Bésame por logística 94 LA VERDAD DENTRO DE LA MENTIRA
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94 LA VERDAD DENTRO DE LA MENTIRA

Martina y mi hermana están sentadas en el sofá de tres plazas.

Ileana no deja de mirarme sin entender por qué estoy tan callada después de un abrazo largo, tan necesitado como inusual por mi parte.

No lo entienden; si solo fuera lo de la foto en el grupo yo no estaría en este estado medio catatónico luchando contra las ganas de estallar y contar que mis sentimientos hacia Guido me han dejado hecha una mierda.

—No es tan grave, Deva, y me estás asustando —dice Ile en un susurro.

—Sí, creo que con que les digas que no queríais que supiéramos la posición de Guido, que es una empresa muy potente y que a él le gusta mantener su anonimato… —Que Martina se esté inventando algo con tan poca credibilidad es indicativo de su confusión.

—Sí, Deva. O diles que lo has descubierto hace poco…

—Voy a contarles la verdad —les digo.

—A mí me parece la mejor opción. —Martina respira aliviada.

Ileana asiente y casi sonríe.

—Lo es. Y después de todas tus mentirijillas con los novios, esta no es tan grave, de verdad. —Su mano soba mi rodilla por encima de la tela del pijama—. Además, vosotros ya no sois un teatro.

—No —confirma Martina—. Dejasteis de serlo antes de lo que pensáis, pero esto ya lo hablaremos en otra reunión familiar, para poder reírnos todos —remata.

El escenario ficticio de esa situación se me atasca en la garganta y hago un esfuerzo enorme por tragarlo, junto con lo triste que me pone no vivirlo.

Se acabaron las mentiras.

Estoy hecha polvo.

—Y se terminó el teatro en todos los sitios, aquí con nosotros, con la familia de Guido…

Y podréis disfrutar de la boda de su hermano sin el peso de ninguna mentira.

Porque tiene que ser agotador. —Mi hermana pone los ojos en blanco—.

Ahora vamos a contarlo a la familia. A Roque se le va a pasar en cuanto su cuñado le deje dar un paseo con el cochazo ese que tiene.

—No voy a ir a la boda. —Corto la ilusión de mi hermana de golpe, y también la mía, porque lo que está relatando suena demasiado bien—. El hermano de Guido sabe que lo nuestro fue una farsa. Y ya no le hago falta.

—Pero… ¿qué dices? —Ileana arruga la nariz, se echa hacia delante y se coloca frente a mí—. ¿Y eso qué tiene que ver?

Me recuesto en el sofá y niego.

—No estamos juntos. No sé si lo hemos estado alguna vez. —Susurro la última parte y me siento muy idiota.

—Venga ya… —Mi hermana golpea el brazo del sofá.

Martina no deja de mirarme.

—La verdad es que no me cuadraba nada el drama que tienes encima con lo de la foto del grupo —murmura mi cuñada—. Esperaba una respuesta de las tuyas y fin.

—¿Solo? —Ileana la mira—. Yo esperaba una hecatombe.

—Ya, cariño… —Martina sube las cejas y no dice nada más. Entonces se dirige a mí—. ¿Qué ha pasado?

Sus miradas son dos clavos enormes, me siento incómoda, fría… Parece que me encuentro en un quirófano limpio y vacío. Tomo aire, ha llegado el momento de hablar, mis manos se juntan frente a mí y presionan la una contra la otra sin querer, estoy preparada para decir la verdad.

—Ya sabéis que estábamos en algo. Esa… prueba, vivir cómo sería si fuéramos pareja de verdad, en la intimidad.

—Ya, ya. Ya sabemos. La gente normal lo llama salir, Deva. —Ileana está… ¿enfadada?

—Ya, Ile, pero yo no debo de ser muy normal. Da igual. Dejó de ser un experimento. —Intento tragar una saliva que no encuentro—. Y no sé exactamente cuándo.

Ileana se levanta y va a la cocina; me pone un vaso de agua delante que bebo de un trago.

