91 LA ÚLTIMA MENTIRA
—¿Estás seguro? —susurra Deva y mira a nuestro alrededor antes de volver a mis ojos.
Lo estoy.
Claro que quiero besarla.
Necesito besarla y que me lo devuelva. Porque he odiado los dos jodidos besos que no han llegado a ningún sitio.
—¿Por logística? —pregunta sin mirarme, no dejamos de mecernos.
El frenazo que siento debería hacerme desistir. No lo hace, ese es el nivel.
—Claro —digo sin dejar lugar a dudas mientras me trago el malestar que me genera la palabra, pero lo que me jode es que ni siquiera me quita las ganas.
Se separa un poco; nos quedamos en un balanceo cómodo sin mover los pies del suelo.
Estamos rodeados de mucha gente que se ha animado a bailar y a mí me da igual.
Ella alza su boca hacia la mía, pero no avanza; yo tampoco.
Soy un loco disfrutando de la antesala de este beso que sé que va a ser el último.
Y me da igual que tenga que fingirlo. Vuelvo a sentirme mezquino por aprovecharme de la situación, pero tampoco me hace desistir.
Entonces es ella quien avanza. Noto cómo su aliento me alcanza y se convierte en un chute que me sacude; su lengua contra la mía, su sabor en mi boca… Cierro los ojos, la estrecho un poco más. La quiero conmigo, la necesito entregada; pero el beso no puede subir de nivel y yo necesito más.
—No sé si es el lugar —murmura sobre mi boca.
Una chispa en sus ojos me empuja a ir un paso más allá, a darle otro lugar a este momento.
—Llevas razón.
Dejo de moverme y doy un paso atrás. Atisbo un segundo de miedo en su mirada, pero no le doy opción a pensar, entrelazo nuestras manos y, tras un pequeño tirón para acercarla, asiente.
El sonrojo de sus mejillas espolea mi impulso.
Inicio los pasos para salir de la pista de baile y deseo con fuerza que Deva me siga; lo hace a la vez que aprieta mi mano. ¿No quiere soltarse? Yo tampoco.
Tomo aire, borracho de anticipación.
Sonrío a las personas con las que me cruzo y evito las miradas directas que podrían frenar mi avance. Tras recorrer varios metros de pasillo, al ritmo del sonido de sus tacones y mientras la música pierde intensidad a nuestras espaldas, llegamos a los baños más alejados del salón.
Abro la puerta; Deva entra conmigo y, en cuanto cierro, la apoyo contra la madera oscura. Atrapo sus labios sin permiso y que ella responda, entregada y metiendo sus dedos entre el pelo de mi nuca, me vuelve loco.
Estamos solos…
Y hace días que el simulacro dejó de existir.
Sus manos enredadas no me sueltan mientras un gemido tan agónico como satisfecho emerge de mi pecho.
Me pierdo con mi boca en su cuello, al que me da acceso con un jadeo necesitado.
Quiero más, quiero todo… Arrastro su falda hacia arriba y, cuando mis manos llegan a su ropa interior y palpo su calor, mi polla crece anhelando estar dentro.
—Joder, Dev…
Presiono con la palma de mi mano y el gimoteo que suelta me lleva a su boca, ansioso por tragármela entera.
Aparto sus bragas con mis dedos, ella aprieta mi culo y presiono mi erección contra su cadera…
Estoy completamente descontrolado y sentir la humedad de su sexo en las yemas de mis dedos me vuelve codicioso.
—Sí… —jadea cuando le introduzco un dedo y ella lo aprieta—. Más…
Meto un segundo mientras sigo tragándome sus palabras.
—Penétrame, Guido… —suplica.
Aprieto la mandíbula y aguanto el latigazo que me recorre hasta los huevos. Desabrocho mi cinturón, el botón del pantalón, la cremallera… y libero mi erección, dispuesto a entrar en ella. Pero entonces me toca y sus dedos me hacen contraer todos los músculos de mi cuerpo.
Me vuelvo muy loco, todo me parece poco a su lado. Arrastro su vestido hasta la cintura y sujeto sus piernas alrededor de mis caderas.
—Ayúdame —le pido.
Se apoya más contra la puerta y se ahueca para dejar mi glande en su entrada. Me deslizo en su interior y los dos ahogamos unos gemidos apretando los labios.
Está preciosa, me mira con los ojos anhelantes, casi llorosos, se muerde los labios, jadea descontrolada… Está completamente entregada y yo estoy completamente perdido.
