te boicotee tu propio cuerpo cuando quieres desconectar con ejercicio físico?
Si las semanas antes de la fiesta fueron una mierda, esta preveo que va a ser el infierno.
Entro en la pista y ya están los tres. José y Fran van juntos y yo tengo a mi hermano de pareja.
—No me destrocéis, que me caso en cinco días.
Escucho a Nil y no me pasa desapercibida la mirada que me lanzan Fran y José.
—Tengo asumido el tema de la boda —les contesto, y quizá el tono no corresponde a lo que digo, pero sonrío a mi hermano y me devuelve el gesto.
Hemos liquidado la distancia. Quiero pensar que no solo han sido las circunstancias con Deva, quiero creer que la realidad de quienes son juntos él y Nora ha tenido un papel fundamental. Para mí ya son una pareja ajena a lo que fuimos Nora y yo.
Y si no, me da igual, porque por lo menos hay algo positivo entre todo mi malestar.
—Al fondo, Guido —dice mi hermano.
Pillo la pelota y aprieto la mandíbula, tengo ganas de reventar y… Saco como un cañón; la bola golpea el suelo, rebota contra el cristal y José está lejos de poder intentar algo.
—Cero quince —digo en alto sin celebrar.
Veo a Fran levantar la ceja y preparase.
Tenemos un intercambio rápido y Fran sube a la red, Nil mete una volea decente, pero floja para mi gusto o para la energía que tengo dentro.
Ni lo dudo, llego desde atrás, parezco un jodido relámpago, me cruzo y reviento la bola con un palazo que suena a trueno.
Jodida tormenta que me está destrozando por dentro.
Nil me mira sorprendido.
—Tío… —murmura con el ceño fruncido—, iba yo.
—Ya, bueno… Perdona. —No es una disculpa por quitársela, es por lo que viene, porque no soy capaz de aflojar.
No sé qué estoy haciendo, solo sé que no puedo pararlo.
—Hoy tenemos a Guido revientapelotas —dice Fran con guasa; entiendo que para quitarle peso al jodido hierro con el que estoy marcando.
Aprieto la mandíbula.
Devuelvo un globo con tanta fuerza que golpeo el cristal de fondo y tiembla la estructura entera.
—Eso ha sido innecesario. —A José se le escapa una risa de incomprensión.
—Siguiente —pido seco, necesito acción ya.
Los puntos se suceden con mis intervenciones rudas y Nil alcanza su límite.
—¿Quieres que me vaya de la pista?
—Si no llegas, llego yo —respondo.
Y ya está, esta vez no ha sido mi cuerpo boicoteándome. Gracias a mi humor de mierda ni siquiera terminamos el partido porque Nil lo para y el resto lo agradece. Salgo de las pistas con una despedida airada, estoy pagando mi enfado con quien no tiene nada que ver, pero…, joder, no puedo más.
Cuando en el aparcamiento estoy a punto de arrancar el coche, Nil toca la ventana del copiloto. Desbloqueo la puerta y entra.
—¿No habías venido con Fran?
—Sí, y parece ser que me voy contigo —dice abrochándose el cinturón—. Cosas de ser hermanos.
Arranco y no digo nada.
—Pero no he venido para que estés callado ni para que me vengas con el cuento de que estás cansado. —Resopla—. Tío, ha sido demencial.
Aprieto la mandíbula a la vez que el volante con las manos.
—¿Tiene que ver con Deva? ¿Con lo que me contaste la noche de la fiesta sobre que fingisteis ser pareja?
Asiento despacio, no sé cómo parar la rabia, pero que él lo mencione abre una espita.
Después de echar aquel polvo rápido en el baño con Deva, fui a hablar con mi padre y el concejal de Medio Ambiente, y luego me quedé a solas con Nil.
Se aguantó las ganas de reír hasta que no pudo más, me había visto llevarme a Deva de la pista de baile y había sumado dos más dos, pero no se correspondía con mi cara de ese momento.
—Para haber estado follando en el baño no traes muy buena cara —dijo.
Le conté que éramos una mentira para poder afrontar lo suyo con Nora.
—No sé si a lo del baño se le puede llamar fingir. ¿También os mentís entre vosotros? —preguntó poniendo en tela de juicio mi confesión.
