Bésame por logística 90 Y SI ¿SÍ?
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90 Y SI ¿SÍ?

Cada vez que su tía Fina abre la boca debe de desplomarse alguna bolsa internacional. Esto se soluciona en el baño, dice. No, esto se soluciona cuando esta velada se termine. Y necesito que sea pronto, antes de que mi rabia contenida se desborde.

¿Por qué me ha besado así?

¿Era necesario?

Es un hecho concluyente: Guido me besa y yo pierdo el control. Y perder el control no está entre los objetivos de esta noche.

Cenamos mientras la familia charla y a mí me cuesta más que nunca intervenir; estoy más pendiente de hacer ver que puedo sostener una mirada de Guido que de la conversación que tienen entre ellos.

Sin delatarme.

Sin que la rabia me obligue a enfrentarlo.

Porque no es el lugar.

Quiero que deje de rozarme. Pero no lo hace.

Y lo peor es que yo tampoco quiero apartarme.

He perdido el apetito porque me estoy alimentando de cortisol.

Por fin, Germán se levanta y sube al estrado.

Pronuncia un discurso sobre la evolución de la empresa y aparecen fotos del abuelo Lanau en la pantalla que está detrás de él.

Habla de orígenes, de legado, de tradición familiar y avance hacia el futuro.

Agradezco que las manecillas del reloj se muevan, que la noche avance, porque esto significa que cada vez queda menos.

Percibo cómo Nil hace un movimiento y entonces Guido retira la silla de la mesa, se vuelve hacia mí y se acerca para besarme en la boca.

Recibo el beso, pero no lo devuelvo porque siento que es dar demasiado. Y no me queda otra que aguantar la respiración cuando su mirada se estrecha mientras se separa de mí.

El aplauso a Germán me hace ubicarme, estoy tan fuera de lugar… que no tengo ni idea de quien soy. Estoy arrepentida de tantas cosas…

¿Por qué no se lo he devuelto? Claro que me ha sentado mal el beso anterior a la parada frente a los fotógrafos, pero… Estoy enfadada y ahora sé que no es con él.

Es conmigo y mi reacción.

‹‹Céntrate, Devita››.

Verlo en el estrado, su manera de tomar posición en el atril y mirar a su padre y a su hermano con una sonrisa, consigue que un fogonazo de orgullo me inunde. Ha logrado estar bien con su familia, ha superado todo ese lío de su ex…

—Buenas noches a todos —saluda y no puedo dejar de mirarlo y escuchar su voz. Podría estar sola en este inmenso comedor y me sentiría igual.

Da la bienvenida y comienza un discurso del que no parece tener notas. Me pregunto si lo habrá memorizado. Entonces la nostalgia de nuestros momentos juntos me abruma un poco; ya no se van a volver a repetir. Y no debería echarlos de menos.

—Cuando uno crece dentro de una empresa como Cartonajes Lanau, aprende que el trabajo no es solo trabajo.

—Sonrío sin querer ante sus palabras—. Es memoria.

Me imagino las manos de mi bisabuelo doblando el primer prototipo y a mi abuelo continuando con el legado lleno de ese entusiasmo que conocí en él.

He visto la paciencia de mi padre empujando cada cambio necesario, y también he escuchado la voz de mi madre recordándonos que lo importante es saber estar incluso en los momentos difíciles o, sobre todo, en los momentos difíciles.

—Sonríe a su madre y, tras la ligera pausa, continúa hablando de lo importante que es su familia y también las personas que se han sumado al proyecto.

Y no olvida a quienes desde fuera los empujan a ser mejores.

Hace una pausa muy pequeña.

Sus ojos se imantan a los míos y aguanto la respiración a la vez que me sube el calor de todo mi cuerpo al pecho y, de ahí, al cuello. Su comisura derecha se alza discreta.

—A veces la vida te coloca al lado de alguien que te recuerda que, aunque se determine así, no todo puede medirse en cifras, en fechas, en contratos…

o en pactos. —Advierto un pequeño asentimiento, un ligero parpadeo con el que pierde el foco, pero lo recupera y el calor de su mirada me pone nerviosa—.

Que también existe la valentía de empezar de cero, de mirar más lejos, de confiar en el proceso y en el cambio.

—Un impacto directo en el pecho me dice que quiero ser quien he dicho ser en esta fiesta—.

Ese tipo de compañía cambia muchas cosas, aunque no salga en los informes trimestrales.

—Se escuchan algunas risitas comedidas y Guido, por fin, desvía su mirada y me libera, pero yo no quiero que lo haga.

Entonces busco algo a lo que agarrarme; a la rabia que me ha suscitado sus besos, por ejemplo.

Y no la encuentro. Se ha esfumado con la misma velocidad que él vuelve a un tono más profesional.

Habla de celebrar la tradición y otras tantas cosas a las que no puedo prestar atención. Le veo alzar su copa y brindar.

No dejo de analizar sus palabras.

Amordazo a la esperanza porque la realidad asoma y me obligo a entender que claro que puede que haya hablado de mí, pero seguro que tiene que ver con lo que mis consejos y mi apoyo le han ayudado con su hermano y su ex.

El aplauso no se hace esperar.

Cuando le toca el turno a Nil, yo no aparto la mirada de su hermano.

La certeza de que yo a su lado tenía un propósito que he cumplido me hace sentir lástima por mí, por haberlo tenido tan cerca, pero no de verdad, porque las palabras de Beca, sobre los posibles sentimientos de Guido, no pueden ser reales.

No pueden…

‹‹Deja de engañarte, Devita››.

Cojo la copa de agua y me la bebo entera, se me ha secado la boca.

