Bésame por logística 93 NO QUIERO ESTAR SOLA
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93 NO QUIERO ESTAR SOLA

La paz que concede el sueño se diluye y deja paso a una losa sobre mis pulmones, a una punzada en la sien y a unos ojos acorchados, que me cuesta abrir.

Despertar duele.

La noche, la fiesta, Guido, sus besos, la despedida…

Las ganas de llorar acuden en forma de buenos días, y entonces me doy cuenta de que lo que creí que era el despertador, que no tenía activado porque hoy no trabajo, es en realidad el sonido de llamada del móvil.

Lo que significa que alguien de mi familia está insistiendo; la restricción del modo descanso se ha anulado ante las llamadas repetidas.

Resoplo mientras trato de recomponerme, no puedo estar hecha trizas, tengo que empezar a salir de este malestar.

Y de este bucle, ya de paso, porque últimamente parece que vivo en el día de la marmota.

Esta situación me recuerda a la mañana de mi cumpleaños, la similitud podría ser exacta si no fuera porque ahora Guido ya está completamente fuera de mi vida.

Fuera… Siento que no somos ni siquiera amigos, y no entiendo cómo hemos llegado a reducir lo que creamos hasta este nivel de destrucción.

Tomo aire, parece que tengo el diafragma rígido.

En la pantalla del móvil el nombre de Ileana no desaparece. Y, además, cuando ella desiste, emergen en la pantalla decenas de mensajes del grupo familiar.

Mi hermana vuelve a insistir y le cuelgo. Necesito unos segundos para mí.

El rechazo categórico de Guido hace eco en mi mente y me da un escalofrío.

Aprieto los dientes y el enfado, conmigo misma, arrasa y me calienta; contrarresta el frío de su ausencia.

Trato de meter todo en un mismo lugar, con la intención de poder tirarlo a un contenedor de desechos mentales.

Pero no es posible; es demasiado reciente.

Todo lo que he vivido con él, todo lo que le he dado, todo lo que he sentido como mío…

Pesa muchísimo, ocupa demasiado dentro de mí.

Me froto los ojos y presiono mis sienes.

Ostras… ¿Por qué le he dejado ocupar tanto?

No sé a qué hora me dormí, pero el dolor de cabeza me dice que no he tenido las suficientes horas de sueño.

El teléfono vuelve a sonar y pongo los ojos en blanco. Me incorporo y descuelgo.

—Ile… No estoy de humor —contesto con los ojos cerrados y la voz tomada.

—¿Has visto el grupo familiar? —Está muy agitada y me pongo en alerta.

—¿Estáis bien? ¿Qué pasa? —No sé si mi sistema nervioso puede con una catástrofe más.

—No te lo vas a creer, Devita… Entra en el chat. No lo has mirado. —No me gusta su tono adoctrinador, me está cayendo mal ahora mismo.

—No, porque lo que he hecho es despertarme para cogerte el teléfono.

—Muy bien, hermana. —Hace una pausa y suena condescendiente—. Ahora, sin colgar, te voy a pedir que entres y que abras la foto que ha mandado tu hermano Roque hace una hora. Y que, si gritas, por favor, no lo hagas dirigiéndote al teléfono.

—No suelo gritar, Ile —digo en tono cansado y empiezo a desbloquear, con hartazgo, para ver la chorrada que Roque ha mandado—. Como sea una estupidez, te juro que te retiro la palabra.

—Juzga cuando la veas.

En el grupo no solo está la foto que empiezo a descargar, sino que hay mensajes en los que pone mi nombre entre interrogantes, entre exclamaciones…

No me da tiempo a descifrarlos.

Porque la foto se abre.

Es una foto de prensa.

Sé lo que es antes de que mi cerebro procese el porqué de toda esta revolución en el grupo. La familia de Guido, con un reconocible Guido y su reconocible novia —falsa—, en una foto tomada en la gala de ayer.

Guido, el chico de la furgoneta que trabaja en paquetería es el hijo del director de una empresa bastante potente de cartones y embalajes. Algo tiene que ver con paquetería, pero… mi familia no está pillando la analogía, no, por los mensajes que leo ni siquiera les hace gracia.

