Bésame por logística 89 ALARGAR EL INVIERNO
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89 ALARGAR EL INVIERNO

Agarra mi mano y se levanta como la jodida diosa que es. Sostiene mi mirada y siento que sus ojos mienten.

¿Cuándo?

¿Ahora?

¿Antes?

¿Y para qué sigo preguntándomelo?

He creído ver celos cuando ha pensado que el hijo de Nora podría ser mío, pero no; ella, con su lógica aplastante, ha dejado claro que la única preocupación es porque sería un lío para mí.

He llegado a su casa tan expuesto…

El abrigo queda en el coche y desvío la mirada a la piel desnuda de sus brazos. Tiene el escote cubierto de piedrecitas brillantes.

Joder…, es preciosa.

E… inalcanzable.

Trago saliva, desvío la vista a mi brazo, que se ahueca para que ella se agarre, y cuando veo su mano de dedos finos y piel blanca abrazarse a mi codo, iniciamos el paso a la vez hacia las puertas principales.

Se me escapa una risita por la nariz cargada de tanto cinismo que escuece.

¿En qué estaba pensando? Debería haberla excusado con mis padres y haber venido solo.

Entramos en la recepción del edificio sumidos en un silencio tenso que creo que nos va a impedir ser la pareja que debemos mostrar.

Observo a Deva de reojo; está admirando el interior de las bodegas, que han decorado con los colores corporativos de la empresa.

Curiosamente no quedan horteras, jamás habría pensado que fuera posible.

—«Avanzamos sin dejar huella». —Lee la frase que preside el enorme recibidor, donde los invitados están tomando vino y picando de las bandejas.

—Esos somos nosotros —digo y nuestros ojos se encuentran.

No podría medir el tiempo que nos mantenemos la mirada.

Sí sé que busco en ella la forma de hacer nuestro papel lo mejor posible.

La energía con la que hemos salido del coche no favorece nuestra situación, pero entonces su mano, que abraza la manga de mi chaqueta, avanza hasta mi muñeca y presiona.

Hace tanto que no recurrimos a ese gesto que hasta me incomoda, me lleva a mentiras confundidas. Algo que no puede pasar ahora.

Deva asiente y deja caer su vista justo en ese punto.

Suelto la respiración por la nariz, relajo la mandíbula y miro al suelo.

Cuando levanto la vista, ella parece esperar una respuesta sin dejar de rozarme esa piel tan sensible.

Parpadea, no sonríe, solo aguarda mi reacción.

Y su actitud, fría y dispuesta para la farsa, alarga el invierno.

Asiento de forma sutil.

—Buenas noches, Guido. —Reconozco de inmediato al concejal de Industria de algún evento, o más bien, de alguna puesta en escena para la foto. Me temo que hoy hará igual. No en vano, está convocada la prensa.

Mi reacción inmediata, antes de responder al saludo de rigor, es entrelazar mis dedos con los de Deva, ocultando ese gesto secreto que no quiero que vea nadie.

La presento como mi pareja y, segundos después, me pregunto si lo he hecho por protocolo o por necesidad; ella sonríe con elegancia, parece haber nacido para la farsa.

Sigo el rollo político con el que viene el concejal, sobre algo que no me interesa en absoluto ahora mismo.

Entonces se acercan mis padres; Germán Lanau domina este tipo de situaciones mucho mejor que sus vástagos, y nos libra de este hombre con una elegancia encomiable.

—Esto va a ser un poco aburrido hasta la cena —le dice mi madre a Deva mientras la saluda y aprecia su vestido—. Estás preciosa. —Nos mira a ambos —. Hacéis una pareja muy bonita.

Aprieto la mandíbula, se me tensan hasta las sienes.

—Desde luego, no puedo quitarle razón a mi mujer —la saluda mi padre—. Hijo. —Me aprieta el antebrazo.

—Diría que estás nervioso, papá. —Me obligo a ser Guido Lanau, el hijo.

—Dices bien, y está deseando que pase el discurso —aporta mi madre.

—Pero si no se te mueve el pelo cuando te diriges a las masas —bromeo.

La mano de Deva presiona la mía y envía una descarga a mi piel. No puedo evitar mirarla, ella no lo hace, pero sí sube las cejas, ¿ha sido involuntario?

—Los discursos ensayados… no son lo mío. —Mi padre desvía la mirada por encima de mi hombro—. Ya viene Nil.