Mi mente empieza a examinar, a intentar enlazar señales para alimentar mi esperanza, y me encuentro pensando en las posibles razones por las que Guido se ha enfadado en el coche. Yo estoy cumpliendo el trato de los novios falsos y, sin embargo, él quiere saber mis razones para romper el pacto.

¿Y cuáles son las suyas para molestarse así?

Necesito saberlas, porque si son que siente algo por mí…

No…, no puede ser…

Miro a Nora, que observa a Nil con una admiración en la que se trasluce el amor; y me doy cuenta de que entre Guido y ella no ha habido ni un solo intercambio en el que él pareciera enamorado de ella.

¿Podría Guido quererme de la misma manera que ha querido a Nora?

El pensamiento me sacude y me obligo a frenarlo a la vez que el aplauso que recibe Nil me saca de mi mente.

‹‹Ostras, Devita, como esta fiesta no termine pronto, vas a perder la cordura››.

Guido llega a la mesa, pero no hace contacto visual conmigo y es algo que necesito. ¿No devolverle el beso ha sido un fallo? Puede ser, estoy incumpliendo mi pacto.

—Un discurso precioso —le digo cuando se sienta a mi lado, estoy nerviosa cual chiquilla y no entiendo los motivos, tampoco tengo tiempo de analizarlos.

Sus ojos se posan en los míos apenas un segundo; y es todo lo que dudo.

Me acerco lo suficiente para que él capte mi intención y, cuando voy a besarlo, Guido desvía la cara lo justo para que mis labios besen la comisura de los suyos.

La caída en picado es inmediata.

—Qué orgullosa estoy de mis hombres —dice Leonor y su gesto lo transmite a la perfección.

Aguanto el aire, sonrío con el cuerpo dirigido a la mesa y lo suelto a la vez que la decepción se posa sobre mi piel y desencadena parestesias incómodas.

—La verdad es que yo también lo estoy, hermano… —Fina le dedica una mirada sincera a Germán—, sobrinos… Mi padre, ese machista insufrible, no podría haber estado más orgulloso.

Leonor chasca la lengua y Fina se ríe, el resto la acompaña… y yo finjo hacerlo.

Con una discreción encomiable, mientras me integro en la conversación de las mujeres de la mesa, parte del comedor se convierte en una pista de baile en cuyo estrado se posiciona una banda para tocar en directo.

Me sorprende que empiecen con piezas de rock de los ochenta adaptadas para que sean bailables.

Enseguida se llena de parejas de bailarines.

Guido lleva un rato hablando en corrillos con trabajadores de la empresa encantados de tener la oportunidad de hacerlo, pero él parece aburrido, aunque aguanta el tipo.

Cada poco tengo la necesidad de consultar la hora, de preguntar cuándo va a terminar todo este sarao, pero no lo hago.

Debo quedarme, debo aprender a cumplir con mi parte del trato, porque me queda una fiesta similar el sábado que viene.

Trago saliva y con ella la incomodidad que me ocasiona pensar en la boda cuando creo que Guido y yo hemos perdido las dotes interpretativas, porque yo hace mucho que dejé de interpretar nada, con Guido cerca ya no sé hacerlo. Y esto me invalida como novia falsa.

—Creo que es el momento de bailar. —La voz de Guido cerca de mi oído eriza mi piel—. No tengo mucha destreza, pero voy a estar mejor en la pista que hablando de cambiar el gramaje para optimizar la producción.

Aprieto los labios y trato de controlar la emoción; es tener de nuevo al Guido de siempre, sin postureo, sin enfados, sin las torpezas de esta noche.

—¿Tengo que temer por mis pies? —No sé de dónde vienen las ganas de bromear, pero decido que quiero dejar de lado la tensión que parece querer partirme por la mitad.

Sus ojos sonríen y… Echo de menos a Guido.

—Si no hacemos muchas florituras, podremos mantener la dignidad.

Observo el ofrecimiento de su mano y me asusto de las ganas que mi cuerpo tiene de unirse al suyo.

Entrelaza sus dedos con los míos y escucho a Nora:

—Tu hermano va a bailar.

—Está irreconocible —apunta Nil.

Guido se ríe por el comentario que también ha escuchado y me contagia. Justo cuando llegamos al centro de la pista, la canción termina y el vocalista empieza a interpretar la balada mítica de INSX.

—No me lo puedo creer —murmuro mientras mis manos se sujetan a sus hombros y me pego a su cuerpo.

—¿El qué? —Se separa de mí y su mirada de extrañeza no abandona mis ojos. Veo cómo la alerta los hace chispear y tengo muy claro que no quiero volver a estar con ese Guido lleno de cinismo del coche, quiero que vuelva a ser el de siempre, el de hace unos segundos.

—Esta canción la bailamos en Nochebuena —susurro.

—Ah…, ¿sí?

—Parece que fue hace mil años, ¿verdad?

No contesta. Nos balanceamos y tomo una respiración profunda con la que me llevo su aroma. Mis dedos empiezan a jugar con el pelo de su nuca; incluso me permito rozar la piel de su cuello.

Guido me estrecha contra él un poco más y decido dejar de pensar. Dejo que sus brazos me sostengan ahora que no quiero que el tiempo corra; algo sobre lo que no puedo decidir, porque de repente los segundos vuelan y empieza otra canción. Pero no se separa de mí.

Entonces lo sé: Quiero besarlo sin razón, reírme con él y compartir cada espacio sin pactarlo, como hemos hecho las últimas semanas… También quiero que me mire de la misma manera que lo hace cuando me desea, que me mime, que planee un viaje y dejarme llevar a su lado…

¿Quiero perder el control por él?

Ostras… Por él… lo perdería.

Necesito que él quiera perderlo por mí, o conmigo.

Guido se separa lo justo para mirarme a los ojos.

—¿Puedo besarte? —susurra y su aliento alcanza mis labios.