Y a mí tampoco.

—¡Ostras! —No grito, pero es el susurro más enérgico que he pronunciado en mi vida.

¿Afrontar ante mi familia que les he mentido?

Sí, es lo que más me apetece ahora.

Dejo el móvil a un lado y me dejo caer en la cama, me tapo la cara y resoplo.

—¡Pon el manos libres! —grita mi hermana.

Creo que puedo empezar a seguir órdenes si estas consiguen una solución rápida a este desastre. Mientras activo el altavoz, veo cómo entra un mensaje en el grupo:

MAMÁ

Deva, nos has leído, hija.

¿Cómo estás?

Y… ¿Por qué nos has mentido así?

Llámame.

ROQUE

Esto amerita videollamada.

Si es que ese cochazo… Ese cochazo.

¿Cómo no me di cuenta?

Guido, que tú estás en el grupo.

Que eres el director adjunto de una

empresa de mucha pasta.

—¡Guido! —grito y me incorporo.

—No ha leído ningún mensaje en toda la mañana —me informa Ile superrápido.

—Vale… Vale, —Suelto el aire, creo que voy a empezar a hiperventilar si no me tranquilizo.

Mis ojos se van posando en diferentes sitios, el vestido sobre la silla, los zapatos al lado de la puerta… Tengo que tomar una decisión. Junto las palmas de mis manos y me las llevo a la boca.

—Vale, ¿qué? —pregunta mi hermana.

—Vale —repito y entonces se me ocurre empezar por evitar los daños colaterales.

Entro en el grupo y elimino a Guido.

—¡¿Has sacado a Guido del grupo?! —Ileana grita—. Pero… ¿por qué?

—Te voy a colgar —amenazo con una voz casi oscura.

No me está ayudando.

Necesito… No sé lo que necesito, la verdad. O sí. Necesito que me dejen en paz, volver a dormirme y sentir esa paz de justo antes de abrir los ojos. Resolver todo lo que atañe a Guido precisamente esta misma mañana no me viene bien.

—Inténtalo. Estoy por presentarme en tu casa. —La voz de Ileana me trae a la realidad.

Tengo que empezar a afrontar la verdad. ¿En qué momento he convertido mi vida en un circo de tal magnitud?

Cierro los ojos.

—¿Crees que, si hablo con los papás mañana o pasado, ocurrirá algo terrible? —formulo y espero que la respuesta sea la que necesito.

—Creo que deberías contárselo cuanto antes, están preocupados.

—Pero… ¿por qué? Si da igual lo que sea Guido.

—Por eso mismo, les cuentas que empezó con una mentira y ya les dices que no lo sois.

Aprieto los labios y aguanto la respiración, mis ojos empiezan a picarme, tengo que apretar los labios para que no formen un puchero lastimoso.

‹‹Desde luego que no somos una mentira ya, porque no somos nada››.

—Por favor, ¿puedes venir? —Se me escapa un gemido y dos lágrimas se lanzan al vacío desde mis ojos, sin tocar mis mejillas, sin permiso.

No puedo pasar por esto sola, no tengo fuerzas ni para convencerme de lo contrario.

—Voy… Vamos —rectifica y la escucho hablar con Martina.

Me cuelga y sé que el siguiente paso es dar explicaciones, pero antes tengo que decirle a Guido que su salida abrupta del grupo tiene una razón. O más de una. Chasco la lengua, quizá no tenga ni que explicárselo, después de lo que ocurrió ayer, lo normal es que ya no esté.

‹‹¿Es una excusa para hablar con él?››.

‹‹Ostras, Devita, lo es››.

Y, aun siendo muy consciente de ello, voy a hacerlo. Así estoy de enganchada. Me yergo, muevo los dedos de mis manos y junto las palmas delante de mí.

Vamos allá.

Abro el chat con Guido, lo borré la semana pasada y ahora me gustaría no haberlo hecho. Sé que regodearme en lo que fuimos no es inteligente, pero yo ya dudo de que haya tomado alguna decisión inteligente en algún momento de estos últimos meses.