—El día de tu cumpleaños —dice Martina.

—¿Qué? ¡No! —reacciono—. Pero si no habíamos ni hablado de…

No sigo, solo niego, tampoco sé rebatir nada. Todo lo vivido con Guido se mezcla como si los límites de lo que propuso fueran difusos, o casi ni existieran.

—Pero ya estabais metidos de lleno, Deva —insiste.

Tomo aire.

No voy a pensar de más, no quiero volver a recorrer todo el camino hasta que lo decidimos, hasta que yo me entregué del todo.

¿Fue el día que perdí a la paciente y él vino a abrazarme?

Cierro los ojos y todavía puedo sentir su abrazo infinito en la piscina, su presencia silenciosa pero inamovible…

Me dejé caer completamente en él y me sostuvo…

¿O quizá fue cuándo me dio las llaves de su casa y sin mencionar que éramos, simplemente, las cogí y las usé?

Fuimos un todo y lo sentí bien, ni me lo cuestioné.

—Da igual. —Sacudo la cabeza para retirar todos esos recuerdos de mi mente—. Guido ayer me dijo que ya no seguíamos adelante, que no me necesitaba para la boda, que su hermano lo sabía y que…

—No —dice Ileana.

—Sí, Ile, sí. —Termino apretando los dientes.

Es Martina quien controla a mi hermana, que está a punto de rebatirme. Una mano en su pierna y una mirada son suficientes para que el silencio en el salón se alce. Solo escucho mi respiración y la vibración de los mensajes que llegan a los tres teléfonos.

—Voy a hacer una videollamada —decido, porque quiero terminar con esta parte cuanto antes.

—¿A Guido? —Ileana se adelanta y yo cierro los ojos en cuanto escucho su nombre—. Yo te recomendaría una llamada y quedar con él, pero si prefieres…

—Pero… ¿qué dices? —la corto—. A casa, con Roque, con todos… —Cojo el móvil que está sepultado entre los cojines—. Les debo una explicación. —Me froto los ojos—. No voy a ir uno por uno ni a subir al pueblo a convocar una reunión.

—Ah… Eso. —Ile se encoge de hombros.

—No es mala opción. Hasta Gaspar está pendiente —aporta Martina.

—Ya… —Recuerdo las dos pilladas y me parecen otra vida.

—¿Quieres que nos quedemos contigo? —pregunta Martina.

Asiento. Ileana se coloca a mi lado y pasa un brazo por mis hombros.

—¿Puedo decirte que estoy un poco alucinada con que me hayas pedido que venga?

—Ya lo has dicho.

Mi hermana sonríe y me da un beso en la mejilla. Tomo una respiración profunda, cojo el móvil y entro en el chat.

Familia, me gustaría hacer una videollamada

en la que estuvierais todos.

Y hablamos de esa foto y algo más.

ROQUE

Dejo todo empantanado, Logi.

Fíjate lo que te digo.

Cierro el taller si hace falta.

MAMÁ

Papá, la abuela y yo estamos listos.

Van apareciendo en las pequeñas pantallas; Gaspar y Luisa; mamá, papá y la yaya; Roque con Ana; y, a mi lado, Ileana y Martina saludan.

—Vaya convocatoria, hermanita —dice Roque, que todavía tiene ganas de bromear.

—Tienes una cara muy seria, hija —dice mi padre.

—Y triste. —Mamá está preocupada.

—Estoy bien. —Atrapo mis manos entre mis rodillas y las presiono para que se detengan. Empezar mintiendo es algo que no puedo evitar, pero la tranquilidad de mi gente está por encima de todo.

Ile me coge la mano y aprieta.

—Quiero que me escuchéis, ¿vale?

Todos asienten.

—Yo voy a silenciar nuestro micrófono —dice Ana; Roque la mira ofendido—. Sí, amor, que nos conocemos y no vas a callarte.

—Creo que sería acertado que lo hicierais todos —dice Martina—, cualquier comentario va a silenciar a Deva y se puede montar un guirigay curioso.