Mi hermano se acerca con Nora y es un hecho: ya no hay abismo entre nosotros. Si incluso estuve a punto de contarle que mi relación con Deva empezó siendo una fachada…

—Deva, tengo que agradecerte tanto… —le dice Nora después de darle dos besos—. Vaya cambio de vida. Si no llega a ser por ti…

—Qué pena no haberle puesto remedio antes —responde ella.

—Llevas razón, pero me daba miedo —confiesa Nora acariciando su vientre, que ya se le marca un poco.

—¿Estás comiendo mejor? —se interesa Deva.

—Nada que ver con antes. No me atiborro, pero, incluso el otro día, comí un canelón de ropa vieja y me sentó bien. —Se ríen y me parecería una situación para disfrutar si no fuera por el abismo que hay ahora entre Deva y yo.

Quisiera rebajar el repunte de hostilidad, pero creo que, si lo hiciera, cometería una estupidez. Por ejemplo: arrinconarla y besarla.

Algo completamente fuera de lugar.

Algo que de repente quiero hacer.

Mi pulso se dispara, desviar la mirada no sirve de nada.

Un azafato se acerca a mi padre con un pinganillo y nos informa de que hay que pasar al salón donde va a tener lugar la cena. Para llegar hasta él, hay que atravesar el pasillo y pararse frente a la prensa.

—Posareis todos en una foto de familia, después por separado y con vuestras parejas, y, para terminar, accederéis al salón para acomodaros —nos indica.

Mi familia se adelanta y Deva tira de mi mano y consigue que nos rezaguemos.

—¿Yo también? ¿Es necesario? —pregunta.

Parpadeo despacio. Es incómodo sentirla fuera de lugar, parece haber olvidado su papel.

Si esto hubiera sucedido hace unas semanas, la abrazaría de forma discreta, incluso le robaría un beso que estoy seguro de que los dos habríamos disfrutado y habría rebajado su tensión.

Sí, también me habría enfadado sin mostrárselo, porque ella estaría sacando a colación una farsa que para mí duró menos tiempo que para ella.

Ahora no puedo hacer nada, aunque quiera.

—Lo es, eres mi pareja —murmuro.

Hace tiempo que también pensé que, cuando llegara este momento, no habría duda de lo que éramos. Qué equivocado estaba.

Vamos hacia donde nos han pedido y mis padres, mientras esperan a que les den indicaciones, se nos quedan mirando. Observo a Deva, que se acerca sin seguridad, y sé que estoy a punto de jugar sucio; he dejado de resistirme.

—Deberíamos besarnos —susurro muy cerca de ella.

—¿Aquí? —Abre los muchísimo los ojos mientras los colores suben a sus mejillas, algo que no deja de sorprenderme.

Joder, quiero hacerlo, y no sé si es por las razones equivocadas.

—Sí. —Noto cómo se me acelera el pulso y también cómo ella duda, parpadea y eleva la cara.

—Esto es pura logística —murmura.

Y como a veces soy un imbécil que sigue buscando más allá de lo que ella me demuestra, no sé si se está convenciendo ella o me lo está dejando claro. Yo decido ignorar su comentario y rozo con mis labios rozan los suyos.

—¿Se me va a quedar tu pintalabios marcado? —murmuro cerca de su boca.

Estoy alargando el momento para sentir cómo me empapa la adrenalina de tenerla de nuevo tan cerca. Me digo que tengo derecho a cada segundo de este juego, que… Joder… No sé ni por qué me estoy torturando tanto.

Su aliento roza mis labios y yo me lo trago, al igual que he hecho otras tantas veces.

—No, no va a pasar —susurra.

Ya no hay espacio entre los dos y mi lengua roza la suya antes de que me dé cuenta siquiera de que ya la había encontrado. El contacto de su piel eriza la mía.

Tiembla en mis brazos.

Creo escuchar mi nombre, pero lo ignoro.

Cierro los ojos.

Esto no es por logística, joder.

—Chicos, entramos. —Mi hermano nos habla.

Nos separamos; Deva tiene los ojos brillantes y el rubor de su cara se ha elevado. Mi pecho es un estruendo que me va a dejar sordo y el remolino de rabia que he sentido en el coche se apaga del todo.

—Vamos —susurro.

Busca mi mano, entiendo que necesitara agarrarse a algo, o quizá sea yo, que necesito aferrarme a ella. Si no estuviera fuera de lugar, la arrastraría conmigo a cualquier sitio para invalidar las razones por las que ha terminado el jodido simulacro y hablar de mis mentiras para proponerlo.