Los mensajes en los que quedamos para ir a la fiesta están ahí, solitarios, e imaginarme su voz duele en el diafragma, desde donde parece ser que le echo de menos.

Llevo mi mano justo ahí y presiono. Sin querer subo al cuello, y si cierro los ojos puedo dejarme llevar por los besos que me dio ayer en ese baño en el que nos dejamos llevar tanto que parecíamos de verdad.

Ya no huelo a él, anoche me duché para quitarme su rastro, para limpiarme del todo, y ahora me pesa haberme deshecho de su olor, de él y yo juntos.

¿Por qué estoy así si siempre he querido evitar este punto?

Mi madre está llamando por teléfono y no, todavía no estoy preparada para hablar con ella, porque no sé si quiero que sepa lo destrozada que estoy por otra situación diferente a la posición social de Guido y a la mentira que les he contado.

Le cuelgo y le mando un mensaje para decirle que me dé un rato, que prometo devolverle la llamada.

—Vamos, Devita, a lo que estás —me arengo y vuelvo al chat con Guido.

No lo llamo por teléfono porque no soy tan valiente para enfrentar su voz.

No le mando un audio porque mi estabilidad emocional es muy precaria.

Al final decido redactar en notas un mensaje que corrijo varias veces porque no quiero mostrarle lo destrozada que de verdad me siento.

«Buenos días, Guido:

Te he sacado del grupo de mi familia. La razón, por si no la

has visto, es que ha salido la foto de la prensa de la fiesta de

anoche y se han revolucionado todos.

En realidad, tenía que sacarte del grupo, aunque no se enteraran.

Roque te está pidiendo explicaciones porque, a veces,

mi hermano es demasiado impulsivo y supongo que se sentirá

traicionado, o quizá celoso porque tienes un coche del que se

ha enamorado. No te preocupes, voy a contar que no fuimos

nada y quedará solucionado hoy mismo.

Espero que disfrutes de la fiesta esta tarde y de la boda

el fin de semana que viene.

Felicita a Nora y a Nil de mi parte.

Un abrazo.

Deva».

La leo un par de veces. Sí, fingir se me da bien.

De todas formas, creo que con la última performance he rebasado mi cupo de mentiras.

En cuanto lo envío tengo la sensación de que debería disculparme con su familia por la mentira que he llevado a cabo frente a sus narices.

Y luego me vuelve a doler esa zona entre los pulmones; los límites de esa mentira estaban demasiado desdibujados para seguir llamándola así.

El mensaje que entra me dispara una taquicardia sinusal.

GUIDO

OK, lo dejo en tus manos.

Gracias.

No puedo apartar los ojos de la pantalla, espero a que llegue algo más, pero no sucede. Vuelvo a leer mi mensaje, entonces ese ‹‹no fuimos nada›› escuece más ahora que cuando lo he escrito.

Guido deja de estar en línea.

¿Qué esperaba?

Pasa tiempo, no sé cuánto, en el que me pierdo en el vacío. En el cansancio de mi cuerpo, en la ausencia tras su mensaje, en mi mente agotada, en los días que me esperan llenos de tanta nada…

Tanta nada sin Guido, al igual que las dos últimas semanas. No, no es igual, porque todavía tenía encuentros pactados con él.

Ahora no hay planes.

Ahora vuelvo a ser yo…

Yo sola.

Ojalá trabajara hoy, ojalá mañana tuviera una guardia de veinticuatro horas y no solo un turno normal.

Ojalá…

Frunzo el ceño y estrecho los párpados, no me reconozco.

No sé cómo seguir adelante.

Yo, que tengo mis protocolos para todo lo que hago en el hospital.

Yo, que sé cómo deshacerme de lo que me pesa, cuando voy a nadar o juego a la consola…

Yo, que jamás me había envuelto en la necesidad de que me cuidaran y acabo de pedir ayuda mi hermana porque me he acostumbrado a tener un soporte.

Porque a veces no se puede sola.

O sí se puede, pero hay que admitir que no se quiere.

‹‹No quiero estar sola››.

El timbre me sobresalta.

Ileana entra en casa como un obús y yo dejo caer todos mis muros para que me abrace.