—Silencia esto, Julián, que yo no tengo ni idea.

Y con este último ajuste, empiezo a hablar y a contarles la historia desde el principio.

Todo: cómo llegó Guido, cómo se me ocurrió que fuera mi pareja de mentira, el alud y lo complicado que se volvió todo.

Que mintiera sobre su profesión, el descubrimiento de Ile y Martina…

Lo que no cuento es la mentira que hemos mantenido en casa de Guido, no me corresponde.

Me quedo callada y fijo la vista en la pantallita de Luisa y Gaspar; sobre todo en él, que es el que más se ha olido la tostada y por ello parece el menos agraviado de todos.

—¿No vais a decir nada?

—Se han silenciado, y menos mal, porque han hablado todos —dice Martina.

—Igual hacemos unos turnos antes de activar los micrófonos —propone Ile, y me parece de lo más acertado.

La miro, esperando a que sea ella la que dé paso; estoy débil y tengo miedo a las réplicas. Creo que, desde la primera vez que entré en un quirófano, no había temblado así.

—Empecemos por mamá y papá —dice mi hermana y los veo acercarse a la pantalla.

—Pero, hija, entonces…, ¿no sois novios? —pregunta mi madre—. En la foto estás con sus padres, ¿verdad? ¿Sois amigos?

Me vuelvo hacia Ileana, porque no puedo creer que después de más de veinte minutos, en los que creo haberlo dejado claro, esté preguntando esto.

—Lo que quiere decir tu madre es que esto ha podido empezar como una mentira —habla papá—, pero que… nosotros os hemos visto juntos. En el cumpleaños de Ana…

Dejo de escuchar, no sé qué decir, pero es igual, porque no me dejan hablar.

—Muchacha —mi abuela no espera turno—, hay cosas que no se fingen, y mirarse de esa forma que os miráis es una de ellas. Y eso es lo que te pregunta tu madre. —Tiene un rictus serio, la yaya y las mentiras no casan. Creo que está decepcionada.

Mi madre y mi padre esperan a que conteste algo que no quiero contestar.

—Solo quería pedir perdón por la mentira y… en nombre de Guido…

—Sabemos que no quisiste hacernos daño. —Mi padre habla y corta mi disculpa.

—Ese chico y tú sentís algo, eso está claro. —Mamá casi se solapa con él.

—Ese muchacho está enamorado de Deva y esta tonta también lo está de él. Si la llamaba Dev y no protestaba. —Hace una mueca con la que muestra su impaciencia—. Ahora bien, si no quiere darse cuenta… Eso ya es cosa suya —remata la abuela.

Abro los ojos sin dar crédito y me tapo la cara. ¿Por qué hablan así? ¿Qué saben de Guido? Si no lo conocen.

Roque está moviendo su mano, pidiendo paso.

—¿Le dejamos hablar? —pregunta Ile y a Martina le da la risa.

Las miro con pánico. No me salen las palabras.

—Perdón —se disculpa mi cuñada y se tapa la boca—, es que me parece surrealista.

—No me has contestado —insiste mi madre—. Vente a casa y hablamos.

—Hija, que podemos entender que tu profesión sea tu amor incondicional, de verdad. Lo respetamos, pero después de haberos visto… —Papá está hablando más que nunca.

Suelto el aire de forma audible. Roque sigue haciendo aspavientos para llamar nuestra atención.

—Papá, silencia, vamos a dejar a Roque hablar —pide Ileana.

A mi madre se le frunce el ceño en cuanto mi padre toca la pantalla. No puedo expresar lo que lo agradezco; me están dando tiempo muerto para responder. Contarles mi verdad sería lo correcto, pero va a doler y no me apetece nada. Necesito suturarme por dentro antes de afrontarlo.

—Deva, mira… —Roque está muy serio y sé que trata de contener el ímpetu que todos sabemos que lo impulsa; es poco menos que impresionante—.

Me creo todo lo que me dices; eres de mentirijillas, de liarla.

He vivido contigo muchos años y no me sorprende.