Se yergue a mi lado, su cuello alineado y su mirada al frente proyectan una imagen estoica.

Yo vuelvo a tomar tierra. Pasamos al photocall y nos hacen una foto juntos, de la mano, sin acercarnos más de la cuenta.

Después de ese beso, ya no sé si puedo fiarme de mis reacciones.

Esperamos a que Nil y Nora posen. En el último momento, la aparición de mi tía Fina consigue que mi madre ponga los ojos en blanco.

—Esta mujer no llegó a tiempo ni a su bautizo —murmura mi madre y mi padre resopla.

Nil y yo nos aguantamos la risa.

—¡Otra foto de los Lanau al completo, por favor!

Deva ha iniciado sus pasos y, al quedarme parado, nuestras manos se separan.

—Ven —le digo.

Ella duda, lo veo en sus ojos, no sabe si quedarse.

—Quizá…

—Ven.

La atraigo y mi mano se posa en su cintura. Está tensa y su sonrisa es… discreta.

Tras las últimas fotos y el agradecimiento por parte de mi padre a la prensa, pasamos al salón y mi tía ocupa la conversación con su locura particular.

—Con lo que le gustan estos saraos a Alfredito, qué lástima que no haya podido venir. Por cierto, se os ve fenomenal.

Nos mira a mi hermano y a mí. Saluda a Deva con una inclinación de cabeza. Soy muy consciente de que nuestras manos siguen unidas.

—Sí, tía, estamos fenomenal —le dice Nil, en quien fijo mis ojos y su sonrisa consigue una réplica en mí.

Por lo menos esa parte de mi vida está solucionada.

—Me gusta la familia unida. Hermano —se dirige a mi padre—, estoy deseando escuchar tu discurso. ¿Hablarás de la hermana mayor de la familia y de que los Lanau no abolieron la ley sálica?

Mi tía nos guiña un ojo, pero mis padres no lo ven. Los ojos en blanco de mi madre vuelven a aparecer y mi padre niega.

—¿Acaso te falta algo? —pregunta Leonor Ayala, que solo pierde las formas con ella.

—Mi puesto de directora en la empresa —formula Fina sin perder la sonrisa.

Cuando mi tía se pone en este plan, aunque parezca broma, me resulta incómodo, no porque no lleve razón, sino porque mi padre no la excluyó; algo que sí hizo mi abuelo.

—Formas parte de la junta y aun así delegas tus obligaciones —dice mi padre entre dientes.

Se enzarzan en un intercambio por lo bajo que todos hemos escuchado un millón de veces, de hecho, estoy seguro de que en la cena de Fin de Año también surgió, pero yo no estuve presente.

—¿Creéis que es el momento y el lugar? —media mi madre con un susurro enérgico, sin perder la sonrisa de cara a la galería—. ¿Por qué no sales ante la prensa y les das carnaza, Serafina? —Su pregunta consigue que todos nos tensemos.

—Tranquila, cuñada, si lo tengo asumido, es por dar salseo al ambiente. —Se ríe y distiende la situación.

Cierro los ojos, niego, casi me da la risa… Casi, porque no termino de estar relajado y la razón está agarrada a mi mano.

Tomamos asiento en la mesa circular y Deva y yo dejamos de tener contacto.

—¿Por qué la picas? —le digo a mi tía cuando se sienta mi lado.

—Porque es mi hermano pequeño. ¿No picas tú a Nil? ¿O ya te has vuelto demasiado serio?

—Solo cuando jugamos al pádel.

Nil se ríe.

—Pero siempre quiere ir conmigo, así que no le doy opción de ser un picajoso —responde él.

—Chinchar es el salseo de la vida, sobrinos. ¿Y a ti, Deva? ¿Guidet te chincha? Se os ve un poco serios, ¿no? —Estrecha la mirada y la lleva de uno a otro.

—Fina, con Deva todavía no tienes el pase para las bromas —contesta Nil riendo.

—Bueno, si estuviera Dito, os diría que esto se soluciona rápidamente en el baño —murmura con picardía mientras extiende la servilleta sobre el regazo.

Debería plantearme por qué unas palabras de mi tía me llevan a una escena que no ha ocurrido. Carraspeo y desvío la vista hacia Deva, que está sonrojada y con los ojos brillantes. Si ni siquiera puedo besarla estando fuera de aquí…, ¿cómo estoy pensando en algo más? Es de locos.