88 CÉNTRATE
Aguanto la respiración.
¿Qué me está contando?
¿Es posible…?
Oh…
Ostras…
Si el hijo no es de Nil…
—Es… —Me vuelvo hacia él porque el cuello no ha respondido a mi petición explícita de no mirarlo más.
Está guapísimo.
«Céntrate, Devita».
Tomo aire y mis sentidos, ajenos a mi orden cerebral de no atender a Guido, se rebozan en su olor. Estar en el interior de este coche es lo que probablemente se considere una de las torturas sensoriales más brutales del siglo XXI.
—¿Es tuyo? —Consigo centrarme en la locura de su confesión.
—¿Mío? —Sube las cejas—. No… —dice en tono cansado.
Suelto el aire con un suspiro audible y se ríe. No lo miro más, porque su risa… Podría caer de rodillas ahora mismo y es algo que no tiene sentido porque llevo días convenciéndome de que este hombre y yo no somos nada.
—¿Preocupada? —formula y podría jurar que hay esperanza en esa pregunta.
«Más de lo que pensaba». Me contesto y quiero golpearme esa parte del cerebro a la que se le ocurre reaccionar con celos.
Pensaba que venía con la convicción absoluta del papel que tengo que desempeñar esta noche; pero, si Guido me besara ahora mismo, me vería en dificultades para rechazarlo a él y a esa Deva que soy a su lado.
¿Y celos? Sí…, celos… No porque fuera su hijo, sino porque cuando he sido consciente de la posibilidad, he fulminado las expectativas.
«¿Expectativas?».
Debería abofetearme; este no era el pacto que había hecho conmigo misma antes de salir de casa.
—Claro. —«Céntrate, Devita»—. Habría sido… demasiado raro, ¿no? —Lo digo deprisa, ignorando que está a mi lado, tan cerca…
La radio está con el volumen demasiado bajito y ahora mismo odio más que nunca ese estatuto del coche de Guido que consigue que el silencio pese toneladas.
—¿Te puedo preguntar por las razones para terminar con el simulacro? —Lanza la pregunta sin venir a cuento.
—¿Qué?
«No, no puedes».
Juego con una de las piedrecitas del vestido mientras niego.
—Bueno —insiste—, entiendo que, metidos de lleno como estábamos, tendrías el Excel a pleno rendimiento. Y en cuanto cubriste las tareas, decidiste que no necesitabas más. ¿Me equivoco?
Carraspeo incómoda.
No digo nada, pero no hace falta porque él está embalado. Soy capaz de ver con las luces del salpicadero lo blancos que se le han puesto los nudillos.
—No voy a pedirte un simposio con una presentación —suena bastante cínico—, pero… quizá una conclusión de hallazgos principales…
—Esto no es una tesis, Guido —respondo igual de tensa que las mentiras que se resisten a formarse para poder responderle.
—Ah…, ¿no? —No conocía al Guido sarcástico y me hace fruncir el ceño—. Yo pensaba que un poco sí. Estabas experimentando para sacar conclusiones.
No sé si es su tono o que se quite responsabilidad.
—Y fuiste tú quien lo propuso como si fuera un experimento —digo un poco ofendida—. Yo simplemente accedí a comprobarlo.
Si no fuéramos a 120 kilómetros por hora abriría la ventana para respirar algo que no fuera él y para evitar contestar.
—Así es —asiente sin apartar la vista de la carretera—. Y ahora me gustaría saber a qué conclusiones has llegado. Somos amigos, podemos hablar de esto, ¿no?
—No, no podemos —contesto tajante. Me niego a hablar de ello, desde que Beca sugirió que quizá Guido sentía algo…—. No es el momento de hablarlo.
Ni ahora ni nunca; ¿cómo voy a decirle que no había experimento? No debería haber hablado con Beca, me ha trastornado.
—En eso llevas razón, no es el momento —rezuma hostilidad.
Tras salir de la autovía y recorrer unos kilómetros en silencio, nos acercamos a una carretera algo estrecha con cipreses a los lados. Al fondo nos espera la fachada, iluminada y llena de ventanas, de un edificio recio e imponente.
Entonces Guido rompe ese silencio de ruido blanco que crea la radio.
—Durante la gala bailaremos, tendremos gestos de cariño, nos besaremos, aunque sea de forma discreta… —enumera con frialdad y consigue que me envare.
He visualizado que esto sucedería, pero ahora sé que llevarlo a cabo no va a ser tan fácil; y mucho menos con su actitud seca, que ha ido empeorando a lo largo del trayecto.
—Claro. —Sonrío—. Contaba con ello.
—Ni si quiera eres capaz de mirarme, Dev… —murmura mientras para el coche sin apagar el motor.
No lo soy. Y, sin embargo, me convenzo de que puedo y aprieto los labios, fijo mis ojos en los suyos —azules y enmarcados por esas pestañas tan densas que parecen subrayar la intensidad con la que me mira— y trago saliva.
—No te preocupes —respondo, sé que mi voz tiene el corte y la punta de un bisturí del once—. Va a salir bien. —«Yo me lo creo, él se lo cree, todos lo creemos y así todo el tiempo, Devita».
Asiente, sale del coche y le da las llaves a un chico. Abro la puerta y, cuando voy a poner un pie fuera, la mano de Guido aparece frente a mí.
Lo miro… Lo veo.
Ese Guido que ha estado a mi lado todo este tiempo.
Quizá lo más fácil sea ceñirme al guion que él mismo ha soltado como si se lo hubiera aprendido de memoria, y protegerme detrás de la farsa que hemos construido durante meses.
«Claro que sí, Devita. Has fingido mil veces antes».
Aprieto los dientes, tomo aire y lo retengo unos segundos.
Puedo pinzar este vaso, ya suturaré más tarde.