92 LA MIRADA DEL ESPEJO
El sonido de Guido marchándose resuena en mis oídos y, cuando ya no está, me quedo sorda.
Sorda a la realidad que hay tras esa puerta.
¿Qué acaba de pasar?
Todavía siento sus besos sobre la piel, mi cuello hormiguea por el rastro de su barba ligera… Tengo la ropa interior mojada por los dos.
No entiendo por qué no me ha respondido, no… no debería haber hablado, he sido una ingenua. Pero no ha sido una visión, hemos vuelto a ser nosotros; los mismos que hace un mes nos enredábamos en mis sábanas, en la ducha, en su cama…
Abro el grifo y meto mis manos bajo el agua fría, deslizo las yemas de mis dedos por las palmas de mis manos y evoco las caricias de Guido un día cualquiera, tirados en el sofá, en la cama… Rozo la parte interna de mi muñeca…
‹‹Céntrate, Devita››.
No dejo de pensar en el abandono que he sentido mientras nos besábamos en la pista de baile, en cómo hemos buscado un lugar para nosotros, en el vértigo a cada paso cogida de su mano, en la explosión al sentir a Guido tan aquí conmigo…
Y ahora… ¿Él se ha echado atrás? Quizá Beca no tenga razón, Guido no siente tanto como para ir más allá del juego y yo no quiero jugar más, no quiero más experimentos, no sé cómo hacerlo, pero…
Ostras, solo sé lo que no quiero.
De todas formas…, da igual. Él no ha dicho nada, pero se lo he visto en la cara. Quiere llevarme a casa.
Los nervios me tensan, me miro al espejo y la imagen que me devuelve es la de una Deva que no conozco.
¿Qué acabo de hacer?
Suelto el aire de golpe.
No dejo de observarme: el color de mis mejillas, el pelo algo despeinado, el brillo de mis ojos… No se corresponde con el frío húmedo y desagradable que tengo dentro. Tampoco con el vértigo que vuelvo a sentir.
No quiero huir, pero no tengo ni idea de cómo quedarme.
Las conversaciones con Leonor, Nora y Fina no consiguen que mi cerebro frene, me siento al final de un nivel que no consigo superar.
—¿No te encuentras bien? —Leonor lleva observándome un rato.
—El mal de los médicos. —Intento sonreír y que sea natural.
Como veo que ni Nora ni ella lo entienden lo aclaro:
—Estoy cansada, pero nada más.
«Ostras, Devita, ojalá fuera eso».
Al entrar en el salón de la fiesta he localizado a Guido hablando con su padre, su hermano y el mismo hombre con el que nos hemos encontrado nada más entrar en las bodegas. Ahora está en la barra con Nil, hablan demasiado serios.
Mi propósito en la fiesta era quedarme hasta que él lo determinara, pero después de nuestra actividad en el baño y su «te llevo a casa» final, esperaba que fuera más pronto que tarde. Necesito hablar con él, o que él hable conmigo.
Debo de quedarme demasiado rato mirándolo, ajena de nuevo a la conversación de las mujeres, a las que se han unido dos chicos que trabajan con Nora.
Los ojos de Guido, demasiado fríos, excesivamente serios, hacen contacto con los míos y estoy segura de que algo dentro de mí está a punto de quebrarse.
Vuelvo a prestar atención al grupo base que me acompaña y trato de integrarme en lo que están hablando.
Apenas pasa tiempo, mi visión periférica detecta a Guido y aguanto la respiración cuando se pone a mi lado.
Saluda a todos los del corrillo y pone una mano en mi espalda; la piel se me eriza y me impera, de una forma absurda, a abandonarme contra él.
No debo, no antes de que él diga algo más, de que me aclare qué quiere de nosotros, aunque creo que debería entenderlo.
—Nos vamos a retirar —dice y me recorre una sensación de liberación por todo el cuerpo.
—Tu padre seguro que quiere quedarse un rato más. —Leonor lo busca con la mirada; Germán está riendo y hablando con un grupo de personas.
Nos despedimos de su madre, y Nora, junto a Nil, nos acompañan hasta la puerta.
—¿A qué hora pasarás mañana por la carpa? —le pregunta Nil a Guido.
Sé que están hablando de la fiesta que hay para los operarios, es una especie de Oktoberfest que han montado con música y foodtrucks. Cuando hablamos de esa fiesta me dijo que podríamos ir juntos porque sería divertido, pero a estas alturas no sé si ese plan sigue en vigor ni si estoy incluida.
Que Guido esté a mi lado cual estatua de hielo consigue que yo solo quiera irme a casa. Y esta vez la necesidad es superior a aquella tarde en urgencias, la actitud distante de mi novio falso es suficiente respuesta y está empezando a doler. No puedo seguir dándole pábulo a lo que Beca me dijo.
—No lo sé, un poco antes del discurso —responde Guido—. No estoy muy motivado —añade con desgana.
La sonrisa que Nil me dirige es… rara, incluso frunce el ceño y lo relaja en un segundo, luego desvía su foco a Nora. El coche de Guido aparece en la puerta y un chico le da las llaves; Nora me da un abrazo y con una sonrisa enorme me dice:
—Nos veremos en la boda. —Sube las cejas, emocionada—. ¿Vendrás el viernes o directamente el sábado?
Noto la mirada de Guido sobre mí, ya no toca mi espalda, está a una distancia prudente y a mí me parecen kilómetros.