—Tócate —le pido en cuanto empiezo a penetrarla sin descanso.
A pesar de que quisiera tener horas para este momento, sé que va a ser rápido. Los dos lo sabemos. Sus dedos obran la magia a la vez que las paredes de su vagina se me llevan y me corro en su interior cuando alcanza el orgasmo.
Estoy sin aliento y… casi me río.
Podría gritar…
—Joder, Dev…
La he echado de menos.
Con mi nariz, acaricio su cuello, en el que noto su pulso acelerado. La sujeto, no sé si estará lista para apoyar las piernas; a mí me tiembla todo, pero no quiero salir de su interior, quiero vivir en ella…
—¿Estás… bien? —pregunto.
Está con los ojos muy abiertos y la cara arrebolada, tan bonita. Asiente y coge aire por la boca.
El móvil me vibra en el bolsillo.
—Puedes… —susurra—. Bájame, por favor —pide, y una sonrisa tímida, como nunca le he visto, aflora a su boca. Quiero besarla, quiero degustar todas sus sonrisas.
Despacio, la dejo en el suelo y la falda del vestido tapa sus piernas. El móvil sigue vibrando sin parar y lo saco del bolsillo.
—Perdona… —le digo a Deva—, es Nil.
Aprieta los labios y puedo ver que su pequeña sonrisa sigue ahí.
Pero asiente y se yergue para luego caminar hacia los lavabos.
La sigo con la mirada, porque tengo miedo de que desaparezca de mi vista, de que esto sea mentira, de que sea producto de mi imaginación.
Descuelgo intentando aterrizar, no sé si soy capaz de que mi cerebro sea funcional, solo quiero irme de aquí con Deva y decirle lo que llevo sintiendo por ella todo este tiempo.
—Hermano, ¿dónde estás? —Nil suelta una risa—. No digas nada, pero sal de donde sea. Papá te está buscando, está con el consejero de Medio Ambiente, es importante.
Ella se recoloca el vestido, echa un vistazo al espejo, sus ojos encuentran los míos y no sé qué ve, pero yo sí, y quiero abrazarla porque esa timidez no cabe entre nosotros. Entra a uno de los baños y entonces me doy cuenta de que mi hermano está esperando.
Joder…, no es el momento. Ni siquiera me he abrochado los pantalones.
—¿Tengo cinco minutos? —pregunto ansioso.
—Sabes que no.
Cuelgo.
—Dev —llamo en alto—. Tengo que… tenemos que salir.
Suena el agua del inodoro y abre la puerta del cubículo, me mira, pero en lugar de venir hacia mí, camina hacia el espejo. No encuentro en ella la determinación que ha demostrado estos meses atrás.
—Guido… —me llama, y tiene toda mi atención mientras abrocho mis pantalones.
—Sí. —Estoy aquí, joder, a la mierda los cinco minutos que no tengo.
—Yo no quiero seguir con esto de… —susurra y su mano hace un movimiento lento en el espacio que hay entre los dos, pero yo lo escucho como un grito.
¿Esto ha sido sexo sin más para ella?
Un golpe en el estómago me habría dolido menos.
No evita mis ojos. Una determinación nueva emerge de los suyos.
Estoy bien jodido.
Soy un gilipollas.
—Ya… —Me muerdo el labio superior hasta hacerme daño. Una sonrisa cínica se me planta en la cara y dejo caer la cabeza hacia delante.
Mi pecho se convierte en piedra y me impide respirar bien. Alzo la cara y ella abre la boca, pero yo no quiero que me haga más daño. ¿Cuántos golpes tengo que aguantar para darme cuenta de que esto es imposible?
—Tengo que salir —murmuro y estrecho los ojos, pero no me muevo, ¿por qué?
Chasco la lengua, tomo aire entre mis dientes, y niego mientras aprieto la mandíbula. Señalo la puerta con el pulgar a la vez que ella asiente varias veces.
No parpadea; yo tampoco. Busco en Deva la señal de que no me está diciendo que esto es mentira. Debería dejar de insistir y, aun así, espero a que hable.
—Vale —susurra y toma aire, se mira al espejo y se coloca el pelo.
No dice nada más.
Y yo he decidido que esto se ha terminado de verdad.
—Tengo que… —Me centro en lo que voy a hacer a continuación e intento que mi pérdida del eje no sea tan notable—. Voy a hablar con mi padre y…, en cuanto termine, te llevo a casa.
—Vale… —repite.