—Pongo los ojos en blanco—. Para muestra esta película que te has montado, pero, y al margen de que a mí el cuñado me caiga de puta madre…

—Y no tiene nada que ver el cochazo que ahora sabes que es suyo…

—Cállate, Ile, no tiene nada que ver. —Roque señala la pantalla—.

Suma puntos —guiña un ojo a la vez que nos muestra las palmas de las manos y con eso nos deja clara su opinión—, pero no es eso a lo que voy.

—Hace una pausa un poco dramática y a mí me entran más nervios—.

Yo os vi en el garaje. —Es inmediato, no solo lo recuerdo, lo siento como si no hubiera salido de esa cochera.

Cierro los ojos y sigo escuchando; derrotada porque no me escuchan, porque me lanzan cosas que me hacen daño y no sé si lo saben—.

Ahí no había nadie. ¿O es que delante de Odín también fingís que sois novios?

Abre los brazos, extiende las manos y muestra la obviedad de la escena que acaba de relatar. Es un notas.

Me rearmo. Tomo aire por la boca.

Pero… ¿de qué van?

—No entiendo por qué estamos hablando de esto.

—Busco el vaso en la mesa y está vacío—.

Os habéis enterado por una foto en la prensa de que Guido es el hijo del director de Cartonajes Lanau; es más, es el director adjunto, no es un repartidor, ni un enfermero.

—Miro a Ileana, a Martina; quiero que me rescaten, pero me doy cuenta de que no sé pedirlo.

—Ya, ya, si ya sabemos que has venido a contar mentiras —vuelve a intervenir mi hermano.

—Tralará —termina Ileana canturreando.

—¡Cállate! —reacciono—. Esto no ha sido una buena idea —susurro y me tapo los ojos.

—No ha sido mía —continúa mi hermana.

—Eres impertinente a más no poder cuando te lo propones —siseo.

Estoy al borde.

—Por favor —habla mamá, ha debido de activar el micrófono sin permiso, claro—. Ya vale, escucha lo que te está diciendo tu hermano —me amonesta y me indigno.

—¿Veis? —Elevo la voz—. Esto es lo que me pasa, que me obligáis a mentiros por amor y de amor —les digo—. Quería disculparme por la mentira. Ahora no le busquéis cinco pies al gato, porque no los tiene.

—Bueno… —protesta Roque habla.

—¡Cállate! —le increpo—. Que disfrute de mi cuerpo no significa que me haya enamorado.

Guido y yo lo pasamos bien en la cama, pero…

—Él ya no me necesita y yo quiero no hacerlo—.

Pero ya está. Él en su casa, fuera del grupo familiar, y yo con vosotros…

y con vuestra locura del amor. —Los miro a todos—.

Respeto que os guste sentiros queridos, arropados, sostenidos por alguien que decida elegiros…

De repente las manos de Martina e Ileana en mi espalda me hacen calmarme y darme cuenta de que lo que estoy diciendo. Yo también he tenido todo eso… ¿O no? ¿Guido me eligió? No lo sé, pero yo a él parece ser que sí.

—Yo no lo necesito. —Termino, necesito mentir una vez más—.

Yo no quiero más vínculos con nadie, os tengo a vosotros.

—Me tiembla la barbilla y no puedo controlarla.

Aprieto la mandíbula—. No quiero que se lleven parte de mi esencia cuando rompamos, que me dejen destrozada porque he dado tanto de mí que me quedo vacía…

Tomo aire.

Nadie dice nada.

Ileana coge mi mano y la aprieta.

Algo moja mis muñecas, mis dedos, los de mi hermana…

Estoy llorando.

—Ya está… Ya está —dice mi hermana—. Creo que el punto de Deva está explicado. Y las preguntas respondidas.

—Hija… —escucho a mi madre y la veo llorar.

Parpadeo.

—Gaspar. —Tiemblo y aguanto un puchero—. Gracias por no delatarnos, sé que tenías muchas pistas.

Asiente y sonríe.

—También creo que había bastante verdad en esa mentira —contesta con un murmullo ronco.