—El sábado —susurro, manteniendo el plan inicial y deseando no formar parte de esa farsa. Porque debo cumplir con él, pero solo imaginar el escenario me revuelve el estómago.
En el coche reina el silencio, salimos del recinto dejando atrás el camino de cipreses y se incorpora a la carretera que nos llevará a la ciudad.
No dice ni una palabra.
Yo no sé ni qué hacer con mis manos; y el lugar vuelve a ser oprimente.
Guido sube el volumen de la música y lo miro con sorpresa, está saltándose su propia ley.
Una versión de Don´t let go acuchilla mis entrañas.
Ya la conocía, a Guido le encanta este grupo y he escuchado todo su repertorio, pero es la primera vez que esta canción araña tanto que parece que nunca se va a terminar.
Da igual, él pasa la canción sin darle tiempo a acabar y sin decir nada más.
Entonces empiezo a escuchar las canciones casi haciendo las cuentas de la duración que tiene cada una para que el trayecto se me pase más rápido, y cuando estamos entrando en la zona de autovía iluminada, con el polígono industrial rodeándola,
decido que por lo menos necesito la información sobre la fiesta de mañana.
—¿Mañana me recoges para ir a la fiesta o…?
—No —corta con sequedad—. Iré solo.
La música vuelve a llenar el silencio. El pulso hace palpitar toda mi piel. Quiero hablar de lo que ha pasado en el baño, quiero entender cómo hemos pasado de volver a ser nosotros a introducir una glaciación entre los dos.
Quiero…
No sé exactamente lo que quiero, pero quizá si él hablara, si tuviéramos una conversación al respecto en la que no me sintiera una idiota por tener sentimientos hacia él… Quizá podría entenderlo… o entenderme.
Llega a la puerta de mi portal y justo tiene un sitio para aparcar, si esta no es la señal de que es el momento de hablar no hay otra; creo que puedo escuchar a Ile en mi mente diciendo que lo ve clarísimo.
—Guido, lo que ha pasado en el baño…
Suelta una risa al frente, sarcástica. Me deja helada.
—Ya —dice—. Lo has dejado claro. Hoy y los otros días —remarca y niega, sin dejar de sonreír, pero no es una sonrisa feliz, sigue molesto.
¿Lo dejé claro?
¿Hoy lo he dejado claro?
No… Mentira, no quiero lo mismo.
—No te preocupes —corta la posibilidad de que abra la boca—, yo tampoco lo quiero.
—Algo se paraliza dentro de mí a la vez que la tensión en su mandíbula se hace visible—.
De hecho, no necesito que vengas a la boda.
He hablado con Nil. Sabe que no estamos juntos, que… , bueno, que no lo hemos estado nunca.
‹‹¿Qué?››.
Sí… Ese algo que amenazaba con romperse se ha roto. Y no tiene sentido porque él solo ha puesto fin a la farsa.
¿Solo?
Me quedo paralizada, observo cada uno de sus movimientos y espero a que diga algo más, pero no lo hace.
Deja de mirar al frente, aunque no me mira a mí, sus ojos quedan anclados en mi regazo, donde mis manos están unidas por las palmas, porque sin darme cuenta he adquirido esa posición de concentración y temple que necesito para entrar en el quirófano.
Es inmediato, los ojos empiezan a picarme.
No puedo llorar, no quiero llorar.
¿Qué puedo decir?
Nada, porque solo lo puedo sentir y no me gusta.
No me gusta nada.
Tomo aire por la nariz y parpadeo deprisa ahuyentado el cosquilleo en los lagrimales.
Necesito salir de aquí.
—De acuerdo. —Tiemblo.
Desvío la vista a tiempo hacia la ventanilla.
Abro la puerta y, aunque me gustaría salir lo más deprisa posible, no puedo hacerlo. El vestido, que no es mío, necesita sus tiempos para no engancharse y terminar con los abalorios, o lo que sea que lleva, desperdigados.
Carraspeo, no quiero romperme aquí.
—Disfrutad del día. —Aprieto los labios para que no se escape nada más.
—Gracias —murmura.
Fuera, el frío me da en la cara y lo recibo con gusto.
Ese coche es sin duda de las peores torturas a las que me he sometido; estos dos últimos trayectos ni siquiera son comparables a una guardia de veinticuatro horas sin dormir.
Cierro la puerta y camino con toda la dignidad que puedo; hasta que no llegue al ascensor pienso mantener el tipo.
Eso es lo que me voy diciendo según avanzo sobre los tacones.
Luego ya me preguntaré por qué lloro, pero ahora quiero…
—Espera… —Guido me llama y me doy la vuelta a la vez que las pulsaciones de mi corazón se disparan.
No me da tiempo a contestar, lo miro a los ojos, pero él los tiene fijos en sus manos y… en el abrigo que agarra.
Me acerco, lo cojo sin tocarlo, sin mirarlo.
—Gracias.
Doy media vuelta y una parte de mí quiere gritarle que dónde quedó el pacto de seguir siendo amigos. Otra me dice que da igual, porque él me mira y me trata como si fuera algo que ya no existe.
Abro la puerta del portal.
Ocho pasos hasta el ascensor.
Una vez dentro, en cuanto pulso el botón del sexto, las lágrimas caen por mis mejillas. La pérdida de lo que jamás he tenido se agarra a mi piel y la atraviesa, lenta y dolorosamente hasta lo más profundo de mi pecho.