—No tengo ni idea…
Y no hablamos más, pero me sirvió para romper del todo el pacto con Deva, porque tenerla delante y saber que no estábamos, en absoluto, en el mismo punto me estaba enfermando. Ahora en el coche, doy rienda suelta mi malestar.
—He sido tan imbécil, Nil. —Me autocompadezco, que es mi estado natural estas últimas horas—. Soy el tío más gilipollas sobre la faz de la tierra.
Golpeo el volante en un semáforo e inspiro aire con fuerza.
—¿Cenamos en tu casa y me cuentas? No me apetece que conduzcas…. así. —Me señala y no me queda más remedio que claudicar.
Tomo una ducha rápida en el baño de mi cuarto y Nil hace lo mismo en el de la planta baja. Cuando salimos, llegan las pizzas y, en vez de en la mesa de la cocina, decidimos cenar en la pequeña del salón.
Me deja hablar y le cuento todo, incidiendo en la gilipollez del simulacro.
—Tú ya estabas pillado.
—Claro, ¿cuándo he sido capaz de implicarme con una tía sin estarlo? —le digo y veo el gesto que hace—. No es un ataque, ¿vale?
—Ya…
—Estamos bien, Nil, entiendo perfectamente que te hayas enamorado de Nora y que ella lo esté de ti.
—Vale… —Asiente varias veces—. Puedo relajarme —suspira.
—Puedes; fuiste el elegido y… —va a decir algo y lo freno—, no creo que haya otro tío mejor para Nora, Nil —le digo con sinceridad absoluta.
Su cara cambia y el agradecimiento termina de subrayar su gesto; cierra los ojos con un alivio que consigue lo mismo conmigo en este plano.
—¿Sabes? —reanudo mi tema bucle—. Voy a parecer un imbécil que pide aprobación, o que está demasiado metido en la autocompasión, pero estoy un poco hasta las pelotas de que no me elija nadie.
—No digas eso, hermano, joder…
—Es así. Hago lo que me toca porque toca y sentía que no pertenecía a ningún sitio, pero con ella… —Froto mis ojos—. Da igual, a la hora de hacer elecciones reales… Ni me elijo ni me eligen… —Tomo aire, cierro los ojos y niego.
Estoy asqueado, es como si llevara tiempo a la deriva.
—Pues en la fiesta…
—En la fiesta ella cumplió con el pacto —corto.
—No parecía un pacto. El baile, el beso… Os fuisteis al baño… Tendríais que haberos visto. Eso no se finge.
Eso pensaba yo…
Estoy agotado.
—Me aproveché del momento —confieso.
Niega e invierte la sonrisa en desacuerdo.
—No lo veo así.
Ni yo tampoco, pero tengo que convencerme de que sí.
—Después de… —chasco la lengua—. Después del sexo, repitió que no quería seguir con lo nuestro.
Por si acaso no me había quedado claro. —Froto mi barba con saña—.
Y yo no quiero simulacros, joder. Pero tampoco solo sexo con ella.
—Aprieto los dientes porque no me quito de la mente su forma de mirarme, de tocarme, de besarme… —. Y Deva no quiere una relación.
—Me cuesta creérmelo, la verdad. —Nil piensa en voz alta.
No dejo de preguntarme si ella se habrá dado cuenta de lo que hemos sido. No lo creo… Joder. Si lo hubiese hecho…
—Toca afrontar y superar. —Corto el pensamiento y determino antes de que la esperanza vacía se me lleve por delante.
Miro las pizzas, pienso que se van a quedar frías, pero tampoco tengo mucha hambre.
—Entiendo que no vas a hacer nada.
—¿Más? —Niego rotundamente—. Es como darme contra la pared, con la misma fuerza que he lanzado las bolas hoy.
Hay un resquicio absurdo que se abre, una posibilidad, pero solo Deva tiene la llave, tan solo ella.
—Qué puto kamikaze, Guidet, cómo se te ha ido a olla.
Llevo una porción de pizza a mi boca. Mastico con desgana, con cierta rabia, porque sé que Deva no va a dar el paso.
Y eso significa que no hay opciones entre nosotros.